A las tres hijas las casé pronto. […] Cuando dos se divorciaron y quisieron volver, les dijimos: «Hijitas, aquí no caben. Y, menos, con las criaturas». Y se acomodaron en algún lugar y, si nos descuidamos, nos visitan los domingos (aunque amor sí les tenemos). No, el problema son los muchachos. […] Un día, el que estudió en la universidad nos salió con que pusiéramos para el orgasmo feliz sin consecuencias demográficas. ¡¿Y nosotros de dónde y por qué?!

Una nota mínima: rebuscando al hilo de una cosa que ahora no viene al caso –ustedes me disculparán–, me he dado de bruces con una de esas reseñas que un ciudadano notable de ambos hemisferios, Juan Miguel Lope Blanch, escribió para la Nueva Revista de Filología Española mexicana. Decía Lope Blanch al hilo de los Hebraísmos españoles de José Winiecki (México: Imprenta Universitaria, 1959):

No se sabe qué admirar más: el entusiasmo con que ha sido concebido este libro o el desconocimiento absoluto del asunto tratado.

A mí me sobreviene a menudo este mismo sentimiento de admiración al tener que desbrozar malezas perdidas para la biosfera y ganadas para la imprenta que tratan sobre Alfonso de Zamora.

Confieso que Lope Blanch es un tipo que quizá podría haberme caído bien y este sentimiento, aunque se dice poco, es quizá uno de los principales acicates para seguir en la brecha, esas brechas que en la vida profesional de cualquier tipo suelen degenerar hacia un barranco sin suelo. Obviamente, nunca conoceré a Lope Blanch (tampoco al abuelito Alberto o a mi abuela Florentina, circunstancias estas dos últimas que, perdonen que se los diga, me hieren más íntimamente que no poder ya conocer a Lope Blanch). De verdad pienso que es importante esto de sospechar la bonhomía y que (como si fuéramos eruditos de otros siglos de los que Grafton afirma que tenían por elemental cortesía demostrar el aprecio por sus colegas respondiendo en no más de siete días las cartas que les llegaban) la vida por correspondencia es una parte nada menor de los placeres de la vida diaria. Yo, por ejemplo, sospechaba que me iban a caer bien ya de antemano Abú Maadnús (y mira que le rondó la morena hasta substanciar la visita) o Marieta, la de Castelló[n] de la Roma (luego Marieta vino con estrambote o torna, pero eso es otro caso y lo contaré, tal vez, otro día). Sospecho, por ejemplo, que un tipo en Murcia y otro en Valencia (aunque suele citarse como de la Safor) me caerían bien. Ignoro si algún día podré substanciar esas correspondencias en una forma menos etérea. No es que sean los únicos, claro está. Supongo, por ejemplo (bueno, estoy casi seguro) que me habría caído muy bien Carlos Monsiváis. Pero ya tampoco podré hacerlo. Hay quien no lamenta en absoluto no haber conocido a Carlos Monsiváis. La intelectualidad española, por ejemplo, si admitimos que la intelectualidad española es un intelectual colectivo. El diario El País, concretamente. Es, sin duda, una afirmación discutible pero creo que argüible pese a todo. O eso quieren hacernos creer (y ya va para más de treinta años).

De Lope Blanch me quedé, por ejemplo, con la etopeya que le hizo Luis Fernando Lara en la misma NRFE:

Defensor de un hispanismo abierto, Lope Blanch amó sus tradiciones, pero no se hizo tradicionalista; contrario a la ideología peninsularista del español, destacó siempre el papel del español americano en la historia de la lengua y la necesidad de considerar con absoluta objetividad y respeto sus características. Lope Blanch se hizo mexicano; […] y le dejó una herencia de conocimiento y enseñanza que habrá de perdurar.

Viene esto más o menos al caso (aunque por razones que no pintan casi nada por aquí y que, por tanto, me tomo la libertad de ahorrárselas) porque últimamente me ha dado por pensar en qué supone (en qué supondría, en realidad) fundar una escuela. Literalmente, por necesidades del servicio. Por mudanza, por imprevisto, por los movimientos a veces inevitables que nos lleva a hacer lo que, púdicamente, solemos llamar la vida. Diría que Alfonso de Zamora intentó fundar una escuela de hebreo en Alcalá. Fracasó, estrepitosamente. Benito Arias Montano no cuenta: el genio le venía de serie al de Fregenal de la Sierra. Habría que preguntar, para estas y otras cosas, a Carlos Monsiváis: si alguien sabe donde quedó el presente…

Yo también creo que he tenido mucha suerte en la vida. De lo demás (de lo que venga) no tengo idea. Tenerla, por otra parte, sería presuntuoso e improcedente.

En 1676 publicó el franciscano español Martín del Castillo en León de Francia, en casa de Florián Anissón («mercader de libros en Madrid»), el Arte hebraispano, la primera gramática de la lengua hebrea escrita en español. Es un libro de mínimo formato, en 8º. El otro día lo vi por primera vez. Martín del Castillo dedicó su arte hebrea, igual que su gramática griega en español publicada en Lyon en 1678, a «la observantíssima y muy religiosa provincia del sancto Evangelio de México. […] Lectòr jubiládo provinciàl, que fuè en dicha Sáncta Provincia, su humilde y reconoçido hijo que tóda feliçidàd le deséa». En la estampita de esta entrada tienen la página 181 de esa Arte hebraispano franco-hispano-mexicano.