Cementerio de San Juan

Lugares propicios para el amor platónico

Aprovechando el consenso casi universal de la legislación laboral (hay que aprovecharla mientras exista) de que en domingo no se trabaja por razones etimológicamente sabáticas, nos vamos un poco de fiesta con una de las contribuciones de la lírica, cantada en este caso, al tema del desamor masculino, tan épicamente narrado en otras composiciones notables de la misma área cultural y en la misma lengua (o en otras, igualmente memorables). Con ustedes, «19 de noviembre» de Carlos Vives (y conmigo, unas maletas a medio hacer, aunque -¡ay!- no para el destino que no es ningún misterio que será el primero mío en cuantito acabe la tesis zamorana que me ocupa: mi platónicamente adorada América Latina. No es que vaya a dejar a los judíos, criaturicas, es que me iré a buscarlos entre los trópicos: el de Cáncer y el de Capricornio. La excusa perfecta, ya saben).

19 de noviembre:
después de tanto sufrimiento
llevo al cielo tu retrato
y me declaro libre como el viento.
Ya me siento renacer,
¡cómo pudo suceder!
Yo que estaba mal herido,
con el corazón partido
y a punto de fallecer,
y tú irrumpiste vencedora.

Cuando viste la insolencia,
defendiste tus fronteras
y clavaste tu bandera
pidiendo mi independencia.
No había nada que perder;
te lo quiero agradecer.
Yo seré tu fiel soldado,
tu serás mi día de fiesta
y siempre te recordaré.

Y cada 19 de noviembre,
grito de mi independencia,
se oyen fiestas dondequiera
y en el cielo una bandera
rinde honor a tu existencia.
Y cada 19 de noviembre
conmemoro aquella gesta,
se oyen luces en el cielo
y en la calle está mi pueblo
recordando tu epopeya.

Y tú irrumpiste vencedora:
cuando viste la insolencia,
defendiste tus fronteras
y clavaste tu bandera
pidiendo mi independencia.
No había nada que perder,
te lo quiero agradecer.
Yo seré tu fiel soldado,
tu serás mi día de fiesta
y siempre te recordaré.

Llegó noviembre ya,
vamos a celebrar
y a la orilla del mar
te volveré a besar.
Llegó noviembre ya,
vamos a parrandear,
te gritaré al pasar
¡viva mi libertad!
(¡ay, mi amor!)
(Vuelan, vuelan, tus problemas vuelan ya…)

Embajada vulcaniana en la Capital Federal de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Embajada vulcaniana en la Capital Federal de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

«Puerto Rico – El Viejo San Juan: Cementerio de San Juan», foto de Wallyg, abril de 2001; «19 de noviembre», del disco El amor de mi tierra de Carlos Vives (1999); «Synagogue in Buenos Aires», foto de Jeremy Whitehorn, 3 de agosto de 2006.

Fino trabajo de un paleógrafo árabe.

Fino trabajo de un paleógrafo árabe.

Si la Paleografía latina y de las lenguas vulgares en la Edad Media ofrece tantas dificultades, á pesar de los libros didácticos que acerca de ellas se han publicado, y de los muchos documentos que constantemente se publican en excelentes reproducciones fototípicas, en lo referente á la Paleografía árabe, puede decirse que casi nada se ha hecho hasta hoy. [...]

En efecto, los arabistas nos encontramos á cada momento en compromisos á que no se ven expuestos los que cultivan otras lenguas, respecto á las cuales el público es menos exigente, por serle más fácil el comprender sus dificultades. Los que entre nosotros cultivan las lenguas hebrea y griega, pocas veces se encuentran con manuscritos de estas lenguas, á no ser en los estantes de las bibliotecas de El Escorial ó Nacional, y parece que nadie se extraña de que el profesor ó aficionado á tales estudios no sepa leer un manuscrito griego ó hebreo, toda vez que no ha podido ejercitarse en su lectura. [...]

Aun el que ha estudiado latín encuentra fácil disculpa ante el público, si no sabe leer un manuscrito en esta lengua; pues todos saben que hay estudios especiales para aprender á leer manuscritos antiguos, y por tanto comprenden que no tiene obligación de saber leer un manuscrito latino antiguo quien no haya estudiado Paleografía.

Francisco Codera y Zaidín, «Paleografía árabe. Dificultades que ofrece. Su estado. Medios de desarrollo», Boletín de la Real Academia de la Historia (Madrid), tomo xxxiii, cuaderno 4 (Informes), octubre de 1898, págs. 297-306, en pág. 297.

b) Tipo de escritura: Ésta es una espinosa cuestión por no existir una nomenclatura internacional, universalmente aceptada y que responda a unos criterios científicos a la altura de los tiempos. Al llegar este punto en ocasiones el investigador no sabe a qué carta atenerse. Ante todo hay que evitar denominaciones vagas y poco comprometedoras (tales como escritura minúscula, cursiva, libraria, etcétera) y tampoco introducir meras apreciaciones estéticas (por ejemplo, escritura hermosa, cuidada, etcétera). Se debe especificar el estilo (escritura visigótica, carolina, gótica, humanística, etcétera), el ductus (pausada, cursiva o semicursiva) y el tipo, en la media de lo posible, utilizando conceptos bien claros y generalmente admitidos (por ejemplo, gótica cursiva «cortesana»). Cuando la escritura no responda a un tipo puro, entonces se procurará definirla por aproximación o indicando sus rasgos más característicos. Aunque sea brevemente conviene analizar los signos alfabéticos que ofrecen alguna particularidad en su trazado, las ligaduras notables, el sistema de abreviaturas empleado y la tipología de los signos de compendio, puntuación y otros varios ortográficos (ápices, guiones, comillas, etcétera). También se explicitarán los siguientes aspectos: aplicación de la scriptio continua y/o grado de observación de los espacios interverbales; colocación de la escritura apoyada sobre el renglón o bien trazada a distancia del mismo, produciendo la impresión de que está suspendida en el aire; presencia de correcciones y de cualquier particularidad gráfica digna de mención.

Autógrafo de la «Guía de Perplejos» de Maimónides, Cambridge, University Library, Taylor-Schechter Collection, mss. T-S 10 K A 4.1 (lado recto).

Autógrafo de la «Guía de Perplejos» de Maimónides, Cambridge, University Library, Taylor-Schechter Collection, mss. T-S 10 K A 4.1 (lado recto).

Otra fuente de datos interesantes procede de los signos numéricos. Las indicaciones esticométricas deben señalarse. Por último, se registrarán algunos usos no comunes y, por tanto, relevantes, tales como el empleo de recursos taquigráficos, criptográficos y demás variantes similares.

Una vez analizada la escritura del texto, se intentará determinar si el trabajo ha sido realizado por un solo copista o por varios. Hay que ser prudentes en este terreno, dada la rara habilidad mostrada por algunos escribas en la imitación de diversos tipos de escritura y su contrapartida, el grado de mimetismo de algunos profesionales. Cuando se descubran varias manos, se intentará identificar las principales, designándolas mediante letras mayúsculas del alfabeto.


Elisa Ruiz García, Introducción a la codicología, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002, pág. 363

Dicen que han dicho que dicen,
dicen que han ido diciendo.
Y entre dimes y diretes
llevas la petaca llena:
que si oye, que si mira,
que si fíjate qué cosa
y con esta tontería
ya he terminado una estrofa.

«Que dizan mientras no hazan»,
me enseñaba a mí mi abuelo.
Que si en esto te entretienes,
no aprenderás a volar.

¡Jotera lo serás tú!
¡Jotera lo serás tú!
Anda y díselo a tu madre
que a mí no me duelen prendas
de cantarte por rancheras
o por chotis o en zulú.

Si no hay sensibilidad
para captar el sustrato
del lenguaje musical,
pues dedícate a escuchar
lo que siempre te ha gustado
para que no sufras más.

Pican, pican los mosquitos,
pican con gran disimulo:
unos las entendederas
y otros pican el orgullo.

Sea por hache o por jota,
sea la y griega o la zeta,
ya libré muchas batallas
y solté muchas carretas.

«Que dizan mientras no hazan»,
me enseñaba a mí mi abuelo.
Que si en esto te entretienes,
no aprenderás a volar.

¡Jotera lo serás tú!
¡Jotera lo serás tú!
Anda y díselo a tu madre
que a mí no me duelen prendas
de cantarte por rancheras
o por chotis o en zulú.

Carmen París, «Jotera lo serás tú», del disco homónimo de 2005.

En Madrid, este fin de semana, se disponen a soltar palomas. Mientras, en Jerusalén, hace dos años, miraban a ver si podían soltarlas. Palomas y leones:

Lo titz'ad

«No desfilarás: Jerusalén de todos».

Supongo que esto es también la normalidad.

«פלורליזם ירושלמי – Pluralism in Jerusalem style», foto de Abu Yotam, 20 de junio de 2007; «בוא» («Your soul»; literalmente «Ven»), del disco Live CD 2006 de Ivri Lider.

Estas instrucciones van especialmente dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes. Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia, el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer, tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor mucha más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a ese mejoramiento.

No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles. «Mire usted: en este pueblo son muy cerriles; usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡A la biblioteca!».

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura!

Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progeso humano sin riesgo de ser revolcados; sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etc. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.

Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte; no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre, pero no ocurre solo en tu pueblo, ni lo hacen solo tus convecinos, ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

La segunda cosa en que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan solo en lo que sería nuestra España si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas!

Pues bien: esta es la tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de Instrucción Pública por medio de su sección de Bibliotecas y en la que vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar.

María Moliner, «Prólogo» a las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, Valencia, Sección de Bibliotecas, Dirección General de Bellas Artes, Ministerio de Instrucción Pública, 1937, citado en el catálogo de la exposición «Biblioteca en Guerra».

BNE Madrid

Casi todo lo he leído de bibliotecas, salvo en la Nacional, que es un lugar que detesto. Iba de niño, cuando estaba en el colegio (y aún había una sección de préstamo o circulante). Luego lo cambiaron todo.

Una vez, después de que la reformaran, fui a sacarme el carnet y me preguntaron qué quería leer.

-Libros, claro. No te fastidia.

Querían que les dijera qué libros y para qué quería leerlos. Además, necesitaba una carta de un profesor de universidad.

-Pero yo soy profesor de universidad -aduje, porque entonces lo era, si bien en otro país.

-De una universidad española -me advirtieron.

Para leer necesitaba la autorización de un funcionario español y explicar con qué propósito (oscuro, sin duda) quería leer. Me quedé de piedra.

Llevaba años leyendo sin problemas en las mejores bibliotecas del mundo y aquí, en Madrid, todo eran obstáculos. Luego leía en los periódicos la propaganda, que si estaban convirtiendo la Nacional en un centro a la altura de las grandes bibliotecas del mundo, etc., y no daba crédito: en ninguna de las grandes bibliotecas del mundo me habían pedido ni la hora para dejarme leer sin problemas.

Rafael Reig, «Se derrumba la poesía», Blog de Rafael Reig, 28 de junio de 2009

Me he reconocido. Evito como la peste la entrañable Sala Cervantes (y mira que entra luz. Y mira que no hay wifi. Que funcione). Y eso que se ha relajado el ambiente. Algo: cuando se estaba tan, tan abajo, cualquier cosa es relativa y cualquier mejora, elogiable. A mí aún me ha llegado la especie de que en la Nacional (ahora de España, antes de Madrid. Como la Nationale lo fue primero de París, ahora de Francia) se ligaba. Hay que explicar quien me transmitió la especie: mi recordado profesor de historia del instituto. Véase: rechoncho, miope, con gafillas de enteradillo, con una notoria mala leche. Y marxista-leninista. Pero con una notable capacidad pedagógica: solo con explicarnos los mecanismos de la crisis de 1929 y la posibilidad real de que pese a la rechonchez, la miopía, las gafillas de enteradillo, la mala leche y el marxismo-leninismo (militante) se podía ligar en cualquier sitio (la BNE, amigas, amigos, para los propósitos que nos ocupan, es sin lugar a dudas un ejemplo perfecto de cualquier sitio), nos dio la lección más importante que cualquier pedagogo debe trasmitir a sus alumnos. Que nunca hay que perder la esperanza.

Así que la primera vez que traspasé el umbral del magno edificio del Paseo de Recoletos, no se lo voy a negar, yo andaba pensando en qué tal se daría el día. Por leer y tal, ya saben. Pero lo que me encontré fue una fortaleza. Yo diría (diría solo: la memoria anda floja) que «mi primera vez» en la BNE fue en plena era Regàs, en que todo parecido con la realidad de una biblioteca fue pura ficción. El caso es que el control de entrada es pesado, pesadísimo. La casa se rige por todo un catálogo (comentado e ilustrado) de normas absurdas, la más absurda de las cuales es, con mucho, que no se puede acceder a la sala de lectura con un libro (propiedad del lector, cumple explicarlo) del que ya exista un ejemplar… ¡en la misma sala de lectura donde se va a leer! Imaginemos que ustedes, por esas raras perversiones que promueve la indecencia de nuestra Edad de Hierro, quieren consultar el ejemplar único del Libro de las perlas de Oriente y de los batracios de Occidente del autor judeo-árabe, convertido de la ortodoxia copta, de origen parto-armenio, Aburrás Alquebir Imrán Manaarifish Shumdavaryan Alcubtí Alyahudí Alaarabí Alghurabí (siglo xiii. O xii. Depende del palito), del que un oscuro profesor ayudante, actualmente en la Universidad de Miskatonic, realizó una edición crítica para su tesis doctoral (con transliteración paleográfica) en dos tomos, posteriormente rehechos en uno solo, publicado por las Prensas Universitarias de Celama de Arriba (porque el oscuro profesor ayudante resultaba ser puertorriqueño de nación, americano de pasaporte, español de lengua y tartamudo de inglés. Y bizco, gordo, miope y cojo, pero eso son detalles que no vienen al caso). En fin, supongámoslo, por la necesaria coherencia interna de mi ejemplo y porque cosas más raras se han visto. Y en las bibliotecas de fondo antiguo, más. A ambos lados del mostrador de préstamo.

Imaginemos pues que la aguerrida lectora (o lector, pero no quería que se pusieran a fabular por el género de nuestro protagonista) se acerca a la Nacional de España con su copia impresa, subrayada, doblada, señalada, requeteusada y, sobre todo, personal, de la citada edición. ¡Malhaya semejante osadía! ¡Pluga a Dios castigue tal afrenta! (Si ponen atención les aseguro que podrán oír este tipo de román paladino en boca de los usuarios de bibliotecas de fondo antiguo. Y una curiosa afición por las camisas de cuadros, en el caso de los hombres, que nunca he conseguido explicarme. En fin…). Si la aguerrida pero imprudente lectora persiste en entrar con un tomo del que al menos un ejemplar se cuente en la colección de la Sala Cervantes (como sería el caso, claro, de la edición única del unicum de Abú Imrán Manaarifish conservado en la BNE), y se emperra, porque las lectoras de fondo antiguo son así (un pelín perras. Y perros, claro, si son hombres), sencillamente no podrá entrar a consultar el manuscrito. La ecuación por la que la dirección de la BNE ha llegado a la conclusión de que es más fácil robar un ejemplar de una obra impresa reciente que figure en el depósito o en las estanterías de la sala donde uno lee… si ya se entra con un ejemplar de la misma edición, es uno de sus misterios que, junto con la transustanciación del cuerpo místico de Cristo en la eucaristía, la lógica de las alianzas políticas en el parlamento de Israel, las virtudes del desayuno fuerte o la necesidad epistemológica e incluso ética del orgasmo simultáneo, superan la comprensión humana y entran de lleno en los abismos de la mística. Porque, con tanta prohibición pudibunda como se gastan en la BNE, la única virtud que se le ve al invento es que sea un emporio de mística funcionarial, de tanta necesidad para el alivio de nuestros atribulados tiempos. Dado el paupérrimo fondo corriente, la cosa roza lo vergonzante. Al contrario de lo que ocurre en las grandes bibliotecas «nacionales» (como los museos «arqueológicos», otro invento decimonónico con alguna virtud y muchos defectos), pero en las de verdad, estén sitas en Washington, Londres o París (¡o hasta Dublín o Edimburgo!), en la Biblioteca Nacional de Recoletos no vayan a pedirle peras al olmo. Por no pedirle, no vayan a pedirle ni siquiera que cumplan la primera obligación de toda biblioteca «nacional»: que tengan un ejemplar de cada libro publicado en España. Ni eso tienen. Ni con su obligación de ser depósito legal cumplen.

San Bernardo StreetY entre la paranoia de seguridad, la falta de movilidad de los volúmenes entre las salas (¡a quién se le ocurre la ocurrencia de leer una edición crítica de un manuscrito cuyo ejemplar de conservación en la Biblioteca Nacional no esté en la Sala Cervantes!) y los evidentes fallos de su primera y principal misión de ser el depósito legal de la edición española (y de hacerse con otros libros, publicados en el extranjero, que puedan servir al progreso del conocimiento y a la formación del patrimonio librario y libresco de la Biblioteca), es difícil ser ecuánime con la simpatía y disponibilidad del personal de la biblioteca y, especialmente, de quienes están en sala ni con el remarcable fondo manuscrito, ni con los tres manuscritos de Alfonso de Zamora que conserva la institución de Recoletos (signatura mss. 4188, 5454 y 7542, por si alguien tiene curiosidad).

Yo tengo mi refugio bibliotecario, mi locus amoenus libresco en pleno centro de la capital (con su aire acondicionado en verano; con su luz que entra a chorros en la sala de lectura en invierno) pero no se lo voy a decir así como así, a ver qué se piensan.

«Madrid. Biblioteca Nacional», foto de srmagori, 11 de noviembre de 2008; «San Bernardo Street», foto de Ibontxo, 31 de marzo de 2007.

Y aún me preguntarán por qué me regodeo en mi judeofilia:

We are delighted that the occasion of our son’s wedding (…) solved a 150-year-old bibliographic mystery.

Nos complace que, con ocasión de la boda de nuestro hijo [...] se haya resuelto un misterio bibliográfico de ciento cincuenta años.

Shlomo y Mati Sprecher, «A Gemeinde Gemeinheit», Tradition Seforim Blog, 2 de junio de 2009.

Qué quieren: en las bodas de mi pueblo se dan gritos de ¡Que se besen los novios!, ¡que se besen los padrinos!, ¡que se besen los padres del/de la novi@!, ¡que se besen los cuñados de la prima hermana del suegro de la hija del cura!, etc. O se reparten, previo corte y recorte entre vocinglerías tan beodas como campechanas, trozos de la liga de la novia, de la corbata del novio o, innovación reciente que no conocí en mis años más mozos pero cada vez más extendida, de los calzoncillos del novio, con la intención de subastarlos.

Pero vamos, a la bibliografía, lo que es a la bibliografía, no tengo yo visto que en las bodas de mi pueblo se hayan dedicado. Ni que piensen hacerlo.

PD: El artículo de los Sprecher es, por otra parte, francamente interesante. No tanto como adquirir en subasta trocitos de la liga de una novia, pero interesante en cualquier caso.

Sin nombre«5 Il rabbino di Venezia El…», foto de triestebraica, 9 de marzo de 2008.

Prima di dormire mi dice la sua frase preziosa: “M’importa di te”. Come al solito non so che restituire.

Antes de dormirnos me dice esa frase suya preciosa: “Me importas”. Como siempre no sé qué replicarle.

Erri de Luca, Montedidio, 2001.

Shir hashirim barehov

[Ella –] Yo dormía pero mi corazón velaba; la voz palpitante de mi amor: [Él –] «Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi todo; que mi cabeza está cuajada de rocío, mis cabellos, de nieblas nocturnas.»

[Traducción de Emilia Fernández Tejero].

«שיר רחוב בחצר תיכון הראל» (Poesía en la calle en el patio de la Escuela Secundaria Har’el, Mevaséret Tsión), foto de Tikhon Harel, 31 de octubre de 2008.

«On a pris la Bastille plus d’une fois
Mais pour détrôner aucun roi
C’était pour changer à Châtelet
C’est moins glorieux, j’ le reconnais»
.
[Hemos tomado la Bastilla más de una vez
Pero no para destronar a un rey
Sino para cambiar en Châtelet:
Menos glorioso, ya lo sé.]


silhouette filles ParisIncitado por el campagnardismo irredento de Dani y Alexandre y por la rara circunstancia de que no tengo ningún plazo perentorio que venza hasta mañana a mediodía, remato la secuencia evocadora parisina con un tipo que de siempre me ha caído muy bien, Bénabar (admito correcciones, matizaciones y garrotazos por mis gustos musicales) y una canción dedicada a la principal actividad, inconfesada, de las parisinas y parisinos a partir de, digamos, abril, cuando empieza a haber esperanza de que no todo el año sea una sucesión de inmisericordes cielos encapotados. Muy literarios y todo lo que ustedes quieran, pero grises como unos altos hornos vizcaínos. ¿La actividad? Hombre, no hacer nada. ¿Qué esperaban? Yo siempre me apunto a las celebraciones tradicionales de la holganza. Bueno, y a las vanguardistas, también. Y puestos a holgar, no me pidan una traducción buena y encima rimada. Hombre, por favor…

Para los curiosos, la esperanza se pierde allá por primeros de septiembre para asumir con resignación lo gris y lluvioso del invierno parisino y darse, en lógica consecuencia, a la bebida (le beaujolais nouveau est arrivé!).

A ver si mañana nos ponemos serio (o sea, codicólogos o alfonsinos).

Certains matins elle révise son emploi du temps
Imagine ce qu’elle doit faire et se dit… et puis non
Elle paresse
Au ralenti elle glisse de la cafetière à la fenêtre
Elle aimerait entendre un disque mais il faudrait le mettre
Et rien ne presse

[Que dice que algunas mañanas se pone a mirar la agenda, se hace cuenta de lo que tiene que hacer y se dice… «¡Y una leche»!. Y ella, se pone a vaguear… Al ralentí se desliza, de la cafetera al ventanal. El caso es que le apetece oír un disco pero… es que primero hay que ponerlo. Y tampoco es que haya prisa…]

Mademoiselle paresse à Paris
Elle traîne, elle pérégrine
Son altesse caresse aujourd’hui
L’idée d’aller à la piscine

[Como si dijéramos que madmuasel hace el vago en París, arrastrada y peregrina. Su alteza suavemente sopesa para hoy la idea de ir a la piscina.]

Elle descend dans la rue, il est 16h, elle marche lentement
S’assoit sur un banc pour étudier le chemin le plus long
Le transport le plus lent
Le métro pourquoi pas mais y’a pas de grève en ce moment
Quant au bus il est trop tôt pour être bloqué dans les bouchons

[Que es como decir que baja a la calle, son las cuatro de la tarde, anda muy lenta. Se sienta en un banco para ver por donde se tarda más, el transporte más lento: ¿el metro? Por qué no pero no hoy no hay huelga. ¿Y el autobús? Muy pronto para que ande metido en atascos… ]

Le transport qu’elle préfère c’est la balançoire
On bouge d’avant en arrière en prenant du retard
Elle rallonge par le square
C’est la fermeture quand elle arrive au guichet
Elle s’en veut de rater de si peu, à quelques minutes près
Un peu plus elle rentrait
Faut pas compter sur la chance, alors demain elle jure
D’évaluer mieux les distances pour être bien sûr
D’arriver en retard
Sans rien devoir au hasard.

[Lo mismo que cantar que su medio de transporte preferido : el columpio; te mueves adelante, hacia atrás, y tardas cada vez más. Alarga por la placita y están cerrando cuando llega a las taquillas y se cabrea de no haber llegado por tan poco, unos minutillos de nada. Poco más y aún entraba: no puedes ir a ver si hay suerte. Pues mañana, lo jura, se asegurará de las distancias para estar segurísima de llegar tarde sin depender de la suerte.]

fillette aux lunettes de soleil

«Silhouette», foto de Benj Haisch, 14 de julio de 2007; Bénabar, «Paresseuse» (Perezosa), del disco Les risques du métier («Gajes del oficio»), 2003 ; «P», foto de Chase me…, 30 de septiembre de 2009.

«On nous apprend à vivre quand la vie est passée».
[Se nos enseña a vivir cuando se ha pasado la vida.]
Montaigne, Ensayos, libro I, capítulo xxvi

―Vale, ¿quién lee?

―Yo.

―Muy bien, Carole, lee.

―Quería hablar de un día especial durante mi reciente viaje a París. Toda mi vida había soñado con ir allí. Por eso he estudiado el francés aquí, en esta clase para adultos durante dos años. Salvé mi dinero y fui a París por seis días. Hasta cinco días después, sufría de jet-lag y estaba un poco cansada todo el rato.

Era mi primer viaje a Yuropa. Quería ir por dos semanas pero no he podido dejar a mis perros, Lady and Bumper, por tanto tiempo. Me gustaron mucho los museos y las calles de París. Tan solo la comida no era tan buena como yo me creía. Había considerado ir a París con un grupo, pero soy un persona muy independiente. Porque trabajo de cartera aquí, en Denver, estoy acostumbrada a andar todo el día. También quería tener una aventura auténticamente extranjera y quería practicar el francés.

―¿Sabe usted donde hay un buen restaurante por aquí?

―Eh… It depends. What kind of food do you like? [Depende. ¿Qué tipo de comida le gusta?]

―Oh, anything. [Bueno, cualquiera.]

―Do you like Chinese food? [¿Le gusta la comida china?]

―Sure. [Sí, claro.]

Dicen muchas cosas sobre París. Dicen que es donde los artistas encuentran inspiración. Dicen que es donde la gente va a buscar algo nuevo en la vida suya. Dicen que van para encontrar el amor. Por supuesto, a mi edad, yo no tenía expectativas por todo eso. Pero, durante esos días, tuve muchos pensamientos sobre mi vida. He pensado en si hubiera nacido en París, o si un día tuviera mucho dinero [se trabuca]… podría vivir allí. Imaginaba repartir el correo en una calle así y conocer a la gente que vivía allí. Estoy segura de que son muy simpáticos. He visitado un cementerio famoso donde está enterrada mucha gente famosa. He visto la tumba de Jean-Paul Sartre y de Simón Bolívar. Mi libro dice que eran dos famosos escritores franceses y que se querían mucho y por eso están enterrados el uno al lado del otro. Y he visto la tumba de un hombre que se llama Porfirio Díaz. Mi libro dice que fue dictador de México por treinta y cinco años. Era interesante estar al lado de un hombre poderoso que ahora no puede hablar ni moverse como yo puedo. Pensé en mi hermana Patty, que murió muy joven, y he pensado en mi madre, que murió de cáncer el año pasado. Un día yo también seré enterrada y tal vez nadie me visitará. Pero me da igual porque estaré muerta. Pero no soy una persona triste. Al contrario. Soy una persona feliz con muchos de los amigos y dos perros maravillosos. Solo que a veces pienso que estaría bien tener alguien con quien compartir las cosas. Por ejemplo, cuando veo París de un rascacielos, yo quería decirle a alguien: «Es bonito, ¿verdad?». Pero nadie hay. Pensaba en mi exnovio Dave si le gustaría este viaje. Pero me he sentido un poco estúpida, porque hace once años que no hablo con él y ahora está casado con tres hijos. Después he encontrado un parquecito muy bonito. Me senté en la parque y me he comido un sandwich que he comprado. Estaba muy bueno. Luego, algo ha sucedido. Algo difícil de describir. [niños chillando. Se oyen conversaciones.]

Sentada allí y estar sola en un país extranjero, lejos de mi trabajo y de toda la gente que conozco, un sentimiento ha venido a mí. Era como si acordara de algo que nunca he conocido o que había esperado siempre pero no sabía el qué. Tal vez era algo que había olvidado o algo que he echado de menos toda la vida. Solo puedo deciros que he sentido, al mismo tiempo, la alegría y la tristeza. Pero no demasiada tristeza, porque me sentía viva. Sí, viva. Ese fue el momento en que empecé a amar París y el momento que sentí que París me amaba también.

Margo Martindale («Carole») en Paris je t’aime (XIVème Arrondissement), dirección de Alexander Payne, guión de Nadine Eïd y Alexander Payne (2006).

(Since people are unlikely to be sucessful in learning a language whose speakers they despise)

(Ya que nadie puede tener mucho éxito aprendiendo una lengua a cuyos hablantes desprecia).

Zoltán Dörnyei, Teaching and researching motivation, Harlow, Longman, 2001.

[Gracias, Antonio]

Planet Jerusalem Damascus GateUn calzolaio straniero sa parlare così preciso in italiano che io mi commuovo per babbo che si sforza d’imparare e non sa la metà delle parole di Rafaniello. Avete avuto in sogno pure il vocabolario italiano, gli chiedo. No, dice che l’ha preso dai libri, leggendo molte volte Pinocchio. Anch’io l’ho letto, gli dico per contentezza di una cosa che abbiamo fatto insieme. Dice che al suo paese Pinocchio si chiamerebbe Iòsl e resterebbe di legno tutta la vita per fedeltà al suo creatore. “Adesso conosci i fatti miei di quand’ero Rav Daniel e quelli dei miei paesani che non ci sono più. Chi muore lascia la storia in eredità ai figli, ai parenti. Il mio popolo l’ha lasciata a me e a qualcun altro. Io te la dico perché parto tra poco, quando si crepa questa gobba di ossa e di piume.” Don Rafaniè com’è questa Gerusalemme, che non la possiamo imitare? Lui si pulisce la bocca, sputa, poi dice che non la conosce ancora, ma uno gli ha detto: “In quella città la morte ha paura di esse inghiottita dalla vita. È l’unica città del mondo in cui la morte si vergogna di esistere”. Chiude gli occhi, dondola il collo, già sta là. Deve essere assai speciale quel paese, a Napoli la morte non si vergogna di niente.

Un zapatero extranjero sabe hablar con tanta precisión el italiano que me estremece mi abuelo padre, que se esfuerza en aprender y no sabe ni la mitad de las palabras que sabe Rafaniello. Le ha venido a usted también en sueños el vocabulario italiano, le pregunto. No, dice que lo ha aprendido en los libros, leyendo muchas veces Pinocho. Yo también lo he leído, le digo alegrándome de que ambos hayamos hecho una misma cosa. Dice que en su país a Pinocho lo llamaban Yosl y se pasaba toda la vida hecho de madera por fidelidad a su creador. –Ahora ya sabes lo que hacía cuando era Rav Daniel y lo que hacían mis paisanos que ya no están. Al morir, una persona deja la historia en herencia a sus hijos, a su familia. Mi pueblo me la ha dejado a mí y a pocos más. Yo te la cuento porque me iré dentro de poco, cuando se acabe rajando esta joroba de huesos y plumas–. Don Rafanié, ¿cómo es esta Jerusalén que no podemos imitar? Se limpia la boca, escupe, dice luego que no la conoce todavía, pero que alguien le ha dicho: –En aquella ciudad la muerte tiene miedo de que se la trague la vida. Es la única ciudad del mundo donde la muerte se avergüenza de existir. Cierra los ojos, balancea la cabeza, ya está allí. Debe de ser bien especial ese sitio, en Nápoles a la muerte no le da vergüenza nada.

Erri de Luca, Montedidio, Milán, Feltrinelli, primera edición de 2001, duodécima edición de 2008, pág. 67.

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«Un zapatero extranjero…»: «Alonso de Arcos, zapatero, podía mejor enseñar la lengua» (Salamanca, 1511).

Anouar Brahem, «Conte de l’incroyable amour», del disco homónimo, 1992; «Planet Jerusalem: Damascus Gate», foto de Sam Rohn (Location Scout), 14 de julio de 2007; Comentario a los Salmos de David Qimhi con glosas latinas y castellanas, copia de Alfonso de Zamora, colofón del 22 de marzo de 1541 («Manuscrito de Nápoles»).

Actualización: Corregido un error de traducción. Gracias, Maria.

Cuenta Ibn Arabi como algo realmente sucedido que un compañero suyo, que se convirtió en gran maestro y fue llevado a los cielos por los espíritus, llegó a la montaña de Kaf, que rodeaba el mundo sin interrupción, y vio que una serpiente rodeaba la montaña. Hoy día se sabe que no existe una montaña que rodee el mundo ni una tal serpiente a su alrededor.

Ahmet Ateş, «Muhyiddin Arabi», İslâm Ansiklopedisi («Enciclopedia del islam»), sub voce; citado en El libro negro de Orhan Pamuk, 1994, traducción española de Rafael Carpintero Ortega, primera edición de 2001.

Anouar Brahem, «Leila au pays du carrousel, var.», del disco Le pas du chat noir, ECM Records, 2002; piano de François Couturier, acordeón de Jean-Louis Matinier; dirección del videoclip de Onur Baki y Burak Yedek, Muphem Film, 2007.

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