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Somam-se os dias e vão é o alento;
volteja ora o Fado, abutre agourento.

Añádense los días y vano es el aliento;
da vueltas el Destino, carroñero de agüero.

Sérgio F. Mendes

Recuerdo perfectamente cuando y donde aprendí el significado israelí de מטומטם (/metumtám/). Fue en el kibbutz Qiryat Anavim (קרית ענבים), al lado de Abú Gosh (אבו גוש, أبو غوش) y de alguna otra cosa mucho más importante en lo personal, como Bet Neqofa (בית נקופה), donde vivían los Vinocur-Andrade, luego de vuelta en Buenos Aires aunque nunca se me hayan ido muy lejos del territorio donde reside la nostalgia del afecto. Por las mismas, y con efecto retroactivo, aprendí alguna otra cosa que ha resultado particularmente relevante para algún compromiso personal (con la verdad histórica, por ejemplo) al que he buscado ser fiel desde entonces: tiempo después me di cuenta de que Bet Neqofa se llamaba, no hacía mucho tiempo atrás, Bayt Naqqúba (بيت نقوبا), hoy transmutado en ‘Ayn Naqquba (عين نقوبا).

Pero volvamos a lo de metumtam.

En el kibbutz, un servidor de ustedes, ya famoso de antes por lo negligente de su coordinación motora (por su torpeza, vaya), fue asignado como voluntario (מתנדב, /mitnadev/) al minimárket (מינימרקט). Friega que te friega (סמרטוט [/smartut/] fue otra palabra estrella de mi aprendizaje kibbútznico), mi distraída coordinación motora me debió de jugar alguna de las suyas y cometí alguna «torpeza». Como andaba, y sigo, corto de vocabulario israelí (las lenguas puramente librescas provocan mucho menos estrés, dónde va a parar) eché mano, a fin de buscar la palabra que mejor me definía en ese momento («¡torpe!»), de lo que tenía entonces a mano: el Diccionario castellano-hebreo/hebreo-castellano del «Doctor» Yeshayahu Austridán (ישעיהו אוסטרידן; mexicano, por cierto), que aún guardo como souvenir de la incompetencia lexicográfica. Don Yeshayahu, a falta de una, daba cuatro posibilidades, perfectamente descontextualizadas, para «torpe»: גס, טיפש, מטומטם o כבד־תנועה (/metumtám/, /tipésh/, /gas/ y /kvad tnuá/). Encomendándome a la vez al rabino Meir y a San Pancracio, ambos muy milagreros, elegí con el mejor método que un bisoño estudiante de hebreo (en tercero para cuarto de licenciatura: los hebraístas disfrutamos, como los arabistas, de una eterna juventud bisoña en esto de aprender el idioma de nuestra especialidad) podía aplicar: al buen tuntún. Y me salió metumtam en la rifa. Logré un cierto efecto comunicativo con mi elección: las dos finlandesas israelizadas que atendían el minimárket se desconyuntaron de risa al oír lo de que yo me definía a mí mismo como metumtam. Si yo fuera más de Móstoles de lo que soy, seguro que habría dicho que se me descojonaban de risa, porque tal cosa correspondía más a la estridencia de las carcajadas que soltaban las hebreo-finlandesas.

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Ponerse a estudiar holandés (a aprender zoals God bedoeld, como si dijéramos) conduce a interesantes experiencias heurísticas (y a recomendar a una muy buena docent: Floor, por si alguien tuviera necesidad de nederlandesizarse por Madrid). Matano, por ejemplo, te puede soltar en privado y con su alevosía habitual (pero es que yo le dejo que se tome confianzas y todo lo que se quiera tomar: güisqui on de rocs en mi chepa, si quisiera): «tú siempre haciendo cosas útiles» (ya, ya sé que no captan la ironía: es que lo dijo en oregonés).

Las cualidades guturales del holandés parecen poner alerta a propios (como dicen por aquí):

Holanda sigue siendo un gueto cultural (y gutural)

y extraños, y sin embargo, para un hablante de mi variedad minoritaria de español (por mucho que se empeñen en hacerla gramaticalmente mayoritaria los académicos de la RAE y las «instituciones» que los financian con fruición: mayoritaria lo será solo en sus sueños más lúbricos no más), tanto despendole gutural es un emocionante signo de solidaridad entre minorías indoeuropeas: somos una raza, la de los que empleamos a cascoporro la fricativa velar sorda, en claro proceso de extinción. Y extinguidos, ¿quién pronunciará «gilipollas» como Dios manda? (zoals God bedoeld, como si dijéramos) ¿Quién convertirá un tierno a casco porro de nuestro siglo xvi más musical en un acajcoporro de nuestro Madrid más barriobajero? De los es que (/éxque/) introductivos de mi Móstoles natal, ¿qué se habrá hecho? ¿Ven por qué me emociona el holandés y sus guturales? Entre los puntos de articulación de sus fricativas velares sordas se cuela el hálito de inmarcesible testarudez de las lenguas minoritarias. Exactamente igual que mi lengua castellana peninsular septentrional.

Para seguir leyendo

Asedio delle ceneri

«Assedio delle ceneri», foto de Napoli Teatro Festival Italia, 17 de abril de 2009.

«Dicho esto, yo creo que la historia de la cultura escrita es la historia de un naufragio, del cual nos quedan solamente en una playa unos restos y, a través de los mismos, es muy difícil poder evaluar la cuantía… cuantificar en qué consistió todo ese material, ese legado inmenso…».

Elisa Ruiz García, de su ponencia «Hacia una codicología de los manuscritos literarios en la lengua vernácula de la Corona de Castilla» presentada al congreso Códices literarios españoles (Edad Media), 1 de noviembre de 2007.

«Domine [, en?] in furore tuo arguas me»
Señor, en tu furor [¿no?] me recrimines.
Salmo 6

Según dice el volumen ii del Catálogo de manuscritos de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, esa frase es el explicit (en el folio 485, lado recto) del manuscrito n.º 2770 de la célebre librería cabe el Tormes (río no menos célebre que la tal librería, aunque solo sea por haber prohijado en sus aguas al Lazarillo, que otros quieren avalencianar y, por tanto, acatalanar à la Fuster, con el mismo seso que vergüenza: ninguna).

Ir con prisa tiene cosas buenas (pocas) y malas (muchas). Como a mí me quedan dos días útiles escasos de mis tres semanas salmantinas, la prisa ya es notable. Igual que las prisas, los índices manifiestamente mediocres del catálogo de manuscritos, obra por otra parte tan magna, de la Universidad salmantina (pública, que además y no menos monumental que la una está la otra) tienen alguna virtud:

'Ex cathedra', foto de Joe Thorn, 1 de octubre de 2008

'Ex cathedra', foto de Joe Thorn, 1 de octubre de 2008

permiten serendipias como notar el comentario, glosa o nota que viene a continuación del explicit citado, que parece serlo de una glosa de Fernando Tricio (ca. 1516-1578) [vamos, que digo yo que será este obispo] a los tres primeros capítulos de las Epístola de [san] Pablo a los Hebreos (F.do Tricio Glossa super I-III capitula epistulae Pauli ad Hebreos), que debió de tomarse como apuntes de clase en la Universidad de Salamanca sobre 1542, más o menos (clases que quizá fueron de Francisco de Vitoria, ahí es nada). Bueno, la cosa que me ha llamado la atención y que he tenido que desatender por dos razones, falta de tiempo e imposibilidad de pedir más manuscritos que los que uno tiene reservados (porque los almacenes de la Biblioteca General Histórica están a punto de cerrar por obras hasta mediados de septiembre), es el remate siguiente del manuscrito (parece):

Aqui dexo de leer el reverendo maestro Triçio porque el licenciado Salazar pidio al rector las liçiones que restaban de la mitad de la bacatura de la catreda de biblia, no por hacer probecho a los oyentes sino para ganar su bolsa, y ansi como a negro no le oya hombre liçion ninguna.

No sabe uno de qué admirarse más: si del racismo tan declarado y manifiesto o de la constatación de que las mejores tradiciones universitarias gocen, ayer, hoy y siempre, de tan buena salud pese a lo que diga el clásico, o tal vez precisamente porque lo dice:

Mudan los tiempos, mudan voluntades,
Múdase el ser, múdase la confianza;
Todo el mundo se compone de mudanza
Tornando siempre nuevas cualidades.

Continuamente vemos novedades,
Distintas en todo de esperanza;
Del mal quedan las penas recordadas
Y del bien, si hubo alguno, las añoranzas.

Los suelos cubre el tiempo, verde manto
Que cubierto ya fue de nieve fría
Y en mí convierte en lloro el dulce canto.

Y, salvo esta mudanza cada día,
Otro mudarse causa mayor espanto:
Que no múdase ya como solía.

Quire ceiling

«Quire ceiling», foto de Zoreil, 3 de enero de 2009

Cuando despertó, los cuadernos del manuscrito n.º 6 de Salamanca seguían ahí. Y había que seguir contándolos.

Durante el proceso de estudio de un ejemplar, el examen del tipo y estado de conservación de los cuadernos que lo conforman constituye una operación en extremo importante. Tal indagación tiene carácter prioritario ya que revela la estructura del manuscrito y su situación actual. Simultáneamente, esta tarea permite colacionar los componentes, esto es, controlar el número y sucesión de los cuadernos y folios del mismo.
Los especialistas han ideado diversos sistemas para representar gráficamente la composición del cuerpo de un manuscrito. Dos son los procedimientos sintéticos más frecuentes utilizados. El primero consiste en una combinación de elementos numéricos y verbales. Bajo una simple formulación se expresan, mediante una cifra inicial, la cantidad de cuadernos correlativos de una misma clase, a continuación la denominación tipológica y, por último, el número del folio que cierra la serie en cuestión, indicado entre paréntesis. Por ejemplo: 10 cuaterniones (80). Si hay alguna observación que hacer se incluirá sistemáticamente en dicho paréntesis: 10 cuaterniones (80, de los cuales falta el folio 34). Todas estas indicaciones se pondrán unas tras otras, a fin de que se represente gráficamente la sucesión de los cuadernos en el interior del manuscrito, por ejemplo: 10 cuaterniones (80); dos duernos (88), etcétera.
El segundo procedimiento, empleado particularmente por H. Hunger, es totalmente aritmético y sigue en esencia la pauta del modelo anterior. La única novedad consiste en evitar el empleo de la voz denominativa del tipo de cuaderno y en sustituirla por el guarismo correspondiente. De tal modo, el ejemplo anterior se expresaría de la forma siguiente: 10 x 8 (80); 2 x 4 (88), etcétera. Como se puede apreciar, la diferencia entre ambos métodos es mínima. Preferimos el primero a causa de su mayor claridad.

Este tipo de descripción se debe reservar para aquellos manuscritos que presentan una estructura muy clara y sin problemas. De no ser así, aconsejamos seguir una vía que permita visualizar la estructura mediante un diagrama. Esta opción viene exigida por la propia naturaleza y función del libro, el cual no es otra cosa que el soporte físico de un acto comunicativo de cierta extensión, expresado mediante signos gráficos (escriturarios y/o icónicos). Un examen meramente paleográfico o codicológico del mismo suipondría una visión monocular del objeto estudiado. Otro tanto ocurriría si exclusivamente se prestase atención al mensaje transmitido. En el manuscrito la forma material y el contenido son indisolubles y mutuamente se interrelacionan. El doble aspecto de la cuestión no se debe perder de vista a la hora de analizar un ejemplar.

[…]

En efecto, las alteraciones sufridas por el manuscrito con el paso del tiempo –y detectadas gracias al procedimiento de examen puesto en práctica– tienen una incidencia en el contenido de la obra copiada. Siguiendo las indicaciones del esquema realizado, se pueden localizar las lagunas textuales producidas por pérdida o transposición de folios y, asimismo, comprobar la extensión de las secuencias mutiladas. Este aspecto es muy importante en las tareas de catalogación. […] Los resultados de la aplicación de este procedimiento en nuestros trabajos de descripción de manuscritos han sido muy positivos y confirman de manera empírica la viabilidad del método empleado.

[Nota 2: La palabra «cuaderno» procede de la voz latina ‘quadernus’, ya que en un primer momento al nombre se aplicaba a la unidad usual de composición, formada por cuatro bifolios. Más tarde, y por extensión, este vocablo se usó impropiamente para designar cualquier tipo de agrupación de bifolios con independencia de su número. Quedan huellas en muchas lenguas europeas de este mismo campo semántico: «cahier», «quire», «quaderno», etcétera. Desde un punto de vista etimológico resultaría más adecuado el empleo del sustantivo «fascículo», puesto que evoca la idea de una reunión de objetos unidos por un vínculo. […]

Elisa Ruiz García, Introducción a la codicología, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002 (segunda edición), págs. 168, 169, 172 y 173.

3025811569_66c1f29b8cDebe de ser Salamanca, que me inspira. Ayer decidí cuál iba a ser el lema de mi tesis: tratará de los límites de la interpretación. Ahora, a ver cómo se lo toman. No es que me dé igual, claro, pero ando un tantico resabiado y de momento me conforta pensar cómo me lo tomo yo. Andaba fluido ayer, y eso que tardé bastante más de lo que pensaba (de hecho todo el día, en su abreviada versión horaria estival, de nueve a dos de la tarde, con fondo de campanas de catedral) en cogerle la sisa a los manuscritos 589 y 590, extremadamente bellos (en fin, moderando entusiasmos de especialista, claro). Además, con el de Nápoles y con el 2170 de aquí, me confirmó la sospecha de la tipología común (y de lo mucho que trabajaba este Alfonso de mis dolores).

Aparte, para el cuaderno de N. (ya me suponía yo que Salamanca le iba a hacer una mica d’oig): «convencerla de las bondades de esta famosa ciudad del Tormes» y, si se dejara, tráermela (con su contable, claro. El contable es de muy buen conformar. Gran hallazgo el contable). Tengo fundadas esperanzas de que se deje convencer. Ya ocurrió con Madrid y, si me pongo, ya ocurrirá con la música árabe, que es una etiqueta bastante inútil y algo mendaz. Todo lo contrario de la naturaleza intrínseca de las muchas músicas que etiqueta («Por los campos de Segovia se ayuntaba, con arábigas canciones, la compañía de los sayeses…»).

En fin, recojamos y marchemos al portalón de las ranas, las calaveras, Isabel y Fernando, el griego y las figuritas. Hoy tocará la Biblia Aramea. ¿Has desayunado bien?

«20081004 salamanca fachada universidad 92 r r1», foto de Tomás Mesón, 4 de octubre de 2008.