Muchacha muerta que en la fotografía
levantas dulcemente tu rostro hacia el cielo
muchacho muerto que pones tu oído en la tierra
como si sólo escuchases música:
estáis, en realidad, durmiendo, durmiendo.
No turbéis más su sueño.
No turbéis más sus sueños.
Y si lo hacéis, que sea
sólo para depositar como una ofrenda,
en sus manos cercanas y distantes, imposibles,
la verdad

Antonio Colinas, «11 de marzo de 2004», Desiertos de la luz (2008).

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המצא מנוחה נכונה תחת כנפי השכינה

«… y no estamos seguros del refugio»

escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

(más…)

Ocupar, del Latino occupare, como ocupar algún lugar. Significa tambien embaraçar, y dar en que trabajar, a lo qual llamamos ocupacion.

Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición de 1674, f. 124v (b).

Ave, color vini clari. / Ave, sapor sine pari. / Tu a nos inebriari / Digneris potencia. / O, quam felix creatura / Quam perduxit vitis pura, / Omnis mensa sit secura / In tua presencia. / O, quam placens in colore, / O, quam fragrans in odore, / O, quam sapidum in ore, / Dulce linguis vinculum! / Felix, venter quem intrabis; / Felix, gutur quod rigabis; / O felix os, quod lababis. / O, beata labia! / Ergo, vinum colaudemus, / Potatores exaltemus, / Non potantes confundemus. / In aeterna saecula, amen!

¡Ave, color del vino claro! / ¡Ave, sabor sin igual! / Tú, que por tu poder / te dignas embriagarnos. / ¡Oh, qué feliz criatura, / qué pura te crió la viña! / Toda mesa sea segura / si se te halla en ella. / ¡Oh, de tu color qué placeres! / ¡Oh, qué fragante de olores! / ¡Oh, qué sabor en la boca, / de las lenguas dulce cárcel! / Feliz vientre en que tú entrares; / feliz, la garganta que bañas. / ¡Oh, feliz boca, que riegas! / ¡Oh, beatos labios! / Así pues, alabemos el vino, / a los bebedores exaltemos, / confundamos a los abstemios. / Por los siglos eternos, amén.

El Coro de Ladinamo (que hace estas cosas) interpreta «Ave, color vini clari», motete paródico con letra del siglo xiv y música de Juan Ponce (c. 1476-c. 1520) según el manuscrito Madrid, Real Biblioteca, n.º II-1335, conocido como «Cancionero de Palacio».

Compra-Venta «La Comercial», en la calle del Noviciado, n.º 12, Madrid (1930)

Era un refugio y quedaba muy cerca de otro. El otro es la principal casa de Alfonso de Zamora, la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense, que queda en la esquina de las calles de San Bernardo y del Noviciado de Madrid. Esta otra casa es rara. En primer lugar, porque el edificio fue legado y generosidad de un filántropo aficionado a la cultura, Ramón Pelayo de la Torriente, primer marqués de Valdecilla. Busquen en su biografía: seguro que hay más de un punto oscuro. No conozco rico que haya hecho, ni ahora ni nunca, su fortuna sin dar un par o más de pisotones o un par o más de cuchilladas. Ocurre tan solo que tampoco conozco muchos ricos de mi país y menos aún de mi ciudad (que es Madrid, por si alguien no lo supiera) que se hayan destacado por su labor filantrópica y por su generosidad sin contrapartidas aparentes en el gastar. Pero parece que este primer Marqués de Valdecilla sí, miren por donde. El caso es que en el caserón quedó instalado el Paraninfo de la Universidad (que acoge sus grandes actos y que albergó muchos años la Asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid) y mucho, mucho más tarde, la Biblioteca que conserva, con mimo tan profesional como no menos raro, el fabuloso azar que supone todo lo que ha llegado del patrimonio librario de la Complutense (primero alcalaína; luego «Central» en Madrid; luego, de nuevo, Complutense ni que sea en el gentilicio heráldico). Y todo conservado en el insólito regalo de un filántropo español a una universidad española. Flipante.

Ya les decía que no es lo único raro. A punto de cumplir el primer quinquenio de feliz dedicación a estas cosas de los manuscritos, he tenido oportunidad de zascandilear, más quizás de lo que debiera, por un par o tres de bibliotecas de fondo antiguo, de esas que guardan «libros secretos cuyo aroma no han borrado los años». La casuística es variada, que quieren que les diga, pero, en general, tengo para mí lo acertado de la máxima que me soltó no hace mucho Saverio en París: «Soy un amante de los libros, lo que no me lleva por fuerza a ser un amante de las bibliotecas». Salvo, quizá, por ese raro refugio de la «Marqués de Valdecilla», inaudita por tantas cosas: por el amor no menor a los libros que a sus lectores, por el cuidado de los detalles (tan nimios como la temperatura ambiente o las cajas estancas y opacas o la abundancia de luz natural en la sala de lectura), por la preocupación felizmente obsesiva por hacer compatibles docencia con discencia, medios con personal, conservación con consulta, consulta con preservación y, llegado el caso, restauración. Pero, con mucho y mal está que yo lo diga, lo más sorprendente es que todo este esfuerzo se haya llevado a cabo en el marco de la Universidad Complutense. Vaya, no me miren así: a punto estoy de cumplir quince años de relación prácticamente ininterrumpida con esta universidad. Sé de lo que hablo, me parece. Y Quevedo también:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Taberna en Madrid (1927)

Madrid, conveníamos hace poco Francisco y yo, se caracteriza en esta nuestra edad quizá de hierro por dos hechos urbanísticos: la desmesura de que todo lo que pasa se concentre en un centro urbano de extensión mínima respecto de la hipertrofia de la metrópoli, a la vista insuficiente para albergar todo y a todos los que tiene que albergar, y lo irremediablemente anodino de muchos, si no todos, sus barrios fuera del centro, incluidos no pocos de los considerados señoriales: casi todo el barrio de Salamanca, Moncloa sin remisión (salvo la esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera que nos recuerda la residencia de un gran bebedor de whisky), calles y calles entorno a la Castellana. No es que el Palacio de Linares, donde ahora tiene sede el neoimperialismo institucional español de ambición americana, hubiera podido estar lleno de fantasmas (y hay no pocos fantasmas que se han lucrado con esos fantasmas): toda la Castellana, antes «Avenida del 14 de Abril», es un fantasma. De los palacetes nobiliarios que la jalonaban hasta donde se acababa Madrid, la Colina de los Chopos, y que se llevó por delante el desarrollismo franquista de los años 60 solo quedan espectrales pasadizos del tiempo que pudo haber sido pero no fue. Eso fueron las casas: polvo que fueron, mas polvo enamorado. Pero aunque hay algunos amigos de esta casa que se inquietan más por las casas que por la gente, servidor de ustedes se suele inquietar más por la gente que por las casas. No hay de qué escandalizarse, ni por una inclinación ni por la otra: son formas distintas del mismo amor.

Igual que conveníamos en lo anodino del desastre urbanístico de nuestra ciudad natal, Francisco y yo acordábamos que algo debe de fallar en esta ciudad de Madrid por lo falta que nos parece de movimiento, artístico y cívico. Nos parece – huelga decir que sin excluir que estemos errados – que aquí se hacen en realidad pocas cosas; que las pocas que se hacen, se subvencionan mucho; que las que se subvencionan, se momifican asaz; que las que se momifican, de nada sirven para quitarle el marasmo y el pasmo indolente a las gentes de nuestra ciudad. Permítanme que se lo resuma: esta es la ciudad en que el Albert Boadella de Els Joglars ha encontrado prohijamiento presupuestario con Esperanza Aguirre, la del «tamayazo». Esta y no otra es la triste condición de nuestro agujero negro institucional.

Por eso se hacen necesarios los refugios: el Patio Maravillas era uno. Bien entendido, exento de derivaciones irreflexivamente estéticas, dirigido como un acto de socialización de cultura y de aculturamiento de la libertad, el fenómeno de la okupación (que «significa también embarazar, y dar en que trabajar», como señalaba Covarrubias en el siglo xvii) es sobre todo, en esta ciudad de Madrid, reclamar que, puesto que comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra, como eran las dehesas boyales de mi pueblo de Segovia, en las faldas de la Sierra de Guadarrama, antes de que las expropiaciones criminales del primer franquismo vencedor las distribuyera con liberalidad delincuente entre los potentados de la provincia. La tierra de este Madrid, convertido en lúbrico objeto de codicia de generaciones y generaciones de especuladores paniaguados y bien relacionados, es su delicada trama urbana, siempre a punto de la caída. Proyectos como el del Patio Maravillas son vitales para la supervivencia del decoro en este epítome de la necedad franquista que fue durante 40 años mi ciudad de Madrid, sordidez que siguen perpetuando las estructuras de poder del régimen actual (la corrupción, la primera), en la Universidad, en los ayuntamiento, en el gobierno regional, en los reflejos condicionados de no pocos de sus habitantes: «hijo mío, tú no te signifiques».

Si comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra. Que vuelva común al pueblo, lo que del pueblo saliera. Y la primera comunidad, más básica que ninguna, es la que conforman educación y cultura.

La cultura, cuando lo es, simplemente libera a sus felices criaturas.

Nonne uides etiam caeli nouitate et aquarum temptari procul a patria qui cumque domoque adueniunt ideo quia longe discrepitant res?

¿Es que acaso no ves que, por lo nuevo de los cielos y de las aguas, son tentados quienes lejos de la tierra natal y de su casa se allegan, pues cualquier cosa encuentran tan inmensamente diferente?

Lucrecio, De rerum naturaDe la naturaleza de las cosas»), libro vi, versos 1103-1105.

Pues eso: que ya vienen. Vengono. O, más bien, vénen, dicho sea en la lengua que será sin lugar a dudas la nuestra común dos días (y pico). De su país de Italia, de su monte del beodo (meridional) y de su rincón mediterráneo (y tira porque le toca), a resguardo del viento de poniente. Andaremos (porque, andar, andaremos) en compañía de un rescatador de preciosos pecios. En resumen: que no me busquen hasta el lunes. Lo menos.

Hay muchas, muchas cosas que celebrar, de la que no es la menor que les hayamos conseguido hacer un señor corte de mangas a las revueltas de Citera.

Semanada buena y clara.

«Homenaje a Suspiros de España» de Francisco José Andreu Comos.

[En la misma serie.]

Aeropuerto de Barajas 3

Terminal T4

Absorbe transmite acumula refleja

Irene è la città che si vede a sporgersi dal ciglio dell’altipiano nell’ora che le luci s’accendono e per l’aria limpida si distingue laggiù in fondo la rosa dell’abitato: dove è più densa di finestre, dove si dirada in viottoli appena illuminati, dove ammassa ombre di giardini, dove innalza torri con i fuochi dei segnali; e se la sera è brumosa uno sfumato chiarore si gonfia come una spugna lattiginosa al piede dei calanchi.

Irene es la ciudad que se divisa al asomarse por el borde del altiplano a la hora en que se encienden las luces y, en el aire límpido, se distingue allá abajo en el fondo la rosa de lo habitado: donde tiene mayor densidad de ventanas, donde se despeja por senderos apenas iluminados, donde amasa sombras de jardines, donde levanta torres con las lumbres de las señales. Y si la tarde está nublada, una claridad difuminada se hincha como una esponja lechosa al pie de las cárcavas.

Palacio de Telecomunicaciones

Quelli che guardano di lassù fanno congetture su quanto sta accadendo nella città, si domandano se sarebbe bello o brutto trovarsi a Irene quella sera.

Los que miran desde arriba conjeturan sobre lo que está sucediendo en la ciudad, se preguntan cómo sería, bueno o malo, hallarse en Irene esa misma tarde.

Edificio Metropolis

A questo punto Kublai Kan s’aspetta che Marco parli d’Irene com’è vista da dentro. E Marco non può farlo: quale sia la città che quelli dell’altipiano chiamano Irene non è riuscito a saperlo; d’altronde poco importa: a vederla standoci in mezzo sarebbe un’altra città; Irene è un nome di città da lontano, e se ci si avvicina cambia.

En ese momento, Kublai Khan espera que Marco hable de Irene según se la ve desde dentro. Y Marco no puede hacerlo: no ha conseguido saber qué ciudad es la que los del altiplano llaman Irene, aunque bien poco importa: si se la contempla estando en mitad de la misma, ya sería otra ciudad. Irene es un nombre de ciudad desde lejos y, si te acercas, cambia.

Palacio de Oriente lateral Campo del Moro

La città per chi passa senza entrarci è una, e un’altra per chi ne è preso e non ne esce; una è la città in cui s’arriva la prima volta, un’altra quella che si lascia per non tornare; ognuna merita un nome diverso; forse di Irene ho già parlato sotto altri nomi; forse non ho parlato che di Irene.

La ciudad, para quien pasa sin entrar, es una, y otra distinta para quien la misma ciudad retiene y nunca la abandona. Una es la ciudad a la que se llega por primera vez; otra, la que se deja para no volver. Cada una merece un nombre distinto. Quizá de Irene ya he hablado con otros nombres. Quizá, solo he estado hablando de Irene.

Italo Calvino, Le città invisibili, 1972.

Jordi Savall y Le Concert des Nations con Rolf Lislevand (guitarra) y José de Udaeta (castañuelas), Quintetto nº 4 in re maggiore “Fandango” per corda et chitarra (G.448) de Luigi Boccherini (1798), «Grave assai» (tercer movimiento); «Aeropuerto de Barajas 3», foto de raktargy, 10 de enero de 2009; «Terminal T4», foto de Hans & Gret, 19 de noviembre de 2007; «Absorbe, transmite, acumula y refleja», foto de Ad líbitum, 26 de marzo de 2009; «Ayuntamiento» (olim Palacio de las Telecomunicaciones), foto de inthesitymad, 23 de junio de 2008; «Cúpula del edificio Metrópolis», foto de inthesitymad, 23 de junio de 2008; «Vista lateral del Palacio Real», foto de R. S. Antonio, 29 de marzo de 2008.

 

[En la misma serie.]

Fuente Madrid

[A continuación, una primicia en este blog: una firma invitada. Por razones que no tengo que explicar porque no veo por qué, la firma será anónima.]

Madrid se desliza entre las calles hundidas, los andamios, armazones prescindibles invadiendo aceras, las calzadas negras y el aire humeante que se eleva como un coloso pesado sobre los peatones despistados y los edificios eternos.
Y la gente comenta, ríe, llora, aclama, sostiene, dibuja, vende, compra, admira, desea… Se escapa entre el murmullo incesante de pisadas perdidas sin búsqueda aparente.
El tráfico es inseguro, constante y aumenta a medida que pasan las horas, se vuelve un goteo permanente.
Madrid es capital, pero con pinceladas de antigua villa rancia en sus callejones más estrechos y viejos. Esos mismos en los que el silencio prima sobre las pisadas por baldosines de piedra, donde puedes invitar a un tinto de porrón con un queso curado en la Sierra de Guadarrama.
Madrid es cosmopolita, sin embargo se escapan trazos de provincia desencantada en sus calles. Laberintos interminables de oscura y dudosa reputación, de pavimentos mal asfaltados, de desperdicios ubicados en lugares equívocos, de gentes uniformadas, casi al unísono, por la gran marca Gallega y las prendas del mejor Corte, que abarcan como avaros todos los escaparates de las zonas comerciales.
Madrid es metrópoli, cuyos únicos resplandores modernos se pierden en las grandes ventanas, espejos de la luminosidad que impregna el cielo de Madrid. Infinito azul vivo, de los rascacielos desperdigados. Las últimas tendencias siempre llegan tarde a Madrid, las primeras innovaciones se retrasan como los vuelos de Iberia.
Madrid no es un mapa cuadriculado, ni una ciudad modelo, ni hermosa capital.
Es un enredo de pasiones: son ojos achinados plasmando monumentos, una encantadora de calles serpentinas, unos bailes africanos al son de las ventas de CD, ocio extenuante a la puerta de los musicales, árboles en retiro, miradas perdidas, flautas de caña, guasás y guitarras en vagones de metro, historias jamás contadas, una puerta inexistente coronada por un reloj, que invoca a todos a seguir el rito cada Fin de Año…La ciudad de lo sueños perseguidos, la ciudad de los contrastes, la ciudad abierta, la ciudad de todos, porque “Si vienes a Madrid eres de Madrid”…
Aquí, todos dejan a un lado las rutinas diarias en charlas a media tarde en una plaza perdida del centro, con un grupo de amigos, y una cerveza fría, mientras observan recorrer sus calles escuetas y replegadas a dos chicas cogidas de la mano.

Charla en el jardin

«Fuente», foto de Jobber E-69, 23 de abril de 2009; «Museo Sorolla», foto de glorialsupervia, 6 de septiembre de 2008.

[En la misma serie.]

Cuando vengas a Madrid, chulapa mía,
voy a hacerte emperatriz de Lavapiés,
y alfombrarte de claveles la Gran Vía
y a bañarte con vinito de Jerez…

Agustín Lara, «Madrid» (¿1940s?), o en una versión algo más clásica, cantada con acento argentino.

Cartelismo

La chica de ayer

djumbes chica

Mi rincon favorito de Madrid

Mimesis (Madrid flickr)

Chica (Sir Demanding)

Bubbles

The balcony

«Cartelismo», foto de Aijon, 6 de enero de 2008; «La chica de ayer», foto de canecillo2, 25 de abril de 2009; «djumbes chica», foto de weninew, 17 de mayo de 2009; «Mi rincón favorito de Madrid», foto de Un mundo feliz, 30 de julio de 2008; «Mímesis», foto de Mandarina Asesina, 13 de julio de 2008; «Chica», foto de Sir Demanding, 10 de julio de 2007; «bubbles», foto de Sandra Asenjo, 2 de junio de 2007; «The balcony», foto de David en la Rama, 23 de julio de 2008.

Actualización: He enlazado la versión clásica fetén, que se me había liado con otro vínculo.