Los espectrales pasadizos del tiempo


Publicaba Carlos Carrete Parrondo [Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos xv-xvi); lección inaugural del curso académico 1983-1984 (Salamanca : Universidad Pontificia] (1983) [pág. 18] que:

Y Alonso de Zamora, quien en ningún momento de su vida fue denunciado al Santo Oficio de la Inquisición por cualquier sospecha de heterodoxia, guardó, también en esta ocasión, una actitud silenciosa, prudente, contemplando –y sintiendo en profundidad– a un grupo social hostil, poderoso, al que tenía que aceptar, pero con quien no podía compartir sus proyectos esencialmente humanistas.

Lo de los «proyectos humanistas» me lo creí y me lo sigo creyendo, más por falta de una descripción más ajustada que por convencimiento absoluto. Y lo del Alfonso libre de toda sospecha y discreto pero ajeno observador de las escabechinas inquisitoriales en la Castilla presuntamente triunfal del siglo xvi, también me lo había creído por las mismas razones: por falta de otras hipótesis más ajustadas que arriesgar. Hasta ahora.

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מילדותי אהבתני \ יום וליל לא עזבתני \ עתה למפריע שמתני \ בין עמים חוסה נא

Desde que era niño me has querido, sin dejarme ni de día ni de noche.
Ahora en duelo y en quebranto me dejas en medio de las naciones.
Y yo te ruego piedad.

Poema litúrgico (piyyut) para la Pascua judía, de Asher Mizrahi [אשר מזרחי] (compuesto seguramente en Túnez según la tradición sefardí de Alepo, siglo xx).

***

La bibliografía que llaman científica sobre Alfonso de Zamora no es muy extensa pero sí prolija (en la primera acepción de doña María Moliner) aunque parezca concisa. Resulta, eso sí, casi siempre entretenida. Yo tengo mis preferencias. Por ejemplo, los artículos que ha ido publicando (y los que está preparando) Carlos Alonso Fontela. Si no echo nada en el olvido, y espero que no, serían los siguientes: «Anotaciones de Alfonso de Zamora en un Comentario a los Profetas Posteriores de Don Isaac Abravanel» (1987), «Censura en el Targum al “Cantar de los Cantares” de la Biblia Políglota de Amberes» (1991) «Una breve nota marginal de Alfonso de Zamora sobre lahpor perôt (Is 2, 20)» (1992) «Prólogo arameo y anotaciones hebreas de Alfonso de Zamora para una copia manuscrita del Targum a los Profetas encargada por la Universidad de Salamanca» (2009) y los borradores que generosamente ha puesto ahora a disposición del público curioso: «Notas varias de Alfonso de Zamora (Profesor de lengua hebrea del s. xvi)» (primera, segunda, tercera, cuarta y quinta entrega) y «Paremias de Alfonso de Zamora». (Una de las pocas cosas que tengo por cierta es que no creo que pueda llegar a agradecerle a Carlos como se merece su generosidad repetida. Y no es una certeza que me deje particularmente satisfecho. )

Como les explicaba, hay algo más de bibliografía zamoresca (que es el adjetivo que corresponde a lo propio de Alfonso de Zamora, invención feliz de la llorada Sophie). Dos tesis, por ejemplo. La primera, defendida en 1944, respira una placidez intelectual que hay quien aún añora, hecha de certezas, disciplina y vasallaje, pero con mucho rigor filológico. He querido buscar desde hace tiempo en qué podía simpatizar con este esfuerzo de posguerra civil y de guerra europea; nunca he dejado de fracasar en ese empeño.

Luego hay otra tesis, reciente, ejemplo de muchas cosas. Por ejemplo, de la soportable levedad de la labor que llaman intelectual y que hay quien quiere certificar con tesis, tesinas, artículos, monografías, ponencias (péipers los llaman ahora, en español, en algunos invernaderos de las ciencias, grandes productores de tomates lustrosos, bien financiados e insípidos, individualmente tan rentables como socialmente exangües). Son pasaportes profesionales (los péipers, las monografías, los artículos, las tesinas y las tesis, no los tomates) contra los que no diré nunca nada. Hay quien también hace ganapán, con que dar de comer a sus hijos, del tarot y la cartomancia. Y hay otras supersticiones de réditos generosos que hacen mucho más daño al cuerpo social: los mercados de valores, si tuviera que pensar en una a bote pronto. O los artículos sobre historia de Serafín Fanjul, César Vidal Manzanares o Pío Moa en la prensa virtualmente diaria. Seguramente ejemplos no falten más allá de ambos tipos de productos financieros, hijos pródigos de la especulación en valores.

Pero hoy quería hablarles (brevemente) de dos talentos que considero desaprovechados para quehaceres más dignos de sus afanes (ya decía Amparo Alba Cecilia el otro día por otro lado que la hebraística debía seguir siendo una opción felizmente minoritaria). Uno podría haber alumbrado la vida espiritual de nuestro tiempo si hubiera seguido el destino al que su preparación y sus dotes lo llevaban: la filosofía orteguiana. O la redacción de literatura a lo Azorín (última época). El otro, en mi opinión de suburbio, habría hecho un papel de dignísimo lustre en las páginas de opinión de un diario local o comarcal, o en las de cultura. Con mucha indignación de la de santa cruzada. Furibunda, muy furibunda. Y atropellada, no fueran a estorbarle los detalles.

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If e’er these precepts quelled the passions’ strife,
If e’er they smoothed the rugged walks of life,
If e’er they pointed forth the blissful way
That guides the spirit to eternal day (…)

Si por tal mandamiento se venciera el bregar por pasiones,
si allanar pudiera el áspero sendero de la vida,
si señalara la beata ruta que conduce
el espíritu al día que es eterno […]

W. Wordsworth, «Written as a school exercise at Hawkshead, anno aetatis 14»
(‘Escrito a guisa de ejercicio escolar en Hawkshead, anno aetatis 14’).

***

El recuerdo dista, por lo menos, once años del presente. Nunca se me habría ocurrido que podría aliarse en la memoria con otro recuerdo que ya tiene nueve años y medio. Este segundo recuerdo se fundamenta en una vivencia de septiembre de 2001, concretamente del día 11 de ese mes y de ese año, en la carretera que lleva de Susa (سوسة) a Hammam Susa (حمّام سوسة). T. y O. aún deben acordarse: único trujamán de aquella expedición, salí del taxi que nos llevó al hotel convencido de que la historia que nos había contado el taxista con su francés de apaño y con mi árabe de risa era el trasunto de Mars attacks!, que por alguna razón (lo mismo era que la habían echado hacía poco por la tele) nuestro taxista tunecino tenía fresca en la memoria. Aviones (¡cabum!), torres (¡patapum!), bombas (¡parracatapum!). Luego llegamos al hotel. El personal y los huéspedes estaban congregados frente a la tele en el bar, con botellas de Celtia (سلتيا). Vinieron a continuación las llamadas, casi siempre histéricas, el cierre del espacio aéreo, la sensación de entrar en la Cuarta Guerra Mundial sin pasar por la Tercera, la tranquilidad de las calles de Túnez, la salida en avión según teníamos previsto y sin mayor contratiempo y la vuelta a ese país que quizá nos acogió o al que nosotros cogimos sin saber muy bien lo que hacíamos en octubre (¿o noviembre?) de ese mismo año. Pero eso ya es otra historia, sin mucho interés y aún menos para contarla aquí.

El primer recuerdo, que nunca se me habría ocurrido ligar con el que acabo de rememorar, no puede ser más antiguo que del último trimestre de 1999 ni más reciente que de los dos primeros de 2000. Estudiar en Cambridge sirvió para muchas cosas; también para ensayar mis primeros intentos de intentar mantener el nivel ascendente de fluidez en lengua hebrea que había conseguido hasta entonces y que a partir de ese momento declinó (nunca falta, por regla general, momento para olvidar lo que hemos aprendido). Además ese año de Cambridge me aclaró que el absentismo escolar es un fenómeno de general complacencia del cuerpo estudiantil, también en las universidades de élite. Para mantener el hebreo yo intentaba hacer varias cosas: acudir, por ejemplo, a las prácticas de hebreo hablado de Rachel (רחל). Conmigo venía E. y, en cumplimiento de la norma implícita en cualquier nivel educativo de que el primer impulso de un estudiante es faltar a clase, debían frecuentar ese curso dos personas más, que no solían venir, lo que propició mi reflexión de que el absentismo es un universal del conocimiento.

Aunque yo recuerdo esas clases con cariño, porque el cariño es un sentimiento autónomo y una nostalgia felizmente disociados de cualquier eficacia, las clases no dieron para mucho porque, como es norma, enseñar y aprender son operaciones del intelecto relacionadas pero independientes. En esas clases concurrían dos circunstancias poco halagüeñas para el progreso del aprendizaje: unos dotes pedagógicas y de planificación que no pasaron nunca de discretas por parte de la docente y unas dotes para el hebreo y el aprendizaje de idiomas que no pasaron nunca de animosas, sin más, por parte de los discentes (E. y un servidor).

Las clases se articulaban a menudo como debates y, puesto que los únicos habituales éramos E. y quien suscribe, la animada conversación en hebreo balbuciente se conformaba según lo que diéramos de sí mi interlocutora y yo. Daba para poco, en consecuencia, porque nuestra lengua hebrea no andaba precisamente muy suelta (y la mía, huelga decirlo, sigue igual de alicorta).

Quizá convenga dar ahora un retrato somero de E.: estudiante con mucho brillo en instituciones de postín del lado americano del Atlántico, había venido a Cambridge en condición parecida a la mía –becaria– pero con un par de decenas de miles de dólares más que yo. Viajera impenitente, tenía las paredes del apartamento que ocupaba en un palacete del centro de Cambridge (diferente en todo del Wolfson Court donde acabé viviendo) decoradas con momentos de E. y de su familia en los cuatro puntos cardinales de la tierra. Fue siempre una compañera risueña, alegre, concienzuda y tenaz. Casi me atrevería a resumir su personalidad con un tópico: «americana». No debería, sin embargo, refugiarme en ese tópico para completar mi retrato. Tuvo el detalle de invitarme a su boda en Nueva York, siendo como era el lugar de su boda «Nueva York» visto desde Móstoles (como Móstoles es Móstoles Madrid visto desde fuera de Madrid; es decir, desde casi todos los sitios) pero un suburbio de Nueva Jersey poblado de clase altísima (futuro marido abogado internacional; suegro juez de un tribunal federal) si se lo contemplaba desde donde hay que contemplar las cosas: lo más cerca posible siempre. No pude ir (vamos, que no tenía con qué) pero invitado quedé. Después de Cambridge empezó una carrera muy exitosa de novelista. No he leído ninguna de esas novelas, sin razón que justifique mi falta de atención: a veces la vida concurre en provocar estos deslices. Además, hablan de judíos y de mundos perdidos, que es algo muy parecido a mi vocación y mi querencia. He visto sus libros expuestos en escaparates de librerías en francés en París, en italiano en Roma y en español en Madrid. Esta ha acabado siendo la E. que yo conocí hace ahora más de una década en Cambridge.

Por ella me puse con Wordsworth. Sin que ahora consiga acordarme de con qué poeta hebreo moderno lo comparaba, trufó una de las clases de Literatura Hebrea Moderna que compartíamos y que impartía Risa (ריסה) con referencias a ese poeta inglés del que yo no tenía ni idea. No acabé teniendo mucha idea de Wordsworth, como por otra parte de casi nada, pero agradezco a E. que me empujara a intentar ponerme al día con el canon literario en inglés, una enseñanza que ella ignora y de la que yo, irremediablemente, he acabado sacando el mismo aprendizaje discreto que de todo lo demás.

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Es la premunición de Sergent [sic] […] que confiere al individuo un estado crónico durante el cual puede llevar el germen de la infección, sin que él mismo sufra los brotes de la reinfección… [¿sic?] pero este germen toma definitivamente su asiento […] e intoxica constante y lentamente todos los humores orgánicos con los productos de su catabolismo […]. Como resultado final de este ataque permanente sobreviene, cuando no la muerte, la destrucción somática y psíquica del individuo y, a la larga, de la raza.

Ha sido leer la noticia en El País y no poder evitar pensar en un clásico: «¡En este local se juega!». Y no sería porque no lo hubieran dicho ya, con sonata y rondó, al alcance de todo el mundo. Yo, por mi parte, solo puedo felicitarme por el centenario de la Junta de Ampliación de Estudios y expresar mi curiosidad cívica no tanto por de dónde venimos, que eso tiene pinta ya de irremediable, sino hacia dónde vamos. Semanada clara y buena.

What we should seek in cross-cultural education are less bridges than a deep understanding of the boundaries. We can teach the boundary, we cannot teach the bridge.

Lo que se ha de buscar en la educación transcultural ha de centrarse más en una comprensión profunda de las fronteras que en fijar los puentes. Podemos enseñar la frontera, no los puentes.

Claire Kramsch, Context and Culture in Language Teaching, Oxford, OUP, 1993, pág. 228.

 

Ayer caí en la cuenta de que tenía que haberle hecho notar una cosa a Abú Maadnús cuando estuvo por Madrid este verano (quizá será para la próxima vez). Yo mismo la había olvidado y ayer me la hizo ver Carlos A. Pintos en la «sala de investigadores» de Valdecilla. El manuscrito que ahora lleva por signatura la número 5 de la colección complutense, la traducción latina del targum al Libro de Ester, tiene una raja de un tamaño notable, restaurada (aunque visible, porque la restauración es, como suele ocurrir en Valdecilla, buena) en el cuerpo del texto pero perfectamente distinguible en la encuadernación (¿original?). Este manuscrito es, de los que quedan hechos por Zamora, uno de los más antiguos (ando discutiendo conmigo mismo si hay otro que podría ser más antiguo, por eso me escudo en la probabilidad frente a la improbable certeza). Lleva el colofón firmado el 8 de abril de 1517 y es, por tanto, uno de los pocos manuscritos del converso zamorano que pudo llegar a ver escritos su «Santo Amo», el Cardenal Cisneros, que murió el 8 de noviembre de ese mismo año de 1517. Más o menos perdido durante la Guerra Civil, fue más o menos encontrado por Luis Díez Merino en los años 80, si es que cualquier cosa que encuentre Díez Merino no es en realidad un disimulado acicate para seguir buscando.

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Lloró como un dios antiguo cuando se extingue su culto.
Valle-Inclán, Sonata de otoño.

Me di cuenta por casualidad y después de mucho tiempo, como suelen pasar estas cosas. Volví a los prólogos de la Políglota Complutense y caí en la cuenta de algo que ya sabía: que en el volumen quinto (Nouum testamentum grece & latine in academia complutensi nouiter impressum), que transmite el Nuevo Testamento en su lengua griega primigenia junto con su traducción latina de San Jerónimo (la Vulgata), hay dos prólogos griegos seguidos de sendas traducciones latinas de ambos prólogos. De lo que me di cuenta es que ni el volumen primero (Vetus testamentu[m] multiplici lingua nu[n]c primo impressum. Etim primis Pentateuchus Hebraico Greco atque Chaldaico idiomate. Adiu[n]cta vnicuique sua latina interpretatione), que transmite el Pentateuco con cuatro versiones, la hebrea, la aramea –o Targum–, latina de la Vulgata y griega (llamada «de los Setenta»); dos traducciones latinas, interlineal la del griego de los Setenta y paralela la del Targum arameo; y dos columnas de análisis morfológico, una del hebreo y otra el arameo; ni en los volúmenes segundo, tercero y cuarto, que transmiten el resto de lo que en el canon cristiano se denomina «Antiguo Testamento»; figura ningún prólogo escrito en hebreo o arameo, como si la lógica llevara a realzar en los prólogos lo impropio de que esas fueran lenguas dignas, precisamente, de realce en los prólogos, foráneas como de hecho eran a la república cristiana de las letras.

Lo que no deja de parecerme curioso es que, respecto de ese particular y hasta donde llevo leído, esa fue también la política de Benito Arias Montano en la hazaña intelectual y editorial que supuso la que hoy llamamos Biblia Políglota de Amberes o Regia (por ser su mecenas y comitente el rey Felipe II de Castilla y I de Aragón; tomos primero, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo(s) y octavo(s)). El único lugar de privilegio en el que me parece haber visto el hebreo es en la portada, fugazmente expuesta a la mirada primera del lector (o lectora) de esa hipotética república cristiana de las letras que fundó en el siglo xvi el predominio occidental que hasta hoy dura, donde predominio quiere decir potestad que no autoridad.

La cuenta en que caí después de tanta filología consistía en lo siguiente. Por razones que considero bien justificadas, nunca he sido inclinado a pensar el mundo, y en consecuencia a investigarlo, en términos de identidad. Por dos razones principales. En primer lugar, porque creo que, en la forma vulgarizada a la que hoy se recurre a menudo, complica más que aclara. En segundo, porque su definición es un puro viaje conceptual de flojedades transatlánticas. Considero que, grosso modo, la inflación intelectual que ha sufrido el concepto de «identidad» en el último medio siglo es producto de las malas traducciones del francés, y peores lecturas en inglés, que se han ido haciendo en las universidades americanas durante ese periodo. Eso no hubiera tenido la repercusión que ha tenido si, como digo, no hubieran sido estos viajes unos caminos de ida hacia los Estados Unidos y de vuelta, retraducidos, a Europa, donde hemos acabado, por ejemplo en Francia, teniendo un ministerio, con subsecretarios de Estado, ujieres, coches oficiales y viajes de hermanamiento intergubernamental, dedicado a «la Inmigración, la Integración, la Identidad Nacional y el Desarrollo Solidario».

No creo que este allanamiento reaccionario de morada, tomando al asalto vulgarizador la obra de Foucault o Derrida, estuviera en la mente de ambos cuando escribían el uno Vigilar y castigar y el otro acerca del monolingüismo del otro. Y quizá en un hartazgo consecuencia de la poca inclinación a tratar de «identidades» resida la causa de que Tony Judt, en Postguerra, trate con un desdén la obra de Derrida, por ejemplo. Pero yo, en los últimos dos meses, me he encontrado en un par de oportunidades que me han tocado directamente para inclinarme a comprender, por fin, la necesidad de la identidad también como forma de explicarse el mundo y de investigarlo:

Bueno que sea judía, pero que no lo vaya publicando por ahí.

Pero entonces, esta chica que se ha ido a vivir con ella, ¿ya eran amigas antes?

De repente caí en la cuenta de que la metáfora de los prólogos servía para entender la necesidad de entender la identidad en el mundo. La identidad irrenunciable consiste en ocupar, por derecho, nuestro lugar en los prólogos. De frente, sin medias verdades. Como tendría que haber sido el caso del hebreo en Alcalá o Amberes. Y quizá por eso mismo la obra políglota de Alcalá o Amberes no lo fue, en realidad, tanto. Ninguna puede serlo hasta librarnos del monolingüismo que siempre es de los otros y siempre querríamos creer que nos acecha. Ya lo advertía Tácito, ese romano seguramente ceñudo por el que yo confieso alguna debilidad lectora:

Quod praecipuum munus annalium reor ne uirtutes sileantur utque prauis dictis factisque ex posteritate et infamia metus sit.

Ya que soy de la opinión de que la tarea primera de la Historia es no dejar sin mención las virtudes y no dejar sin el miedo de la fama postrera y de la infamia el mal que se dice o que se hace.

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Tipos encollidos, sen pescozo, cetrinos, sudorosos, marraus, con grasa na cinta da bimba, con caspa no cuello de terciopelo do gabán, con uñas reberetadas de negro, con dentes coor de tabaco.

Tipos encogidos, sin pescuezo, cetrinos, sudorosos, marranos, con grasa en la cinta del sombrero de copa, con caspa en el cuello de terciopelo del gabán, con uñas ribeteadas de negro, con dientes color de tabaco.

Manseliña e lene dinamita, o xudeu é a gran forza desorganizadora, o formento da disolución social, que vai rillando os fundamentos de tódalas cousas.

Blanda y suave dinamita, el judío es la gran fuerza desorganizadora, el fermento de la disolución social, que va royendo los fundamentos de todas las cosas.

No soy un panegirista de todo lo que se hizo en España de fines del siglo xv a fines del xvii. Juzgo que a estas alturas esta tarea debe dejarse hoy encomendada a cierto tipo de funcionario distinguido. Por otra parte, en lo que al pueblo judío se refiere, no experimento aquella fruición que experimentan los filosemitas al tratar de todas las cosas de Israel.

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No se preocupen, ya se lo pongo para que lo entiendan: Las necesidades del mundo son tantas y tan recias que el que fuere discreto no se espante de cosa que vea ni faltas que las gentes hayan, de no poder cumplir sus palabras. Palabrita de Alfonso de Zamora. Del que acabo de descubrir, por cierto, un colofoncillo fechado en Toledo en 1536 en el que justifica la quema de los libros judíos. No gana uno para disgustos.

Como les iba yo a hacer sufrir viendo a ver si descifraban estos letrajos (con lo que yo he sufrido). Y qué sería de este chiringuito sin la parroquia: como si no supiéramos que para la marcha de verdad hace falta tener un público.

Рукописи не горят («Los manuscritos no arden»)

Mijaíl A. Bulgákov (Михаил А. Булгаков), Мастер и Маргарита (El maestro y Margarita), 1928-1941, cap. xxiv.

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He visto pisotear las cosas más sagradas, perseguir el mérito verdadero y entronizar la mediocridad y la ambición. Se dice con frase acertadísima que la ignorancia es la base del poder y no solo en un lugar, sino en muchos lugares. Tuve yo hace muchos años que salir del mío por no poder sufrir tanta ignominia.

Agustín Millares Carlo

A la profesión de bibliotecario, que no servía para citar en los grandes discursos, no concedían mucho interés nuestros dirigentes en Moscú, que habían centrado su atención en la Universidad y en el Instituto de Ingenieros en Energía y que citaban con admiración rural. A los que estudiábamos para bibliotecarios nos dejaban en paz. Era como si no existiéramos.

José Fernández Sánchez

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Hubo una época, tan lejana como se quiera hacer la distancia de la vida de unos seres humanos a los que venimos tras ellos, en que los libros sirvieron de parapeto de una guerra fratricida de exterminio. Algunos libros aún guardan, a medias, la metralla de los que no volverán a hablar, aunque nos empeñemos. De ese silencio de ayer está hecho, me temo, no pocos de los silencios que aún me han llegado, confiados en la victoria del silencio impuesto, de cualquier silencio impuesto: «Tú, hijo mío, no te signifiques», como aún dice mi madre.

A veces, demasiadas, al volver las páginas de los libros (esos mismos que fueron material de trinchera fratricida), se descubre una curiosa naturaleza bífida: la de que sean, a la vez, prisioneros y calabozos de los espectrales pasadizos del tiempo.

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Estampa de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría tomada del Register des Buchs der Chroniken und Geschichten de Hartmann Schedel, impreso en Núremberg en 1493.

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Has de saber que todo este mundo es hogar de mentecatos.

–¿Está seguro de que ya es Comala?
–Seguro, señor.
–¿Y por qué se ve esto tan triste?
Son los tiempos, señor.

Juan Rulfo, Pedro Páramo (1955).

Come se fosse normale, fisiologico per un sindaco del meridione essere vittima dei clan. E invece è uno scandalo della democrazia. Del resto – si dice – è così che va nel sud, accade da decenni. «Veniamo messi sulla cartina geografica solo quando sparano. O quando si deve scegliere dove andare in vacanza», mi dice un vecchio amico cilentano. In questo caso le cose coincidono. Terra di vacanze, terra di costruzioni, terra di business edilizio che «il sindaco-pescatore» voleva evitare a tutti i costi.

Como si fuese normal, fisiológico, para un presidente municipal del sur ser víctima de los clanes mafiosos, y en cambio es un escándalo de la democracia. Por otra parte, se dice, así pasa en el sur, ocurre desde hace décadas. «Nos ponen en el mapa solo cuando disparan. O cuando hay que elegir donde ir en vacaciones», me dice un viejo amigo de la comarca del Cilento. En este caso ambas cosas coinciden. Tierra de vacaciones, tierra de construcciones, tierra de pelotazos urbanísticos que el «alcalde-pescador» [Angelo Vassallo] quería evitar a toda costa.

Roberto Saviano, «Lo scandalo della democrazia», La Repubblica, 7 de septiembre de 2010.

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En año de mil y quinientos y treinta y tres y medio el rey don Calros mandó que se hiziesen los moros de reino de Valançia y de Aragón cristianos o se fuesen de la tierra. Los fueros no otorgaron de aberse de hazer cristianos sino aberse de ir ad allí dándoles buen paso por Valençia y paso franco, no danles paso por donde no sea jamás çierto. Nosotros no partiremos, antes morremos, que por ese paso vamos.

Dia de alhamís a veinte y tres de febrero [JdPP: ¿de 1537?]. Esto escribió Mohamad Dobecar, ijo de Mohamad Dobecar el onrado y virtuoso.

Transliteración en caracteres latinos de una nota escrita en caracteres árabes aljamiados en el folio de guarda del manuscrito n.º xvi de la «Junta de Ampliación de Estudios», hoy en la Biblioteca «Tomás Navarro Tomás» del CSIC; manuscrito n.º 58 del catálogo (pág. 316) de la exposición Memoria de los moriscos.

בטרם השער יסגר
בטרם כל האמור יאמר
בטרם אהיה אחר

בטרם יקריש דם נבון
בטרם ייסגרו הדברים בארון
בטרם ייתקשה הבטון

בטרם ייסתמו כל נקבי החלילים
בטרם יוסברו כל הכללים
בטרם ישברו את הכלים

בטרם החוק ייכנס לתוקפו
בטרם אלוהים יסגור את כפו
בטרם נלך מפה

Antes de que la puerta se cerrase,
antes de que todo lo dicho se dijera,
antes de que yo fuera otro.

Antes de que se coagulara la sangre comprensiva,
antes de que se encerraran las cosas en el armario,
antes de que se endureciera el vientre.

Antes de que se taparan todos los agujeros de las flautas,
antes de que se explicaran todas las maldiciones,
antes de que se rompieran los cacharros.

Antes de que la ley entrara por la fuerza,
antes de que Dios cerrara la mano,
antes de que nos fueramos de aquí.

Yehuda Amijai (יהודה עמיחי), traducción española de Raquel García Lozano. Basándose en este poema, compuso Assaf Noy (אסף נוי) una pieza que en el video interpretan la cantante Niva Eshed (ניבה אשד) y la Sinfonieta Beer-Sheva (הסינפונייטה באר שבע), dirigidos por Doron Solomon (דורון סולומון). La intención, según el propio Noy, al componer esta obra fue:

קריאתי בשיר זה העלתה בדמיוני תמונה בה המשורר נמצא על סיפו של קבר. תוך כדי צפייתו באדם הקרוב לו נלקח ממנו לנצח הוא מנסה לומר, בשניות הנותרות לו, את כל מה שאי פעם ירצה להגיד.
את התחושה הזו של זמן מתוח, כמעט עוצר מלכת, ניסיתי להעביר באמצעים מוסיקליים.

Al leer este poema, me vino a la imaginación una imagen en la que el poeta se halla al borde de la tumba. Mientras contemplaba a la persona que tenía a su lado, que le han arrebatado para siempre intenta decir, en los segundos que le quedan, todo lo que nunca querrá decir. Es esta sensación de tiempo en tensión, casi detenido, la que he intentado trasladar por medios musicales.

Pero, la tremenda tragedia española ha puesto al aire, ha descubierto las entrañas mismas de la vida. Esto por una parte, y por otra, que en los trances decisivos, el amor surge absorbente, intransigente. Y así, eso que se llama patria y que antes los españoles, al menos, no nos atrevíamos a nombrar, ha cobrado en su agonía todo su terrible, tiránico, poder. Imposible liberarse de su imperio; imposible, porque tampoco queremos librarnos, sino entregarnos, como todo amor ansía, más y más. Y la mente va allí donde el amor la lleva, y así, he de confesar que tengo ante mí una larga cadena de temas hispánicos, de los cuales he entresacado los de estas conferencias que pertenecen a una serie titulada toda ella: Pensamiento y poesía en la vida española.

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When I am laid in earth, may my wrongs create
No trouble in thy breast;
Remember me, remember me, but ah! forget my fate.

Cuando en la tierra yazca, que mis yerros
no sean razón de enojo en tu pecho.
Acuérdate, acuérdate de mí mas, ¡ay! olvida mi sino.


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Knowing the dead, and how some are disposed: […]

Cautiva de tanto sueño contrariado
hoy quiero libre ofrecerles perdón
a final de cuentas sin duda recibí la parte de felicidad
que en este mundo me corresponde

A tus pies ofrendo Madre
la servidumbre de mis reproches
quémala
la carcoma de repetirme en la misma letanía de dolor
quémala
la turbia resaca de remordimientos
quémala
la viciosa costumbre de esperar lo improbable
quémala
la excusa del miedo que paraliza cobarde
quémala
la bastarda disculpa del amor rechazado
quémala
la mezquina astucia de apresar el tiempo
quémala
la distorsión que se juzga fiel certera
quémala
la calculada incapacidad de reparar el daño
quémala
quema las escorias que lazan mi vuelo
y bendice Madre lo que aún me queda por andar…

Esther Seligson, Oración del retorno (tikun), «IX», (fechado en Jerusalén, 2006), México D. F., Ediciones Sin Nombre, 2006.

Without the law: we grasp, roughly, the song.

(Geoffrey Hill, Two formal elegies. I: For the Jews in Europe)

Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.

Cervantes, del «Prólogo» a las Novelas ejemplares.

Una de esas sorpresas que uno se lleva andando moderadamente el mundo (su hemisferio septentrional y mediterráneo, en realidad) es la profusión de patrias imaginadas que pueblan la realidad de la mayoría de las gentes. Es como esos ruidos, nada fantasmales, que unos amigos ahora en Berlín andan mirando a ver si recogen de inmuebles desahuciados, de edificios en precaria supervivencia, de la dura pugna que mantiene la rutina de los mecanismos para perpetuarse en el mundo físico a pesar de las inclemencias de la desidia de los seres humanos. No tiene nada que ver con la parapsicología, entiéndanme. Aún menos con la psicología. Es algo así como la «Song to the sea» del disco Split de Inca Ore, que no acabo de estar muy seguro de que sea el que N. me recomendaba hoy, pero que a mí me ha gustado (o me ha resultado evocadora, que viene a ser lo mismo).

Por muchas razones, todas ellas de primera importancia, yo quisiera hablarles un día por aquí del último rabino comunitario de Damasco, Abraham Hamra (אברהם חמרא) que, españolizado, quizá no sea una mera casualidad de homofonías que se pudiera llamar «Abraham Alhambra». Veremos si de verdad encuentro tiempo para hablarles de estas cosas y de una ciudad, la Damasco judía, que yo nunca podré ya conocer, que no pensaba conocer y que, sin pensarlo, se me ha vuelto repentinamente imprescindible. Pero eso será otra historia, que en parte ya hemos contado por aquí.

De esas nostalgias de las patrias imposibles, porque nunca existieron y nunca fueron creadas, sino que han sido siempre nada más que una parábola, algunas partes de Europa llevan una huella judía que las vincula de forma imprevista, si por el curso de la historia hubiera sido, a una España ibérica que nunca existió y nunca fue creada, porque no fue más que una parábola. Algunas de esas huellas existen solo en la memoria de los seres humanos que aún lean alemán de sabios anteriores al Desastre. El Jehuda Halevi. Zweiundneunzig Hymnen und Gedichte de Franz Rosenzweig, por ejemplo, o el Dīwān des Abû-l-Hasan Jehuda ha Levi de Heinrich (Chaim) Brody:

Doch zumeist erkannt ich ihn
An dem rätselhaften Lächeln
Jener schön gereimten Lippen,
Die man nur bei Dichtern findet.

Pues no pocas veces lo distingo / por su enigmática sonrisa, / esos bellos labios rimados / que uno solo encuentra en los poetas.

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Hoy presenta María Cristina Gallego Rubio su libro sobre Juana Capdevielle San Martín y aprovechan para hacer una jornada de recuerdo de la figura de Juana y de estudio de la época que le tocó vivir y de los rumbos torcidos que procuró enmendar. Ya sabéis que Juana es un amor repentino pero algo antiguo de quien subscribe: por una sonrisa estival en una fotografía, por una cierta emoción que me provoca pensar en su final atroz. Cuando descubrí la historia de Juana, apenas había algún rastro de esa misma historia en los libros de Historia. Que saquen ahora un monográfico sobre su persona es, de alguna modesta manera, una buena noticia. Una noticia ejemplar:

Mas, aunque parezca paradójico, el no haber hecho nada o casi nada tiene sus ventajas, por lo menos una muy grande, aunque no compense todos sus inconvenientes que se puede construir sin estorbos, de nuevo, y se puede, sobre todo, guiado por las experiencias ajenas observando sus éxitos y fracasos, tomar lo mejor […].

Despacico y callandico, vengo a [d]ici[r]te que te quiero:
no se lo digas a nadie que me muero, que me muero…

Probablemente, todo sea mentira. No radica ahí, sin embargo, la necesidad de buscar: el oficio y el ocio de historiar necesita de la curiosidad y, probablemente, se acabe en la curiosidad misma. Le repetía a N. el otro día lo que hablamos Alex y yo hace ya un tiempo que se aleja en Mánchester: lo inconcebible que resulta en inglés de estudioso trufar la argumentación de «sin duda» o de «evidentmente», como hace el francés sapiente. Quizá, puesto a escribir esta tesis de divorcio en francés, se me desbordan los «sin duda» y los «evidentemente», que con paciencia me habían enseñado y yo había aprendido a desbrozar con tradiciones distintas a la que era la mía (que podríamos llamar la española) y a la que me entretiene ahora (que es sin duda la francesa).

Lo primero, probablemente, sea reconocerse. Una vez reconocido, lo segundo, casi seguro, sea sospechar que no somos lo que hemos reconocido. No negaré lo válido de quedarse a medias: solo digo que, si se vislumbra con algo de acierto que la sintaxis que reconstruimos no es más que una reconstrucción (por muy útil que resulte para seguir adelante esa habitación levantada con los materiales de derribo), quizá haya que inmiscuirse en otras partes de la casa, hasta reconocer en lo improbable de nuestro linaje lo imposible de lo pasado. No negaré tampoco, aunque sea con un suspiro, lo incómodo de andar fisgoneando y los reproches, bien fundados, que acarreará. Es, ciertamente, un ejercicio censurable.

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«In den alten Büchern steht, was weise ist: …»

Maestros solo he tenido uno: se llama Pepe Contreras Valverde y lo es de Latín. No fue poca hazaña embarcarse con ciento y pico chavales de instituto de Móstoles en un viaje tirando a iniciático que hicimos a Italia quizá en 1994 (soy muy malo para muchas cosas: por ejemplo, las fechas). Pero hubo otras pequeñas hazañas, pequeñas pero nada nimias, que Pepe fue haciendo a lo largo de los escasos dos años que nos dio clase. Llevarnos, por ejemplo, al Prado, a ver cuadros de mitología. Fue al volver de una de esas visitas cuando recuerdo, con la misma sorpresa que sentí entonces, cómo se reveló que Pepe, además de muchas cosas, era un entendido en cómics (o historietas, tanto da. Hasta «tebeos» valdría). Entiéndanme: «entendido», en los mejores casos, es una amena mezcla de conocimiento y pasión. Principalmente porque del objeto del entendimiento se hace una devoción gratuita. «Experto», por el contrario, es una variación insípida del acostumbrado baile consumista de los mercachifles. Principalmente, porque se cobra. Como yo del hebreo, por ejemplo. Si han de buscar, prefieran a un entendido. En los peores casos, son personajes divertidos, carne de casino de pueblo, como de Academia de Buenas Letras provinciana, teniendo en cuenta, antes de que se me precipiten a emitir un juicio, que lo provinciano halla su más perfecta encarnación en los habituales de ciertos cenáculos neoyorquinos, parisinos o madrileños, por poner tres ejemplos que me resultan bastante conocidos.

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A reserva de imperiosas consideraciones de seguridad, las personas protegidas que estén en territorio ocupado podrán recibir los envíos individuales de socorros que se les remitan.

IV Convención de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra, art. 62.iv (Sección iii: «Territorios ocupados»).

¿Tienen ustedes noticia del reciente descubrimiento del asesinato, por parte de soldados estadounidenses, de un fotógrafo de prensa y su conductor en Iraq en 2007? De la nota que ha escrito Íñigo Sáenz de Ugarte en Guerra eterna me llamó la atención una frase:

Posteriormente, aparecen soldados norteamericanos en la zona y descubren que hay dos niños entre los heridos. En la transmisión, se oye: “Bueno, es culpa de ellos si llevan a los niños a los combates”. “Exacto”, responde otro.

O, en el original:

“Well it’s their fault for bringing their kids into a battle.”

“That’s right.”

(minutos 17:46 y 17:48 de la grabación, respectivamente).

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Siquidem singuli [in] singulis cellulis separati ita omnia per Spiritum sanctum interpretati sunt, ut nihil in alicuius eorum codice inventum esset quod in ceteris vel in verborum ordine discreparet.

Pese a estar separado cada uno en una celda individual, resultó que todo lo tradujeron por obra del Espíritu Santo, de forma que nada en ninguno de sus manuscritos se ha hallado que no concordara, ni siquiera en el orden de las palabras, de los demás.

Isidoro de Sevilla, Etimologías, libro iv («De los libros y oficios eclesiásticos»), cap. iv («De los traductores»), § 2.

Da noticia Luciano Canfora en su La biblioteca scomparsa («La biblioteca desaparecida», Palermo, Sellerio, 1986, págs. 141 a 144 de la reedición de 2009) de la plática o coloquio que mantuvieron ‘Amr bin Al’ás (عمرو بن العاص), conquistador musulmán de Egipto, y el patriarca jacobita Juan I, el sábado, 9 de mayo del 639, al respecto de varios puntos de los Evangelios. En el coloquio estaba presente, según se cuenta en el relato, un sabio judío. De todo da noticia, al parecer, el proprio Juan I en el manuscrito olim British Museum (ahora British Library de Londres), additional 17.193, que presentó, editó y tradujo François Nau en su artículo «Un colloque du patriarche Jean avec l’émir des agaréens et faits divers des années 712 à 716 d’après le ms. du British Museum add. 17193» en el tomo 5, serie xi, del Journal asiatique de 1915 (la traducción francesa del pasaje se puede encontrar aquí, así como el texto del original en siriaco).

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המצא מנוחה נכונה תחת כנפי השכינה

«… y no estamos seguros del refugio»

escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

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Un bon ouvrage ne perd pas ses grâces pour plaider contre ma cause.

Un buen libro no pierde su donaire por ir contra mi causa.

Montaigne, Los ensayos, libro III, cap. 10, pág. 1012

Nunca hubiera pensado que la Providencia, en sus inescrutables designios, me tuviera reservada la amargura de dirigirme sola al lector. Varios fueron los años en que mi marido y yo trabajamos juntos, tanto en el Archivo Secreto Vaticano, como en el del Palacio de España; a pesar de la angina de pecho que venía sufriendo desde noviembre de 1937, no interrumpimos nuestra tarea, salvo raros períodos en los que algún ataque más intenso le obligara a guardar cama. Puso su voluntad al servicio de su trabajo y con ella suplió las deficiencias de su quebrantada salud; y así en el último invierno de su vida, aun en los días más crudos, no abandonó su labor.

Le llegó la muerte cuando estábamos ultimando de ordenar nuestra biblioteca particular: en la madrugada del 7 de octubre, el Señor le acogió en sus brazos.

Mucho he sufrido estos meses al revisar, sola, las páginas de estos volúmenes para la elaboración del índice de nombres y materias; pero mayor amargura me causa el pensar que, después del intenso y eficaz esfuerzo, mi marido no haya visto publicado este Catálogo, en el que tanto entusiasmo puso.

La idea de esta publicación, [sic] surgió cuando concluíamos la obra Miscelánea de noticias romanas acerca de don Martín de Azpilcueta, Doctor Navarro: [sic] al constatar que otros investigadores españoles buscaban datos para sus trabajos en los mismos volúmenes que utilizábamos para el nuestro, lamentábamos que se perdieran tanto tiempo y tantas energías, las necesarias para las ulteriores investigaciones.

Al investigador que hojee estos volúmenes suplico una oración por aquel que deseó aportarle una ayuda en su trabajo.

Roma, Nuestra Señora de la Merced, 1948.

María Luisa de Larramendi, viuda de Olarra.

— José Olarra y Garmendia y María Luisa Larramendi, viuda de Olarra («secretarios de la Academia de España en Roma»), Índices de la correspondencia entre la Nunciatura en España y la Santa Sede, durante el reinado de Felipe II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1948, tomo i, [prólogo] «Al lector».

Un suffisant lecteur descouvre souvant ès escrits d’autruy des perfections autres que celles que l’autheur y a mises et apperceües, et y preste des sens et des visages plus riches.

Un lector competente a menudo descubre en los escritos de otros perfecciones distintas a las que el autor dejó puestas y descritas, y halla sentidos y rostros de mayor riqueza.

Montaigne, libro I, cap. 24, pág. 127.

Y para que se entendiesen […] y se descubriesen los afectos internos de amor y benevolencia, le dio la voz articulada, blanda y suave, con que explicase sus conceptos; la risa, que mostrase su agrado; las lágrimas, su misericordia; las manos, su fe y liberalidad; y la rodilla, su obediencia: todas señales de un animal civil, benigno y pacífico.

Ut sese mutuo intelligeret atque internos amoris & benevolentiae affectus invicem possent prodere, largita est homini Natura vocem articulatam, blandam, & suavem, qua animi sui lenta expromeret; risum, quo comitatem suam; lacrymas, quibus suam commiserationem; manus, quibus fidem suam, & liberalitatem; genua, quibus obedientia sua testaretur : quae omnia signa sunt animalis civilis, benigni, & pacifici.

Diego Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas («Idea principis christiano-politici Symbolis CI. Expressa»), 1640, empresa lxxiv.

À minha velha casa
eu regresso à procura
das origens da ternura,
onde o meu ser perdura.

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Si por alguna circunstancia improbable tuviera que volver a París inopinadamente, tendría – después de algunos años de afanes – al menos dos refugios donde recalar. Tiene su gracia que ambos tengan que ver con las lenguas, ese basso continuo de este blog y de su taquillero. El primero sería el Croccante («piccolo ristorante italiano»), 138, rue de Vaugirard, junto al metro de Falguière, el hogar de los que queremos a Massimo y Deborah (junto a los que conviene no olvidar a Stefano/Estêvão, ejemplo notable de mezcolanza genealógica, hijo de portugués y de italiana y criado en París). De momento, solo le he encontrado a Massimo dos defectos: que sea palermitano y sus cannoli, buenísimos, pero no a la altura de mi nostalgia (dicen que a falta de poder ir a Palermo – o a Catania – hay un cierto remedio al Sehnsucht de cannoli si uno va a Roma, a cierta pastelería cerca de la Plaza de Bolonia, por ejemplo. Guárdenme el secreto por si alguna vez se decidieran a ir). El segundo defecto, si se empeña, es remediable.

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Escrit a la manera de Salom

Alçarà a poc a poc el meu dolor
la bona casa en els dies de l’erm?
Un petit foc que m’allunyi remences,
un llum mirat per la cansada nit.

Ulls des del fred esguarden amb fixesa,
prims llavis diuen tots els noms de la mort
i m’empresonen en una lenta cançó.
Com obriré camins al meu retorn?

Passos i temps em guien a la pau,
i crido amb antic mot el meu desig.
Però sentir només, sense comprendre,
no em salvarà del vell furor del vent.

Escrito a la manera de Salom: ¿Alzará poco a poco mi dolor / la buena casa de los días del yermo? / Un débil fuego que me aleje temores, / un candil mirado por la noche cansada. / Con fijeza los ojos miran desde el frío, / delgados labios dicen los nombres de la muerte / y me aprisionan en una canción lenta. / ¿Cómo abriré caminos para regreso? / Pasos y tiempos me guían a la paz, / y con palabra antigua grito mi deseo. / Pero sólo sentir, sin comprender, / no me salvará del viejo furor del viento.

Salvador Espriu i Castelló, del libro El caminant i el mur, 1954 (traducción de Andrés Sánchez Robayna y Ramon Pinyol Balasch).

«Surcos» es una parte del documental Perfiles, dirigido por Véred Kurlender, sobre distintas mujeres de las comunidades judías de Madrid,

una de las comunidades más pequeñas de Europa. Tiene algo de Kibutz, en el sentido en que todo el mundo se conoce. Pero al mismo tiempo, en Madrid están presentes todas y cada una de las situaciones y contradicciones de las comunidades judías de la diáspora de todo el mundo. Lo religioso frente a lo cultural, lo social frente a lo individual, lo público y lo privado. Y todo en acción.

La historia de esta película se cuenta aquí.

Ocupar, del Latino occupare, como ocupar algún lugar. Significa tambien embaraçar, y dar en que trabajar, a lo qual llamamos ocupacion.

Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición de 1674, f. 124v (b).

Ave, color vini clari. / Ave, sapor sine pari. / Tu a nos inebriari / Digneris potencia. / O, quam felix creatura / Quam perduxit vitis pura, / Omnis mensa sit secura / In tua presencia. / O, quam placens in colore, / O, quam fragrans in odore, / O, quam sapidum in ore, / Dulce linguis vinculum! / Felix, venter quem intrabis; / Felix, gutur quod rigabis; / O felix os, quod lababis. / O, beata labia! / Ergo, vinum colaudemus, / Potatores exaltemus, / Non potantes confundemus. / In aeterna saecula, amen!

¡Ave, color del vino claro! / ¡Ave, sabor sin igual! / Tú, que por tu poder / te dignas embriagarnos. / ¡Oh, qué feliz criatura, / qué pura te crió la viña! / Toda mesa sea segura / si se te halla en ella. / ¡Oh, de tu color qué placeres! / ¡Oh, qué fragante de olores! / ¡Oh, qué sabor en la boca, / de las lenguas dulce cárcel! / Feliz vientre en que tú entrares; / feliz, la garganta que bañas. / ¡Oh, feliz boca, que riegas! / ¡Oh, beatos labios! / Así pues, alabemos el vino, / a los bebedores exaltemos, / confundamos a los abstemios. / Por los siglos eternos, amén.

El Coro de Ladinamo (que hace estas cosas) interpreta «Ave, color vini clari», motete paródico con letra del siglo xiv y música de Juan Ponce (c. 1476-c. 1520) según el manuscrito Madrid, Real Biblioteca, n.º II-1335, conocido como «Cancionero de Palacio».

Compra-Venta «La Comercial», en la calle del Noviciado, n.º 12, Madrid (1930)

Era un refugio y quedaba muy cerca de otro. El otro es la principal casa de Alfonso de Zamora, la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense, que queda en la esquina de las calles de San Bernardo y del Noviciado de Madrid. Esta otra casa es rara. En primer lugar, porque el edificio fue legado y generosidad de un filántropo aficionado a la cultura, Ramón Pelayo de la Torriente, primer marqués de Valdecilla. Busquen en su biografía: seguro que hay más de un punto oscuro. No conozco rico que haya hecho, ni ahora ni nunca, su fortuna sin dar un par o más de pisotones o un par o más de cuchilladas. Ocurre tan solo que tampoco conozco muchos ricos de mi país y menos aún de mi ciudad (que es Madrid, por si alguien no lo supiera) que se hayan destacado por su labor filantrópica y por su generosidad sin contrapartidas aparentes en el gastar. Pero parece que este primer Marqués de Valdecilla sí, miren por donde. El caso es que en el caserón quedó instalado el Paraninfo de la Universidad (que acoge sus grandes actos y que albergó muchos años la Asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid) y mucho, mucho más tarde, la Biblioteca que conserva, con mimo tan profesional como no menos raro, el fabuloso azar que supone todo lo que ha llegado del patrimonio librario de la Complutense (primero alcalaína; luego «Central» en Madrid; luego, de nuevo, Complutense ni que sea en el gentilicio heráldico). Y todo conservado en el insólito regalo de un filántropo español a una universidad española. Flipante.

Ya les decía que no es lo único raro. A punto de cumplir el primer quinquenio de feliz dedicación a estas cosas de los manuscritos, he tenido oportunidad de zascandilear, más quizás de lo que debiera, por un par o tres de bibliotecas de fondo antiguo, de esas que guardan «libros secretos cuyo aroma no han borrado los años». La casuística es variada, que quieren que les diga, pero, en general, tengo para mí lo acertado de la máxima que me soltó no hace mucho Saverio en París: «Soy un amante de los libros, lo que no me lleva por fuerza a ser un amante de las bibliotecas». Salvo, quizá, por ese raro refugio de la «Marqués de Valdecilla», inaudita por tantas cosas: por el amor no menor a los libros que a sus lectores, por el cuidado de los detalles (tan nimios como la temperatura ambiente o las cajas estancas y opacas o la abundancia de luz natural en la sala de lectura), por la preocupación felizmente obsesiva por hacer compatibles docencia con discencia, medios con personal, conservación con consulta, consulta con preservación y, llegado el caso, restauración. Pero, con mucho y mal está que yo lo diga, lo más sorprendente es que todo este esfuerzo se haya llevado a cabo en el marco de la Universidad Complutense. Vaya, no me miren así: a punto estoy de cumplir quince años de relación prácticamente ininterrumpida con esta universidad. Sé de lo que hablo, me parece. Y Quevedo también:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Taberna en Madrid (1927)

Madrid, conveníamos hace poco Francisco y yo, se caracteriza en esta nuestra edad quizá de hierro por dos hechos urbanísticos: la desmesura de que todo lo que pasa se concentre en un centro urbano de extensión mínima respecto de la hipertrofia de la metrópoli, a la vista insuficiente para albergar todo y a todos los que tiene que albergar, y lo irremediablemente anodino de muchos, si no todos, sus barrios fuera del centro, incluidos no pocos de los considerados señoriales: casi todo el barrio de Salamanca, Moncloa sin remisión (salvo la esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera que nos recuerda la residencia de un gran bebedor de whisky), calles y calles entorno a la Castellana. No es que el Palacio de Linares, donde ahora tiene sede el neoimperialismo institucional español de ambición americana, hubiera podido estar lleno de fantasmas (y hay no pocos fantasmas que se han lucrado con esos fantasmas): toda la Castellana, antes «Avenida del 14 de Abril», es un fantasma. De los palacetes nobiliarios que la jalonaban hasta donde se acababa Madrid, la Colina de los Chopos, y que se llevó por delante el desarrollismo franquista de los años 60 solo quedan espectrales pasadizos del tiempo que pudo haber sido pero no fue. Eso fueron las casas: polvo que fueron, mas polvo enamorado. Pero aunque hay algunos amigos de esta casa que se inquietan más por las casas que por la gente, servidor de ustedes se suele inquietar más por la gente que por las casas. No hay de qué escandalizarse, ni por una inclinación ni por la otra: son formas distintas del mismo amor.

Igual que conveníamos en lo anodino del desastre urbanístico de nuestra ciudad natal, Francisco y yo acordábamos que algo debe de fallar en esta ciudad de Madrid por lo falta que nos parece de movimiento, artístico y cívico. Nos parece – huelga decir que sin excluir que estemos errados – que aquí se hacen en realidad pocas cosas; que las pocas que se hacen, se subvencionan mucho; que las que se subvencionan, se momifican asaz; que las que se momifican, de nada sirven para quitarle el marasmo y el pasmo indolente a las gentes de nuestra ciudad. Permítanme que se lo resuma: esta es la ciudad en que el Albert Boadella de Els Joglars ha encontrado prohijamiento presupuestario con Esperanza Aguirre, la del «tamayazo». Esta y no otra es la triste condición de nuestro agujero negro institucional.

Por eso se hacen necesarios los refugios: el Patio Maravillas era uno. Bien entendido, exento de derivaciones irreflexivamente estéticas, dirigido como un acto de socialización de cultura y de aculturamiento de la libertad, el fenómeno de la okupación (que «significa también embarazar, y dar en que trabajar», como señalaba Covarrubias en el siglo xvii) es sobre todo, en esta ciudad de Madrid, reclamar que, puesto que comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra, como eran las dehesas boyales de mi pueblo de Segovia, en las faldas de la Sierra de Guadarrama, antes de que las expropiaciones criminales del primer franquismo vencedor las distribuyera con liberalidad delincuente entre los potentados de la provincia. La tierra de este Madrid, convertido en lúbrico objeto de codicia de generaciones y generaciones de especuladores paniaguados y bien relacionados, es su delicada trama urbana, siempre a punto de la caída. Proyectos como el del Patio Maravillas son vitales para la supervivencia del decoro en este epítome de la necedad franquista que fue durante 40 años mi ciudad de Madrid, sordidez que siguen perpetuando las estructuras de poder del régimen actual (la corrupción, la primera), en la Universidad, en los ayuntamiento, en el gobierno regional, en los reflejos condicionados de no pocos de sus habitantes: «hijo mío, tú no te signifiques».

Si comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra. Que vuelva común al pueblo, lo que del pueblo saliera. Y la primera comunidad, más básica que ninguna, es la que conforman educación y cultura.

La cultura, cuando lo es, simplemente libera a sus felices criaturas.

Hoy ha sido tan hoy como mañana será mañana. Lo pertinente, quizá, sea preguntarse cómo es que ayer, aunque sepamos que es hoy, no acabemos de adivinar si será mañana. O si no será. Quizá es que ayer nunca haya podido ser mañana.

Hace una semana murió Avrom Sutzkever.

Nunca a disparidad abre las puertas
mi corto ingenio, y hállalas contino
de par en par la consonancia abiertas.
¿Cómo pueda agradar un desatino,
si no es que de propósito se haze,
mostrándole el donaire su camino?
Que entonces la mentira satisfaze,
quando verdad parece, y está escrita
con gracia, que al discreto y simple aplaze.

Miguel de Cervantes, Viage al Parnaso, capítulo vi (1614)

Ni Haití ni ninguna otra geografía de los desastres de la historia está nunca demasiado lejos: quizá sea eso lo que provoca que los apresurados mercaderes de la novedad vuelvan obsceno cualquier intento de narrarlo sin más. No estoy seguro de la posibilidad de la memoria: más bien lo estoy de su contrario. Ni me parece que la genealogía, ni la biológica ni la sentimental, sean inapelables. Pero quizá convenga estremecerse, ni que sólo sea eso, con la sospecha de un tiempo en que quienes nos antecedieron, y aún están ahí, fueron haitianos. Quizá en eso consista la memoria de las piedras. La más poderosa, tal vez: la memoria de las piedras derruidas.

¿Será verdad que en el paraíso hay una tablilla, conservada incólume desde antes de que existiera el tiempo? ¿Existirá después de que el tiempo se acabe? Y cuando ya no haya vida que inscribir en las tablillas de los vivos, ¿adónde irá el libro de la vida?

Desde el 13 de enero al 18 de abril estará abierta en la Fundación Cartier-Bresson de París la exposición «Robert Doisneau, du métier à l’œuvre» (‘R. D., del oficio a lo hecho’). Las fotografías «Le nez au carreau» (‘Curiosa por la ventana’; 1953), «Bidonville à Ivry» (‘Chabolas en Ivry’; 1946), «Jeux africains» (‘Juegos africanos’; 1945), «La voiture fondue» (‘El carro fundido’; 1944) y «La Courneuve, 1945» forman parte del catálogo de esa exposición.

Us llego amics, senzillament,
els tres quefers humils de sempre:
viure (i menjar) amb decòrum cada dia;
si podeu, endegar cobejança i luxúria.

Os lego, amigos, sencillamente,
los tres quehaceres humildes de siempre:
vivir (y comer) con decoro cada día;
si podéis, componer la codicia y la lujuria.

Joan Oliver («Pere Quart»), «Codicil d’un poeta» (‘Codicilio de un poeta’), Vacances pagades (‘Vacaciones pagadas), Valencia, 1960

Busca buscando otra cosa (cosas de encuadernadores y de libros judíos en la Cataluña del siglo xv que ya saldrán por aquí) me doy de bruces en un pasadizo espectral con esas cosas que tiene el prejuicio y que tanto éxito dieron en su tiempo, por ejemplo, a don Claudio Sánchez Albornoz, patricio filípico y jupiterino:

És clar que ens estimem les coses que hem escrit. Si més no, sempre ens recorden hores de treball i temes d’estudi que mai no han deixat de fer-nos companyia. Aquests temes vivien com una nebulosa dins de nosaltres, i tot anant-los posant per escrit va semblar-nos que els seus contorns se’ns precisaven. Vèiem alhora amb major claredat els punts febles que calia ampliar amb major recerca. El dia que hi posàvem punt final, sabíem que ho fèiem a un estudi que, en el millor dels casos, només tenia una valor provisional. ¿Val la pena d’intentar que cobri nova vida, republicant-lo? No ho sé pas. […]

D’acord amb les normes d’aquesta edició, els textos del Dr. Rubió són reproduïts tal com ell els va publicar, sense canvis ni afegits, llevat de la correcció d’algunes errades mecàniques o d’alguns lapsus lingüístics evidents. […]

Era pel novembre de 1432. La ciutat de Barcelona era farcida d’usurers, flagell antic que mirava d’amagar-se sota mil expedients, banals en aparença per terribles per als qui havien de caure a les urpes dels explotadors de la misèria. Jueus i cristians nous eren sempre tinguts per sospitosos de practicar el préstec usurari, i a llur darrera es parapetaven molts i molts que, sense ésser germans dels jueus per la sang, ho eren per la cobejança.

Qué duda cabe que sentimos cariño por lo que hemos escrito. Cuanto menos, siempre nos recuerdan horas de trabajo y temas de estudio que nunca han dejado de hacernos compañía. Estos temas vivían como en una nebulosa dentro de nosotros y, al ir poníendolos por escrito, nos pareció que sus contornos se nos precisaban. A la vez, veíamos con mayor claridad los puntos débiles que había que ampliar con más investigación. El día que les poníamos punto final, sabíamos que hacíamos tal cosa a un estudio que, en el mejor de los casos, solo tenía un valor provisional. ¿Vale la pena tratar de que cobre nueva vida, republicándolo? No lo sé. […]

De acuerdo con las normas de esta edición, los textos del Dr. Rubió aparecen reproducidos tal como él los publicó, sin cambios ni añadidos, salvo la corrección de algunos errores mecánicos o de algunos lapsus lingüísticos evidentes. […]

Era por noviembre de 1432. La ciudad de Barcelona estaba repleta de usureros, antiguo azote que buscaba esconderse bajo mil expedientes, en apariencia banales por [sic: ¿«pero»?] terribles para quienes iban a caer en las garras de los explotadores de la miseria. A judíos y cristianos nuevos se los tenía siempre por sospechosos de practicar el préstamo con usura y, detras suyo, se parapetaban un gran número que, sin ser hermanos de sangre de los judíos, lo eran por la codicia.

—Jordi Rubió i Balaguer, La cultura catalana del Renaixement a la Decadència, en Humanisme i Renaixement, «Obres completes», Barcelona, Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya y Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1990 (primera edición de 1962), tomo viii, «Pròleg» (‘Prólogo’), pág. 25, «Nota editorial» (pág. 21) y pág. 77.

Qué duda cabe de que sentimos cariño por lo que hemos escrito y de que la cosa no debió de ser un lapsus lingüístico o, al menos, no era uno evidente. En Barcelona (vean la ilustración de la foto) invitan a la reflexión bajo el nombre de Rubió i Balaguer. Pues eso: reflexionemos.

«Dos estudios de la mano izquierda de Erasmo. Estudio de la mano derecha escribiendo», Hans Holbein «El Joven», c. 1523, Museo del Louvre, París.

Ando liado con cosas de Erasmo (el Elogio de la locura que debía quizá ser mejor acastellanado en de la necedad) y con el manuscrito de Vitoria (Gasteiz), que tiene relación casi segura con uno de los manuscritos de la BNE (¡qué horror las trincheras con que me topé ayer en Recoletos cuando fui a oír decir sensateces deliciosas a Elisa Ruiz y sandeces nacionalistas –españolas– a uno de sus cointervinientes! Aderezadas de cierta homofobia discreta y pudibunda, además: una joya, el ingeniero. Y maño, pa[ra] remata[r]lo). Aparte, más que con simple amabilidad, con «colegialidad» digna de encomio, me llega un artículo de próxima aparición en Sefarad (inédito, por si no me pillaran), sobre el Alfonso de mis alegrías (y alguna pena). Y de paso me entero de que tengo un lector (complutense) más. Nunca sobran las cortesías: dadas sean igual que han sido recibidas. Habla del manuscrito de Leiden, sin duda uno de los más interesantes del corpus zamoresco. Entre otras cosas, tiene la penúltima y la última fecha de los escritos alfonsescos: 1545. Además, en los últimos doscientos años lo han debido de ver cuatro cinco seres humanos: Moritz Steinschneider, Albert van der Heide, el actual (y amabilísimo) conservador del fondo oriental de Leiden, Arnoud Vrolijk, y una restauradora de la misma Universiteitsbibliotheek, cuyo nombre ignoro, y Theodor Dunkelgrün. Así que yo seré el quinto sexto y las buenas artes y mejor oficio de Arnoud Vrolijk han conseguido lo que será una excelente noticia: el manuscrito Or. 645 de Leiden estará en línea, digitalizado en color y gratis, para estudio y deleite del atento público. Y como estará en la web de la Universidad de Leiden, todos seremos felices lectores, si nos diera por ahí, de semejante misterio zamoresco (otro día, hoy no, que llevo prisa, me permitirán contarles un puñadico de sus misterios).

Ya les digo que ando liado: en el mesecico parisino, no es que anduviera liado. Es que no hacía más que andar: como para pararse un momento. Que es lo que tiene cuando a uno se le escurren los días entre los dedos y las faenas pendientes de las hojas de la agenda. Es inevitable, supongo, que volver a la patria sea volver (para los que tenemos espíritu de caracol: de movimientos lentos pero de distancia segura) «al propio desconcierto»: en el extranjero, ese lugar de ningures que en el imaginario por ejemplo de mi muy española familia es cualquier lugar donde marche el chico (lo mismo Israel que Francia; igual Inglaterra que Portugal; tanto da Marruecos que Polonia), construirse un propio concierto es fácil. Todo es sencillo: «la nostalgia» (cuando la hay) «se escurre de los libros» y el país que uno deja atrás se conforma en la memoria como uno buenamente desea: en mi caso, Federico Jiménez Losantos tiene más de antiguo alumno de José Antonio Labordeta que de Savonarola de andar por casa; César Vidal Manzanares no es más que un hebraísta de poca monta, poco pelo y mucha barriga, en lugar de un obsceno marisabidillo que blande falsas bibliografías y lecturas aviesas como otros blanden epístolas como pistolas; Carlos Mendo no es más que un abuelete cebolleta, cuyo conocimiento del medio casi iguala los títulos de ingeniería de los jubiletas que se entretienen viendo obras pagadas por el Plan E. El mundo particular, el trocito de mundo que el azar del nacimiento y la testarudez de la crianza han insistido en llamar la patria de uno, tiene un sentido. Un consuelo de la propia estulticia y de la de sus conciudadanos, un alivio:

Miré
admiré
traté de comprender
creo que en buena parte he comprendido
y es estupendo
todo es estupendo
sólo allá lejos puede uno saberlo
y es una linda vacación
es un rapto de imágenes
es un alegre diccionario
es una fácil recorrida
es un alivio.

Pero, al final, no queda más remedio que la vuelta:

Pero ahora no me quedan más excusas
porque se vuelve aquí
siempre se vuelve.

Al volver, agazapado casi en cada esquina (en la primera comida familiar tras la vuelta, en el primer telediario, en el primer debate matutino, en el primer taxi, cuando uno va a ver a sus sobrinas fuenlabreñas…) me he topado (como los taínos se toparon con los colonizadores castellanos) con el «Caso Haidar». Y no me gusta lo que me he encontrado: una asunción general de la sinrazón de estado. La del Estado marroquí, la del español, hasta la del francés. Un olvido consciente de la necesidad del disenso, de la rebeldía, de la estupidez, si se quiere, pero motivada por lo que un espíritu esclarecido no puede dejar de ver sino como una apelación al «ansia infinita de paz y al mejoramiento social de los humildes», que decía el otro. Me ha compungido la acuciante necesidad del olvido, de la componenda con el pasado colonial español, con las trágicas consecuencias de la dejación de las funciones que competían al país del que soy ciudadano y del que he heredado la historia cuando, pronta a morir matando la decrépita dictadura que aún en 1975 regía España, el régimen y sus rectores se precipitaron a dejar que allá se las compusieran en lo que fue el Sáhara Occidental Español. De aquellos barros, de aquellos lodos, de aquella sinrazón primera vienen las tragedias de hoy. No reniego de nada: ¿cómo podría renegar? Al fin y al cabo:

este país que nunca sueña
de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa

Pero me acelera el pulso de temor la prestancia con que más conciudadanos míos de lo que hubiera querido se adueñan de mi aire y prescinden de la que fue culpa de nuestros gobernantes, pretéritos y actuales. Se niegan no tanto a la razón sino a la piedad. Y me urge a un cierto terror, que no quisiera haber conocido, a musitar, compungido como digo, un fragmento brutal del Caso Moro de Sciascia:

Forse ancora oggi il giovane brigatista crede di credere si possa vivere di odio e contro la pietà: ma quel giorno, in quell’adempimento, la pietà è penetrata in lui come il tradimento in una fortezza. E spero che lo devasti.

Quizá quiera todavía pensar el joven militante de las Brigadas Rojas que se puede vivir del odio y contra la piedad: pero aquel día, en aquel acto de disciplina, la piedad le ha invadido como la traición a una fortaleza. Y espero que lo devaste.

(Leonardo Sciascia, L’affaire Moro, 1978, reedición de Sellerio Editore, Palermo, colección «La rosa dei venti», nº 2, pág. 143).

No sé si Erasmo encontró música con que acompañar la necedad humana. Yo no: ustedes me perdonarán.

Actualización: Del nombre y circunstancia de la quinta persona en doscientos años que habría tocado el manuscrito Leiden, Universiteitsbibliotheek, Or. 645. Las cortesías son para acreditarlas.

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