diciembre 2010


«Veo un monte grande de muchos viejos zapatos,
suelas e paños rotos e viejos hatos,
e veo las tus manos llenas de garabatos:
dellos están colgadas muchas gatas e gatos».

***

Mi viaje al hebreo (y al árabe) empezó por el catalán. Creo que en catalán fue la primera vez en que fui consciente de la xenofobia, pasiva en primer lugar y, algún tiempo después, activa. Aunque es una historia que me queda por contar, y que contaré, al principio se me suponía que el interés por Alfonso de Zamora se me tenía que fundamentar en su gramática. Y la gramática es una ciencia fundamentalmente necrófila, amante morbosa de ese sueño de la razón convertido en monstruo que es la normativa. En lo que afecta al hebreo, la gramática es como una segunda piel adherida a tres mil y pico años de tradición. La tradición, claro está, es mucho más antigua que la gramática pero una forma pertinaz de aherrojar el mundo entre hebraístas, hebreos o no de nación, es ponerle puertas al campo. Quizá Alfonso de Zamora fuera también un necrófilo, puesto que no cabe ninguna duda de que fue, sobre todo, un gramático, pero, nacido en el campo como era, tuvo problemas para cerrarle las puertas y estabular al onagro del idioma. Les pondré un ejemplo que entenderán pocos, me temo. Si a uno le enseñan hebreo es más bien improbable que le avecen en una sutileza que yo aprendí, sin embargo, desde el principio de lo que me enseñaron en hebreo (la enseñanza que me impartieron en hebreo fue muy sutil). Una de los signos vocálicos (תנועות, movimientos, en realidad, igual que se dice en árabe) de los que se sirve el hebreo es la nada, al parecer. Suele llamarse shevá (aunque es más que probable que Alfonso lo pronunciara algo así como seuá). Es, ya les digo, la nada (y así se lo enseñan a uno). En inglés, que ha sido desde hace cuatrocientos años una lengua de lo más bíblica, sirve para indicar la vocal que suele llamarse neutra (que existe también en catalán, pero no en el catalán que yo aprendí). Como a falta de pan buenas son tortas y el que tiene hambre con panes sueña, los gramáticos encargados de enseñar el hebreo suelen fijarse en lo que dicen al respecto otros gramáticos, revestidos de autoridad sobrevenida por dos hechos incontrovertibles: están muertos y enterrados desde hace siglos y fueron gente de suyo sistemática. Por supuesto, esas gramáticas solo fueron un remedo de la tradición, fundamentalmente de lectura en el caso que nos ocupa, no la tradición misma (la tradición tiende, por sistema, a no ser sistemática; en este aspecto se parecen, la tradición y la vida). Y, mucho menos que la tradición misma, la gramática no es la lengua que con un espejismo de siglos quiere hacernos llegar amorosamente esa tradición que sistematizaron las gramáticas. Según los gramáticos que pueblan los predios estabulados del hebreo, sus sistemáticos, muertos y enterrados antecesores de los que todos deberíamos aprender fueron la familia que ellos suelen llamar Kimhi y que yo me permito llamar Qamhí. En mi caso, yo sigo la tradición que me interesa: la de Alfonso de Zamora. Según estos Qamhí, granadinos de origen y provenzales de avecindamiento por ineludible circunstancia de su exilio, ese shevá o seuá fantasmagórico debería pronunciarse /e/ siempre que se le suponga alguna existencia brevísima a la nada vocálica que en sí mismo sería el shevá o seuá. Así, ביד («en mano», «por mano») sería /beyad/. ביום («en día», «en el día [de]») sería /beyom/. De esta y no de otra manera me enseñaron a mí que tenía que leerlo (puesto que de leer, que no de hablar, iba la cosa).

Muchos años después de esta enseñanza y de este aprendizaje, llegué a Alfonso de Zamora y a su gramática hebrea de 1526, las Introductiones artis grammatice hebraice nunc recenter edite. En su folio B (página 13), Alfonso nos salta, sin previo aviso:

Dicen además los judíos que el seuá se pronuncia en ocasiones como la vocal i o a, si resulta que al seuá le sigue inmediatamente una yod con cualquier otro punto vocal, por lo que se pronuncia como la vocal i: ביד biiad, «en la mano», y ביום biion, «en el día».

En este brevísimo pasaje hay dos menudencias (¿podría hablarse de un «pasaje seuá» siguiendo la definición de seuá como «vocal de duración doblemente breve» y, por tanto, impronunciable? –porque la primera condición de un profesor gramatical de hebreo es no pronunciar el hebreo, salvo arrimándolo a su castellano, si tal fuera su lengua primera–). La primera menudencia, claro está, es que Alfonso le lleva la contraria a los Qamhí y a toda la tradición presuntamente sefardí que los gramáticos del hebreo nos han repetido desde que los Qamhí escribieran sus obras, en la Provenza de los siglos xii y xiii: lo que es /biyad/ y /biyom/ tendría que ser /beyad/ y /beyom/, claro. Y, para colmo de insubordinación (y esta es la segunda menudencia), en la página impresa no sale /biyom/ sino /biyon/, con ene. ¿Será que al carácter impreso le faltan el hombro y la pierna (o cola) que, por el margen derecho, distinguen una <m> de una <n>? ¿O será que el castellano materno de Alfonso se aliaba con el arameo en la aversión fonológica por las emes finales? De esto último no podemos saber nada: aunque la coma no suele ir precedida de un espacio en este impreso de Alfonso, en la misma página donde sale este pasaje hay alguna ocasión en que la coma sí está precedida de un espacio. Así pues, el componedor (¿Rodrigo de la Torre?; Alfonso tiene el detalle de presentárnoslo y de elogiárnoslo al final de la gramática), ¿sería un hebreo converso arameizante? ¿O pronunciarían así los judíos sefardíes de antes de 1492, en Zamora o Alcalá?

Por el impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y fiel, entendido en el arte de corregir las letras e imprimirlas más que cualquiera de los que se hallan en el reino de España.

Tradujo el mismo breve pasaje Federico Pérez Castro entre 1944 y 1950:

Por mano de nuestro impresor Rodrigo de la Torre, artesano recto y acreditado, y conocedor del oficio, fueron compuestas las letras; y sus tipos fueron lo mejor de todo lo que se encontró en el reino de España.

Es precisamente la traducción otro de esos aspectos de ponerse a investigar sobre Alfonso de Zamora que no se me suponían al principio pero que ha acabado siendo una dedicación principal ahora que, espero, se acerca el final de esta contienda con el silencio acumulado de los siglos y la dislexia consuetudinaria de varias generaciones de intérpretes.

Si gustara de las metáforas más de la cuenta, quizá diría que la traducción es una amante traicionera. En realidad, por seguir por la misma senda equívoca de las metáforas, suele ocurrir como con las amantes: el problema suele ser provenir de la impericia de la segunda parte contratante más que de la naturaleza casquivana de la primera parte contratante del festejo amoroso, la traducción en el caso que nos ocupa. Un caso curioso, estrictamente personal (una trivialidad, una menudencia, un detalle nimio) me ocurre a mí desde hace tiempo con una canción, probablemente menor, epigonal, trivial, metafóricamente banal –qué duda cabe– de Joan Manuel Serrat. Vaya usted a saber por qué (quizá porque junto con la xenofobia, aprender catalán supuso iniciarse en la xenofilia) siempre me ha resultado uno de esos apoyos que uno necesita para ir viviendo la vida, sin eficacia pero con cariño. El otro día, por circunstancias de importancia vital que ahora no vienen al caso, me vi en el brete de tener que traducir la canción de la que hablamos, del catalán original a mi español de nacimiento. «Lenguas próximas», suelen llamarlas. Lo que es verdad. Todas las lenguas son la misma lengua, y siempre ha sido así y siempre lo será, como sabemos desde que un suizo ginebrino lo enunciara en la misma institución parisina, la Escuela Práctica de Altos Estudios, a la que yo llegué hará cinco años y pico, sin saber dos cosas hoy de vital (de nuevo) importancia: que no muy lejos de esa casa de estudios enfáticos proseguían su vida, discretos para mi percepción distraída, dos personas fundamentales ahora en mi vida, Alfonso de Zamora (en forma de apéndice incorrupto y manuscrito en la Biblioteca Nacional de Francia) y N. El orden es cronológico, por su aparición (no, no llegué a París para tratar de Alfonso ni para tratar a N.) que no por su relevancia. La cronología es, en ocasiones, tan precisa como falaz.

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Es la premunición de Sergent [sic] […] que confiere al individuo un estado crónico durante el cual puede llevar el germen de la infección, sin que él mismo sufra los brotes de la reinfección… [¿sic?] pero este germen toma definitivamente su asiento […] e intoxica constante y lentamente todos los humores orgánicos con los productos de su catabolismo […]. Como resultado final de este ataque permanente sobreviene, cuando no la muerte, la destrucción somática y psíquica del individuo y, a la larga, de la raza.

Ha sido leer la noticia en El País y no poder evitar pensar en un clásico: «¡En este local se juega!». Y no sería porque no lo hubieran dicho ya, con sonata y rondó, al alcance de todo el mundo. Yo, por mi parte, solo puedo felicitarme por el centenario de la Junta de Ampliación de Estudios y expresar mi curiosidad cívica no tanto por de dónde venimos, que eso tiene pinta ya de irremediable, sino hacia dónde vamos. Semanada clara y buena.

What we should seek in cross-cultural education are less bridges than a deep understanding of the boundaries. We can teach the boundary, we cannot teach the bridge.

Lo que se ha de buscar en la educación transcultural ha de centrarse más en una comprensión profunda de las fronteras que en fijar los puentes. Podemos enseñar la frontera, no los puentes.

Claire Kramsch, Context and Culture in Language Teaching, Oxford, OUP, 1993, pág. 228.

 

Lo primero que te cumple,
es buscar para tu vida,
arte, y orden, y medida.

Alfonso de Zamora, Loor de virtudes nuevamente impresso (1525)

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Presumes que eres la ciencia,
yo no lo comprendo así,
porque si la ciencia fueras
me hubieras comprendí[d]o a mí,
porque siendo tú la ciencia
no me has comprendí[d]o a mí.

Sale el sol y dame da en el cristal,
y cuando no quebranta el vidrio,
¡ay! ¿Qué es lo que va a quebrantar?

Los pajarillos y yo
nos levantamos a un tiempo;
ellos le cantan al alba
y yo alegro mi sentimiento.

¿Pa[ra] qué tanto llover?
Mis ojitos tengo secos
de sembrar y no coger,
con tus flores soñaré.
Son tus manjares secretos
los que me hacen recordar
de qué color son los sueños.

«Soleá de la ciencia», del disco Sueña La Alhambra de Enrique Morente (2005) con Tomatito a la guitarra.

A las tres hijas las casé pronto. […] Cuando dos se divorciaron y quisieron volver, les dijimos: «Hijitas, aquí no caben. Y, menos, con las criaturas». Y se acomodaron en algún lugar y, si nos descuidamos, nos visitan los domingos (aunque amor sí les tenemos). No, el problema son los muchachos. […] Un día, el que estudió en la universidad nos salió con que pusiéramos para el orgasmo feliz sin consecuencias demográficas. ¡¿Y nosotros de dónde y por qué?!

Una nota mínima: rebuscando al hilo de una cosa que ahora no viene al caso –ustedes me disculparán–, me he dado de bruces con una de esas reseñas que un ciudadano notable de ambos hemisferios, Juan Miguel Lope Blanch, escribió para la Nueva Revista de Filología Española mexicana. Decía Lope Blanch al hilo de los Hebraísmos españoles de José Winiecki (México: Imprenta Universitaria, 1959):

No se sabe qué admirar más: el entusiasmo con que ha sido concebido este libro o el desconocimiento absoluto del asunto tratado.

A mí me sobreviene a menudo este mismo sentimiento de admiración al tener que desbrozar malezas perdidas para la biosfera y ganadas para la imprenta que tratan sobre Alfonso de Zamora.

Confieso que Lope Blanch es un tipo que quizá podría haberme caído bien y este sentimiento, aunque se dice poco, es quizá uno de los principales acicates para seguir en la brecha, esas brechas que en la vida profesional de cualquier tipo suelen degenerar hacia un barranco sin suelo. Obviamente, nunca conoceré a Lope Blanch (tampoco al abuelito Alberto o a mi abuela Florentina, circunstancias estas dos últimas que, perdonen que se los diga, me hieren más íntimamente que no poder ya conocer a Lope Blanch). De verdad pienso que es importante esto de sospechar la bonhomía y que (como si fuéramos eruditos de otros siglos de los que Grafton afirma que tenían por elemental cortesía demostrar el aprecio por sus colegas respondiendo en no más de siete días las cartas que les llegaban) la vida por correspondencia es una parte nada menor de los placeres de la vida diaria. Yo, por ejemplo, sospechaba que me iban a caer bien ya de antemano Abú Maadnús (y mira que le rondó la morena hasta substanciar la visita) o Marieta, la de Castelló[n] de la Roma (luego Marieta vino con estrambote o torna, pero eso es otro caso y lo contaré, tal vez, otro día). Sospecho, por ejemplo, que un tipo en Murcia y otro en Valencia (aunque suele citarse como de la Safor) me caerían bien. Ignoro si algún día podré substanciar esas correspondencias en una forma menos etérea. No es que sean los únicos, claro está. Supongo, por ejemplo (bueno, estoy casi seguro) que me habría caído muy bien Carlos Monsiváis. Pero ya tampoco podré hacerlo. Hay quien no lamenta en absoluto no haber conocido a Carlos Monsiváis. La intelectualidad española, por ejemplo, si admitimos que la intelectualidad española es un intelectual colectivo. El diario El País, concretamente. Es, sin duda, una afirmación discutible pero creo que argüible pese a todo. O eso quieren hacernos creer (y ya va para más de treinta años).

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Ayer caí en la cuenta de que tenía que haberle hecho notar una cosa a Abú Maadnús cuando estuvo por Madrid este verano (quizá será para la próxima vez). Yo mismo la había olvidado y ayer me la hizo ver Carlos A. Pintos en la «sala de investigadores» de Valdecilla. El manuscrito que ahora lleva por signatura la número 5 de la colección complutense, la traducción latina del targum al Libro de Ester, tiene una raja de un tamaño notable, restaurada (aunque visible, porque la restauración es, como suele ocurrir en Valdecilla, buena) en el cuerpo del texto pero perfectamente distinguible en la encuadernación (¿original?). Este manuscrito es, de los que quedan hechos por Zamora, uno de los más antiguos (ando discutiendo conmigo mismo si hay otro que podría ser más antiguo, por eso me escudo en la probabilidad frente a la improbable certeza). Lleva el colofón firmado el 8 de abril de 1517 y es, por tanto, uno de los pocos manuscritos del converso zamorano que pudo llegar a ver escritos su «Santo Amo», el Cardenal Cisneros, que murió el 8 de noviembre de ese mismo año de 1517. Más o menos perdido durante la Guerra Civil, fue más o menos encontrado por Luis Díez Merino en los años 80, si es que cualquier cosa que encuentre Díez Merino no es en realidad un disimulado acicate para seguir buscando.

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Mudai, pois, o sentido e o cuidado,
Somente amando aquelas esperanças
Que duram pera sempre co’o amado.

Cambiad, pues, sentidos y cuidado,
Amando solamente la esperanza
Que siempre durará con el amado.

Luís Vaz de Camões

Misterio

¿Por qué estoy vivo
y el vaso lleno de agua
y la puerta cerrada
y el cielo igual que ayer
y los pájaros dorados
y mi lengua mojada
y mis libros en orden?
¿Por qué estoy muerto
y el vaso igual que ayer
y la puerta dorada
y el cielo lleno de agua
y los pájaros en orden
y mi lengua cerrada
y mis libros mojados?

Jorge Eduardo Eielson

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