julio 2010


When I am laid in earth, may my wrongs create
No trouble in thy breast;
Remember me, remember me, but ah! forget my fate.

Cuando en la tierra yazca, que mis yerros
no sean razón de enojo en tu pecho.
Acuérdate, acuérdate de mí mas, ¡ay! olvida mi sino.


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Toda disimulación y fingimiento, según Cicerón dice, se ha de quitar de en medio de toda la vida humana; mas maravíllome muy mucho que no reserve ni exceptúe ningún caso, pues se ve que lo uno y lo otro han hecho evidentes beneficios. […] Y dicen que el bienaventurado San Francisco disimuló con la justicia de haber visto un delincuente de muerte, diciendo y señalando sus mangas que no pasó por allí; y el último de los ejemplos, aunque nuestro Señor es sobre toda ley, cuando hacia el castillo de Emaús iba con sus desventurados discípulos, fingió que pasaba adelante, y así no gastaré más tiempo de la prueba de esto, sino diré de algunas disimulaciones graciosas y de buen gusto, y de otras graves también.

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The idea that parents are less happy than nonparents has become so commonplace in academia that it was big news last year when the Journal of Happiness Studies published a Scottish paper declaring the opposite was true. “Contrary to much of the literature,” said the introduction, “our results are consistent with an effect of children on life satisfaction that is positive, large and increasing in the number of children.” Alas, the euphoria was short-lived. A few months later, the poor author discovered a coding error in his data, and the publication ran an erratum. “After correcting the problem,”it read,“the main results of the paper no longer hold. The effect of children on the life satisfaction of married individuals is small, often negative, and never statistically significant.”

La idea de que los que tienen hijos son más infelices que quienes no los tienen se ha convertido en un tópico tan extendido entre los investigadores que, el año pasado, la publicación de un artículo de una investigación escocesa en el Journal of Happines Studies que concluía lo contrario constituyó toda una noticia. «Contra lo que afirman buena parte de los estudios anteriores», se decía en la introducción, «nuestros resultados demuestran que los hijos tienen un efecto cierto en el sentimiento de satisfacción vital, efecto que es positivo, amplio y que se incrementa según el número de hijos». Desafortunadamente, la euforia duró poco. Pocos meses después, el pobre autor del artículo descubrió un error de codigo en los datos y la revista publicó una enmienda. «Tras corregir el problema», se señala, «no se pueden sostener los principales resultados del artículo. El efecto de los hijos en el grado de satisfacción vital de los individuos casados es pequeño, a menudo negativo y nunca relevante desde un punto de vista estadístico».

Jennifer Senior, «All joy and no fun. Whay parents hate parenting» (‘Mucho gozo y poco disfrute. Por qué los padres odian criar a los hijos’), New York Magazine, 4 de julio de 2010.

Vía el caralibro de Raúl. Foto del manuscrito de París, por Álex Casero.

Knowing the dead, and how some are disposed: […]

Cautiva de tanto sueño contrariado
hoy quiero libre ofrecerles perdón
a final de cuentas sin duda recibí la parte de felicidad
que en este mundo me corresponde

A tus pies ofrendo Madre
la servidumbre de mis reproches
quémala
la carcoma de repetirme en la misma letanía de dolor
quémala
la turbia resaca de remordimientos
quémala
la viciosa costumbre de esperar lo improbable
quémala
la excusa del miedo que paraliza cobarde
quémala
la bastarda disculpa del amor rechazado
quémala
la mezquina astucia de apresar el tiempo
quémala
la distorsión que se juzga fiel certera
quémala
la calculada incapacidad de reparar el daño
quémala
quema las escorias que lazan mi vuelo
y bendice Madre lo que aún me queda por andar…

Esther Seligson, Oración del retorno (tikun), «IX», (fechado en Jerusalén, 2006), México D. F., Ediciones Sin Nombre, 2006.

Without the law: we grasp, roughly, the song.

(Geoffrey Hill, Two formal elegies. I: For the Jews in Europe)

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Qu’il s’agisse de grammaire ou de lexique, le mot […] il ne m’intéresse, je crois pouvoir le dire, je ne l’aime, c’est le mot, que dans le corps de sa singularité idiomatique, c’est-à-dire là où une passion de traduction vient le lécher – comme peut lécher une flamme ou une langue amoureuse: en s’approchant d’aussi près que possible pour renoncer au dernier moment à menacer ou à réduire, a consumer ou à consommer, en laissant l’autre corps intact mais non sans avoir, sur le bord même de ce renoncement ou de ce retrait, fait paraître l’autre.

Sea cuestión de gramática o de léxico, la palabra […] no me interesa, creo poder decirlo, no me gusta, es la palabra, más que en el cuerpo de su singularidad idiomática, es decir, donde un arrebato de traducción viene a lamerla, como puede lamer una llama o una lengua enamorada: acercándose tanto como se pueda para renunciar en el último momento a amenazar o a reducir, a consumar o a consumir, dejando el otro cuerpo intacto pero no sin saber, al borde mismo de esa renuncia o de esa retirada, hacer que aparezca el otro.

Jacques Derrida, «Qu’est-ce qu’une traduction relevante?», Derrida, editado por Marie-Louise Mallet y Ginette Michaud, París, L’Herne, 2004, colección «Cahiers de l’Herne», n.º 83, pág. 561.

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Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.

Cervantes, del «Prólogo» a las Novelas ejemplares.

Una de esas sorpresas que uno se lleva andando moderadamente el mundo (su hemisferio septentrional y mediterráneo, en realidad) es la profusión de patrias imaginadas que pueblan la realidad de la mayoría de las gentes. Es como esos ruidos, nada fantasmales, que unos amigos ahora en Berlín andan mirando a ver si recogen de inmuebles desahuciados, de edificios en precaria supervivencia, de la dura pugna que mantiene la rutina de los mecanismos para perpetuarse en el mundo físico a pesar de las inclemencias de la desidia de los seres humanos. No tiene nada que ver con la parapsicología, entiéndanme. Aún menos con la psicología. Es algo así como la «Song to the sea» del disco Split de Inca Ore, que no acabo de estar muy seguro de que sea el que N. me recomendaba hoy, pero que a mí me ha gustado (o me ha resultado evocadora, que viene a ser lo mismo).

Por muchas razones, todas ellas de primera importancia, yo quisiera hablarles un día por aquí del último rabino comunitario de Damasco, Abraham Hamra (אברהם חמרא) que, españolizado, quizá no sea una mera casualidad de homofonías que se pudiera llamar «Abraham Alhambra». Veremos si de verdad encuentro tiempo para hablarles de estas cosas y de una ciudad, la Damasco judía, que yo nunca podré ya conocer, que no pensaba conocer y que, sin pensarlo, se me ha vuelto repentinamente imprescindible. Pero eso será otra historia, que en parte ya hemos contado por aquí.

De esas nostalgias de las patrias imposibles, porque nunca existieron y nunca fueron creadas, sino que han sido siempre nada más que una parábola, algunas partes de Europa llevan una huella judía que las vincula de forma imprevista, si por el curso de la historia hubiera sido, a una España ibérica que nunca existió y nunca fue creada, porque no fue más que una parábola. Algunas de esas huellas existen solo en la memoria de los seres humanos que aún lean alemán de sabios anteriores al Desastre. El Jehuda Halevi. Zweiundneunzig Hymnen und Gedichte de Franz Rosenzweig, por ejemplo, o el Dīwān des Abû-l-Hasan Jehuda ha Levi de Heinrich (Chaim) Brody:

Doch zumeist erkannt ich ihn
An dem rätselhaften Lächeln
Jener schön gereimten Lippen,
Die man nur bei Dichtern findet.

Pues no pocas veces lo distingo / por su enigmática sonrisa, / esos bellos labios rimados / que uno solo encuentra en los poetas.

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