De ervas vos mantendes
Que traz o Verão,
E eu das lembranças
Do meu coração.

De pasto tenéis vida,
del que trae el verano,
y yo de lo que recuerda
el corazón mío.

No le importará al lector, espero, que empecemos a saltar desde las antigüedades más solemnes a las actualidades más prosaicas. Así andaremos todo el rato. […]

Contaba los días para que expirara mi contrato de delegado en Washington. Y al fin llegó junio de 2003, con su fecha de vencimiento. El director me propuso varias vías de escape. Una llevaba a Pekín. Otra, a Buenos Aires. Una tercera, a Roma. Pedí un poco de tiempo para pensarlo, porque Pekín resultaba, sin ninguna duda, la opción profesional más atractiva, pero me dolía rechazar Buenos Aires. Una de esas noches, a la hora del martini en la veranda (Washington tenía sus detalles), mi mujer aclaró las cosas. Propuso que interrumpiera por un momento mis delirios entusiásticos sobre los Juegos Olímpicos de Pekín, los derbis River-Boca y demás eventos históricos, y que pensáramos en cosas más simples: dónde queríamos vivir, cómo me apetecía trabajar, qué me interesaba aprender.

Cada uno es libre de dar a su vida el sentido que le apetece. Para mí, la vida es educación: un proceso de aprendizaje. No hablo de alcanzar algún tipo de sabiduría, no fastidiemos, sino de enterarse, dentro de lo posible, de cómo funciona el mundo y, en un sentido más pedestre, de parchear un poco la incompetencia congénita. Será que quiero llegar a la muerte con conocimiento de causa. Por eso me gusta cambiar en el trabajo: cuando sé hacer una cosa, empiezo a aburrirme y necesito ponerme a otra más o menos nueva y más o menos desconocida. No me importa equivocarme; de hecho, lo hago con una frecuencia que mis jefes consideran preocupante. Lo que llevo mal es la monotonía y el futuro previsible.

¿Qué me interesaba aprender? Cosas muy vagas. ¿Se pueden aprender la humanidad, la belleza y el tiempo? No, no creo. Pero si hay un lugar para intentarlo, ese lugar es Roma.

Y el 1 de septiembre de 2003 volamos desde Washington a Roma.

Enric González, Historias de Roma, Madrid, RBA, 2010, págs. 12, 13 y 14.

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Je sens que ce pays te doit une émotivité moins défiante et des yeux autres que ceux à travers lesquels il considérait toutes choses auparavant.

Siento que este país te te debe una emotividad menos desafiante y unos ojos distintos a los que le servían antaño para juzgarlo todo.

René Char, Lettera amorosa, 1953 (¿1928?)

Casi sin dudarlo no es el mejor de sus libros. Tampoco el peor (¿cuál será el peor?). Pero ocurre que a veces lo que nos gusta es enemigo de lo mejor (pasa a menudo, según me comentan). Es como unas cervezas en un garito con amigos a media tarde (de primavera o verano): no es tanto la cosa como la circunstancia.

En el caso concreto que nos ocupa, lo primero es la sorpresa porque, por una vez (creo que es la única vez) deja ver un acendrado sentimentalismo al escribir. Se le ve (vamos, se le lee) como un niño con zapatos nuevos o, mejor dicho, como un niño glotoncete delante del escaparate de una pastelería que no termina de acabarse. Así que, en realidad, que me guste tanto ese libro concreto que no es (ni modo) el mejor de sus libros ha de deberse con a que comparto con él sus vicios habituales: la gastronomía, por ejemplo. Seguramente también la sicalipsis, pero él es de una discreción ejemplar en ese aspecto (o lo es mi memoria de leerlo, tal vez). Se emociona, por ejemplo, con el café:

Ara, en l’altre extrem del repàs hi ha, en aquest país, un element que mereix les més grans lloances i davant del qual hom s’ha de descobrir. És el cafè. A Itàlia es fa el millor cafè d’Europa. La península és perfumada de bon cafè, de dalt a baix.

Sobre esto, al otro extremo del menú, hay, en este país, un elemento que merece las mayores alabanzas y ante el que uno ha de descubrirse. Es el café. En Italia se hace el mejor café de Europa. La península está perfumada de buen café, de arriba abajo.

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7 de abril

—Lamento decirle que mi muestrario de ofertas es muy reducido. No dispongo de esa clase de infamias. Para su ambición le puedo proporcionar este destino: ir a un país desconocido, no hacer nada y cobrar mucho dinero. No hacer nada pero dejar hacer. Y también informar. […]

6 de noviembre

Miro la montañita de los apuntes y sé que no tienen destino. En la vida de todo hombre normal y maduro hay siempre una mujer lejana. Por la geografía o los días. Nunca volveré a ver a mi lejana. Si vive, pisa un punto de la tierra ignorado por mi. Y si llegara a producirse el milagro, ya marchito, del reencuentro, tampoco te ofrecería mis apuntes como lectura. Tal vez, Lejana, te mostrara el montón de hojas como una avergonzada y lastimosa prueba de que yo estuve viviendo en tu ausencia.

Juan Carlos Onetti, Cuando ya no importe (1993).

«Motorino mirror», foto de Antmoose, 6 de junio de 2005 (Via del Pellegrino, Roma).

En realidad, y agradeciendo que me lo haya señalado Yannick Nexon, en lo que tendría que andar enfrascado es en Vatican Archives: An inventory and guide to historical documents of the Holy See de Blouin, Coombs, Yakel, Carlen y Gill (Oxford University Press, 1998 y 500 y pico de páginas en 8º) que, según me dicen, tiene «todas las virtudes de cómo trabajan los americanos y todos sus defectos» (yo debo de ser más simple que el mecanismo de una peonza porque en nuestro breve contacto, por el momento, solo le he visto virtudes). Pero ayer, que fue un primer día de currelo romano y de bastante confusión bibliográfica, me puse con lo que me pareció más obvio: Sussidi per la consultazione dell’Archivio Vaticano, a saber, el schedario Garampi, los Registri Vaticani, los Registri Lateranensi, las «Rationes Camerae» y el Archivio concistoriale (que no consistoriale, parece), «nueva edición revisada y ampliada de Germano Gualdo» (Ciudad del Vaticano, Archivio Vaticano, 1989). Y parece que por el «Fichero Garampi» tenemos que pasar todos, como si fueran unas horcas caudinas de la erudición vaticana:

Lo «Schedario Garampi», che riprende il nome del noto studioso ed erudito Giuseppe Garampi (1725-1792), prefetto dell’Archivio Vaticano, poi nunzio e cardinale, è oggi un complesso di Indici divenuto familiare a quanti frequentano questo archivio, e inoltre è uno istrumento di ricerca assai consultato da chi si occupi di storia del basso medioevo e dell’età moderna. La conoscenza dello Schedario Garampi rappresenta in genere una specie di iniziazione per i ricercatori che per la prima volta entrano in contatto con l’Archivio, una faticosa ma necessaria propedeutica alla compresione della sua complicata articolazione e dei problemi non sempre facili che pone l’indagine nei suoi fondi.

Lo Schedario è costituito oggi da 125 volumi […].

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A la caída de la tarde del 29 de septiembre del año 2008 de la era común, comienza el primer día del mes hebreo de tishré del año 5769 de la era de la creación, primera de las jornadas en que se celebra el Rosh hashshaná, el Año Nuevo judío.

Los dos símbolos más extendidos con los que se felicita el año nuevo judío son una manzana, bañada en miel y el cuerno, el shofar, que anuncia la llegada del año nuevo y que se toca al principio del año y al principio de cada mes, salvo que la fiesta caiga en sábado. Algún día tendré que explicaros (y explicarme) el origen de este símbolo de la manzana y la miel. De momento, dejémonos llevar por la dulzura. El caso es que este año que acaba, el 5768, año de mudanzas, de sorpresas y de incertidumbres, ha tenido algún momento luminoso.

Y el caso es que a mí me gusta la orxata. De hecho, me encanta. Y mejor granizada con fartons, como nos daba l’agüela Amparo para el berenar.

Todo momento luminoso, de revelación, puede tener muchas causas. Ya lo explicó Proust, con su té y su magdalena. Yo, últimamente, he tenido algunos momentos luminosos, spettacolari, en Roma. Todo empezó, más o menos, con un puñado de chufas, tan bien contadas desde Roma que le daban a uno ganas de ir:

Un dia estava a una botiga al centre, propet de Campo de’ Fiori, comprant-me un jersei i l’amo de la botiga em va preguntar si era espanyola i si era de prop de València. Em vaig quedar parada perquè normalment no em pillen l’accent i, sobretot, mai amb aquesta exactitud geogràfica, li vaig preguntar com havia endevinat d’on venia i em va dir que no ho havia endevinat, que m’ho preguntava perquè em volia demanar un favor molt gran. Li vaig dir que si podia que clar que sí i aleshores em va explicar una història: Ell és jueu (molts amos de botigues de roba ho són) i va arribar de Líbia als anys 60, ja vaig parlar dels jueus de Líbia que viuen a Roma en un altre apunt. Em va explicar que a cap d’any, Rosh Hashanah, en el segón dia de celebració, és costum menjar coses dolces i bones com a auguri i celebració de dolçor pel nou any que comença. Cada tradició té uns aliments especials per aquesta celebració, que, a banda de l’auguri d’un bon any té també un significat d’oferir a Déu, i a les persones estimades, les primícies, fruits nous i bons… Resulta que els jueus a Líbia, celebraven aquesta festa també menjant xufes i van haver d’abandonar el costum en deixar el país. Ell, fa uns anys, en un viatge a València va veure xufes al mercat central i no s’ho podia creure, pensava que era una cosa que només es podia trobar a Líbia, així que en va comprar moltes i va preparar bossetes amb unes quantes xufes i en la següent celebració de cap d’any en va repartir entre els membres de la comunitat vinguts de Líbia, que les van rebre emocionats i sorpresos, ja que feia quasi quaranta anys que no en veien i no podien menjar-les per celebrar el nou any. Tot això m’ho explicava emocionat, amb una emoció que em va transmetre. El favor que em volia demanar era si li podia portar xufes quan anara a València, i, òbviament, li vaig dir que sí.

Marieta, El meu país d’Itàlia, 31 de marzo de 2008.

[Internostrum, sistema de traducción automática catalán-castellano, castellano-catalán].

La emoción es siempre una inesperada casualidad compartida. Y un trozo de felicidad ofrecida y aceptada.

Feliz año nuevo a todos y que sea por muchos años.

PD: ¿Quizá esta reflexión le podría llegar por esos puentes insospechados de la red (la rete non isola affatto dal mondo reale, anzi unisce, collega, crea ponti, spunti per arricchirsi) a cierta dama Meghnagi, de los Meghnagi tripolitanos de Roma de toda la vida? Gràcies.

No soy un gran lector de las obras de Isaiah Sonne (1887-1960), un erudito algo escéptico del linaje de los sabios judíos alemanes de antes del Desastre, pero confieso que cada vez que me he topado con uno de sus artículos, que no son pocos, sus opiniones y su método me han dejado en el ánimo un sereno poso de honradez crítica. Estoy de acuerdo con el retrato que le hizo Abraham Halkin, otro de los grandes, en su artículo necrológico en los Proceedings of the American Academy for Jewish Research:

It is no wonder that he scorned the scholar who, after unearthing a leaf or two of a document, proceeded to build a whole theory on them; for Sonne understood that if this scholar knew our intellectual world he could never arrive at those conclusions.

El caso es que el otro día, mi penúltimo día romano, mi Ariadna estrábica de la Angelica me hizo notar un catálogo (más bien inventario) bis, una caja B de los manuscritos hebreos que custodia la institucioncita sita en la plaza romana de San Agustín. Hay una docena larga de manuscritos que han quedado emparedados entre el vetusto catálogo (de nuevo, más bien inventario) de finales del xix y la nada. Porque desde finales del xix, nadie se ha quedado a recontar y volver a describir los manuscritos angélicos, un fondo compacto, coherente y compacto, producto de la gula biblófila y erudita del cardenal Rocca.

Todas las fichas de los manuscritos, dactilografiadas, llevaban una firma que me resultaba familiar: «I. Sonne», dando testimonio del autor del inventario de esos hijos pródigos y perdidos del legado del cardenal Rocca. De repente, en una de las fichas, Sonne dejó la fecha en que ¿la terminó?: «marzo 1934». Pero de ahí no me vino el escalofrío, la ligera inquietud, el subrepticio desasosiego: escrito inmediatamente detrás del «1934» había otra cifra, en un tamaño más pequeño: «xii». No dudé ni un instante a qué se refería ese «xii» en cifras, claro está, romanas.

Y desde ese día llevo con un algo, no mucho, pero algo, de mal cuerpo.

PD: Al hilo de los catálogos y los descubrimientos y los manuscritos olvidados, un día os tendré que escribir de uno de los siete pecados (académicos) capitales: la gula.

¿Por qué habrá un escudo franquista (ergo un ejemplo por antonomasia) esculpido en piedra, tirando a nada discreto, encima del portal del número 41 del Corso del Rinascimento romano? Me he calado las gafas de sol de espía mostoleño, he ido a echar un discreto vistazo al telefonillo dorado, típicamente romano pijo, pero solo he encontrado un “Fernández” quizá incriminatorio. Claro que yo tampoco valgo un pijo como detective.

La cosa, me perdonarán ustedes, tiene su aquel, porque es que servidor pasa todos los días por ahí (diga lo que diga Google Maps, por cierto, que uno tiene sus razones al taglio).