אם יש מלין השיבני דבר כי חפצתי צדקך

Que si tuvieres razones, respóndeme; Habla, porque yo te quiero justificar

Job, xxxiii:32 (traducción de Casiodoro de Reina)

Sophie fue una de las tres personas que integraron el tribunal de mi maestría en París en 2006. Fue una contradictora dura, a la altura de la mediocridad de mi tesina. Si me salvé, fue mitad por el morro que le eché, mitad porque, para qué engañarnos, Alfonso de Zamora ejerce cierta fascinación sobre los del gremio. Además, la tesina y la defensa hablaban del manuscrito «hébreu 1229» de la BNF, una auténtica novela de aventuras: Alfonso copió, en 1527, la gramática más venerable de todas las gramáticas hebreas, el Séfer mijlol (ספר מכלול) de David Camhi (רד”ק), hijo de exiliado andalusí que vivió en Provenza entre los siglos xii y xiii, para Edward Lee, eclesiástico inglés de alta alcurnia, notable humanista, primero furibundo erasmista, furibundo antierasmista a continuación, futuro arzobispo de York, y en 1527 embajador ante el César Carlos, en España, durante los años cruciales del divorcio entre Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón, tía carnal, como se sabe, del Emperador Carlos. El manuscrito que le copió en hebreo y le tradujo al latín Alfonso fue, probablemente (aunque hasta el momento no haya podido yo substanciar totalmente la evidencia) utilizado dentro del arsenal de recursos escriturísticos de que se pertrechó el partido prodivorcio, alentado por el rey inglés, como cuenta con mucha amenidad y por ejemplo David S. Katz en «The Jewish advocates of Henry VIII’s divorce», segundo capítulo de su The Jews in the history of England, 1485-1850, Oxford, OUP, 1994.

Cuando acabé mi exposición, me percaté de algo: a Sophie (que yo apenas conocía hasta ese momento) le brillaban los ojos. Es ese brillo (raro, no se crean) que pervive y que se extiende entre algunos pocos cofrades de un gremio escaso y apartadizo: el de los poseídos por la libido sciendi. Alfonso le había guiñado un ojo, aunque fuera por medio de ventrílocuo tan torpe como el que suscribe, y de esos guiños no se puede ya uno librar.

Al año siguiente yo asistí religiosamente a sus clases en París III-Sorbonne Nouvelle: «Historia de la Gramática hebrea» que fue, casi tanto como el título «Filosofía judía contemporánea» de Alex Samely en Mánchester dos años antes, una pura excusa para hablarnos de lo que realmente le interesaba: las peripecias de un puñado de personajes excepcionales que se habían dedicado, durante el siglo xvi, a aprender hebreo y a enseñárselo, con diversa fortuna, a los cristianos.

¿Tengo que explicar todo lo que aprendí y todo lo que disfruté en esas clases? Para empezar, a tomarle respeto a esa historia fascinante. Y, a continuación, a comprender la rareza insobornable del tema. Ya le habían avisado al empezar su tesis (inédita hasta hoy) sobre hebraístas franceses del siglo xvi que por qué se metía en esos berenjenales que no interesaban a nadie. Con un punto pizpireto, no dejaba de alegrarse de que el tiempo le hubiera acabado, modestamente, dando la razón: había buenas razones en los hebraístas cristianos del xvi para que interesara a alguien meterse en sus berenjenales.

Luego la nombraron directora del Centre Français de Recherche de Jerusalén y ahí seguía, a caballo entre Jerusalén y París. Antes le había dado tiempo a hacerme una de las cartas de recomendación que me sirvieron para disfrutar de la hospitalidad de la Ecole Française de Roma y de las cortesías de esa ciudad inacabable en que se fundamentan tantas cosas de nuestro mundo. Al redactar esa carta, conmigo delante (guárdennos a Sophie y a mí el secretillo) no dejó de preguntarme por un par de purititos detalles de ortografía del español porque, me decía, «no me gusta cometer faltas en ningún idioma». Acribie, lo llaman en francés, con una palabra bien rara porque bien rara es encontrar la búsqueda de la perfección puntillosa en esta edad de hierro constante que es la historia de la humanidad.

Sophie ha muerto hoy, lunes, 8 de febrero, 23 de shevat de 5770 («Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado») y, sin quererlo (ni yo tampoco lo hubiera querido), me ha recordado que no importa tanto cómo contemos sino cómo nos cuenten en razón y consecuencia, sobre todo, de lo que hayamos contado.

Yo pierdo una querida, muy querida colega, una mentora y una apasionada defensora de esa tierra de nadie en que viven los conversos de nuestro siglo xvi (suyo y mío: español el mío, francés el suyo) y se empeñan los gramáticos en hallar razones con las que responder y en hablar para poder justificarse. Uno se siente a gusto con semejante compañía: conversos que hablan de una lengua, une langue comme les autres.

Últimamente, entre unas cosas y otras, no salimos de lo mismo: ver de frente a la Gran Enemiga.

זכותה יגן עלינו