Ayer caí en la cuenta de que tenía que haberle hecho notar una cosa a Abú Maadnús cuando estuvo por Madrid este verano (quizá será para la próxima vez). Yo mismo la había olvidado y ayer me la hizo ver Carlos A. Pintos en la «sala de investigadores» de Valdecilla. El manuscrito que ahora lleva por signatura la número 5 de la colección complutense, la traducción latina del targum al Libro de Ester, tiene una raja de un tamaño notable, restaurada (aunque visible, porque la restauración es, como suele ocurrir en Valdecilla, buena) en el cuerpo del texto pero perfectamente distinguible en la encuadernación (¿original?). Este manuscrito es, de los que quedan hechos por Zamora, uno de los más antiguos (ando discutiendo conmigo mismo si hay otro que podría ser más antiguo, por eso me escudo en la probabilidad frente a la improbable certeza). Lleva el colofón firmado el 8 de abril de 1517 y es, por tanto, uno de los pocos manuscritos del converso zamorano que pudo llegar a ver escritos su «Santo Amo», el Cardenal Cisneros, que murió el 8 de noviembre de ese mismo año de 1517. Más o menos perdido durante la Guerra Civil, fue más o menos encontrado por Luis Díez Merino en los años 80, si es que cualquier cosa que encuentre Díez Merino no es en realidad un disimulado acicate para seguir buscando.

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Mudai, pois, o sentido e o cuidado,
Somente amando aquelas esperanças
Que duram pera sempre co’o amado.

Cambiad, pues, sentidos y cuidado,
Amando solamente la esperanza
Que siempre durará con el amado.

Luís Vaz de Camões

Misterio

¿Por qué estoy vivo
y el vaso lleno de agua
y la puerta cerrada
y el cielo igual que ayer
y los pájaros dorados
y mi lengua mojada
y mis libros en orden?
¿Por qué estoy muerto
y el vaso igual que ayer
y la puerta dorada
y el cielo lleno de agua
y los pájaros en orden
y mi lengua cerrada
y mis libros mojados?

Jorge Eduardo Eielson

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Hai unha casa branca. Agardareite
Aireando os seu cuartos,
Abrindo as contras, para que a luz reciba
Aquilo que foi meu;
Ordenando papeis dos meus esquezos,
Libros daquela, versos
Por rematar aínda,
Escuros calendarios que escribiron
Anos mozos e nomes de rapazas.

Hay una casa blanca. Te esperaré / Aireando sus cuartos, / Abriendo las ventanas, para que tenga luz / Aquello que fue mío; / Ordenando papeles de lo que he olvidado, / Libros de entonces, versos / Que están sin acabar, / Oscuros calendarios que escribieron / Años jóvenes y nombres de muchachas.

***

Sin proponérmelo demasiado, y aún sin pensarlo porque pensarlo, lo que se dice pensarlo, solo se me ha ocurrido pensarlo ahora mismo que escribo esto, me he visto inmerso en una costumbre inesperada en cada ciudad a la que he tenido que ir porque, por paradójico que parezca, por mucha que sea la evidencia de que Alfonso de Zamora fue un tipo tirando a sedentario (Zamora –o cerca de la ciudad–, Salamanca, Alcalá de Henares y ahora parece que Toledo), para intentar entender su vida y milagros hay que echarse a andar de Madrid a El Escorial, de Salamanca a Nápoles, de Roma a París, de Londres a Vitoria (o Gasteiz) para acabar en Leiden y dejar, mal que pese, de lado a Orihuela, porque uno solo llega a lo que puede llegar y llega poco, no nos engañemos.

La costumbre inesperada de que les hablo hoy es consecuencia directa de mi mala memoria: cada vez que viajo se me olvida en Madrid (ahora) y se me olvidaba en París (antes) el metro de modista. Esto del metro de modista sirve, claro, para medir manuscritos. Porque los manuscritos hay que medirlos. Me preguntaba hoy Abú Maadnús (nunca deja de estar cerca aunque ande lejos) que si lo mío era más la codicología (sacarle la sisa a la costura de los manuscritos, como si dijéramos) o la filología (echarle un remiendo a las palabras que desgasta la usura del tiempo y la incuria de los hombres, digamos para entendernos). En realidad (le tendré que decir) lo mío son ambas cosas, junto con la lengua, claro (como si no lo hubieran notado por aquí con lo pesado que me pongo) junto con la historia que entra también en el lote, porque está muy feo dejarla fuera, a la intemperie de los que abusan del recuerdo, que son en general muchos y a veces bien organizados aunque, en no pocas ocasiones, sencillamente ignorantes irredentos. Pero, si algo de verdad es lo mío, es que se me olviden los metros de modista en todas partes. Lo que tiene consecuencias inesperadas, que es de alguna manera lo que tenía intención de contarles hoy (ya veremos si me sale). Por ejemplo, coleccionar sintagmas polisémicos en muchas lenguas. Así, sin proponérmelo, le he buscado colegas al metro de modista que dice mi madre (y que yo heredo felizmente) por media Europa: en Francia he comprado –casi diría que por docenas– mètres ruban (significante que comparte significado con un mètre de tailleur). En Italia fue la serendípica búsqueda de un metro da sarto lo que me llevó a darme de bruces, como no podía haber sido de otra manera, con el ejemplo más afinado de alfayate que imaginarse uno pueda: los sastres judíos y, como quizá recuerden ustedes, que tendrán mejor memoria que yo, encontré lo que buscaba en el antiguo Ghetto de Roma.

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Nuestro Señor la muy magnifica persona de vmd. guarde en su santo servicio. De Quer á X. de Abril de MDLCVIII.=Servidor de vmd.= El Doctor, Paez de Castro.

Habíaseme olvidado lo de los libros Hebreos que son bien raros y costaron mucho: paresceme que los seis de Chamhicon [sic] Neemias in Iob, y Salomon sobre los Trenos y Habmazra [sic] sobre los Cantares, y lo de M.t Teo sobre Ruth, etc.ª, y Neemias sobre los Proverbios, que se debria pagar más de á tres relaes cada pliego, que son dos hojas: los otros cartapacios y cosas de Zamora no sabria decir qué valen sin verlos por que no me acuerdo de ellos.

Los de latin impresos no son raros.

Carta del doctor Juan Páez de Castro al secretario Mateo Vázquez, «sobre la paga que se puede dar a los escribientes de griego y hebreo por sus copias y traslaciones de libros antiguos», editado por Toribio del Campillo y Casamor en la «Colección de bibliólogos españoles», Revista de archivos, bibliotecas y museos, año ix, n.º 5, 31 de mayo de 1883, pág. 164.

Pura anécdota, claro. Los sic (en vernáculo: asín) son de un servidor, no de don Toribio del Campillo.

At the boundary between center and periphery, users find new uses for canonical artifacts.
En el límite entre centro y periferia, los usuarios les dan usos nuevos a los artefactos canónicos.

John Seely Brown y Paul Duguid, «Borderline issues: Social an material aspects of design», Human-Computer Interaction, vol. ix, n.º 1, marzo de 1994, págs. 3-36 [?]

In the Folger’s copy of the herbal Rams little Dodeon [sic] (London: Simon Stafford, 1606), FSL STC 6988, there are manicules passim; but in the sections describing diseases of the male genitalia, the reader’s pointing hand changes to a pointing penis. I am grateful to Rebecca Laroche for pointing me to these examples of what she has wittily called “penicules”.

En el ejemplar conservado en la Folger [Shakespeare Library] del herbario Rams little Dodeon [sic] (Londres: Simon Stafford, 1606), [con la signatura] FSL STC 6988, hay manículas pássim, pero en las secciones que describen las enfermedades de los genitales masculinos, la mano indicadora de lectura se transforma en un pene indicador. Le agradezco a Rebecca Laroche que me indicara esos ejemplos de lo que, con ingenio, ella bautizó como penículos.

William H. Sherman, Used books: Marking readers in Renaissance England («Libros usados: lectores que señalan en la Inglaterra del Renacimiento»), Filadelfia, University of Pennsylvania Press, 2008, nota 40, pág. 195 (correspondiente a la pág. 37), libro en el que también se menciona (pág. 24) la cita de Brown y Duguid señalada arriba que, sin embargo, no aparece en ningún sitio del artículo en cuestión (como tampoco aparece en ningún lado de una mínima lógica semántica porque el adverbio locativo pássim se ha de referir en exclusiva, siguiendo el DRAE, a las «anotaciones de impresos y manuscritos castellanos» y solo castellanos).

Foto de Steve McCurry, de la serie Fusion: The Synergy of Images and Words.

A LA DIVINA PROPORCIÓN

A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura,
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura.
Misteriosa fontana de mesura
que el Universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños angulares,
flor de las cinco formas regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente
A ti, divina proporción de oro.

Rafael Alberti

Me pasa con Alberti lo que con Lope de Vega: me da en la nariz que tuvieron más suerte que talento del tipo que a mí me interesa, sinónimo de una cierta garra, de una coherencia más profunda, de andar menos satisfecho consigo mismo de lo que sus obras me dan a entender. Por otra parte, como mis quehaceres, retribuidos o no, tienen que ver sólo de refilón con el canon de la literatura española, mi opinión no vale un ardite y tan contento que estoy. Sin embargo, hay veces en que los planos se superponen:

Dentro de la tradición de los manuscritos occidentales el tamaño del bifolio, de la página, de la caja del pautado y de los márgenes eran objeto de una cuidada disposición. La aplicación del procedimiento llamado «canon secreto» por Jan Tschichold, su descubridor, origina una distribución del espacio muy equilibrada. La armonía entre las superficies de la caja del pautado y de la página se establece gracias a la igualdad de sus proporciones. Hay que partir de unas dimensiones de esta última que respondan a la proporción 2:3. El esquema básico presupone que la altura de la caja coincida con la anchura de la página. Tales medidas permiten que los márgenes se ajusten a la relación 2:3:4:6 partiendo del interior.

Este canon constructivo, elegante y depurado, debió utilizarse en la confección de obras lujosas. Empíricamente se tenía noticia de su existencia, pero se desconocía el principio matemático y el diseño geométrico en que se basaba el procedimiento. En 1953 Jan Tschichold desveló el secreto al hallar la solución del problema.

Elisa Ruiz García, Introducción a la codicología, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002, págs. 184 y 185.

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SUPO,
después de mucho tiempo en la espera metódica
de quien aguarda un día
el seco golpe del azar,
que sólo en su omisión o en su vacío
el último fragmento llegaría a existir.

(Raíz de Fragmentos de un libro futuro.
Fragmentos XXXVII de Treinta y siete
fragmentos)

José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro, Barcelona, 2000.

Esteban Vicente, Triana (collage de la serie Primavera), 1985 (¿pieza en colección privada?)