To give away yourself keeps yourself still;
And you must live, drawn by your own sweet skill

***

Con razón me decía Abú Maadnús el otro día en otro lado –y creo que no se equivoca; nunca he visto que se equivoque ni aun cuando yerra– que por qué me tenía que fiar yo de lo que contaran los conversos a propósito de su vida. Tiene razón: es un espejismo futil para un cierto tipo de investigación histórica (la esperanzadora). Ahora, esos mismos relatos de la vida que de sí mismos dan los conversos pueden propiciar otro tipo de investigación histórica, menos comprometida, quizá menos fructífera (la resignada). Así me ocurre cuando me pongo a volver a pensar la historia de la vida de Alfonso de Zamora, que debió de nacer hacia 1474 o 1475 o 1476 en la misma ciudad de Zamora o no muy lejos y murió, más tarde de agosto de 1545, más que probablemente en la ciudad de Alcalá de Henares. Ingenuo de mí, cuando me puse con estas historias (con las de Alfonso y con las de sus contemporáneos) me llamó la atención el baile de las fechas y de los nombres. Quizá, solo quizá, Alfonso de Zamora se llamó también Alfonso de Arcos y Alfonso de León.

Y quizá, solo quizá (al fin y al cabo, es él mismo quien nos lo dice; ¿y quién es él para asegurarnos nada?) fue hijo del «sabio Juan de Zamora, llamado “Bivel” [בִּיבֵל]». Este Bivel me tiene distraído desde hace tiempo: con lo que parece el sufijo (ese /-el/) del final, con lo que quizá (solo quizá) sea un «Vivas» (¿o un Vives?) al principio. No he encontrado ningún otro Bivel (si solo fuera eso lo que no he encontrado…) Como profeso la rama resignada de la investigación histórica, solo puedo decir que no sé si he buscado bien. En Alcalá, alrededor de los años en que ejerció Alfonso de regente de la cátedra de hebreo, estuvo un Juan Simón Bibel («Colegial, por mandato de Cisneros, en 4 de marzo de 1515. Comprendido en las nóminas de 1516-1517 á 1518-1519, con un salario de 21.200 maravedís, precisándose en la última que era “cathredático de philosophia”, tercer año de Artes»). Si fue este Juan (Simón) Bibel el Juan de Zamora que dio nombre al (bachiller) Juan de Zamora, hijo quizá (quizá, solo quizá) primogénito de Alfonso de Zamora, no puedo decirlo. Ni desmentirlo: quizá sea este el punto máximo que debe atañer a quien se confiesa fiel de la confesión resignada, en lo que a historia se refiere.

No sé. Si alguna cosa debiera saber (y ni esa sé) sería si este Juan de Zamora, quizá Juan Simón Bibel de Alcalá, fue quien le transmitió sus saberes. O quizá fueran los hombres de la imprenta hebrea de Zamora. O quizá fuera Juan de Zamora, o Juan Simón Bibel de Zamora de Alcalá, uno de esos hombres de la imprenta de Zamora («doctissima officina»).

No sé. Quisiera saberlo. Si Juan, Alfonso y Alonso de Zamora son pseudónimos. Si en la entrega de años a unos saberes (a unas disciplinas, a los remiendos íntimos de una tradición) podrían haber recitado esos versos que hablan de un cierto orgullo de hacer y al hacer, conseguir serse:

To give away yourself keeps yourself still;
And you must live, drawn by your own sweet skill.

Que otro pseudónimo tradujo como:

La entrega de ti mismo te conserva a ti mismo;
vivirás retratado por tu propia pericia.

Es un magro consuelo para los que en nada somos peritos:

Si las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar,
tú me quisieras los mismo
que veinte años atrás.

Que es, más o menos, lo que hoy venía a contarles sin poder decir que saber, sepa nada. Bueno, sí, un par de cosas: que Sílvia Pérez Cruz y Càstor Pérez eran hija y padre. Y que España, cuando me paro a pensar en ella, es un país de viejos jugando a las cartas en un bar, por la mañana. Y que de las muchas cosas que no sé es si una escena así (un bolero, una guitarra, una voz, unos viejos jugando a las cartas por la mañana) les serían familiares a Juan y Alfonso de Zamora, padre e hijo. Pero quizá (sólo quizá) la herencia de un saber, que es un arte (un idioma, unos libros, unas letras que escriben idiomas y componen libros; una guitarra, una voz, unos aplausos de viejos jugando a las cartas) sea lo más parecido a lo que queda cuando dejamos de estar por este mundo y empezamos a no saber ya para siempre, sin mirar atrás y sin rodeos. Quizá, sólo quizá.

(Mi padre era, más o menos, impresor. Esa fue una de las cosas que primero sorprendió y luego le hizo interesarse por un servidor de ustedes a Risa [ריסה]: cómo diantre sabía yo que «imprenta» era דפוס (/dfus/) en hebreo. Al parecer, los hebraístas cristianos viejos no suelen aprender esas cosas ni en cuarto de licenciatura ni mucho después. O eso es lo que ella creía.)

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Suele aparecer el viejo Miguel por aquí de vez en cuando:

Sí, que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean. Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse. Para este efeto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines. Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección destas novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público. Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano.

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Hoy va de templos (gracias a los dos fantásticos de las Curious Expeditions). Como a los templos de verdad, conviene no tomárselos muy en serio. Se lo digo yo, que alguna frecuentación tengo. De los que ahí salen, en la Angelica de Roma; en la del Convento de Mafra (Portugal); en la de la Real Academia Española (Madrid); en la Nacional de Francia (París); en la del Duque de Humphrey de la Bodleiana oxoniense; en la museificada vieja sala de lectura del Museo Británico; la Casanatense (ese sindiós) de Roma; la Chetham’s mancuniana y su aire de novela negra medieval; en el sueño abrasado de la del Escorial; en la del Queen’s (que no Queens’) de Oxford; la General e Histórica de la Universidad de Salamanca (aunque en la verdadera sala de lectura actual); la imposible de la Sorbona (central) en París; la Wren del Trinity de Cambridge; la Medicea-Laurenziana de Florencia (a la carrera); la John Rylands de mi alma mater mancuniana.

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Estas, las que haya visto. Pero contemplar porque haya leído, algunas menos.

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En cualquier caso, uno no puede dejar de tener, claro, sus preferencias:

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ADZ Madrid 06 DET(foto de Álex Casero, junio de 2009)

Prouer. Xxxi ¶. Ne dederis mulieribus substantiam tuam

Lo quinto que a todos : es muy manifiesto / que resistamos : con mucha prudencia / la sensualidad : y concupicencia / pues es modo sano : discreto y onesto / que en el que en tal tiempo : excede en aquesto / allende del hecho : ser en si muy loco / de salud y fuerça : le queda tan poco / que desque enferma : peligra mas presto.

Alfonso de Zamora, Tratado muy necessario y provechoso en el qual se contiene vn regimiento breue para poder conseruar la salud en el tiempo de peste, y también para saber curar y remediar a los que della se hirieren (Cuenca: s. n., 1537), f. Aii, lado verso.

Pues no sé por qué. Anda que no se lo pasa uno bien en las bibliotecas de fondo antiguo, con tanto polvo acumulado y tanto por desempolvar:

Dans les secrets des bibliothèques, derrières les reliures sévères et précieuses, se cachent bien de mystères. Les plus doux de ces mystères nous viennent des grands écrivains eux-mêmes : loin, bien loin de leurs œuvres officiellement reconnues, nombre d’auteurs célèbres, sous leurs noms ou un pseudonyme, se divertirent à écrire des récits où les jeux de l’amour et de la beauté s’épanouirent. Ces récits, la Série rose est allée les découvrir pour vous, public sensible et averti. Nous allons pour vous tourner les pages de ces livres secrets dont les années n’ont pas effacé le parfum. La Série rose s’ouvre à vous.

En los secretos de las bibliotecas, tras las severas y preciosas encuadernaciones, se esconden un buen número de misterios. Los más deliciosos de estos misterios nos llegan directamente de los grandes autores: lejos, muy lejos de sus obras reconocidas oficialmente, gran cantidad de autores célebres, firmando con su nombre o con seudónimo, se distrajeron escribiendo relatos en que se desplegaban los juegos del amor y la belleza. La Serie Rosa se ha aprestado a descubrir para ustedes, público sensible y discreto, esos relatos y para ustedes vamos a pasar las páginas de estos libros secretos cuyo aroma no han borrado los años. La Serie Rosa se abre a ustedes.

Se alegra Abenyusuf de las rimillas bíblicas y pestilentes que os he puesto esta mañana de nuestro don Alfonso y de que sirva de introducción a la figura del maestro complutense.

Como alguna cosa hemos contado por aquí del maestro Al(f)onso, aunque me reconozco disperso y propenso a tenir pardals al cap, quizá convengar recopilar parte de lo que llevamos dicho: hemos presentado su vida en cómodos fascículos (que aún están por rematar); de sus arrebatos revolucionarios; de sus improbables alumnos; de sus necesarios silencios; de su terminología hebrea de cosas académicas; del que fue su colegio complutense; de las golondrinas de su huida; de sus métodos de evaluación; de la paciencia que hay que tener; de su principal obra impresa; su legítimo interés; sus eulogias hebraizantes y latinistas.

Sirva todo esto a beneficio de inventario.

tratado portada

Narra
Quien bien se acordare verá que en España
la peste es muy cierta, y tiempos vsada
quier por vezina, o en nuestra morada
poniendo entre deudos rigor y zizaña.
Y el año que vimos vsó cruel maña
que fue veynte y ocho de mil y quinientos
dando a las gentes muy rezios tormentos
y en los coraçones, temor que les daña.

tratado 02

Del inédito manualito de sentencias bíblicas, puestas en rima castellana, de la autoría de Alfonso de Zamora, publicado en 1537, dado por perdido y que el menda ha localizado.

[Capítulo I: «Los años de Zamora y Salamanca»]

Capítulo II: «La Biblia Políglota Complutense»

Hoy hablaremos muchas lenguas. Concretamente cuatro: hebreo, latín, griego y arameo, quizá en un remedo de la venerable licenciatura en «Filología Bíblica Trilingüe» que existía en las universidades españolas antes de que una de las mil y una últimas reformas de los planes de estudio se la llevara por delante (salvo, claro, en la habitual aldea pontificia que resiste a los romanos cabe el Tormes).

Con muchas fatigas entre 1502 y 1517, bastante desesperación entre 1517 y 1522, mucho (pero mucho, mucho) gasto en la larga década y media de trabajo y, en general, bastantes duelos y quebrantos (no fueran a confundirlos con judío), se consiguió terminar la primera gran odisea de la era de la imprenta de tipos móviles: la Biblia Políglota, llamada Complutense por el gentilicio latino de Alcalá de Henares, donde se aposentó la universidad colegial, humanista y teológica (y la imprenta de Arnao Guillén de Brocar) que el Cardenal de Santa Balbina, Arzobispo de Toledo, Primado (por tanto) de las Españas, presidente del consejo de regencia de Castilla (en dos ocasiones), confesor que había sido de la Reina Isabel, presunto azote de granadinos conquistados, Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), había fundado a sus arzobispales expensas, que no le fueron pocas al franciscano.

Como de la Biblia Políglota Complutense se puede hablar desde muchos puntos de vista y yo tengo una tendencia irrefrenable a la verborrea, nos conformaremos con sobrevolar el papel de Alfonso en ese tremendo fregado alcalaíno y con un par de apuntes rápidos, demasiado rápidos, sobre la valoración en conjunto que se puede hacer de la Biblia cisneriana.

Meterse de lleno, con pies, cabeza y corazón, en la empresa políglota cisneriana fue una enorme oportunidad y, me temo, una cierta desgracia para Alfonso de Zamora. En el colofón al Diccionario de David Qimhi, con fecha 14 de enero de 1516, del (espléndido) manuscrito nº. 6 de la (actual) Biblioteca General Universitaria de Salamanca, folio 285 verso (y siguiente), Alfonso nos dejó una nota que tiene algo de conmovedora. O es que yo soy un sentimental, que también puede ser:

Acabado el lunes, 14 de enero de 1516, de la era de Nuestro Señor Jesucristo, por Alfonso de Zamora, su servidor [lit.: «esclavo»], con el permiso de de don fray Francisco Jiménez, cardenal de España, arzobispo de Toledo, que es Toletula, por cuya iniciativa y orden se imprimen los veinticuatro [libros de la Biblia judía], en cuatro lenguas que son el hebreo, el caldeo [es decir, el arameo], el latín y el griego. Y yo, mientras estaba ocupado en redactarlos, he acabado este libro para mí mismo con mucha dificultad, porque me había asimismo encargado de enseñar gramática hebrea a los principiantes aquí, en Alcalá de Henares, y antes en Salamanca. […] He escrito en este volumen otras cosas más dulces que la miel, que encontrarás y que el hombre inteligente comprenderá y se complacerá en leer. Que las lea con indulgencia y no con severidad y mofa. […]
Otro copista ha copiado los Profetas Menores y las Lamentanciones, que encontrarás aquí [en otro volumen del que está hablando, diferente del actual manuscrito nº. 6 de Salamanca.] Pues este rector [¿?] lo ha puesto para servirme de ayuda, en mis penas y labores, ya que los grandes trabajos causados por enaltecer su memoria, al servicio de Dios, me causan muchas fatigas.
Igualmente notarás que las letras tienen una forma extraña, a veces más grande, a veces más pequeña; a veces una [letra] radical, a veces, otra; causado todo por mis muchas ocupaciones y porque he escrito este livro [el manuscrito nº. 6 de Salamanca] de noche, tras las fatigas del trabajo que he mencionado antes, ya que era el único momento de tiempo libre que me quedaba. No me hagáis tampoco reproches, puesto que, por si fuera poco, mis fuerzas han disminuido y mis ojos han perdido fuerza para mirar, porque más cerca estoy de la vejez que de la infancia [en glosa al margen, Alfonso da tres sinónimos hebreos de infancia: «juventud», «adolescencia», «alba»], con los cuarenta y dos años de edad que ya tengo.

Lo que hay entre corchetes es mío. El texto lo traduzco de la traducción francesa que hizo Moshe Lazar, el gran investigador israelí, en su estupendo artículo «Alfonso de Zamora, copiste», Sefarad (Madrid),vol. xviii, fasc. 2 (1958), págs. 314-327, porque no tengo el original hebreo a mano. Y de paso, advierto que me paso por el forro del Arco de Triunfo de Moncloa lo que diga Hastur el Innombrable en sus gacetillas eruditas, porque la primera condición de la erudición es la decencia. Y lo demás son romances.

Sobre la Políglota y otra gran, grandísima obra de arte librario patrocinada por la munificiencia arzobispal de Cisneros, el llamado Misal Rico de la catedral de Toledo, Anna Muntada Torrellas tiene un artículo, publicado en 2000-2001: «Del Misal Rico de Cisneros y de la Biblia Políglota Complutense o bien del manuscrito al impreso», Locus Amœnus, vol. v, págs. 77-99, del que saco los siguientes fragmentos que ayudarán a comprender el valor, inmenso valor como objeto libro, de las empresas librarias de Cisneros, en general, y de la Políglota Complutense, en particular.

La edición alcalaína no tan solo supuso un esfuerzo intelectual sin precedentes en la preparación de los textos, sino también una summa de operaciones editoriales, prácticas y técnica.

Pág. 93

En lo que concierne a la Biblia [Políglota Complutense], ya R. Proctor legara temprana e inmemorialmente los tipos griegos de la Políglota a los anales de la tipografía. El mismo […] Lyell se reconocía seducido por la belleza de la edición ‘y el buen hacer del impresor Arnao Guillén de Brocar’. No insistiremos en el reconocimiento que la historia de la tipografía le ha dispensado, pero vale la pena contrastar la variedad de tipos y la jerarquía de letras e iniciales que, en la Biblia Políglota, se imponen a la que fuera omnipresente y omnicomprensiva escritura gótica del misal [llamado ‘Rico’, de la catedral de Toledo]. En el primer volumen, además, tercero en el orden de impresión, la letra humanística sustituye a la gótica en la traducción latina de la Vulgata. Todo un signo de apertura hacia la nueva cultura.

Pág. 94

¿Cuál es la trama ideológica que subyace? ¿Cuáles, los magistrales o improvisados modelos? ¿Cuál, la caprichosa circulación de los libros, y de su no menos fortuita lectura o comprensión? De entrada, no debemos soslayar una temprana cronología, para España, en la intencional adopción de un ideario genuinamente renacentista. De querer hilvanar los frágiles hilos de una historia todavía por escribir, hemos de acudir a la imprenta veneciana de Aldo Manuzio, cuyas ediciones ya habían alcanzado pública notoriedad. […] A decir verdad, tampoco faltarían analogías entre la empresa alcalaína y la oficina veneciana, tanto en la intención como en los hechos. […] Demetrio Ducas cretense, el esforzado catedrático de griego de Alcalá, se incorpora al proyecto bíblico procedente precisamente de la península italiana, donde había colaborado en las ediciones griegas de Aldo Manuzio. La fundación cisneriana, por otro lado, comparte el ideal aldino del homo trilinguis, latín, griego y hebreo (las cátedras de árabe y siríaco no llegarían a proveerse), porque el conocimiento de las lenguas originales abre el acceso directo a la Biblia. Cisneros y Alcalá también habrían ido a la saga [sic] del impresor veneciano con la proyectada edición de las obras de Aristóteles.

Pág. 96.

(La edición alcalaína de las obras de Aristóteles, en griego, nunca llegó a completarse.)

Solo tengo dos reproches que hacerle a Muntada Torrellas: algún catalanismo curioso que se le cuela en el texto; y que pase, de una forma olímpica, de una evidencia inevitable en cuanto se abre un el primer volumen de la Políglota: la presencia del hebreo. Y en consecuencia, que obvie la pregunta inevitable: de dónde se sacó el texto, los moldes de las letras, el texto que se imprime y el necesario corrector («componedor») de la obra hebraica de la Políglota. Pero este segundo reproche es fruto de un olvido que ni yo mismo esperaba que no se produjera.

En realidad, la empresa políglota cisneriana, sobre todo en su aspecto comercial y de distribución, es un poco como si el Cardenal Cisneros fuera Steve Jobs y su obra, Macintosh, pero con mucha, mucha mala pata. O mejor aún: como si Cisneros fuera el presidente de IBM. Rica, potente, tradicional. Sin embargo, innovadora a la vez. Y, con todo, aquejada de mala fortuna y de mala planificación. Al final, a Cisneros le ganaron la partida toda una pléyade de geeks a lo Bill Gates, con menos elegancia que un chaleco de esparto, pero que se conocían al dedillo el mercado y sus códigos. Si ahora son los lenguajes de programación, en el aspecto técnico, y la usabilidad (ya sabéis: colorines, figuritas, iconitos y tal), en el siglo xvi el lenguaje de programación más novedoso fue el griego, «recuperado» en Occidente después de unos buenos cientos de años de que ni estuviera ni se le esperase. Y la usabilidad, claro, fue una política agresiva de distribución y precios, aparte de una mise en page de los textos impresos mucho más llevadera (¡ y «portátil»!) que el santísimo mamotreto tetralingüe producido en Alcalá.

Y para terminar de liarlo, Cisneros va y se muere, literalmente porque estaba en camino en ruta para recibir al recién llegado Carlos que acababa de entrar a Castilla por la Villaviciosa asturiana. Cisneros era mucho Cisneros, pero ¿muerto el Cardenal se acabó su Biblia? Aunque la obra ya estaba impresa, faltaba la imprescindible autorización pontificia.Y esa se hizo esperar: hasta nada menos que hasta 1520. Tres años en los que la Políglota Complutense durmió el sueño de los almacenes, mientras desde Italia, Suiza o los Países Bajos se multiplicaban ediciones bíblicas, griegas, latinas e, incluso, hebreas. ¿Soñarían los burócratas papales con ventanillas de ministerios españoles?

Para acabar de rematarlo, unido al altísimo precio de venta al público, buena parte de los ejemplares impresos fueron pasto eterno de los peces tras el naufragio, frente a las costas de Ostia, del barco que llevaba casi toda la tirada al Papa de Roma.
En resumen: menos mal que Cisneros ya se había muerto, porque, si no, le remataban los disgustos.

Curiosamente, conocerse el mercado al dedillo y echarle más horas de currelo que un freakie viciado le echa al World of War, fue el secreto del «éxito» (que lo tuvo, al menos pecuniario) de Alfonso de Zamora en su extenuante actividad de copista de manuscritos (y vocalizador y traductor y handyman hebraísta de la Europa del siglo xvi temprano). Solo por haber participado de forma tan directa en la gran obra de la Políglota, la figura de Alfonso de Zamora ya merecería entrar en el panteón (polvoriento) de «grandes hombres». Y eso daría ya respuesta a una de las muchas preguntas que se nos han quedado en el tintero, a mí de contestar pero no de hacérmela a la Marieta más fiel de este cuaderno alfonsino: «¿Por qué es importante estudiar la obra y la vida de Alfonso de Zamora?». Como digo, la Políglota habría bastado para hacer importante a Alfonso. Pero es que hay más, mucho más. Y todo lo demás es lo que sirve para hacerle, además, interesante.
Pero eso quedará para el tercer capítulo: «Los (¿in?)felices años de Alcalá».

Apuntes dedicados, como no podía ser de otro modo, a la Presidenta de la República de las Maravillas. Empecemos:

Alfonso de Zamora debió de nacer en Zamora (o en algún lugar probablemente del alfoz de la ciudad) hacia 1474. Nació, se crió y creció judío, de padre judío. Zamora, a finales del siglo xv, era un foco brillantísimo de actividad intelectual judía. A principios de 1492, Fernando II de Aragón (y V de Castilla) e Isabel I de Castilla, los llamados Reyes Católicos, dieron orden de conversión forzada o expulsión a todos los judíos de sus reinos. Esto incluyó, en un primer momento, todos los reinos de Castilla (para saber cuantos reinos había en “Castilla”, basta repasarse las larguísimas listas con las que empezaban sus escritos oficiales los reyes de las Españas). A la vez, la misma medida se ejecutó en Aragón, Cataluña, Reino de Valencia (o, sin más, Valencia) y Mallorca (o “Mallorcas”), es decir, los reinos privativos, esto es, de los que era “rey propietario” Fernando II. Al cabo de seis meses, según el decreto (aunque en realidad llamarlo “decreto” sea un anacrónismo), los judíos tendrían que haber abandonado Castilla y Aragón (por resumir las subdivisiones territoriales y por respetar el uso de la época). Los que decidieran quedarse residiendo en ambos conjuntos territoriales, tendrían que pasar por el bautismo forzoso. Esto vino a provocar una segunda gran ola de bautismos forzados, incrementando los rangos de los conversos, esto es, los “cristianos nuevos”, conversos al cristianismo de ascendencia judía (o mora). En 1391, una extraordinaria ola de violencias antijudías (que no pogromos; no confundamos) había devastado las juderías (que no pueden o no constituirse en aljama) de la Península, principalmente de Castilla y Aragón (y de nuevo, “Aragón” es sinónimo de los dominios privativos del rey de Aragón). Esta ola de violencia dio lugar a la primera ola masiva de conversiones, forzosas en su mayor parte, que dieron lugar a la que algunos denominan la “clase social” de los conversos, aunque a mí el término me parezca abusivo. Apenas cien años después, el real matrimonio de Fernando e Isabel expulsó a los judíos. Según las investigaciones más recientes, y las que a mí me merecen más crédito, sería erróneo pensar que 1391 es anuncio de 1492. La vida judía, en todos los órdenes, se recuperó en ese siglo que media entre uno y otro acontecimiento. Aunque algunas comunidades judías desaparecieron, otras florecieron. Pero el fenómeno de los conversos se fue extendiendo, con toda clase de ramificaciones sociales que hacían cada vez más intensas las tensiones entre grupos de conversos, cristianos de los llamados “viejos” y judíos. Parece sensato suponer, y ese es el consenso actual de la investigación, que con la expulsión se buscó el apaciguamiento, si no la desaparición directa, de esas tensiones, la paz social y la concordia civil entre todos los segmentos de la población, sea cual fuera su origen religioso. No hace falta saber mucha historia para comprender que los estadistas que diseñaron la expulsión, y los reyes que la sancionaron, erraron el tiro. Ahí están los estatutos de limpieza de sangre, omnipresentes (que no siempre necesariamente eficaces) en las Españas de los siglos xvi, xvii y xviii.

De manera que no tuvieron los Reyes de Castilla causa por la que desterrarnos de sus Reynos, más de la que manifestaron de que incitábamos a sus nobles a judaizar. Y es cierto que no se atraen los ánimos nobles, ni los mueven, sino exemplos de vida virtuosa y discursos de vida verdadera.

Immanuel Aboab, Nomología o discursos legales, 5389 AM / 1629 EC, pág. 291.

En semejante contexto tenemos a Alfonso de Zamora con dieciocho años, más o menos, dotado, según podemos colegir de su obra posterior, de una notable formación en las disciplinas del judaísmo, principalmente exégesis, gramática, prosodia y caligrafía. Esto no quiere decir ni que fuera rabino, de lo que no se conserva ninguna prueba descubierta hasta ahora, ni de que a los dieciocho años pudiera ser ordenado rabino, como ha querido ver algún autor de finales del xix.

Existen dos hipótesis principales sobre la conversión de Alfonso de Zamora. La primera afirma que la conversión se efectuó en el mismo año de 1492. Pruebas no hay ninguna y la lógica sin evidencia testimonial no debe ser un recurso para hacer historia. Simplemente, el hecho de que pasase toda su vida, hasta donde nosotros sabemos, sin salir de Castilla (los alrededores de Zamora, Salamanca y Alcalá de Henares), puede hacernos sospechar que no debió de salir de la Península. En consecuencia, para llevar una existencia “legal”, el término post quem de su conversión habría que hacerlo coincidir con el final de la vida “legal” del judaísmo en Castilla y Aragón.

La segunda hipótesis implica que Alfonso (y su padre, del que hablaremos después) se marchasen de Castilla en 1492, para volver, convertidos (porque si no,  ¿cómo se explica que pudiesen entrar en la Península?) en 1506. Por qué en 1506 y no antes ni después, habrá que preguntárselo a los que han emitido tal hipótesis. A mí me sobrepasa mi limitada inteligencia, tirando a positivista moderada. Además, ¿dónde se habrían ido? En 1496, el rey de Portugal, a consecuencia de muchas presiones -incluida la matrimonial, porque era yerno de los Reyes Católicos – ejecutó la misma medida de expulsión contra los judíos de su reino, entre los que se contaba un buen número de refugiados, sobre todo castellanos. En 1498, Navarra (a la que aún le quedaban catorce años para ser invadida por Castilla e incorporada a los dominios privativos del rey de Castilla) ejecutó la misma medida, así que 1498 es la última fecha de residencia legal de algún judío dentro de toda la Península Ibérica (y dominios adyacentes de los diversos reinos peninsulares).
En los dominios italianos del rey de Aragón, la medida de expulsión aún tardó algún tiempo en ponerse en práctica, por razones que a mí me son desconocidas pero que han debido ser estudiadas en alguna parte (hay gente pa tó). Si no recuerdo mal, las fechas de expulsión de judíos napolitanos y sicilianos son ya de la primera década del siglo xvi. [Actualización: pues sí, parece que recorbaba mal.]

En resumen, lo más probable es que alguien que no se llamaba Alfonso de Zamora, se encontrase alrededor de 1492 viviendo en el barrio de los zapateros de Zamora (porque nuestro hombre, antes de académico, fue zapatero bastantes años), habiendo cambiado de religión y mudado el nombre, del que tuviera cuando judío a “de Zamora”, por la ciudad que era la suya, y “Alfonso”, santo patrón cristiano de la ciudad.

Y por cierto, sin tener tratamiento de don, que sobre todo a partir del xvi era tratamiento de los bachilleres y nuestro Alfonso vivió aún en una época feliz en que se podía llegar a duradero regente de cátedra en una universidad puntera en Europa, como fue la cisneriana de Alcalá de Henares, sin tener título ni diploma.

Supongamos que entre 1492 y 1508  Alfonso llevó una vida, quizá apacible, de zapatero en Zamora. Pero sus talentos de hebraísta no debían de ser totalmente desconocidos.

En los primeros meses de 1508, anunciada vacante la cátedra de “hebrayco, caldeo y arábigo”, opositan Juan Rodríguez de Peralta, el italiano Diego de Populeto, el dominico Juan de Vitoria, el bachiller Parejas, el licenciado Juan de Ortega y el judeoconverso Alonso de Arcos o de Zamora. El rector salmantino indico que a Populeto se le podía encargar que enseñase por dos años

y no con todo el salario, salvo con parte dello, e que parte se dé a quien platique con él, que sea uno de los tornadizos que saben bien el hebraico: uno el zapatero y el otro Diego Lopes, tañedor.

Carlos Carrete Parrondo, Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos XV-XVI), Lección inaugural del curso académico 1983-1984; Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 1983, pág. 17

Una orden del 5 de junio de 1509 detuvo el proceso de contratación de Al(f)onso en Salamanca y solo en 1510, y con la mediación del rey (que seguía siendo don Fernando), se pudo contratar a Alfonso, por 5.000 maravedíes. En 1511, se decidió que “Alonso de Arcos, zapatero, podía mejor enseñar la lengua” y se le asignaron 6.000 maravedíes hasta acabar el curso.
Como se acreditó que era “persona suficiente e hacía fruto”, se le prorrogó, en octubre de 1511, el contrato por dos años más. Hay que notar que Alfonso, en esa época salmantina, estaba muy lejos de contar con una “plaza de titular”, sino que solo la tenía de profesor “asociado”, más o menos bien pagado.

1512 es el año de la llegada de Alfonso al claustro alcalaíno, después de que alguna intriga pasillera a la que tan aficionados han sido desde siempre los universitarios se lo llevara por delante en Salamanca. Pero eso, el preámbulo de la época más larga y fructífera, aunque no exenta de amarguras, de su vida, lo dejamos para el siguiente curso de alfonsinismo zamoresco.