Nuestro Señor la muy magnifica persona de vmd. guarde en su santo servicio. De Quer á X. de Abril de MDLCVIII.=Servidor de vmd.= El Doctor, Paez de Castro.

Habíaseme olvidado lo de los libros Hebreos que son bien raros y costaron mucho: paresceme que los seis de Chamhicon [sic] Neemias in Iob, y Salomon sobre los Trenos y Habmazra [sic] sobre los Cantares, y lo de M.t Teo sobre Ruth, etc.ª, y Neemias sobre los Proverbios, que se debria pagar más de á tres relaes cada pliego, que son dos hojas: los otros cartapacios y cosas de Zamora no sabria decir qué valen sin verlos por que no me acuerdo de ellos.

Los de latin impresos no son raros.

Carta del doctor Juan Páez de Castro al secretario Mateo Vázquez, «sobre la paga que se puede dar a los escribientes de griego y hebreo por sus copias y traslaciones de libros antiguos», editado por Toribio del Campillo y Casamor en la «Colección de bibliólogos españoles», Revista de archivos, bibliotecas y museos, año ix, n.º 5, 31 de mayo de 1883, pág. 164.

Pura anécdota, claro. Los sic (en vernáculo: asín) son de un servidor, no de don Toribio del Campillo.

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Рукописи не горят («Los manuscritos no arden»)

Mijaíl A. Bulgákov (Михаил А. Булгаков), Мастер и Маргарита (El maestro y Margarita), 1928-1941, cap. xxiv.

***

He visto pisotear las cosas más sagradas, perseguir el mérito verdadero y entronizar la mediocridad y la ambición. Se dice con frase acertadísima que la ignorancia es la base del poder y no solo en un lugar, sino en muchos lugares. Tuve yo hace muchos años que salir del mío por no poder sufrir tanta ignominia.

Agustín Millares Carlo

A la profesión de bibliotecario, que no servía para citar en los grandes discursos, no concedían mucho interés nuestros dirigentes en Moscú, que habían centrado su atención en la Universidad y en el Instituto de Ingenieros en Energía y que citaban con admiración rural. A los que estudiábamos para bibliotecarios nos dejaban en paz. Era como si no existiéramos.

José Fernández Sánchez

***

Hubo una época, tan lejana como se quiera hacer la distancia de la vida de unos seres humanos a los que venimos tras ellos, en que los libros sirvieron de parapeto de una guerra fratricida de exterminio. Algunos libros aún guardan, a medias, la metralla de los que no volverán a hablar, aunque nos empeñemos. De ese silencio de ayer está hecho, me temo, no pocos de los silencios que aún me han llegado, confiados en la victoria del silencio impuesto, de cualquier silencio impuesto: «Tú, hijo mío, no te signifiques», como aún dice mi madre.

A veces, demasiadas, al volver las páginas de los libros (esos mismos que fueron material de trinchera fratricida), se descubre una curiosa naturaleza bífida: la de que sean, a la vez, prisioneros y calabozos de los espectrales pasadizos del tiempo.

***

Estampa de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría tomada del Register des Buchs der Chroniken und Geschichten de Hartmann Schedel, impreso en Núremberg en 1493.

(más…)

Y aún me preguntarán por qué me regodeo en mi judeofilia:

We are delighted that the occasion of our son’s wedding (…) solved a 150-year-old bibliographic mystery.

Nos complace que, con ocasión de la boda de nuestro hijo […] se haya resuelto un misterio bibliográfico de ciento cincuenta años.

Shlomo y Mati Sprecher, «A Gemeinde Gemeinheit», Tradition Seforim Blog, 2 de junio de 2009.

Qué quieren: en las bodas de mi pueblo se dan gritos de ¡Que se besen los novios!, ¡que se besen los padrinos!, ¡que se besen los padres del/de la novi@!, ¡que se besen los cuñados de la prima hermana del suegro de la hija del cura!, etc. O se reparten, previo corte y recorte entre vocinglerías tan beodas como campechanas, trozos de la liga de la novia, de la corbata del novio o, innovación reciente que no conocí en mis años más mozos pero cada vez más extendida, de los calzoncillos del novio, con la intención de subastarlos.

Pero vamos, a la bibliografía, lo que es a la bibliografía, no tengo yo visto que en las bodas de mi pueblo se hayan dedicado. Ni que piensen hacerlo.

PD: El artículo de los Sprecher es, por otra parte, francamente interesante. No tanto como adquirir en subasta trocitos de la liga de una novia, pero interesante en cualquier caso.

Sin nombre«5 Il rabbino di Venezia El…», foto de triestebraica, 9 de marzo de 2008.

[Capítulo I: «Los años de Zamora y Salamanca»]

[Capítulo II: «La Biblia Políglota Complutense»]

Capítulo III: «Los (¿in?)felices años de Alcalá»

Glauben Sie, daß Sie es aushalten, daß Jahr um Jahr Mittelmäßigkeit nach Mittelmäßigkeit über Sie hinaussteigt, ohne innerlich zu verbittern und zu verderben?

[«¿Cree usted que aguantará que, año tras año, le pase por encima una mediocridad tras otra, sin amargarse por dentro y sin corromperse?»]

Max Weber, Wissenschaft als Beruf («La ciencia como vocación»), 1917, traducción de Pedro Piedras Monroy.

Aunque lo he dicho menos de lo que debería por aquí, la tesis zamoresca que ocupa mis días se funda en el método llamado codicología. La codicología es la disciplina -me permitirán que no me ponga estupendo, así que evitaré llamarla ciencia– que, por decirlo de una manera que se entienda, trata a los libros viejos, preferentemente manuscritos, con el respeto debido: les llama de usted; les pregunta primero, antes de abrirlos, para interesarse por su salud; le echa una paciencia de santo y escucha las batallitas de esos abuelitos encuadernados -o no- a los que se dedica la codicología.

De los libros impresos aunque venerables se suele ocupar la llamada bibliografía material en español, denominación hija de la bibliographie matérielle francesa, a su vez prohijada por la analytical bibliography inglesa (originalmente shakesperiana), que consiste en suma en:

El estudio de los libros como objetos físicos: los detalles de su producción y los efectos del método de manufactura en el texto. […] La bibliografía material (analytical bibliography) se ocupa de la historia de los impresores y libreros, de la descripción del papel y las encuadernaciones, o de los problemas textuales que surgen del proceso de conversión del manuscrito del autor en un libro publicado.

Este método de la bibliografía material, que se utiliza en el ámbito de los impresos antiguos desde que algunos filólogos ingleses y americanos intentaron desentrañar el carajal que suponen las primeras ediciones de las obras de Shakespeare, tardó bastante más en aplicarse, travestido y mudado el nombre, al carajal no menor que suponen los estudios de manuscritos. Dicho en alemán, largo y paradójicamente conciso, Handschriftenkunde, de longevidad demostrable. Para que me entiendan, el método contrario de la codicología es el típico de la mayoría inmensa de filólogos e historiadores, por poner dos ejemplos claros. Lo que para los codicólogos es respeto debido, para esos filólogos e historiadores es tuteo impenitente, que para eso ellos saben más que el libro que están leyendo y, en consecuencia, más que las personas que lo escribieron. Lo que para los codicólogos es interés por los achaques del abuelo encuadernado, para aquellos filólogos e historiadores es, en el mejor de los casos, respeto supersticioso -en el que concuerdan con la mayor parte de los conservadores de fondo antiguo de las bibliotecas- porque todo lo viejo impone, pero apenas propone. El abuelito metido en la residencia, como el códice manuscrito conservado a la temperatura justa en el depósito de la biblioteca, ha dejado, en realidad, de tener un papel en la vida moderna, la nuestra, que es, al parecer, la única que cuenta. En el peor de los casos, o bien no se acercan, porque para eso ya están las ediciones, o bien ni tienen en cuenta los códices, porque para historia o filología ya están las teorías. Y a la realidad, que es prima hermana de la realia, que la zurzan.

En las palabras que me dirigió un prestigioso experto francés de la judaística hispana: «a mí la paleografía me da igual: para eso ya tengo las ediciones». Puesto que el buen professeur nunca estudia nada que sea más reciente que del siglo xv, solo cabía decirle: «pues eso». Que es lo que le dije, en versión original subtitulada: «ça se voit».

Por último, la paciencia que predica el método codicológico para escuchar las batallitas del abuelo manuscrito, sin meterle prisa y sin querer saber más de su vida que él mismo, es prisa, en el gremio que con afán reductor y caricaturesco he llamado filólogos e historiadores, por rematar el caldo articulero del que está compuesto la paradójica actividad profesional de la clase letrada funcionaria: profesores de universidad, investigadores de plantilla, becarios con ambiciones, etc., etc. Puestos frente al códice, este gremio pagado de sí mismo y, al menos en Europa, del erario público, no necesitarán de paciencia ni de escucha: ellos ya saben lo que el manuscrito tienen que decir, por lo que ¿a santo de qué iban a ponerse a escuchar lo que el manuscrito tenga que decirles?

Alfonso de Zamora, Manuscrito de París. Foto de Álex Casero.

Alfonso de Zamora, Manuscrito de París. Foto de Álex Casero.

Confieso que la enunciación de los principios rectores de la actividad codicológica tienen algo de frailuno: en lugar de fe, esperanza y caridad, podríamos proponer la prudencia (conclusiva), la modestia (teórica) y la sencillez (discursiva). Si en los últimos meses no hubiera caído en el agnosticismo arqueológico, por haber compartido trabajo con algunos practicantes de la arqueología, variante analfabeta, quizá resumiría la codicología en la expresión arqueología del libro. Ahora, me retengo: para ejercer de codicólogo no solo hay que saber cavar, abrir las hojas en el caso que nos ocupa, sino saber leer. (Sobre la cuestión, puede leerse el artículo de Albert Gruijs, «Codicology or the archaeology of the book? A false dilemma», Quaerendo, vol. ii, nº. 2 (1972), págs. 87-108).

Una satisfacción que proporciona trabajar con el corpus de libros de Alfonso de Zamora es que permite una cierta continuidad cronológica del personaje. De alguna manera, leyendo sus (¡muchos!) libros, se puede leer su vida, por muy excesiva que parezca esta afirmación. Mañana, por no daros más la barrila de lo que vuestra paciencia soporta, haremos un recopilatorio, no sé si entretenido, no sé si revelador, no sé si acertado, pero más largo que un día sin pan, de los cincuenta y ocho códices y libros impresos antiguos que dependieron, de una manera u otra, de la mano de Alfonso de Zamora. Cincuenta y ocho piezas (veremos que divisibles a efectos históricos y de análisis en otras  setenta unidades) que dibujan, si se las deja hablar, si no se les interrumpe, si se aguanta la alternancia inherente a la investigación de días bellísimos y jornadas aburradísimas, un panorama insuperable, por fascinante, de una época y de un territorio fundamentales: la Península Ibérica de la primera mitad del siglo xvi.

No menos fascinante es concluir nuestro recorrido bio-bibliográfico por la trayectoria del bueno de Alfonso con la constatación de que, si la hubiera conocido, él también habría subscrito la frase probablemente apócrifa del primero de califas de Córdoba, casi seis siglos antes de que viviese Alfonso: de todos los días de su vida, solo catorce había sido feliz. No seguidos.

¿Libricos? Sobre codicología hay bastantes. Algunos bastantes malos, por inapetentes, como la obra colectiva Lire le manuscrit médiéval. Observer et décrire, dirigida por Paul Géhin, París, Armand Colin, 2005. Los hay muy buenos y muy informativos, que practican la codicología con mucha discreción porque nunca lo dicen: toda la última sección, «La confecció material dels còdexs medievals» (págs. 229-306) de la Història del llibre manuscrit a Catalunya de , Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2003. Igualmente, clásico feliz entre clásicos, el venerable volumen de Wilhelm Wattenbach, uno de esos sabios alemanes que hacen aún más injustificable el Desastre que vino después, que publicó, mientras la Gran Bertha atronaba asediando París, Das Schriftwesen im Mittelalter («El carácter de la escritura en la Edad Media»), Leipzig, Hirzel, 1871. En español, es una suerte contar con los dos manuales de Elisa Ruiz García: el primero, Manual de codicología, Salamanca y Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez y Pirámide, 1998 y su posterior encarnación, revisada y muy corregida, Introducción a la codicología, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002. En italiano, yo le tengo especial aprecio al libro de Maria Luisa Agati, Il libro manoscritto: introduzione alla codicologia, Roma,  L’Erma di Bretschneider, 2003.

Los hay árabes que hablan en francés: François Déroche (y algunos otros), Manuel de codicologie arabe, París, Bibliothèque nationale de France, 2000 y que, si son buenos, buenos y con fundamento cuando hablan francés, se vuelven imprescindibles cuando hablan árabe: المدخل إلى علم الكتاب المخطوط بالحرف العربي, traducción de Ayman Fu’ad Sayyid (أيمن فؤاد سيد), Londres, Al Furqan Islamic Heritage Foundation, 2005/1426. A los que se pregunten ¿qué diantres tienen que ver los manuscritos árabo-islámicos con los de Alfonso de Zamora?, les invito a dirigirse a doña Katrin Kogman-Appel, Jewish book art between Islam and Christianity: The Decoration of Hebrew bibles in Medieval Spain, Leiden, Brill, 2004 o a su versión original hebrea: אמנות יהודית בין איסלם לנצרות – עיטור ספרי תנ”ך עבריים בספרד, Bnei Brak (Israel), Haqqibuṣ Hammĕʔuḥad, 2001. Sobre los manuscritos hebreos en general y sobre la nada en particular, es inevitable citar un trabajo de Colette Sirat que tiene algo de cervantino. Como si dijéramos que está descrito en el célebre estrambote cervantino. Como es inevitable, me abstendré de más comentario y lo citaré en sus varias encarnaciones lingüísticas, que importan por el diferente número y diversa calidad de sus láminas: מן הכתב אל הספר: הצצה אל עולם כתבי-היד העבריים של ימי הביניים, edición de Leah Shalem, Jerusalén, Qeset, 1992; Du scribe au livre: les manuscrits hébreux au Moyen-Âge, París, CNRS éditions, 1994; Hebrew manuscripts of the Middle Ages, traducido por Nicholas de Lange, Cambridge, CUP, 2002. La que tiene más santos es la edición hebrea. La que menos, la inglesa. Entre ambas, la francesa. Y que cada palo aguante su vela y aquí paz y después gloria.

A través del estupendo blog On the main line, escrito… bueno, por Mississippi Fred McDowell (ahí queda eso) me llega uno de esos grandes momentos del humor que nos deparan los «trabajos» (¿love’s labours lost?) de eruditos (y) bibliógrafos, discreta aunque jaranera cofradía de la que, sin preciarme, formo parte.

El blog de Mississippi Etc. Etc. es una de mis referencias diarias en la materia iudaica (bibliographica) junto con The Michtavim Blog, de Menachem Butler; the (Tradition) Seforim Blog, que editan el propio Menachem y Dan Rabinowitz; y Hagahot, de ManuscriptBoy (¿me falta alguno?).

La receta de la serendipia humorística de hoy es la siguiente: búsquese en esa biblioteca universal (vista previa limitada) que es el servicio Búsqueda de libros de Google, la palabra

«kasher»

ya saben: traducido literalmente apto, pero utilizado por restricción semántica para referirse a los productos alimentarios (y de otra clase) que cumplen con las normas de pureza ritual dictadas por las interpretaciones de la Ley judía. Pureza ritual, no ninguna otra. Quédense con la copla, no me sean prejuiciosos.  Sí, ya sé que la paráfrasis es larga, pero es que hay cosas que es mejor dejar bien explícitas, que luego se van diciendo muchas tonterías por ahí. Y algunos se convierten en clásicos, de los que convendrá hablar, aprovechando por ejemplo la vez en que Alfonso de Zamora se pasó a declarar como perito por el Tribunal de Inquisición (que sí, se pasó: ese hombre dio para todo).

Bien, estábamos buscando en un diccionario con el buen mozo Mississippi.

Buscado kasher, encontramos lo siguiente (todas las capturas de pantalla de Google Books que presento a continuación son del tal Mississippi)

Se busca lo que se encuentra (y viceversa).

Figura nº. 1: Se busca lo que se encuentra (y viceversa).

Analizados los resultados, se clica a ver qué nos dice el más prometedor de los dos, que resulta ser una obra lexicográfica de prometedor resultado: A Critical pronouncing dictionary of and expositor of the English language, escrito por John(nie) Walker y publicado en Londrés en el año 1839.

Único retrato conservado, a contraluz, del afamado lexicógrafo británico John Walker, autor de A Critical Pronouncing Dictionary. Se rumorea que los autores del software de reconocimiento de texto utilizado por Google Books le rinden tributo de admiración cada mañana, a palo seco, y a cotinuación se ponen a programar.

Figura nº. 2: Único retrato conservado, a contraluz, del afamado lexicógrafo británico John Walker, autor de A Critical Pronouncing Dictionary. Se rumorea que los autores del software de reconocimiento de texto utilizado por Google Books le rinden tributo de admiración cada mañana, a palo seco, y a cotinuación se ponen a programar.

Rendido (o no) tributo de admiración a la magna tradición lexicográfica británica, alimentada por los efluvios de la malta escocesa, se recupera el resultado que nos interesaba en la búsqueda:

¿"Quod erat demonstrandum"?

Figura nº. 3: ¿"Quod erat demonstrandum"?

Para comodidad del amable lector (y de la amable lectora), transcribo el resultado de nuestra búsqueda kasher en Google Books:

«Rasher, […] s. a thin slice of bacon.»

Rasher (pero, oiga, ¿no era kasher?), […] s[ubstantivo]. loncha delgada de panceta.»]

En resumen: no por mucho judaizar, se libraban del marrano. Moraleja: no se fíen ustedes de su programa de reconocimiento óptico de caracteres. Ni de Google. Ni de los diccionarios. Vistas así seguidas, las tres recomendaciones parecen de perogrullo, ¿no creen?

Esto de la kashrut (que es el substantivo abstracto de kasher) ha dado, de toda la vida de Dios, mucho de sí. De la forma más erudita (citando un poco a batiburrillo)…:

Elisheva Baumgarten, Mothers and children: Jewish family life in Medieval Europe, Princeton, Princeton University Press, 2004; Robert (Yerahmiel) Brody, The Geonim of Babylonia and the shaping of Medieval Jewish culture, New Haven, CT, Yale University Press, 1998; Abraham Ofir Shemesh, «Food deceptions and falsification in the ancient food industry and their legal remifications according to rabbinical literature», Jewish Law Association Studies, vol. xviii (2008), págs. 244-262 (¿de verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor?); Gil S. Epstein, «The political economy of kosher wars», en Carmel U. Chiswick, Tikva Lecker y Nava Kahana (editoras), Jewish Society and culture: An economic perspective, Ramat Gan (Israel), Bar Ilan University Press, 2007, págs. 155-176; Jonathan D. Brumberg-Kraus, «Does God care what we eat? Jewish theologies of food and reverence for life», en Leonard J. Greenspoon, Ronald A. Simkins y Gerald Shapiro (editores), Food and Judaism, Studies in Jewish Civilization, vol. xv, Omaha, NE, Creighton University Press, 2005, págs. 119-131; Jack M. Sasson, «Should cheeseburgers be kosher? A different interpretation of five Hebrew words», Biblical Research, vol. xix, nº. 6  (2003), págs. 40-43 y 50-51; Anna Foa, «The Marrano’s kitchen : external stimuli, internal response, and the formation of the Marranic persona», en Elliott Horowitz y Moisés Orfali, The Mediterranean and the Jews: Society, culture and economy in Early Modern times, Ramat-Gan (Israel), Bar-Ilan University Press, 2002, págs. 13-25; Steve Siporin, « From Kashrut to Cucina Ebraica: The recasting of Italian Jewish foodways», Journal of American Folklore, vol. cvii, nº. 424, (1994), págs. 268-281; Haggai Ben-Artzi, «אידיאולוגיה ופסיקת הלכה : דרכו של הראי”ה קוק כפוסק» [«La ideología en la toma de decisiones jurídicas en el derecho judío: el método adjudicatorio del rabino Abraham Isaac Kook»], en Amichai Berholtz, מסע אל ההלכה: עיונים בין תחומיים בעולם החוק היהודי [Viaje al derecho religioso judío: perspectivas multidisciplinares en el mundo de la ley judía], Tel Aviv, Yediot Acharonot, Sifre Hemed, 2003, págs. 177-195;

… y por la más rabiosa actualidad:

«Contro il coscer caro, tutti in piazza»

[«No a la carestía kasher: ¡manifiéstate!»]

El lingüista desenfrenado que soy nota, para empezar, que quien escribió la pintada era asquenací. O, al menos, pronunciaba a la asquenací. Si hubiera sido sefardí o, simplemente, utilizase la pronunciación tradicional de las comunidades judías italianas e italianófonas, habría escrito algo como kasher o, italianizando la grafía, cascer.

Otra reflexión, del amante del jabugo que confieso ser: pues si no podían pagarse la comida kasher, que se comprasen chóped, que ya lo dice la magia cabalística de la lexicografía: la carne de marrano es, miren ustedes por donde, definidamente kasher.

Coda cinematográfica: sobre esto de kasherizar al dios Tocino (dicen por España que del cerdo gusta todo, hasta los andares a lo que en Francia replican que tout est bon dans le cochon, con un sentido de la rima consonante algo ramplona), no puede olvidarse una desternillante película inglesa (claro), «Leon, the Pig Farmer», estrenada en 1992 y dirigida por Vadim Jean y Gary Sinyor.

He confesado alguna vez, no necesariamente por aquí, mi afición por enciclopedias, diccionarios, mapas, catálogos y, en general, por toda obra realizada con la ambición de ordenar el mundo. O el conocimiento, que viene a ser lo mismo. Cuando enciclopedias, diccionarios, mapas, catálogos y demás flora impresa (o manuscrita) están bien hechos, resultan útiles y me evitan penas y quebrantos, la afición queda rayana del amor. El particular género literario de las bibliografías de trabajos de investigación va más allá de la afición: es una necesidad insoslayable. Yo suelo agradecer estos trabajos con mis mejores deseos de larga vida a sus autores, a fin de que nos proporcionen muchos trabajos parecidos. El último del que he tenido noticia es el largo artículo de Óscar Perea Rodríguez: “Minorías en la España de los Trastámara (II): judíos y conversos”, eHumanista: Journal of Iberian Studies, x, págs. 353-468. Que además de la virtud de lo exhaustivo de sus ciento dieciséis páginas, que ya son páginas, está a libre disposición de todo el mundo en la internet… Consúltenlo, consúltenlo, y entenderán de un solo vistazo porque esto de meterse en camisas de once, doce, trece y más varas judiegas no debe de ser, por fuerza, señal de estar muy cuerdo. Y recuerden que la bibliografía en cuestión trata, solo, de judíos y conversos en época trastámara y recoge, solo, los trabajos publicados entre 1998 y 2008 (con la trampa, claro, de que 2008 aún no está finiquitado). Y hagan a continuación un cálculo, a ojo de buen cubero, de todo lo demás.

PD: Honrado, Perea señala que “no están incluidos trabajos en hebreo por una razón obvia: el desconocimiento de de esta lengua por parte del autor de estas líneas, lo que hace del todo punto imposible juzgar si su contenido se adecua o no a los presupuestos de este volumen”. Esta carencia, claro está, no es difícil suplir, con tiempo y con paciencia. No digo que deba suplirla Óscar Perea. En parte ya está recogida en el amenísimo libro de Norman Roth, A Dictionary of Iberian Jewish and Converso authors. Ameno por su apabullante erudición (y su afición a la crítica descarnada) y por la apabullante cantidad de erratas, malentendidos y serendipias torcidas que le ha proporcionado un editor nada cuidadoso a obra tan útil por muchos otros conceptos.

Ocurrió hace ya casi un mes, pero yo me acabo de enterar ahora.

Fallecimiento del Prof. D. Federico Pérez Castro

El 15 de agosto de 2008 falleció en su residencia de Méntrida (Toledo) el Prof. D. Federico Pérez Castro, catedrático de Hebreo en la Universidad Complutense de Madrid desde 1950 hasta su jubilación en 1988.

Nacido en Madrid el 25 de diciembre de 1918, el Prof. Pérez Castro cursó sus estudios de licenciatura y doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de dicha universidad, entonces denominada Universidad Central de Madrid. Su tesis doctoral (marzo de 1946) versó sobre “Humanistas españoles. Alfonso de Zamora y el hebraísmo español”. Además de sus tareas universitarias, el Prof. Pérez Castro desarrolló una amplia actividad en el Instituto “Arias Montano” del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. De su extensa labor investigadora podemos destacar sus estudios en los campos de la literatura hispanohebrea y de la Masora, así como su responsabilidad editorial en la columna hebrea de la Biblia Políglota Complutense.

El Departamento de Estudios Hebreos y Arameos de la Universidad Complutense organizará a comienzos de curso, en octubre, un acto académico en memoria de quien durante tantos años fue catedrático del mismo.

Descanse en paz, Don Federico.

La tesis como tal sigue inédita. Desembocó en una publicación de un triste CSIC de postguerra incivil, digna quizá de mejor causa.

PD: La necrológica precisa un comentario. Pérez Castro no participó en la Biblia Políglota Complutense, que esa fue la de Alfonso de Zamora, sino en la Políglota Matritense, que es la del CSIC desde hace por lo menos cuarenta años:

Edición de textos bíblicos y parabíblicos (Biblia Políglota Matritense).
MEC. Subdirección General de proyectos de Investigación. Ref.: HUM2005-01818/FILO.
Fecha de inicio: 31.12.2005; fecha de finalización: 30.12.2008.
Investigador principal: Natalio Fernández Marcos
Resumen

El grupo, identificado como “escuela española de crítica textual bíblica”, investiga y publica textos bíblicos inéditos y estudios críticos en las principales lenguas antiguas en las que se nos han transmitido. La Biblia es el único libro declarado patrimonio de la Humanidad y uno de los principales legados de la cultura occidental. Los textos que estamos editando y traduciendo proceden de uno de los momentos más creativos de la historia de Israel en el período helenístico-romano (s. III a. C.- III d. C.), época decisiva para la configuración de las dos religiones que más han influido en Europa y Occidente: el judaísmo normativo y el cristianismo. Recientes descubrimientos como los de Qumrán requieren una permanente revisión y estudio de los textos bíblicos y parabíblicos para la genuina conservación y transmisión de este legado. Este estudio interdisciplinar de la historia del texto bíblico, sobre todo de carácter filológico, favorece el diálogo entre diferentes métodos y técnicas para la restauración de los textos originales y contribuye a la integración de las distintas etnias y culturas.
En el período señalado los objetivos del equipo de hebreo se cifran en la publicación de las Masoras de los libros de Josué, Jueces y 1-2 Samuel del códice M1 de la Universidad Complutense de Madrid. El equipo de griego publicará, con introducciones y notas, el volumen I (Pentateuco) de la primera traducción al español de la Biblia griega o Septuaginta. Será publicado por Ediciones Sígueme de Salamanca. El equipo de arameo publicará la traducción al español, con comentario y notas críticas, del Targúm Jonatán a los libros de Josué y Jueces a partir del texto arameo previamente editado por dicho equipo.