enero 2009


… o Apuntes hebraicos medievales para una historia universal de la literatura:

הַיִּשְׁמְעֵאלִים – שִׁירֵיהֶם בַּאֲהָבִים וַעֲגָבִים,
וְהָאֲדוֹמִים – בְּמִלְחָמוֹת וּנְקָמוֹת,
וְהַיְּוָנִים – בְּחָכְמוֹת וּמְזִמּוֹת,
וְהַהָדִּיִּים – בִּמְשָׁלִים וְחִידוֹת,
וְהַיִּשְׂרְאֵלֵים – בְּשִׁירוֹת וְתִשְׁבָּחוֹת לַה’ צְבָאוֹת

[¿Los ismaelitas? Cantan de los amores y los deleites.
¿Los idumeos? Cantan el batallar y la venganza.
¿Los griegos? Cantan las ciencias y los ardides.
¿Los hindúes? Cantan los ejemplos y los acertijos.
¿Los hijos de Irael? Al Señor de las huestes dirigen
poemas y alabanzas.

NB: Entiéndase ismaelitas por musulmanes e idumeos por cristianos.]

Abraham ibn Ezra [Abenezra], Tudela de Navarra, ¿1089?/¿1092? – ¿Inglaterra? ¿Península Ibérica?, ¿1164?/¿1167?

Phil Cole/Getty (The Guardian, 17 de marzo de 2008).

Bueno, eran cinco: ahora son seis. Aquí Gales le gana por 29-12 a Francia en 2008. Créditos de la foto: Phil Cole/Getty (The Guardian, 17 de marzo de 2008).

Para una traducción alternativa al castellano del poema, véase Ángel Sáenz-Badillos, Literatura hebrea en la España medieval, Madrid, UNED, 1991, pág. 149. Sobre Abraham ibn Ezra en general, véase Mariano Gómez Aranda, «Abraham ibn Ezra (Tudela, Navarra 1089-1167?): La ciencia al servicio de la interpretación de la Biblia», Personajes: Científicos españoles para recordar;  atiéndase a Renate Smithuis, «Abraham ibn Ezra’s astrological works in Hebrew and Latin: new discoveries and exhaustive listings», Aleph: Historical Studies in Science and Judaism, nº. 6 (2006), págs. 239-338; Shlomo Sela y Gad Freudenthal, «Abraham Ibn Ezra’s scholarly writings: A chronological listing», Aleph: Historical Studies in Science and Judaism, nº. 6 (2006), págs. 13-55;  sobre su contribución a la poesía hebrea, léase Masha Itzhaki, «Abraham ibn Ezra as a harbinger of changes in secular medieval poetry», en Nicholas de Lange (editor), Hebrew scholarship in the medieval world, Cambridge, CUP, 2001, págs. 149-155; y para un balance general del papel de los judíos en la actividad científica (והמבין יבין) medieval, véase Mariano Gómez Aranda, «The Contribution of the Jews of  Spain to the transmission of science in the Middle Ages», European Review, nº. 16 (2008), págs. 169-181 e ídem, Sefarad científica. Ibn Ezra, Maimónides, Zacuto. La visión judía de la ciencia en la edad media, Tres Cantos (Comunidad de Madrid, Nivola, 2003.

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[Anterior entrega de Solipsismos imperiales.]

Leo, por fin, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, de José Carlos Moreno Cabrera, publicado en 2008, en Barcelona, por Península. De momento está resultando una lectura tan nutricia como la suponía. Sospechaba que me iba a encontrar a un viejo conocido y no me falla. Aquí está, en una cita particularmente jugosa:

Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.

Gregorio Salvador, «Lenguas minúsculas», diario ABC del 19 de enero de 2005.

Antiguamente, Gregorio Salvador, que nunca ha dejado de ser fiel a su soberbia, alumna aventajada de la escuela más decrépita, aunque dañina, de nuestra lingüística nacional, cofrade de la corporación que tiene el caserón de la calle madrileña de Felipe IV por casino de provincias para sus sesiones de brisca de los jueves, hubiera conseguido amargarme el día. Luego, en otra etapa vital, enfurecerme. Ahora ya le oigo -le leo- como quien oye llover (lluvia ácida). Ahora, sencillamente, con bastantes trienios de curiosidad y de investigación por los casos y las cosas lingüísticas a mis espalda, en base a mi formación de lingüística y a nivel de mi perfecta competencia de hablante indígena del español, afirmo que, en el caso de Gregorio Salvador, como en el de tantos otros que he vuelto a reencontrar infelizmente en mi retorno a mi patria chica («fui sobre agua edificada; mis muros de fuego son»), hay que decirlo más. Sencillamente, mucho más.

Coda:

A continuación se pregunta el eximio lingüista [Manuel Alvar] si el andaluz es una lengua o no. La contestación a esa pregunta es un rotundo no. De hecho, el andaluz es «es un caos en efervescencia, que no ha logrado establecer la reordenación del sistema roto». Es decir, según esto,  hay cientos de miles de personas que no hablan una lengua, sino que logran entenderse milagrosamente mediante un caos lingüístico y, además, lo peor de todo es que este caos afecta incluso a las personas cultas.

José Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, Barcelona, Península, 2008, pág. 99.

דרשה

כבר מראש לא היו הכוחות שקולים: השטן שר גדול במרום, ואיוב בשר ודם. גם מלבד זה לא היתה התחרות הוגנת. איוב שקיפח את עושרו ושכל את בניו ובנותיו והוכה בשחין לא ידע כלל שזו תחרות.
כיוון שהתלונן יותר מדי, השתיק אותו השופט. והנה, כיוון שהודה ושתק, ניצח, בלא שידע, את יריבו. הושב לו עושרו וניתנו לו בנים ובנות – חדשים, כמובן – וניטל ממנו אבלו על הראשונים.
יכולנו לחשוב שהפיצוי הזה הוא הנורא מכל; לחשוב שהנורא מכל הוא חסרון דעתו של איוב, שלא הבין שניצח, ואת מי. אבל הנורא מכל הוא בזה, שאיוב לא היה ולא נברא, אלא משל היה.

נתן זך

SERMÓN

Ya de antemano las fuerzas no eran parejas: Satán, gran señor de las alturas, y Job, de carne y hueso. Aun pese a esto no se batieron en buena lid. Job al que le habían desposeído de sus riquezas y le habían despojado de sus hijas e hijos y al que le afligieron con una úlcera maligna no sabía que debía batirse en ninguna lid.
Al quejarse en exceso, el juez le mandó callar. Mas hete aquí que, por haber dado gracias y haberse callado, venció, sin saberlo, a su adversario. Le fueron devueltas sus riquezas y volvió a tener hijas e hijos – otros nuevos, por supuesto – levantándole el luto por los que había tenido antes.
Podríamos pensar que esta reparación fue lo más terrible, pensar que lo más terrible fue la ignorancia de Job, que no había entendido que había ganado, ni a quien. Pero lo más terrible, en realidad, fue que Job nunca había existido ya que solo fue una parábola.

Nathan Zach


adi-nes-boys-untitled-7-2007

Adi Nes, Untitled (Boys, 7), 2007.

En las anteriores líneas he pretendido destacar varios aspectos:

1) El prestigioso impulso que destacados órganos españoles de difusión cultural han ofrecido a la historia local y fiscal hispanojudía;
2) La línea esencialmente documental que van marcando diversos estudiosos del pasado judío peninsular para dar a conocer nueva documentación. En realidad, y dejémonos de planteamientos fácilmente rebatibles, es la única aconsejable, no obstante su verdadera dificultad que sólo conocen queines nos hemos sumergido en sus características más internas con no poca paciencia;
3) La historia local, debidamente documentada, puede ser firme plataforma para poder despegar hacia ciertas reflexiones. No es, de ninguna manera, ‘historia menor’, como algunos pretenden con no pocas dosis de suficiencia;
4) Llama profundamente la atención la ausencia de los llamados hispanistas en esta pequeña y fundamental parcela histórica que he tratado, necesariamente incompleta y sólo indicativa. Hay que reconocer, sin embargo, que los llamados hispanistas sí han participado de manera desigual en algunas publicaciones periódicas españolas y en otras intervenciones que desde el principio he optado por no tratar. Pero es, al menos para mí, sintomático que esos hispanistas no hayan tenido una participación fundamentalmente activa en esa contribución documental que con tanto agrado recibo y sí, por lo general, en planteamientos conceptuales en múltiples ocasiones de aceptación documental poco controlada. Personalmente manifiesto mi alegría por tan limitada contribución e insisto en que los cimientos de la verdadera historia se basan en silenciosa y paciente labor pocas veces reconocida. Ni falta que nos hace, y
5) La cautela que es necesario emplear ante estudios de carácter teórico, en ocasiones ofrecidos por historiadores foráneos, cuando aún se conserva mucha documentación inédita en los dispersos archivos españoles. Este aspecto, en mi opinión, es incuestionable.

Y, mientras tanto, esperemos con cierto humor la aparición de un nuevo y anodino manual sobre los judíos hispánicos.

Carlos Carrete Parrondo, «Medio siglo de judaísmo hispánico en publicaciones periódicas españolas», en Fermín Miranda García (coord.), El legado de los judíos al Occidente europeo. De los reinos hispánicos a la monarquía española. Cuartos encuentros judaicos de Tudela, 11-13 de septiembre de 2000, Pamplona, Universidad Pública de Navarra, Gobierno de Navarra, 2002, pág. 69.

«Tots som grossers en voler explicar», Ausiàs March

Els mots de l’època moderna són creacions de l’alfabet. El grec primitiu no tenia cap mot per al ‘mot’. De fet, l’alfabet és una tècnica elegant per a la visualització dels sons. Així els mots esdevenen els àtoms del discurs.
Però la parla no és l’escriptura, així com l’alfabet no és la llengua. Durant els 650 anys de dominació romana a la Mediterrània a ningú no li va passar pel cap de transcriure les llengües parlades en caràcters romans. I quan en el 850 Ciril i Metodi tradueixen la Bíblia per als búlgars, no és que inventin una llengua, sinó un alfabet. Les lletres no servien per a reportar el que deia la gent. L’escriptura és un instrument, la parla, no; era una vida. En molts textos antics les paraules no es separaven entre elles; existien sols les línies, i és ben coneguda la figura de l’anagnṓstēs, del lector, des de l’antigor hel•lènica. L’home clàssic no llegia, es feia llegir. I és significatiu que la paraula anagnṓstēs vingui d’anagignṓskō i que anágnōsis vulgui dir l’acció de fer conèixer, això és de recitar, de llegir en veu alta per a un altre.

[«Las palabras de la época moderna son creaciones del alfabeto. El griego primitivo no tenía ninguna palabra para indicar ‘palabra’. En realidad, el alfabeto es una técnica elegante para visualizar sonidos. Así las palabras se tornan los átomos del discurso. Pero el habla no es la escritura, de la misma forma que el alfabeto no es la lengua. Durante los seiscientos cincuenta años de dominación romana en el Mediterráneo, a nadie se le pasó por la cabeza la idea de transcribir las lenguas habladas en caracteres romanos. Y cuando, en el 850, Cirilo y Metodio traducen la Biblia para los búlgaros, no inventan una lengua sino un alfabeto. Las letras no servían para transmitir lo que decía la gente. La escritura es un instrumento. El habla, no: era una vida. En muchos textos antiguos las palabras no se separaban las unas de las otras. Solo existían las lineas, y es bien conocida la figura del anagnṓstēs, del lector, desde la antigüedad helénica. El hombre clásico no legia, hacía que le leyesen. Y es significativo que la palabra anagnṓstēs venga de anagignṓskō y que anágnōsis quiera decir la acción de hacer que se conozca, es decir, de recitar, de leer en voz altra para otro.»]

Raimon Panikkar, «La paraula, creadora de realitat», Llenguatge i identitat: lexicosofia catalana. Simpòsium celebrat a Vivarium (Tavertet), els dies 12-13 i 19-20 [sic] de setembre de 1992, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1994, pág. 37

Targum Onqelos al Pentateuco, proveniente de la Guenizá del Cairo (Cambridge)

Targum Onqelos al Pentateuco, proveniente de la Guenizá del Cairo (Cambridge)

Una de las ocupaciones principales de Alfonso de Zamora, en sus casi más de treinta años de actividad escritoria conservada, fue la copia y traducción al latín de los targumim (plural de targum). Llevo unos días buscándoos una definición de lo que son los targumim, sin encontrar ninguna que me convenza, así que me tiraré, sin más, a la piscina: los targumim (literalmente, «traducciones») es el corpus resbaladizo de las traducciones, más o menos canónicas, más o menos litúrgicas, siempre parafrásticas y desbordantes de creatividad las más de las veces, que se fueron creando en el judaísmo entre la época en que el arameo se convirtió en lengua de uso corriente entre el pueblo judío, a partir del primer exilio en Babilonia, hasta la época del cierre canónico de los dos talmudes, el babilonio y el palestinense (o jerosolimitano). Es decir, entre el siglo sexto antes de la era común y hasta el sexto después de la era común, en que los centros judíos de Mesopotamia pasan a domino árabe-musulmán (y, de paso, Mesopotamia se convierte en Iraq). Un testimonio de la actividad exegética, esto es, de interpretación del sentido de la Escritura, que puede ser de los más antiguos (aunque es dudoso que el arameo ande ya por ahí) aparece ya en el libro bíblico de Nehemías, capítulo viii, versículo 8: ויקראו בספר בתורת האלהים מפרש ושום שכל ויבינו במקרא [«Leyeron en el libro de la Ley de Dios con claridad y precisando el sentido, de suerte que entendieron la lectura», traducción de Francisco Cantera Burgos]. Nehemías podría ser un libro fechable en el siglo iv antes de la era común. Esta cronología, como casi todas las bíblicas, es del género galaico: en realidad, nunca se sabe si está subiendo o está bajando, pero bien valga esa fecha del siglo iv para nuestras disquisiciones actuales.

En realidad, con la cuenta de la vieja a la que habitualmente nos hemos de conformar los filólogos, los primeros targumim puestos por escrito no serían más antiguos del siglo primero de la era común, mientras que últimamente se aprecian datos ciertos (la existencia de menciones al islam, por ejemplo) de que las fechas de los targumim más recientes estén entre los siglos séptimo y noveno.

Como el movimiento se demuestra andando y ya se sabe que obras son amores, os pondré dos ejemplos de dos targumim relativamente recientes, apenas mil doscientos años en las fotos con carbono-catorce filológico en los que salen más favorecidos y juveniles.

En el primer ejemplo me baso en La Biblia judía y la Biblia cristiana: Introducción a la historia de la Biblia de Julio Trebolle Barrera, Madrid, Trotta, 1998, tercera edición, pág. 492. Para el segundo, en ciertos recuerdos mancunianos de clases privilegiadamente unipersonales.

Pongamos que tenemos un versículo de Génesis, el octavo del cuarto capítulo, por ejemplo. Veamos lo que nos dice la Escritura: ויאמר קין אל הבל אחיו יהי בהיותם בשדה ויקם קין אל הבל אחיו ויהרגו, que podríamos interpretar, en la traducción al castellano pedrestre pero eficaz de Francisco Cantera Burgos: «Caín dijo a Abel, su hermano: [‘¡Vamos al campo!’] Y cuando estaban en el campo, se levantó Caín contra su hermano Abel y le mató.»

Quién esté ducho en letras hebreas ya se habrá fijado que Cantera Burgos interpola una frase que yo he marcado entre corchetes: «¡Vamos al campo!». Ciertamente, sin esa interpolación, más que un texto bíblico, sería una película de Kubrick: pura elipsis. Así, casi sin haber salido apenas a ver el gran mundo de las tradiciones bíblicas, ya hemos tenido que enmendarle la plana, muy prudentemente en mi opinión, al texto hebreo. El buen juicio filológico de esa interpolación depende de que la misma se haya conservado en la tradición samaritana del Pentateuco, que está escrita en lengua hebrea, aunque con el detalle de que se haya transmitido en alfabeto paleohebreo, el mismo que utilizaron en los Diez mandamientos en que Charlton Heston hizo de Moisés. Esta interpolación aparece también en las versiones griega de los Setenta, siríaca de la Pĕšiṭṭa, latina de la llamada Vetus Latina y la Vulgata Sixto-Clementina, también en latín. Vamos, que a la enmienda que hace Francisco Cantera no le faltan buenas ejecutorias de hidalguía.

Pero por mucho que la interpolación en cuestión le haya ahorrado un buen giro de guión al público, aún nos falta el contexto. ¿Y por qué diantres tuvo que levantarse Caín contra su hermano Abel y arrearle un estacazo (o lo que fuera) mortal de necesidad? Y es en ese punto donde el Targum Jerosolimitano (llamado Pseudo-Jonatán como medio de arreglar malamente un error antiguo de atribución) viene a nuestro auxilio teológico (y de paso da carta de naturaleza judía a nuestra interpolación, como veremos a continuación). Para ir al meollo del asunto, nos saltaremos el original arameo e iremos directamente a la traducción que da Trebolle Barrera del texto targúmico:

Y dijo Caín a su hermano Abel: ‘Ven, salgamos ambos al campo‘. Y sucedió que, cuando salieron ambos al campo, tomó la palabra Caín y dijo a Abel: ‘Yo veo que el mundo ha sido creado con amor, pero no es conducido según el fruto de las obras buenas, pues hay acepción de personas en el juicio. ¿Por qué ha sido recibida tu ofrenda con agrado y mi ofrenda no ha sido recibida con agrado?’. Tomó la palabra Abel y dijo a Caín: ‘El mundo ha sido creado con amor y es conducido de acuerdo con el fruto de las obras buenas y no hay acepción de personas en el juicio. Porque los frutos de mis obras fueron mejores que los tuyos y anteriores, mi ofrenda ha sido aceptada con agrado.’ Contestó Caín y dijo a Abel: ‘No hay juicio ni juez y no existe otro mundo, no hay concesión de buena paga para los justos ni existe castigo para los malos’. Contestó Abel y dijo a Caín: ‘Hay juicio y hay juez y existe otro mundo; hay concesión de buena paga para los justos y existe castigo para los malos’. Y con motivo de estas palabras estuvieron disputando en el campo. Y se levantó Caín contra su hermano Abel y hundió una piedra en su frente y le mató.

¿No les parece fascinante? De una sola tacada tenemos el móvil, el arma y hasta los diálogos del primer homicidio de la historia. Y, de paso, del primer fratricidio también. Así las cosas sí que cuadran, ¿no creen? En resumen: se juntó el hambre, un rebote nihilista que le dio a Caín, con las ganas de comer, y es que a mí, qué quieren que les diga, el Abel que pinta esta exégesis targúmica me ha parecido siempre un poco niño pera: «¡Chincha, rabiña, Juan Pelotilla, que los frutos de mis buenas obras son mejores que los tuyos! ¡Y además he llegado primero!». No me dirán que no era como para ganarse una pedrada, aunque le saliera un poco baturra al pobre Caín.

Recapitulemos: teníamos hasta aquí un texto canónico original, bíblico, de una concisión exasperante en no pocas ocasiones. Faltaban ese componente fundamental de los romances que ama el pueblo: los detalles. Como el pueblo de Israel había cambiado la lengua de uso y ya no entendían ni papa del texto hebreo de la Biblia, hacía falta una traducción en la lengua que usaba el personal: el arameo. Así que el traductor, puesto a traducir al arameo, aprovecha que el Tigris y el Éufrates pasan por Iraq y el Jordán… por Oriente Medio, y da una vuelta de tuerca teológica: la doctrina de la retribución del justo y del castigo del impío en esta vida y en la otra. Existe el detalle de que, en la época en que se suele fechar este targum, entre el siglo viii y ix de la era común, el arameo ya sería, como el hebreo a partir del siglo iii, una lengua… exclusivamente literaria, porque la lengua de los judíos, por aquella época, ya debía de ser… el árabe. Pero esto, si quieren, lo dejamos para la siguiente lección de Targumología: nivel inicial.

¿Será en realidad un caso este targum de lo que el téorico israelí de la traductología, Gideon Toury, llama pseudo-traducción?:

Es frecuente que los productores de textos, como personas inmersas en su cultura, sean conscientes de la posición que las traducciones y la traducción tienen en dicha cultura, lo que suele ir unido a una serie de características textuales y lingüísticas identificables. En ocasiones, incluso pueden decidir utilizar de forma activa este conocimiento consciente para presentar, incluso para componer, sus textos como si hubieran traducidos. Denominamos pseudotraducciones, o traducciones ficticias, a aquellos textos que se han presentado como traducciones, pero que no cuentan con textos originales correspondientes en otras lenguas, y al no haber existido dichos textos originales, tampoco se han dado ‘operaciones de transferencia’ y relaciones de traducción reales.

Gideon Toury, Los estudios descriptivos de traducción y más allá. Metodología de la investigación en estudios de traducción, traducción y edición de Rosa Rabadán y Raquel Merino, Madrid, Cátedra, 2004 (primera edición en inglés, 1995), pág. 81.

Más que la corteza de la letra de lo que dice Toury, que no se puede aplicar en buena ciencia al caso de los targumim, me interesa el espíritu: un traductor que traduce a una lengua presuntamente popular pero en realidad literaria… ¿para darle una pátina de antigüedad a sus presupuestos teológicos? ¿Una especie de anónimo Cervantes targumista que se escuda en un fantasmagórico Cide Hamete Benengeli de anticuario escriturístico? No sería la primera vez en el judaísmo: un caso famoso es el Zohar, obra sefardí del siglo xiii para la que aún hay quien reclama un origen mítico y la autoría de Simón bar Yoḥa’i, un célebre rabino de finales del siglo i y principios del ii de la era común. Y en el mundo del derecho judío, o halajá, se han dado algún caso célebre también de atribución pseudoepigráfica de la que quizá hablemos en otra ocasión.

Hasta aquí el primer ejemplo. Mañana seguiremos con nuestras indagaciones caldeas y veremos qué interés puedan tener.