Viuat academia!


ImageBasta y sobra. El lector sabe ya que la tarea del historiador no va a ser nada fácil. ¿Será tarea necesaria? Tal vez sí; sencillamente porque cuando los acontecimientos culturales se convierten en “caos”, ya no existe historia posible, sólo consecuencias y tal vez una lección que imprescindiblemente debió de aprenderse al día siguiente. […] Sólo resta una breve fórmula de despedida, que en pluma de un conservador de fondos antiguos a nadie sorprenderá sea la de reclamar el respeto para estos monumentos de nuestra “cultura” y de la “cultura”. No debe ser nunca la voluntad política, circunstancial ni espuria, la que pueda disponer a su antojo de la vida cultural de estos tesoros de tiempos pasados.

ImageExisten limitaciones que ha impuesto el paso del tiempo o las insanias varias del hombre en esas mismas piezas, pero ellas son capaces de aguantar otro milenio. No obstante ronda el peligro de extinción con su guadaña, pues ni la precipitación, ni el oportunismo ni la miopía culturales, son buenos consejeros de los comisarios de exposiciones bibliográficas, por poner un ejemplo abundoso en los últimos lustros.

— Julián Martín Abad, “Los manuscritos vincianos de la Biblioteca Nacional”, en El enredijo de mil y un diablos (Madrid : Ollero y Ramos, 2007), pp. 225-241 [235, 241] = ídem, en Leonardo da Vinci el ingeniero. Leonardo da Vinci ingeniaria (Bilbao : Fundación Escuela de Ingenieros de Bilbao/Bilboko Ingeniarien Eskola Fundazioa, 1997), pp. 30-65.

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Imágenes: folio 1 recto del manuscrito Madrid, Universidad Complutense, Biblioteca Histórica “Marqués de Valdecilla”, signatura BH MSS 4.

Actualización (22 de agosto de 2012):

Después de escribir y colgar este apunte, he mantenido una conversación epistolar con Javier del Barco del Barco, comisario de la exposición Biblias de Sefarad,  cuyo micrositio virtual enlazo en primer lugar. Las informaciones que me transmite contradicen el contenido de lo que yo expuse de forma implícita así que conviene darles la publicidad necesaria. La transparencia, como la que hace gala Javier en su rectificación de mis informaciones, es siempre una virtud que no hay que dejar de cultivar. El presupuesto total de exposición y catálogo asciende, según lo que me explica Javier del Barco, a una cifra inferior a los 115.000 € de los que 83.000 proceden de fondos públicos y 32.000 de fundaciones privadas. 72.000 € salieron de la partida que concedió el European Research Council (ERC) al proyecto INTELEG («El legado material e intelectual del judaísmo sefardí bajo-medieval: estudio interdisciplinar»), dirigido por Esperanza Alfonso Carro. En la petición de ayuda financiera que presentaron al inicio del proyecto ya figuraba la idea de montar esta exposición así que este gasto estaba asumido por el ERC desde el mismo momento en que se concedió el financiamiento global del proyecto. La Fundación Rothschild (Hanadiv) Europe ha financiado la parte principal del catálogo con 32.000 € de los 34.000 que costó en total. Por su lado, la Biblioteca Nacional de España ha contribuido con 9.000 € de sus partidas de gastos corrientes.

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Of force, untenanted, to awe mankind,
And work his purpose out with half the world…

«De tal fuerza, dejada sin reclamos, que asombro infunde,
Y logra lo que busca con la mitad del mundo…»

Robert Browning, Valence of Prince Berthold, acto iv.

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Capítulo iv : De la isla de Corfú y de lo que en ella pasamos

Viven en esta ciudad y en toda la isla muchos judíos libremente, que no son portugueses ni castellanos, como aquí piensan muchos, sino griegos e italianos. Tienen una sinagoga muy grande y bien dispuesta donde se juntan los sábados y demás fiestas de la ley vieja. Vimos allí circuncidar a un niño en casa de su padre, para lo que se juntaron más de cien judíos, y me hizo parar mientes en la poca solemnidad con que los cristianos llevan a bautizar a sus hijos que en su mayoría, salvo de que se trate de un niño de familia noble, nadie lo acompaña aparte de los padrinos o, como mucho, tres o cuatro personas. Y no es solo cosa de los judíos sino también de los moros y los turcos, que para sus circuncisiones hacen gran solemnidad. Y, por nuestros pecados, cuando llevan a alguien al bautismo, hay poca gente que vaya a dar gracias al Señor porque haya un cristiano más en el mundo.

Viendo mi compañero […] como está dicho, que iban juntos tantos judíos […] me pidió si podíamos ir con ellos en caso de que nos dejaran. Les preguntamos ambos si nos querrían dejar ir a ver ese acto. Con alegría nos respondieron que muy contentos quedarían y que si no habíamos visto otro acto semejante, bien haríamos de verlo. Y así fuimos con ellos hasta la casa del padre del niño que había de ser circuncidado, la cual encontramos llena de hombres y mujeres, juntados para celebrar la fiesta y nos recibieron ellos y ellas con tanto amor y caridad, como si nos conociéramos de mucho tiempo atrás. No dejo aquí escrito el modo en que tuvo lugar aquella circuncisión, ni las ceremonias que en ella se usaron, tanto por haber sido reprobadas y repudiadas de Dios, nuestro Señor, después de que por Su divina misericordia tuvo a bien darnos la ley de la gracia, fuera de la cual no hay salvación, como por no dar motivo a algunos judíos de nuestro tiempo, que curiosos u obstinados en su perfidia querrán saber lo que no les corresponde. Mas no dejaré de mencionar el mucho candor con que muchas judías jóvenes, delante de sus padres y madres, se nos acercaban, viendo con mucha atención lo que hacía el rabino cuando circuncidaba al niño, que nos daba lástima verle como lloraba. Acabada la fiesta, nos preguntaron los judíos qué nos había parecido. A lo que respondimos que la circuncisión, en la ley vieja, había sido santa y como tal dada por Dios pero que hoy en día nos parecía ceremonia de gente ciega, pérfida y obstinada. Y aunque se lo dijimos con tan clara franqueza, no dejaron por eso de tener con nosotros cuidados y atenciones y hacernos muchos ofrecimientos, con los que nos despedimos de ellos con el propósito de no volver a encontrarnos presentes nunca más en otro acto parecido.

¶ Fray Pantaleão de Aveiro, Itinerario da Terra Sancta e suas particularidades (Lisboa : em casa de Simão Lopez, 1593), f. 8 (lado recto y verso) y 9 (lado recto).

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מילדותי אהבתני \ יום וליל לא עזבתני \ עתה למפריע שמתני \ בין עמים חוסה נא

Desde que era niño me has querido, sin dejarme ni de día ni de noche.
Ahora en duelo y en quebranto me dejas en medio de las naciones.
Y yo te ruego piedad.

Poema litúrgico (piyyut) para la Pascua judía, de Asher Mizrahi [אשר מזרחי] (compuesto seguramente en Túnez según la tradición sefardí de Alepo, siglo xx).

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La bibliografía que llaman científica sobre Alfonso de Zamora no es muy extensa pero sí prolija (en la primera acepción de doña María Moliner) aunque parezca concisa. Resulta, eso sí, casi siempre entretenida. Yo tengo mis preferencias. Por ejemplo, los artículos que ha ido publicando (y los que está preparando) Carlos Alonso Fontela. Si no echo nada en el olvido, y espero que no, serían los siguientes: «Anotaciones de Alfonso de Zamora en un Comentario a los Profetas Posteriores de Don Isaac Abravanel» (1987), «Censura en el Targum al “Cantar de los Cantares” de la Biblia Políglota de Amberes» (1991) «Una breve nota marginal de Alfonso de Zamora sobre lahpor perôt (Is 2, 20)» (1992) «Prólogo arameo y anotaciones hebreas de Alfonso de Zamora para una copia manuscrita del Targum a los Profetas encargada por la Universidad de Salamanca» (2009) y los borradores que generosamente ha puesto ahora a disposición del público curioso: «Notas varias de Alfonso de Zamora (Profesor de lengua hebrea del s. xvi)» (primera, segunda, tercera, cuarta y quinta entrega) y «Paremias de Alfonso de Zamora». (Una de las pocas cosas que tengo por cierta es que no creo que pueda llegar a agradecerle a Carlos como se merece su generosidad repetida. Y no es una certeza que me deje particularmente satisfecho. )

Como les explicaba, hay algo más de bibliografía zamoresca (que es el adjetivo que corresponde a lo propio de Alfonso de Zamora, invención feliz de la llorada Sophie). Dos tesis, por ejemplo. La primera, defendida en 1944, respira una placidez intelectual que hay quien aún añora, hecha de certezas, disciplina y vasallaje, pero con mucho rigor filológico. He querido buscar desde hace tiempo en qué podía simpatizar con este esfuerzo de posguerra civil y de guerra europea; nunca he dejado de fracasar en ese empeño.

Luego hay otra tesis, reciente, ejemplo de muchas cosas. Por ejemplo, de la soportable levedad de la labor que llaman intelectual y que hay quien quiere certificar con tesis, tesinas, artículos, monografías, ponencias (péipers los llaman ahora, en español, en algunos invernaderos de las ciencias, grandes productores de tomates lustrosos, bien financiados e insípidos, individualmente tan rentables como socialmente exangües). Son pasaportes profesionales (los péipers, las monografías, los artículos, las tesinas y las tesis, no los tomates) contra los que no diré nunca nada. Hay quien también hace ganapán, con que dar de comer a sus hijos, del tarot y la cartomancia. Y hay otras supersticiones de réditos generosos que hacen mucho más daño al cuerpo social: los mercados de valores, si tuviera que pensar en una a bote pronto. O los artículos sobre historia de Serafín Fanjul, César Vidal Manzanares o Pío Moa en la prensa virtualmente diaria. Seguramente ejemplos no falten más allá de ambos tipos de productos financieros, hijos pródigos de la especulación en valores.

Pero hoy quería hablarles (brevemente) de dos talentos que considero desaprovechados para quehaceres más dignos de sus afanes (ya decía Amparo Alba Cecilia el otro día por otro lado que la hebraística debía seguir siendo una opción felizmente minoritaria). Uno podría haber alumbrado la vida espiritual de nuestro tiempo si hubiera seguido el destino al que su preparación y sus dotes lo llevaban: la filosofía orteguiana. O la redacción de literatura a lo Azorín (última época). El otro, en mi opinión de suburbio, habría hecho un papel de dignísimo lustre en las páginas de opinión de un diario local o comarcal, o en las de cultura. Con mucha indignación de la de santa cruzada. Furibunda, muy furibunda. Y atropellada, no fueran a estorbarle los detalles.

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Lo decía esta mañana José Luis Gómez en la casa misma donde descansan, mimados, no pocos libros de Alfonso de Zamora:

La pericia de la técnica es más que honradez; es un sentimiento, no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor del trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión profesional y, como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente.

Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento. Pero hay algo más allá, un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y orgullo que va más allá de la mera pericia; casi una inspiración que confiere a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte.

Y Gómez citaba a Conrad, que hablaba de los constructores de barcos:

Such skill, the skill of technique, is more than honesty; it is something wider, embracing honesty and grace and rule in an elevated and clear sentiment, not altogether utilitarian, which may be called the honour of labour.  It is made up of accumulated tradition, kept alive by individual pride, rendered exact by professional opinion, and, like the higher arts, it spurred on and sustained by discriminating praise.

This is why the attainment of proficiency, the pushing of your skill with attention to the most delicate shades of excellence, is a matter of vital concern.  Efficiency of a practically flawless kind may be reached naturally in the struggle for bread.  But there is something beyond—a higher point, a subtle and unmistakable touch of love and pride beyond mere skill; almost an inspiration which gives to all work that finish which is almost art—which is art.

Y me he acordado, por no entretenerles mucho, una discusión que dejamos pendiente sobre la eficacia y el cariño.

No, yo aún no he vuelto del todo pero ya nos va quedando menos.

«Veo un monte grande de muchos viejos zapatos,
suelas e paños rotos e viejos hatos,
e veo las tus manos llenas de garabatos:
dellos están colgadas muchas gatas e gatos».

***

Mi viaje al hebreo (y al árabe) empezó por el catalán. Creo que en catalán fue la primera vez en que fui consciente de la xenofobia, pasiva en primer lugar y, algún tiempo después, activa. Aunque es una historia que me queda por contar, y que contaré, al principio se me suponía que el interés por Alfonso de Zamora se me tenía que fundamentar en su gramática. Y la gramática es una ciencia fundamentalmente necrófila, amante morbosa de ese sueño de la razón convertido en monstruo que es la normativa. En lo que afecta al hebreo, la gramática es como una segunda piel adherida a tres mil y pico años de tradición. La tradición, claro está, es mucho más antigua que la gramática pero una forma pertinaz de aherrojar el mundo entre hebraístas, hebreos o no de nación, es ponerle puertas al campo. Quizá Alfonso de Zamora fuera también un necrófilo, puesto que no cabe ninguna duda de que fue, sobre todo, un gramático, pero, nacido en el campo como era, tuvo problemas para cerrarle las puertas y estabular al onagro del idioma. Les pondré un ejemplo que entenderán pocos, me temo. Si a uno le enseñan hebreo es más bien improbable que le avecen en una sutileza que yo aprendí, sin embargo, desde el principio de lo que me enseñaron en hebreo (la enseñanza que me impartieron en hebreo fue muy sutil). Una de los signos vocálicos (תנועות, movimientos, en realidad, igual que se dice en árabe) de los que se sirve el hebreo es la nada, al parecer. Suele llamarse shevá (aunque es más que probable que Alfonso lo pronunciara algo así como seuá). Es, ya les digo, la nada (y así se lo enseñan a uno). En inglés, que ha sido desde hace cuatrocientos años una lengua de lo más bíblica, sirve para indicar la vocal que suele llamarse neutra (que existe también en catalán, pero no en el catalán que yo aprendí). Como a falta de pan buenas son tortas y el que tiene hambre con panes sueña, los gramáticos encargados de enseñar el hebreo suelen fijarse en lo que dicen al respecto otros gramáticos, revestidos de autoridad sobrevenida por dos hechos incontrovertibles: están muertos y enterrados desde hace siglos y fueron gente de suyo sistemática. Por supuesto, esas gramáticas solo fueron un remedo de la tradición, fundamentalmente de lectura en el caso que nos ocupa, no la tradición misma (la tradición tiende, por sistema, a no ser sistemática; en este aspecto se parecen, la tradición y la vida). Y, mucho menos que la tradición misma, la gramática no es la lengua que con un espejismo de siglos quiere hacernos llegar amorosamente esa tradición que sistematizaron las gramáticas. Según los gramáticos que pueblan los predios estabulados del hebreo, sus sistemáticos, muertos y enterrados antecesores de los que todos deberíamos aprender fueron la familia que ellos suelen llamar Kimhi y que yo me permito llamar Qamhí. En mi caso, yo sigo la tradición que me interesa: la de Alfonso de Zamora. Según estos Qamhí, granadinos de origen y provenzales de avecindamiento por ineludible circunstancia de su exilio, ese shevá o seuá fantasmagórico debería pronunciarse /e/ siempre que se le suponga alguna existencia brevísima a la nada vocálica que en sí mismo sería el shevá o seuá. Así, ביד («en mano», «por mano») sería /beyad/. ביום («en día», «en el día [de]») sería /beyom/. De esta y no de otra manera me enseñaron a mí que tenía que leerlo (puesto que de leer, que no de hablar, iba la cosa).

Muchos años después de esta enseñanza y de este aprendizaje, llegué a Alfonso de Zamora y a su gramática hebrea de 1526, las Introductiones artis grammatice hebraice nunc recenter edite. En su folio B (página 13), Alfonso nos salta, sin previo aviso:

Dicen además los judíos que el seuá se pronuncia en ocasiones como la vocal i o a, si resulta que al seuá le sigue inmediatamente una yod con cualquier otro punto vocal, por lo que se pronuncia como la vocal i: ביד biiad, «en la mano», y ביום biion, «en el día».

En este brevísimo pasaje hay dos menudencias (¿podría hablarse de un «pasaje seuá» siguiendo la definición de seuá como «vocal de duración doblemente breve» y, por tanto, impronunciable? –porque la primera condición de un profesor gramatical de hebreo es no pronunciar el hebreo, salvo arrimándolo a su castellano, si tal fuera su lengua primera–). La primera menudencia, claro está, es que Alfonso le lleva la contraria a los Qamhí y a toda la tradición presuntamente sefardí que los gramáticos del hebreo nos han repetido desde que los Qamhí escribieran sus obras, en la Provenza de los siglos xii y xiii: lo que es /biyad/ y /biyom/ tendría que ser /beyad/ y /beyom/, claro. Y, para colmo de insubordinación (y esta es la segunda menudencia), en la página impresa no sale /biyom/ sino /biyon/, con ene. ¿Será que al carácter impreso le faltan el hombro y la pierna (o cola) que, por el margen derecho, distinguen una <m> de una <n>? ¿O será que el castellano materno de Alfonso se aliaba con el arameo en la aversión fonológica por las emes finales? De esto último no podemos saber nada: aunque la coma no suele ir precedida de un espacio en este impreso de Alfonso, en la misma página donde sale este pasaje hay alguna ocasión en que la coma sí está precedida de un espacio. Así pues, el componedor (¿Rodrigo de la Torre?; Alfonso tiene el detalle de presentárnoslo y de elogiárnoslo al final de la gramática), ¿sería un hebreo converso arameizante? ¿O pronunciarían así los judíos sefardíes de antes de 1492, en Zamora o Alcalá?

Por el impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y fiel, entendido en el arte de corregir las letras e imprimirlas más que cualquiera de los que se hallan en el reino de España.

Tradujo el mismo breve pasaje Federico Pérez Castro entre 1944 y 1950:

Por mano de nuestro impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y acreditado, y conocedor del oficio, fueron compuestas las letras; y sus tipos fueron lo mejor de todo lo que se encontró en el reino de España.

Es precisamente la traducción otro de esos aspectos de ponerse a investigar sobre Alfonso de Zamora que no se me suponían al principio pero que ha acabado siendo una dedicación principal ahora que, espero, se acerca el final de esta contienda con el silencio acumulado de los siglos y la dislexia consuetudinaria de varias generaciones de intérpretes.

Si gustara de las metáforas más de la cuenta, quizá diría que la traducción es una amante traicionera. En realidad, por seguir por la misma senda equívoca de las metáforas, suele ocurrir como con las amantes: el problema suele ser provenir de la impericia de la segunda parte contratante más que de la naturaleza casquivana de la primera parte contratante del festejo amoroso, la traducción en el caso que nos ocupa. Un caso curioso, estrictamente personal (una trivialidad, una menudencia, un detalle nimio) me ocurre a mí desde hace tiempo con una canción, probablemente menor, epigonal, trivial, metafóricamente banal –qué duda cabe– de Joan Manuel Serrat. Vaya usted a saber por qué (quizá porque junto con la xenofobia, aprender catalán supuso iniciarse en la xenofilia) siempre me ha resultado uno de esos apoyos que uno necesita para ir viviendo la vida, sin eficacia pero con cariño. El otro día, por circunstancias de importancia vital que ahora no vienen al caso, me vi en el brete de tener que traducir la canción de la que hablamos, del catalán original a mi español de nacimiento. «Lenguas próximas», suelen llamarlas. Lo que es verdad. Todas las lenguas son la misma lengua, y siempre ha sido así y siempre lo será, como sabemos desde que un suizo ginebrino lo enunciara en la misma institución parisina, la Escuela Práctica de Altos Estudios, a la que yo llegué hará cinco años y pico, sin saber dos cosas hoy de vital (de nuevo) importancia: que no muy lejos de esa casa de estudios enfáticos proseguían su vida, discretos para mi percepción distraída, dos personas fundamentales ahora en mi vida, Alfonso de Zamora (en forma de apéndice incorrupto y manuscrito en la Biblioteca Nacional de Francia) y N. El orden es cronológico, por su aparición (no, no llegué a París para tratar de Alfonso ni para tratar a N.) que no por su relevancia. La cronología es, en ocasiones, tan precisa como falaz.

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Es la premunición de Sergent [sic] […] que confiere al individuo un estado crónico durante el cual puede llevar el germen de la infección, sin que él mismo sufra los brotes de la reinfección… [¿sic?] pero este germen toma definitivamente su asiento […] e intoxica constante y lentamente todos los humores orgánicos con los productos de su catabolismo […]. Como resultado final de este ataque permanente sobreviene, cuando no la muerte, la destrucción somática y psíquica del individuo y, a la larga, de la raza.

Ha sido leer la noticia en El País y no poder evitar pensar en un clásico: «¡En este local se juega!». Y no sería porque no lo hubieran dicho ya, con sonata y rondó, al alcance de todo el mundo. Yo, por mi parte, solo puedo felicitarme por el centenario de la Junta de Ampliación de Estudios y expresar mi curiosidad cívica no tanto por de dónde venimos, que eso tiene pinta ya de irremediable, sino hacia dónde vamos. Semanada clara y buena.

What we should seek in cross-cultural education are less bridges than a deep understanding of the boundaries. We can teach the boundary, we cannot teach the bridge.

Lo que se ha de buscar en la educación transcultural ha de centrarse más en una comprensión profunda de las fronteras que en fijar los puentes. Podemos enseñar la frontera, no los puentes.

Claire Kramsch, Context and Culture in Language Teaching, Oxford, OUP, 1993, pág. 228.

 

A las tres hijas las casé pronto. […] Cuando dos se divorciaron y quisieron volver, les dijimos: «Hijitas, aquí no caben. Y, menos, con las criaturas». Y se acomodaron en algún lugar y, si nos descuidamos, nos visitan los domingos (aunque amor sí les tenemos). No, el problema son los muchachos. […] Un día, el que estudió en la universidad nos salió con que pusiéramos para el orgasmo feliz sin consecuencias demográficas. ¡¿Y nosotros de dónde y por qué?!

Una nota mínima: rebuscando al hilo de una cosa que ahora no viene al caso –ustedes me disculparán–, me he dado de bruces con una de esas reseñas que un ciudadano notable de ambos hemisferios, Juan Miguel Lope Blanch, escribió para la Nueva Revista de Filología Española mexicana. Decía Lope Blanch al hilo de los Hebraísmos españoles de José Winiecki (México: Imprenta Universitaria, 1959):

No se sabe qué admirar más: el entusiasmo con que ha sido concebido este libro o el desconocimiento absoluto del asunto tratado.

A mí me sobreviene a menudo este mismo sentimiento de admiración al tener que desbrozar malezas perdidas para la biosfera y ganadas para la imprenta que tratan sobre Alfonso de Zamora.

Confieso que Lope Blanch es un tipo que quizá podría haberme caído bien y este sentimiento, aunque se dice poco, es quizá uno de los principales acicates para seguir en la brecha, esas brechas que en la vida profesional de cualquier tipo suelen degenerar hacia un barranco sin suelo. Obviamente, nunca conoceré a Lope Blanch (tampoco al abuelito Alberto o a mi abuela Florentina, circunstancias estas dos últimas que, perdonen que se los diga, me hieren más íntimamente que no poder ya conocer a Lope Blanch). De verdad pienso que es importante esto de sospechar la bonhomía y que (como si fuéramos eruditos de otros siglos de los que Grafton afirma que tenían por elemental cortesía demostrar el aprecio por sus colegas respondiendo en no más de siete días las cartas que les llegaban) la vida por correspondencia es una parte nada menor de los placeres de la vida diaria. Yo, por ejemplo, sospechaba que me iban a caer bien ya de antemano Abú Maadnús (y mira que le rondó la morena hasta substanciar la visita) o Marieta, la de Castelló[n] de la Roma (luego Marieta vino con estrambote o torna, pero eso es otro caso y lo contaré, tal vez, otro día). Sospecho, por ejemplo, que un tipo en Murcia y otro en Valencia (aunque suele citarse como de la Safor) me caerían bien. Ignoro si algún día podré substanciar esas correspondencias en una forma menos etérea. No es que sean los únicos, claro está. Supongo, por ejemplo (bueno, estoy casi seguro) que me habría caído muy bien Carlos Monsiváis. Pero ya tampoco podré hacerlo. Hay quien no lamenta en absoluto no haber conocido a Carlos Monsiváis. La intelectualidad española, por ejemplo, si admitimos que la intelectualidad española es un intelectual colectivo. El diario El País, concretamente. Es, sin duda, una afirmación discutible pero creo que argüible pese a todo. O eso quieren hacernos creer (y ya va para más de treinta años).

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