Hem pecat per això, perquè no se’ns deixava
existir plenament, amar-nos plenament
amb aquell impudor que la vida demana,
aquell amor capaç de fondre tots els ploms,
rebentar les perilles, deixar el món a fosques.

Por eso hemos pecado, porque no nos dejaban
existir plenamente, amarnos plenamente
con impudor como exige la vida,
con ese amor capaz de hacer fundir los plomos,
reventar las bombillas, dejar el mundo a oscuras.

V. Andrés Estellés

Η αρχή των

Η εκπλήρωσις της έκνομής των ηδονής
έγινεν. Aπ’ το στρώμα σηκωθήκαν,
και βιαστικά ντύνονται χωρίς να μιλούν.
Βγαίνουνε χωριστά, κρυφά απ’ το σπίτι· και καθώς
βαδίζουνε κάπως ανήσυχα στον δρόμο, μοιάζει
σαν να υποψιάζονται που κάτι επάνω των προδίδει
σε τι είδους κλίνην έπεσαν προ ολίγου.

Πλην του τεχνίτου πώς εκέρδισε η ζωή.
Aύριο, μεθαύριο, ή με τα χρόνια θα γραφούν
οι στίχ’ οι δυνατοί που εδώ ήταν η αρχή των.

El origen de ellos

La satisfacción de su ilícito placer / se ha consumado. Se han levantado del lecho, / y se visten ajorados, sin hablarse. / Salen separados, a escondidas de la casa; y mientras / andan un tanto inquietos por la calle, parece / como si tuvieran miedo de que algo en ellos revele / en qué tipo de cama estaban acostados poco antes. /

Mas cuánto ha ganado la vida del artista. / Mañana, pasado mañana, o con los años, escribirán / esos potentes versos cuyo origen aquí estuvo.

Konstandínos P. Kavafis (Κωνσταντίνος Π. Καβάφης), «Η αρχή των» (‘El origen de ellos’), de los poemas canónicos (τα Αναγνωρισμένα Ποιήματα), 1921; recitado por Yorgos P. Savvidis (Γιόργος Π. Σαββίδης), en K.Π. Kαβάφης. Πενήντα οκτώ ποιήματα. Διαβάζει ο Γ.Π. Σαββίδης (‘K. P. Kavafis. Cincuenta y ocho poemas, leídos por Y. P. Savvidis’), Atenas, Ποικίλη Στοά, Σπουδαστήριο Nέου Eλληνισμού, 1999.

(más…)

Ponerse a estudiar holandés (a aprender zoals God bedoeld, como si dijéramos) conduce a interesantes experiencias heurísticas (y a recomendar a una muy buena docent: Floor, por si alguien tuviera necesidad de nederlandesizarse por Madrid). Matano, por ejemplo, te puede soltar en privado y con su alevosía habitual (pero es que yo le dejo que se tome confianzas y todo lo que se quiera tomar: güisqui on de rocs en mi chepa, si quisiera): «tú siempre haciendo cosas útiles» (ya, ya sé que no captan la ironía: es que lo dijo en oregonés).

Las cualidades guturales del holandés parecen poner alerta a propios (como dicen por aquí):

Holanda sigue siendo un gueto cultural (y gutural)

y extraños, y sin embargo, para un hablante de mi variedad minoritaria de español (por mucho que se empeñen en hacerla gramaticalmente mayoritaria los académicos de la RAE y las «instituciones» que los financian con fruición: mayoritaria lo será solo en sus sueños más lúbricos no más), tanto despendole gutural es un emocionante signo de solidaridad entre minorías indoeuropeas: somos una raza, la de los que empleamos a cascoporro la fricativa velar sorda, en claro proceso de extinción. Y extinguidos, ¿quién pronunciará «gilipollas» como Dios manda? (zoals God bedoeld, como si dijéramos) ¿Quién convertirá un tierno a casco porro de nuestro siglo xvi más musical en un acajcoporro de nuestro Madrid más barriobajero? De los es que (/éxque/) introductivos de mi Móstoles natal, ¿qué se habrá hecho? ¿Ven por qué me emociona el holandés y sus guturales? Entre los puntos de articulación de sus fricativas velares sordas se cuela el hálito de inmarcesible testarudez de las lenguas minoritarias. Exactamente igual que mi lengua castellana peninsular septentrional.

Para seguir leyendo

Num tu fluentem divitiis Tagum,
num prata gyris uvida roscidis
mutare me insanum putabas,
dulcibus immemoremque amicis?

¿Acaso pensabas tú que yo, demente y olvidadizo,
iba a preferir el Tajo, que arrastra riquezas,
y los prados regados por ruedas empapadas,
a mis dulces amigos?

Garcilaso de la Vega, Ad Thylesium, traducción de Juan Bastardas Parera

A raíz de una pregunta de Dani:

Ya que hay gente docta en la materia, viendo escrito Scó por Ascó, ¿en catalán medieval se encuentran palabras que empiezan por sc- o sp-? Porque una de les correcciones que siempre se me hace en mi francés hablado es el vicio de poner una /e-/ delante de palabras como sport o spectacle, lo que en valenciano ni nos planteamos, pero tal vez un día no era asín.

en el blog de Vicent, a la que el propio Vicent dio una primera respuesta:

Dani, efectivamente, en la lengua medieval puedes encontrar «spasa», «sperar» o «sperança», aunque también «espasa», «esperar» o «esperança». La cuestión es que no había ‘norma’ como tal y de ahí las variedades en función de quien escribía. En todo caso, en esos casos concretos, el origen etimológico latino está claro (spatha, sperare, sperantia) y, efectivamente, era sin >s<.

y, a continuación, un ocioso juntaletras se marcó una contestación a la pregunta de Dani, sabiendo como se sabe que cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo y escribe de lingüística con las manos (sobre todo en Valencia):

Que yo sepa, parece que el catalán no ha conocido nunca una ese líquida (/s-/ + consonante) como segmento fónico constitutivo. Es decir, «spasa», «sperança» o «sperar» serían formas etimologizantes pero sin correlato real en la pronunciación (y por eso precisamente podían coexistir con formas con e de refuerzo (/es-/ + consonante), llamada también «protética» o «epentética». El catalán no hace respecto de todo eso nada que no hagan todas las demás lenguas ibéricas (incluido el árabe andalusí, pese a que en este caso lo fuera por árabe, no por ibérico). Lo que le pasa a Dani en francés es un error típico de hablante ibérico que hacemos más o menos todos y que tiende a quedar fosilizado porque una «ese líquida» es prácticamente imperceptible para un oído ibérico. Es una cosa parecida a lo que nos pasa a los castellanos en catalán con las vocales abiertas y cerradas. En resumen, las es epentéticas y los toros son una cosa que había unido desde siempre a castellanohablantes, catalanohablantes, galaico-lusófonos y euskaldunes. Como habría que ir empezando a preocuparse de los toros, lo mismo tendríamos que ir cuidando las vocales epentéticas. Y Dani siempre puede soltarles a los franceses: «¡Oye, que vosotros seréis líquidos, pero yo soy epentético!»

Burla burlando, lo mismo (pensaba yo) la respuesta del juntaletras daba para un par de renglones por aquí, aprovechando que el bueno de Erasmo de Rotterdam (¿1466-1469?-1536) metió su bátava nariz en casi todo lo divino y lo humano, incluyendo… las vocales epentéticas de los hispanos. Además, por una vez y sin que sirva de precedente, tocaríamos de lleno por aquí algo que tenga que ver con Alfonso de Zamora (recordemos: ¿1474?-¿1545?), o sea, casi contemporáneo del humanista nordista y empleado casi tres décadas en la Universidad de Alcalá de Henares, institución mazo de erasmista (aunque, curiosamente, uno de los colegas más cercanos de Alfonso fuera el darocense Pedro Ciruelo, ¿1470?-1548, feroz baturro antierasmista).

El caso es que Erasmo, en septiembre de 1521, tuvo que cascarse una apología en defensa de todos los sapos y culebras filológicos que, contra su edición griega del Nuevo Testamento de 1516, le había soltado Diego López de Zúñiga (m. ¿1530?) en sus Annotationes Iacobi Lopidis Stunicae contra Erasmum Roterodamum in defensionem tralationis Novi Testamenti, publicadas en Alcalá en 1520 por un impresor (¡oh paradoja!) hipererasmista, Miguel de Eguía (de tan erasmista que era tuvo tratos de esos que uno no querría tener con la Inquisición, cuando ser erasmista ya no molaba tanto como antes porque «erasmista» empezaba a rimar con «luterano» en la imaginación inquisitorial y «luterano», casi de toda la vida, había olido a «churrasco» con leña verde). Como la mejor defensa es un buen ataque, don Erasmo no dejaba lugar a dudas de la intención de su opúsculo desde el mismo título: Apologia respondens ad ea quae Iacobus Lopis Stunica taxauerat in prima duntaxat Novi Testamenti aeditione. O sea, en román paladino: «Defensa que contesta a lo que había reprochado Diego López Zúñiga en la hasta ahora primera edición del Nuevo Testamento».

El Tío Desiderio (de Rotterdam) comenta de pasada en uno de los pasajes de su apología:

Quis autem nescit singulis pene regionibus esse quaedam in pronunciando peculiaria vulgo, veluti Gallis elidere s, Anglis e sonare i, Florentinis chorpus pro corpus, nonnullis laldo pro laudo? Quorum tamen nihil pertineat ad eruditos, et tamen hinc clamitat Stunica me totam gentem Hispanorum inscitiae damnare, quod quidam sonent espero pro spero. Sed Stunicae verba subscribam, vt magis perspicua sit hominis impudentia. «Nam quod obiter», inquit, «Hispanos taxat imperitiae, quum espero pro spero, especto pro specto illos scribere dictat, haud mirum videri debet, si erga Hispanos viros ingeniosissimos, vtpote a Graecis et Romanis originem ducentes, inuidia laboret homo Batauus […]»

vamos, como si dijéramos:

¿Quien no sabe en cambio que casi no hay un solo país en que no se den en la pronunciación [del latín] ciertas peculiaridades de su pueblo llano, así por ejemplo los franceses que eliminan las eses, los ingleses que pronuncian la /e/ como /i/, los florentinos [que dicen] «chorpus» por «corpus», otros [que dicen] «laldo» por «laudo»? De lo que sin embargo nada compete a los eruditos y, con todo, por esto clama Zúñiga que a la entera nación de los españoles considero culpables de ignorancia, porque haya quienes pronuncien ‘espero’ por ‘spero’. Pero podría subscribir las palabras de Zúñiga a condición de que quedara más diáfana la desvergüenza del hombre. «Pues porque de paso», afirma, «reprocha a los españoles su falta de pericia, al prescribir que escriben ‘espero’ por ‘spero’, ‘especto’ por ‘specto’, no ha de asombrar si, respecto de españoles de agudísima inteligencia, pues hallan su origen en griegos y romanos, sea por envidia que el bátavo se afana» […].

A lo que replica Erasmo:

Primum vanus est Stunica, cum ait me taxasse Hispanos, quod «scribant espero pro spero», sed quod sonent. Atque ita sonant fortasse non omnes etiam vulgo, sed aliqui certe, nec Hispani solum, sed Galli etiam Hispanis finitimi. An ideo damno totam Hispaniam «imperitiae»? An omnes Hispani docti sunt? […]

Lo primero es que Zúñiga resulta falaz al afirmar que haya yo censurado a los españoles porque «escribían ‘espero’ en lugar de ‘spero’», pues [decía que] lo pronunciaban. Así es probable que no todos pronuncien aún como el pueblo llano, pero algunos sí, y tampoco son los españoles solamente sino también los franceses vecinos de los españoles. ¿Y por esto hallo culpable a España entera de «falta de pericia»? ¿Acaso son doctos todos los españoles?

Esta incursioncita de Erasmo en la lingüística histórica del latín del Quinientos acaba aquí, pero, como uno es muy universitario, es decir, muy maruja, no me resisto a añadir un par de puyitas más que le dedica el Tío Desiderio a Dieguito Zúñiga «El Bronco»:

Tot habet Gallia summa doctrina praeditos, tot habet Germania, tot hec regio, tot Britannia, quos vel cum priscis illis possis conferre. Nusquam non florent ac regnant bonae literae, et ait «vix» esse duos aut tres, «qui studio litterarum teneantur». Vt en quid dicam de aliis, in vna schola Louaniensi sunt supra mille qui non solum studeant bonis litteris, sed in his feliciter progressi sint, et in his non pauci tales, vt clarum nomen apud posteros sint habituri. Et tamen apud hos nulla principum liberalitas inuitat ad hec studia. Studiorum veterum proceres manibus ac pedibus obnituntur. Quo sane nomine felicior est academia Complutensis, quae nihilo esset infortunatior, si Stunicam hominem tam maledicum non haberet.

Tantos posee Francia dotados de mucha doctrina, tantos Alemania, tantos este país, tantos Inglaterra, con los que si se quiere puedes comparar con aquellos de otrora. En ningún sitio florecen ni reinan las buenas letras, y se dice que «apenas» sean dos o tres «los que mantienen el estudio de las letras». Y mira que por no hablar de otros, en una sola escuela de Lovaina son más de mil que, no solo se afanan en las buenas letras, sino que en ellas felizmente hacen progresos y no serán por ellas pocos los que de estos lograrán justa fama en la posteridad. Mas no es por la generosidad de los príncipes que nada los invita a dedicarse a estos estudios. Los próceres de los estudios antiguos se oponen con uñas y dientes. ¡Cuán más feliz sería sin duda de fama la Universidad de Alcalá, que por nada es tan desdichada, si no tuviera a este Zúñiga maledicente!

Atque interim obiicit mihi, quod «quodam in loco» per occasiones laudem aliquot eruditione celebres, quos per contemptum appellat «Eluetios nescio quos». Sed hoc nomine vinco Stunicae candorem, qui non modo Batauos meos aliquot, sed Germanos, sed Eluetios, sed Gallos, sed Britannos laudibus veham, quocumque orbe nati sunt, modo promereantur. Quin et Hispanos praedicaui scriptis meis, praedicaturus et Iuuernos, si quis illinc extiterit laude dignus. Sed encomio decantato, sic perorat Stunica: «quae cum ita sint, non est quur Hispani tamquam indoctis ac plane barbaris Erasmus insultet». Hanc linguae petulantiam tam effrenem non dubito quin omnes execrentur Hispani, si modo tales sunt, quales eso videri vult Stunica. Ego certe plurimos esse credo.

Y a la vez me echa en cara que «en un cierto lugar» que haya alabado en buena hora algunos famosos por su erudición, a los que con desdén llama «suizos que no conozco». Mas con tal apelativo derroto la brillantez de Zúñiga, que no doy mi alabanza a algunos de mis bátavos tan solo sino que, donde sea que hayan nacido en el mundo, la doy tanto cuanto la merezcan, sean alemanes, suizos, franceses o ingleses. ¿Por qué no ensalzaría a los irlandeses, igual que he ensalzado a los españoles en lo que he escrito, si de por allí surgiera alguien digno de alabanza? Pero, hecho el encomio, así concluye Zúñiga: «porque ni que así fueran, no es razón para que Erasmo insulte a los españoles de tan indoctos y llanamente bárbaros». Con semejante petulancia lenguaraz desenfrenada, no dudo de que se haya imprecado a todos los españoles, siéndolo del modo en que quiere Zúñiga que parezca comido. Yo ciertamente creo ser de los más que lo ha hecho.

For all their variety of subject matter, the essays collected here converge in method as well as in thesis. They assume that feats of scholarship are just as complex—and require just as rich and flexible a set of interpretative techniques—as feats of philosophical or scientific work. The scholar reasoning about a difficult text works within a set of contexts. Personal needs and circumstances, professional customs and institutions, long-standing intellectual and technical traditions, and recent polemics all shape his methods and help to dictate his conclusions. He is the prisoner of his own tastes and obsessions, interests and insentivities. His deceptively modern-sounding arguments often address now-forgotten and unlikely issues or follow from now-obscure and alien premises. Hence no early work of classical scholarship—however austerely technical and modern it may seem—can simply be read off like a modern journal article (not that these lack their own subterranean politics of allusion and quotation, often imperceptible to the outsider). Only systematic comparison between a given work under analysis and many earlier and contemporary texts can make the modern reader familiar with the inherited technical language a past scholar used; without the familiarity one cannot distinguish between the novel and the traditional, the original and the tralatitious. Only careful study of the responses that the work in question evoked from contemporary and later scholars, finally, can enable the modern reader to uncover its original agenda of personal and technical polemics. And only an inquiry that gives due attention to each of these factors can do historical justice to a complex work of scholarship.

 

Por mucha que sea la variedad de los asuntos que se tratan, los trabajos aquí reunidos convergen tanto por el método como por la tesis. Parten de que las proezas de la erudición son igual de complejas que las proezas del trabajo filosófico y científico (y necesitan de un conjunto de técnicas interpretativas igual de ricas y flexibles). El investigador que discurre a propósito de un texto difícil trabaja dentro de una serie de contextos. Necesidades y circunstancias personales, costumbres e instituciones profesionales, tradiciones intelectuales o técnicas de antiguo origen, polémicas recientes: todo da forma a sus métodos y ayuda a concluir lo que concluye. Es prisionero de sus propios gustos y obsesiones, de sus intereses y su mútila sensibilidad. Sus argumentos engañosos que suenan a moderno suelen referirse a asuntos hoy olvidados o imposibes, o se infieren de premisas hoy tan oscuras como ajenas. Por esto, ningún trabajo antiguo de erudición clásica puede evaluarse como un artículo de periódico moderno (y no es que estos anden faltos de su propia política subterránea de alusiones y citas, a menudo imperceptibles para los no iniciados). Solo la comparación sistemática entre un trabajo que se analice y muchos textos antiguos o contemporáneos puede proporcionar al lector moderno la familiaridad necesaria con el lenguaje técnico heredado que usó un erudito del pasado. Sin esa familiaridad, no se puede distinguir entre lo novedoso y lo tradicional, lo original y lo transmitido. Solo el estudio cuidadoso de las respuestas que el trabajo en cuestión despertó en los eruditos coetáneos o posteriores puede, por último, permitir al lector moderno desvelar los presupuestos primeros de ánimo personal e intención polémica. Y solo una indagación que dé la debida atención a cada uno de estos factores puede hacer justicia histórica a la compleja obra de la erudición.

 

Anthony Grafton, Defenders of the text: The traditions of scholarship in an age of science, 1450-1800, Cambridge MA, Harvard University Press, 1991 (primera edición en rústica, 1994), págs. 12 y 13.

 
 

Nunca es tarde si la dicha es buena: aparte de leerme esta pieza, una más para considerar la obra de Grafton una de las más estimulantes que pululan por los anaqueles de las bibliografías sobre la época y los tiempos de Alfonso de Zamora, nunca sobra advertirle retrospectivamente al autor que donde de the scholar reasoning pronombra he («él» por presunta antonomasia gramatical) bien podría haber ido una she («ella») que nos apartara de recaer en la funesta manía de generalizar solo en género masculino. ¿Una tontería? Bueno, tanto como decir que, habiendo la común lengua española (en España se entiende; ¿o en el resto del Imperio?) para qué nos vamos a complicar hablando lenguas dignísimas pero poco eficaces. Ya se sabe que la diversidad, por muy bella y muy loable que resulte, es fundamentalmente poco eficaz. Ya lo decía don Gregorio (Peces-Barba) y don Gregorio (Salvador), gentes ambas de orden como son. Del orden establecido, concretamente, en el que tan fructífera carrera han hecho ambos (y no pocos de su eficacísimo pensamiento). Primum uiuere, que el Talmud dice que «si no hay de qué comer [‘trigo’], no hay de qué discurrir [‘la Torá’]».

 

Luego:

Es prisionero de sus propios gustos y obsesiones, de sus intereses y su mútila sensibilidad. Sus argumentos engañosos que suenan a moderno suelen referirse a asuntos hoy olvidados o imposibes, o se infieren de premisas hoy tan oscuras como ajenas.

 

Salvo porque el muerto está muy vivo y nada olvidado, suscita la comparación con el plaisir malin que se permite Pierre Guichard en la meritoria entrevista que le hicieron hace tres días en Calpe los harqueros, cuando habla de que Eduardo Manzano Moreno hace, en su Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Ándalus (Barcelona, Crítica, 2006) donde le pega un buen repaso precisamente a Guichard, un ejercicio de «continuismo» historiográfico con los Beni Codera de Francisco Javier Simonet, Francisco Codera, Julián Ribera, Miguel Asín Palacios, Emilio García Gómez o Joaquín Vallvé (dignísimo profesor, por cierto), adictos a las impresiones de viajes de esta laya:

Hoy es posible que vaya a Belén y los días que siguen asistiré a los oficios y Vía Crucis en los mismos lugares en los que se verificó la Pasión del Señor. Jerusalén es maravilloso, con sus callecitas en cuesta y abovedadas. ¡Lástima que haya tanto judío!

 

No es que Guichard le susurre (porque lo dice sin hablarlo) «esencialista» y «nacionalista» (¿y «nacional-católico»?), siendo Manzano Moreno el autor de «El problema de la invasión musulmana y la formación del feudalismo: un debate distorsionado», en María José Hidalgo, Dionisio Pérez y Manuel J. R. Gervás (eds.), «Romanización» y «reconquista» en la Península Ibérica : nuevas perspectivas, Salamanca, Universidad, 1998, págs. 339-354; «La creación de un esencialismo: la historia de al-Andalus en la visión del arabismo español», en Manuel Feria y Gonzalo Fernández Parrilla (eds.), Orientalismo, exotismo y traducción, Toledo Escuela de Traductores, 2000, pags. 23-38; o «La construcción histórica del pasado nacional», en Juan Sisinio Pérez Garzón (ed.), La gestión de la memoria : la historia de España al servicio del poder, Barcelona, Crítica, 2000, pàgs. 34-62; sino que el plaisir malin no deja de ser un conjuro de demonios personales poco justificables y una muestra de poca cintura polémica.

 

No se me confundan: a mí, en realidad, me da un poco igual, porque a ninguno de los dos autores, Guichard o Manzano Moreno, le importan un ardite los judíos. Es cosa de principios, nomás.

 

Consuelo: que Matano me dijera que, vista por dentro la casa de los científicos-científicos (ecuaciones, teoremas; cosas de valor, vamos), los asuntos se ventilan igual: con ecuaciones de buenos o malos quereres (los mismos que salvaban o fusilaban en la tapia del cementerio de Monreal en la Guerra Civil) más que con fundamentos de muchos o pocos valeres. Y que R. me advirtiera de que no fuera a creer, que entre germanistas y eslavólogos, catedráticos y más de un titular no andaban más sobrados de lengua que entre arabistas y hebraístas. Gracias al Cielo que aún nos quedan claves gnósticas, casi místicas, de comprensión del mundo: RPTs, por ejemplo.

 

Coda: Dios nos libre a los madrileños de los Juegos Olímpicos de 2016.

Italien 1108, fol. 44v RECORTE

‘Chi lo sa’, dissi io, ‘è difficile saperlo, questo non lo so neppure io che scrivo. Forse cerca un passato, una risposta a qualcosa. Forse vorrebbe afferrare qualcosa che un tempo gli sfuggì. In qualche modo sta cercando se stesso. Voglio dire, è come se cercasse se stesso, cercando me: nei libri succede spesso così, è letteratura’. Feci una pausa come se fosse un momento cruciale e dissi confidenzialmente: ‘sa, in realtà ci sono anche due donne’.

«Quién sabe», dije yo, «es difícil saberlo; ni yo, que soy el que escribo, lo sabe. Tal vez busca un passado, una respuesta a algo. Tal vez querría amarrar algo que se le escapó antaño. De alguna manera está buscándose a sí mismo. Quiero decir que es como si, al buscarme, se buscase a sí mismo: en los libros suele pasar así, es literatura». Hice una pausa como si fuese un momento crucial y dije confidencialmente: «sabe, en realidad hay dos mujeres».

Antonio Tabucchi, Notturno indiano, Palermo, Sellerio, 1984.

Arabe 2850, fol. 66v RECORTE

Cuando me preguntaron si, en árabe, ‘chufa’ se decía habbhaziz, yo no supe más que aplicar la pedantería primera de los lingüistas presuntos (o sea, de «jamón de lingüista», si anduviéramos en Portugal): decir que lo primero era separar en dos, substantivo y adjetivo, ḥabb y ʕazīz; que ambos congéneres, tomado de uno y en uno y con la ignorancia que es lo único que proporciona el conocimiento literal, significan «grano; fruto; semilla» y «querido; amado; estimado; preciado; precioso» (y «abuelito», habría que haber añadido, pero no caí), respectivamente y que, al menos ḥabb, había dado en las lenguas romances (despeñado yo en desenfrenada caída por los barrancos de la pedantería) los siguientes arabismos certeros: ababol, abalgar, abarraz, abelmeluco, abelmosco, aba, haba, y de la encarnación andrógina de ḥabb, la forma batafalúa; y los siguientes arabismos supuestos: alboquerón y aleli.

Pero que de todos (se lo diría el aragonés postizo del que ejerzo a menudo), el arabismo más importante es ‘ababol’ (primera acepción).

El caso es que no supe decirle (y sigo sin saberlo) si ‘chufa’ en árabe (¿en qué árabe? ¿El fetén «encantador»? ¿El chaucháu de batanero tunecino que una vez llegué a balbucear?) se dice ḥabbu ‘lʕazīz (¿alḥabbu ‘lʕazīz?) y sigo sin saberlo. Me da por releer a Federico Corriente (debería moderarme el vicio), cuyo director de tesis fue Federico Pérez Castro:

Français 9137, fol. 100v RECORTE

Aprender bien el árabe, o sea, leerlo, escribirlo y hablarlo, requisito básico, si bien no único, del arabismo, aunque a algunos pese, era algo imposible, imprevisto y hasta indeseado en las universidades españolas de 1958 y años inmediatamente sucesivos, tanto por la falta de esas obras básicas de gramática y lexicografía, como por la misma actitud del profesorado de entonces, no pocas veces meritorio en grado sumo, pero demasiado anclado en la tradición y empeñado en objetivos filológicos que, en la visión del momento, no pasaban por ahí, ni aspiraban sino a traducir, como mucho, y de muy tarde en tarde editar textos, como si eso fuera razonablemente hacedero sin ‘sens de langue’ [«sentido de lengua»], que sólo puede ser engendrado por la internalización completa del sistema lingüístico y práctica subsiguiente. Esa situación no cambió pronto, ni radicalmente, como hubiera sido lo mejor para todos, es más, no lo ha hecho aún del todo en tal vez la mayoría de esas instituciones, pero, al menos, todos saben ya, aunque obligue a molestos ajustes, que el cambio es necesario, muchos lo están intentando, menos impidiéndolo y algunos, consiguiéndolo, y encuentran los medios para ello, incluidos aquellos libros pioneros que, aunque sólo fuera porque contribuyeron a concienciar de lo obvio, creemos valió la pena componer. […]

Y no nos arredramos ante cierta hostilidad que no ignorábamos provocaríamos, que llegó y que asumimos, como consecuencia de una opción moral y profesional. Por supuesto se nos ladró, pero siempre cabalgamos a alguna distancia por delante del posible mordisco rastrero, tal vez por no haber sentido nunca la tentación de pararnos y revolvernos para ahuyentar halitosos caminos y empolvoradas fauces.

Y la cosa es que, en siciliano, babbagigi son las chufas y que, de esos babbagigi, vendrían los cabbassissi, que tanto se usa en las novelas de Camilleri (me dicen) y que tanto valen como los «¡cojones!» de mi pueblo por mucho que haya quien quiera disimularlo con los «¡caracoles!» o el «¡caramba!» de tebeos de Tintín.

Poca cosa somos los filólogos. Bueno, algunos somos más poca cosa que otros, claro. En Valencia hasta les ponían bombas. Eran otros tiempos, claro.

Antonio de Nebrija, Tertia quinquagena, reimpresión de Arnaldo Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1516.

Antonio de Nebrija, Tertia quinquagena, reimpresión de Arnaldo Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1516.

El otro día se me ocurrió buscar una referencia. Algo muy desagradable que puede acarrear inopinadas y graves consecuencias al desustanciado doctorando que se dedica a malgastar su escaso tiempo en comprobar lo que dice en vez de escribir, sin más, lo que tiene que decir.

Era una cita de los Tertia quinquagena de Antonio de Nebrija que de vez en cuando me da por citar, y en latín, lo que da idea de mi estupidez latinesca de petimetre:

Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.

Como si dijéramos:

Arduo es devolver los nombres a las cosas y las cosas a los nombres.

Redondo, ¿no? Según Nebrija, es una cita del «proemio» a la Historia natural de Plinio. A mí me ha parecido un eslogan sin par de lo que significa el trabajo de historiar, aplicando «historiar» a cualquiera de las facetas de las ciencias de lo antiguo.

Como decía, esto sale en el apartado dedicado al porphyrio (§ xxxv), término de realia bíblica que el maestro Antonio identifica con el «calamón» de su patria andaluza. Como los Tertia quinquagena bien merecen una explicación de su circunstancia de redacción y de su intención antes de seguir y como Marcel Bataillon ya lo dejó explicado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, copio el fragmento correspondiente de la competente traducción española (segunda edición, corregida y aumentada) que le hizo Antonio Alatorre a su Erasmo y España («estudios sobre la historia espiritual del siglo xvi», México, Fondo de Cultura Económica, 1966, primera edición francesa de 1937), págs. 32 y 33:

Nebrija no se había quedado mano sobre mano; lejos de ello, y en espera de tiempos mejores, había vuelto a emprender el trabajo confiscado por [el inquisidor general Diego de] Deza [1443-1523]. Ahora bien, en 1507 luce una esperanza nueva para los estudios bíblicos. Deza, comprometido por las crueldades de[l inquisidor Diego Rodríguez de] Lucero en Córdoba, se ve obligado a dimitir, y el propio Cisneros, recientemente elevado a la dignidad de cardenal, es quien le sucede como Inquisidor General. Aquel a quien Nebrija había invocado en vano como árbitro es ahora juez supremo. Entonces es cuando le dedica su «Tertia quinquagena» [(«La tercera serie de cincuenta»)], conjunto de disertaciones filológicas acerca de cincuenta pasajes de la Biblia, cuyo número ordinal (‘tertia’) era probablemente una alusión discreta al primer trabajo, confiscado por Deza, y al segundo, cuya aparición había estorbado el mismo Inquisidor.

Casi todos los términos sobre los cuales quiere Nebrija hacer brillar la luz de la filología pertenecen a lo que se podría llamar el campo de los ‘realia’ de la Biblia. Unas veces parte de una observación, certera o falsa, de un glosador como Nicolás de Lira, o de autores mucho más oscuros, como aquel Jacobus Constantinus cuya «Hecatostys» o ‘centuria’ de observaciones descubrió él mismo un día que escudriñaba, según su costumbre, los rincones de las muchas librerías de Salamanca. Otras veces acude a sus propios recuerdos: hablando del onocrótalo, afirma haber visto en dos ocasiones este pájaro, una vez de cerca en una plaza pública de Bolonia [JdPP: de Italia, no la deliciosa de Tarifa], donde se le exhibía como curiosidad, y otra, de lejos, en su Andalucía natal, a orillas del Guadiana. Su conocimiento de los naturalistas antiguos le permite distinguir dos pájaros que durante largo tiempo había confundido, e identificar el ‘porphyrio’ con el calamón de su tierra, mientras que el ‘phoenicopterus’ no es sino el flamenco, igualmente común en Andalucía. Preguntándose a qué responden, en realidad, ‘simila’ y ‘similago’, acude a los hebraizantes para saber el sentido de la voz hebrea ‘soleth’. Es la flor de harina que servía para hacer los panes de la proposición, el acemite de los andaluces, la materia prima del alcuzcuz que tanto gusta a los moriscos y negros, [§xlii: «Mauri atque Aethiopes qui apud nos degunt suum illum peculiarem cibum concinnant, quem sine honoris praefatione nominare non licet, alcuzcuz appellant»: ‘los moros y etíopes que entre nosotros residen, preparan aquella particular comida suya, que no es lícito nombrar sin un prólogo de honor, denominan alcuzcuz’], la sémola de los aragoneses [JdPP: y de los «tarraconenses» o ¿catalanes? ¿O de los «tarraconenses» romanos que luego se hicieron «aragoneses», es decir, súbditos todos del Rey de Aragón?]. Y Nebrija tiene buen cuidado de informar al lector que de las tres clases de trigo, ‘robus’, ‘silignis’ y ‘trimestre’, sólo el primero, el rubión de los españoles, se presta para tamizar la flor de harina, y especialmente en Andalucía.

¿En qué podía perjudicar a los teólogos este género de observaciones? Su único objeto era hacer que la interpretación de la Biblia se aprovechase de una ciencia que Plinio reputaba ardua, y en la cual, según el testimonio de sus compañeros, él se había hecho maestro: poner cosas para los nombres y nombres para las cosas, nada más inocente, en verdad.

Leamos hasta aquí. Ese «poner cosas para los nombres y nombres para las cosas» que le hace decir Antonio Alatorre a Marcel Bataillon es el trasunto arromanzado de la frase que Nebrija le atribuye a Plinio y que casi empezaba este apunte:

Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.

Solo que si uno va a la «praefatio» (no «proemium», aunque la variación sinonímica sea menor) de la Historia natural de Plinio, no encuentra esta frase por ningún lado. Y aún les diré que antaño podían darse dudas, porque había que leer las cosas para emitir un juicio, pero en esta nuestra feliz edad informática basta con un Ctrl. + F (si se usa Firefox) para asegurarse de que el feliz eslogan nebrisense no es una ocurrencia pliniana. Por no hacer falta, no hace falta ni leer. Pero no, ¡ay!, en el caso que nos ocupa.

Así que había que leer, confiando en que la solución no estaba muy lejos. Y no lo estaba: bastaba con llegar al párrafo xv de la «praefatio» de la Historia natural:

Res ardua vetustis novitatem dare, novis auctoritatem, obsoletis nitorem, obscuris lucem, fastiditis gratiam, dubiis fidem, omnibus vero naturam et naturae suae omnia. Itaque etiam non assecutis voluisse abunde pulchrum atque magnificum est.

Ardua cosa es dar condición de nuevo a lo antiguo, autoridad a lo nuevo, brillantez a lo obsoleto, luz a lo oscuro, gracia a lo repugnante, certidumbre a lo dudoso, a toda cosa una naturaleza que de verdad lo sea y a su naturaleza cada cosa. Así, llegado el caso de no conseguirlo, haberlo querido ya es de sobra hermoso y magnífico.

Pero que tengáis con qué criticarme a sabiendas y con conocimiento, esta es la traducción del mismo fragmento de Plinio que propuso el notable polígrafo Jerónimo de Huerta, publicada en 1624:

Cosa es difícil dar novedad a las cosas viejas, autoridad a las nuevas, lustre a las desusadas, luz a las escuras, gracia a las desgraciadas, y fe a las dudosas; pero más difícil es dar su naturaleza a todas las cosas, y dar a su naturaleza todas las propiedades secretas. Y assí quando esto no se pueda alcançar, o hazer, solo aver querido, es obra grandemente magnífica y bella.

Si lo de arduum est nomina rebus et res nominibus reddere era ya redondo, esto de res ardua vetustis novitatem dare &c. es ya para quitarse el sombrero (si aún lleváramos) y prorrumpir en entusiastas «¡ole, ole y ole!». Pero el caso es que, leído Plinio y entendido, sin que Antonio de Nebrija se vaya muy lejos de la intención del texto del enciclopedista romano, no cita sus palabras: las recrea.

Lo que me llamó la atención es que a nadie le hubiera llamado la atención y descubrir, por mi propia incompetencia de citador, que la competencia de los otros, antes que llevada por la curiosidad, se cimenta en el respeto de la autoridad: la de Antonio de Nebrija, en este caso. Ni Marcel Bataillon, que cita y glosa la cita sin más comentario de atribución que el Plinio que nos asegura Nebrija, ni Max Aub (o, más bien, un profesor de latín que citaba un Plinio apócrifo, leído seguramente tan solo en la recreación nebrisense), ni algún autor en los Papeles celíacos de Son Armadans, ni Américo Castro, ni Germà[n] Colon, ni Antonio Carreño, ni L. Núñez Ladevèze, que lo toma de eslogan erudito como quien toma una recreación de las que nunca han existido en el idioma original pero circulan con alegría entre los sabios. «Se non è vero, è ben trovato», como ejemplo paradigmático de las lenguas modernas.

Todos los citados han recorrido la senda que tendrían que haber recorrido de la mano de Plinio tuertos y bizcos por la autoridad intermediaria de Nebrija. Como yo mismo. Sin caer en la cuenta, ninguno de nosotros, de que el argumento de autoridad no es argumento sino simplemente autoridad y una de las pocas cosas ciertas que se puede decir de la erudición es que será subversiva o no será.

Seguramente haya desmemorias mucho más urgentes que remediar para el buen gobierno de las cosas de este mundo, como no perder los papeles de los susceptibles de ser condenados por afrentas al común consenso de la justicia y al erario de que dispone el gobernante para la promoción del bien común y la búsqueda de la felicidad:

¿Dónde están las cajas con documentación del caso Gürtel que quedaban sin desprecintar a finales de julio y que debían remitirse de Madrid a Valencia, cuando la causa aún estaba abierta? El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Madrid afirma que salieron en su momento, mientras que en el de Valencia dicen que aquí no están.

La documentación afecta a los cabecillas de la trama en Madrid, Francisco Correa y Pablo Crespo, y al gerente de Orange Market, Álvaro Pérez. El juez madrileño consideró que debían ser imputados también en Valencia por los regalos de trajes a autoridades valencianas al tratarse de delitos conexos, como afirmaba la Fiscalía Anticorrupción. Las diligencias fueron archivadas por el TSJ valenciano cinco días después de esta decisión judicial.

El asunto de las cajas siempre ha sido polémico en este caso que afecta al PP de Madrid y que provocó una investigación al presidente Francisco Camps y a otros tres altos cargos del PP valenciano por un delito de cohecho.

(vía la Fam de fum – «infrablog subaltern de d’incontinències i fragilitats» – de Josep Porcar)

evitando de esta manera que los juzgables sean condenados y que los juzgadores, íntimos correligionarios y compadres de los juzgables, se vean en el brete de impartir la justicia que el orden de las cosas exige aunque a sus connivencias privadas y corruptas repugne. Pero la base de las repúblicas ordenadas es precisamente esa, la ceguera de la justicia y la repugnancia de las connivencias, y así debería ordenarse esta nuestra república y su memoria, cimentada en un «ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes». O algo así. Nunca en la desmemoria, en las pérdidas o en los olvidos. O en la autoridad de esa desmemoria.

«Di, perra mora» de Pedro Guerrero (1528-1599), interpretado por Hespèrion XX con la dirección de Jordi Savall, El Cancionero de Medinaceli, 1516-1556: música en el tiempo de Carlos V, Astrée (Auvidis), n.º de catálogo: E 8764, 1992.

Cuando no importa la vida humana, la de un animal puede resultar una insignificancia. Ése es el error, la reconstrucción ética, como el periodismo, empieza por los detalles.

Ramón Lobo, «El gato de Bagdad» (noviembre de 2008), En la boca del lobo, 11 de junio de 2009.

Y la filología, la historia, la reforma universitaria, la cirugía cardiaca, cardiovascular o la no intervencionista, la participación política y su censura, la enmienda de los cuerpos y las almas y, en general, toda actividad humana que necesite del amor a las cosas bien hechas como explicación necesaria del amor a la humanidad sincera. Afirmo.

Croquetas

«Croquetas de merluza», foto de anikalai, 25 de enero de 2008.