Lo decía esta mañana José Luis Gómez en la casa misma donde descansan, mimados, no pocos libros de Alfonso de Zamora:

La pericia de la técnica es más que honradez; es un sentimiento, no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor del trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión profesional y, como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente.

Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento. Pero hay algo más allá, un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y orgullo que va más allá de la mera pericia; casi una inspiración que confiere a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte.

Y Gómez citaba a Conrad, que hablaba de los constructores de barcos:

Such skill, the skill of technique, is more than honesty; it is something wider, embracing honesty and grace and rule in an elevated and clear sentiment, not altogether utilitarian, which may be called the honour of labour.  It is made up of accumulated tradition, kept alive by individual pride, rendered exact by professional opinion, and, like the higher arts, it spurred on and sustained by discriminating praise.

This is why the attainment of proficiency, the pushing of your skill with attention to the most delicate shades of excellence, is a matter of vital concern.  Efficiency of a practically flawless kind may be reached naturally in the struggle for bread.  But there is something beyond—a higher point, a subtle and unmistakable touch of love and pride beyond mere skill; almost an inspiration which gives to all work that finish which is almost art—which is art.

Y me he acordado, por no entretenerles mucho, una discusión que dejamos pendiente sobre la eficacia y el cariño.

No, yo aún no he vuelto del todo pero ya nos va quedando menos.

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Muchacha muerta que en la fotografía
levantas dulcemente tu rostro hacia el cielo
muchacho muerto que pones tu oído en la tierra
como si sólo escuchases música:
estáis, en realidad, durmiendo, durmiendo.
No turbéis más su sueño.
No turbéis más sus sueños.
Y si lo hacéis, que sea
sólo para depositar como una ofrenda,
en sus manos cercanas y distantes, imposibles,
la verdad

Antonio Colinas, «11 de marzo de 2004», Desiertos de la luz (2008).

«Soy marroquí…»


Cada uno tendrá sus razones. Yo tengo dos. Una, la enorme patera varada en la playa de Bolonia, frente a las luces de Tánger. La otra, habla en el video del minuto 1.20 al 1.54. Razones no faltan, en ningún sitio.

Los subtítulos al español se activan apretando en «CC», en la barra inferior de la pantalla del video.

Mi querido Bataillon: Su admirable carta, en verdad fraternal, exigía darle gracias enseguida, por la Western Union, nuestro telégrafo. En el caso suyo, y en muy, muy pocos más, lo decisivo para mí es la amistad, no la coincidencia mayor o menor de nuestras ideas. La naturaleza de mi problema (ligado a desventuras de amplio radio) implica choques, no precisamente por mi combatividad, sino por la misma índole del tema –la vida propia, ensanchada en la colectiva en cuyo ámbito tuvo uno la suerte o la desdicha de nacer–. Hasta ahora el tema español fue tratado «culturalmente», como algo que está ahí. Al encontrarme el motivo de tal situación, no tuve más remedio que alarmar a la gente, como si se tratara de una epidemia cuya causa antes se desconocía. […] En España pasan de bostezar indolentemente a dar alaridos. […] Su carta es de una generosidad y de una amplitud de alma más que bienvenidas. […] Pero toda su carta de Ud. rebosa bondad clara e inteligente, ¡y alentadora!

¶ Carta de Américo Castro a Marcel Bataillon, 29 de noviembre de 1967, citada en J. I. Pulido Serrano, «Américo Castro y Marcel Bataillon: Medio siglo de amistad en torno a la Historia de España» (2009).

Even the most personal documents reflect the life of Casaubon’s mind, a life consumed in reading and interpretation. Pattison rightly saw that writing letters, for Casaubon, was profound moral and spiritual enterprise. In agony of his deathbed, he still found the strength to keep up his correspondence, if more slowly than he liked, in lucid, correct Latin, and he still insisted that formal letter-writing held the larger Republic of Letters together. Correspondents of similar tastes and minds, he believed, could forge links stronger than those  that connected members of the same church.

Aun en los documentos de índole más personal se refleja lo vivido por la mente de Casaubon, una vida pasada en leer e interpretar. [Mark] Pattison acertó al decir que escribir cartas suponía, para Casaubon, un ejercicio de profundo contenido moral y espiritual. Agonizando en su lecho de muerte, aún encontró la fuerza para seguir con su correspondencia, más lento de lo que hubiera querido, en un latín lúcido y correcto, e insistió en que la escritura epistolar atenta a una norma conseguía unir la República de las Letras. Creía que remitentes y destinatarios de gustos y opiniones similares podían trabar vínculos de mayor fortaleza que los que unían a los miembros de una misma iglesia.

¶ A. Grafton y J. Weinberg, «I have always loved the Holy Tongue»: Isaac Casaubon, the Jews, and a forgotten chapter in Renaissance scholarship (Cambridge, MA: The Belknap Press of Harvard University Press, 2011), págs. 18 y 19.

No, no he vuelto. Es solo que pasaba por aquí.

«Veo un monte grande de muchos viejos zapatos,
suelas e paños rotos e viejos hatos,
e veo las tus manos llenas de garabatos:
dellos están colgadas muchas gatas e gatos».

***

Mi viaje al hebreo (y al árabe) empezó por el catalán. Creo que en catalán fue la primera vez en que fui consciente de la xenofobia, pasiva en primer lugar y, algún tiempo después, activa. Aunque es una historia que me queda por contar, y que contaré, al principio se me suponía que el interés por Alfonso de Zamora se me tenía que fundamentar en su gramática. Y la gramática es una ciencia fundamentalmente necrófila, amante morbosa de ese sueño de la razón convertido en monstruo que es la normativa. En lo que afecta al hebreo, la gramática es como una segunda piel adherida a tres mil y pico años de tradición. La tradición, claro está, es mucho más antigua que la gramática pero una forma pertinaz de aherrojar el mundo entre hebraístas, hebreos o no de nación, es ponerle puertas al campo. Quizá Alfonso de Zamora fuera también un necrófilo, puesto que no cabe ninguna duda de que fue, sobre todo, un gramático, pero, nacido en el campo como era, tuvo problemas para cerrarle las puertas y estabular al onagro del idioma. Les pondré un ejemplo que entenderán pocos, me temo. Si a uno le enseñan hebreo es más bien improbable que le avecen en una sutileza que yo aprendí, sin embargo, desde el principio de lo que me enseñaron en hebreo (la enseñanza que me impartieron en hebreo fue muy sutil). Una de los signos vocálicos (תנועות, movimientos, en realidad, igual que se dice en árabe) de los que se sirve el hebreo es la nada, al parecer. Suele llamarse shevá (aunque es más que probable que Alfonso lo pronunciara algo así como seuá). Es, ya les digo, la nada (y así se lo enseñan a uno). En inglés, que ha sido desde hace cuatrocientos años una lengua de lo más bíblica, sirve para indicar la vocal que suele llamarse neutra (que existe también en catalán, pero no en el catalán que yo aprendí). Como a falta de pan buenas son tortas y el que tiene hambre con panes sueña, los gramáticos encargados de enseñar el hebreo suelen fijarse en lo que dicen al respecto otros gramáticos, revestidos de autoridad sobrevenida por dos hechos incontrovertibles: están muertos y enterrados desde hace siglos y fueron gente de suyo sistemática. Por supuesto, esas gramáticas solo fueron un remedo de la tradición, fundamentalmente de lectura en el caso que nos ocupa, no la tradición misma (la tradición tiende, por sistema, a no ser sistemática; en este aspecto se parecen, la tradición y la vida). Y, mucho menos que la tradición misma, la gramática no es la lengua que con un espejismo de siglos quiere hacernos llegar amorosamente esa tradición que sistematizaron las gramáticas. Según los gramáticos que pueblan los predios estabulados del hebreo, sus sistemáticos, muertos y enterrados antecesores de los que todos deberíamos aprender fueron la familia que ellos suelen llamar Kimhi y que yo me permito llamar Qamhí. En mi caso, yo sigo la tradición que me interesa: la de Alfonso de Zamora. Según estos Qamhí, granadinos de origen y provenzales de avecindamiento por ineludible circunstancia de su exilio, ese shevá o seuá fantasmagórico debería pronunciarse /e/ siempre que se le suponga alguna existencia brevísima a la nada vocálica que en sí mismo sería el shevá o seuá. Así, ביד («en mano», «por mano») sería /beyad/. ביום («en día», «en el día [de]») sería /beyom/. De esta y no de otra manera me enseñaron a mí que tenía que leerlo (puesto que de leer, que no de hablar, iba la cosa).

Muchos años después de esta enseñanza y de este aprendizaje, llegué a Alfonso de Zamora y a su gramática hebrea de 1526, las Introductiones artis grammatice hebraice nunc recenter edite. En su folio B (página 13), Alfonso nos salta, sin previo aviso:

Dicen además los judíos que el seuá se pronuncia en ocasiones como la vocal i o a, si resulta que al seuá le sigue inmediatamente una yod con cualquier otro punto vocal, por lo que se pronuncia como la vocal i: ביד biiad, «en la mano», y ביום biion, «en el día».

En este brevísimo pasaje hay dos menudencias (¿podría hablarse de un «pasaje seuá» siguiendo la definición de seuá como «vocal de duración doblemente breve» y, por tanto, impronunciable? –porque la primera condición de un profesor gramatical de hebreo es no pronunciar el hebreo, salvo arrimándolo a su castellano, si tal fuera su lengua primera–). La primera menudencia, claro está, es que Alfonso le lleva la contraria a los Qamhí y a toda la tradición presuntamente sefardí que los gramáticos del hebreo nos han repetido desde que los Qamhí escribieran sus obras, en la Provenza de los siglos xii y xiii: lo que es /biyad/ y /biyom/ tendría que ser /beyad/ y /beyom/, claro. Y, para colmo de insubordinación (y esta es la segunda menudencia), en la página impresa no sale /biyom/ sino /biyon/, con ene. ¿Será que al carácter impreso le faltan el hombro y la pierna (o cola) que, por el margen derecho, distinguen una <m> de una <n>? ¿O será que el castellano materno de Alfonso se aliaba con el arameo en la aversión fonológica por las emes finales? De esto último no podemos saber nada: aunque la coma no suele ir precedida de un espacio en este impreso de Alfonso, en la misma página donde sale este pasaje hay alguna ocasión en que la coma sí está precedida de un espacio. Así pues, el componedor (¿Rodrigo de la Torre?; Alfonso tiene el detalle de presentárnoslo y de elogiárnoslo al final de la gramática), ¿sería un hebreo converso arameizante? ¿O pronunciarían así los judíos sefardíes de antes de 1492, en Zamora o Alcalá?

Por el impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y fiel, entendido en el arte de corregir las letras e imprimirlas más que cualquiera de los que se hallan en el reino de España.

Tradujo el mismo breve pasaje Federico Pérez Castro entre 1944 y 1950:

Por mano de nuestro impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y acreditado, y conocedor del oficio, fueron compuestas las letras; y sus tipos fueron lo mejor de todo lo que se encontró en el reino de España.

Es precisamente la traducción otro de esos aspectos de ponerse a investigar sobre Alfonso de Zamora que no se me suponían al principio pero que ha acabado siendo una dedicación principal ahora que, espero, se acerca el final de esta contienda con el silencio acumulado de los siglos y la dislexia consuetudinaria de varias generaciones de intérpretes.

Si gustara de las metáforas más de la cuenta, quizá diría que la traducción es una amante traicionera. En realidad, por seguir por la misma senda equívoca de las metáforas, suele ocurrir como con las amantes: el problema suele ser provenir de la impericia de la segunda parte contratante más que de la naturaleza casquivana de la primera parte contratante del festejo amoroso, la traducción en el caso que nos ocupa. Un caso curioso, estrictamente personal (una trivialidad, una menudencia, un detalle nimio) me ocurre a mí desde hace tiempo con una canción, probablemente menor, epigonal, trivial, metafóricamente banal –qué duda cabe– de Joan Manuel Serrat. Vaya usted a saber por qué (quizá porque junto con la xenofobia, aprender catalán supuso iniciarse en la xenofilia) siempre me ha resultado uno de esos apoyos que uno necesita para ir viviendo la vida, sin eficacia pero con cariño. El otro día, por circunstancias de importancia vital que ahora no vienen al caso, me vi en el brete de tener que traducir la canción de la que hablamos, del catalán original a mi español de nacimiento. «Lenguas próximas», suelen llamarlas. Lo que es verdad. Todas las lenguas son la misma lengua, y siempre ha sido así y siempre lo será, como sabemos desde que un suizo ginebrino lo enunciara en la misma institución parisina, la Escuela Práctica de Altos Estudios, a la que yo llegué hará cinco años y pico, sin saber dos cosas hoy de vital (de nuevo) importancia: que no muy lejos de esa casa de estudios enfáticos proseguían su vida, discretos para mi percepción distraída, dos personas fundamentales ahora en mi vida, Alfonso de Zamora (en forma de apéndice incorrupto y manuscrito en la Biblioteca Nacional de Francia) y N. El orden es cronológico, por su aparición (no, no llegué a París para tratar de Alfonso ni para tratar a N.) que no por su relevancia. La cronología es, en ocasiones, tan precisa como falaz.

(más…)

Es la premunición de Sergent [sic] […] que confiere al individuo un estado crónico durante el cual puede llevar el germen de la infección, sin que él mismo sufra los brotes de la reinfección… [¿sic?] pero este germen toma definitivamente su asiento […] e intoxica constante y lentamente todos los humores orgánicos con los productos de su catabolismo […]. Como resultado final de este ataque permanente sobreviene, cuando no la muerte, la destrucción somática y psíquica del individuo y, a la larga, de la raza.

Ha sido leer la noticia en El País y no poder evitar pensar en un clásico: «¡En este local se juega!». Y no sería porque no lo hubieran dicho ya, con sonata y rondó, al alcance de todo el mundo. Yo, por mi parte, solo puedo felicitarme por el centenario de la Junta de Ampliación de Estudios y expresar mi curiosidad cívica no tanto por de dónde venimos, que eso tiene pinta ya de irremediable, sino hacia dónde vamos. Semanada clara y buena.

What we should seek in cross-cultural education are less bridges than a deep understanding of the boundaries. We can teach the boundary, we cannot teach the bridge.

Lo que se ha de buscar en la educación transcultural ha de centrarse más en una comprensión profunda de las fronteras que en fijar los puentes. Podemos enseñar la frontera, no los puentes.

Claire Kramsch, Context and Culture in Language Teaching, Oxford, OUP, 1993, pág. 228.

 

Lo primero que te cumple,
es buscar para tu vida,
arte, y orden, y medida.

Alfonso de Zamora, Loor de virtudes nuevamente impresso (1525)

***

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Presumes que eres la ciencia,
yo no lo comprendo así,
porque si la ciencia fueras
me hubieras comprendí[d]o a mí,
porque siendo tú la ciencia
no me has comprendí[d]o a mí.

Sale el sol y dame da en el cristal,
y cuando no quebranta el vidrio,
¡ay! ¿Qué es lo que va a quebrantar?

Los pajarillos y yo
nos levantamos a un tiempo;
ellos le cantan al alba
y yo alegro mi sentimiento.

¿Pa[ra] qué tanto llover?
Mis ojitos tengo secos
de sembrar y no coger,
con tus flores soñaré.
Son tus manjares secretos
los que me hacen recordar
de qué color son los sueños.

«Soleá de la ciencia», del disco Sueña La Alhambra de Enrique Morente (2005) con Tomatito a la guitarra.