Mi querido Bataillon: Su admirable carta, en verdad fraternal, exigía darle gracias enseguida, por la Western Union, nuestro telégrafo. En el caso suyo, y en muy, muy pocos más, lo decisivo para mí es la amistad, no la coincidencia mayor o menor de nuestras ideas. La naturaleza de mi problema (ligado a desventuras de amplio radio) implica choques, no precisamente por mi combatividad, sino por la misma índole del tema –la vida propia, ensanchada en la colectiva en cuyo ámbito tuvo uno la suerte o la desdicha de nacer–. Hasta ahora el tema español fue tratado «culturalmente», como algo que está ahí. Al encontrarme el motivo de tal situación, no tuve más remedio que alarmar a la gente, como si se tratara de una epidemia cuya causa antes se desconocía. […] En España pasan de bostezar indolentemente a dar alaridos. […] Su carta es de una generosidad y de una amplitud de alma más que bienvenidas. […] Pero toda su carta de Ud. rebosa bondad clara e inteligente, ¡y alentadora!

¶ Carta de Américo Castro a Marcel Bataillon, 29 de noviembre de 1967, citada en J. I. Pulido Serrano, «Américo Castro y Marcel Bataillon: Medio siglo de amistad en torno a la Historia de España» (2009).

Even the most personal documents reflect the life of Casaubon’s mind, a life consumed in reading and interpretation. Pattison rightly saw that writing letters, for Casaubon, was profound moral and spiritual enterprise. In agony of his deathbed, he still found the strength to keep up his correspondence, if more slowly than he liked, in lucid, correct Latin, and he still insisted that formal letter-writing held the larger Republic of Letters together. Correspondents of similar tastes and minds, he believed, could forge links stronger than those  that connected members of the same church.

Aun en los documentos de índole más personal se refleja lo vivido por la mente de Casaubon, una vida pasada en leer e interpretar. [Mark] Pattison acertó al decir que escribir cartas suponía, para Casaubon, un ejercicio de profundo contenido moral y espiritual. Agonizando en su lecho de muerte, aún encontró la fuerza para seguir con su correspondencia, más lento de lo que hubiera querido, en un latín lúcido y correcto, e insistió en que la escritura epistolar atenta a una norma conseguía unir la República de las Letras. Creía que remitentes y destinatarios de gustos y opiniones similares podían trabar vínculos de mayor fortaleza que los que unían a los miembros de una misma iglesia.

¶ A. Grafton y J. Weinberg, «I have always loved the Holy Tongue»: Isaac Casaubon, the Jews, and a forgotten chapter in Renaissance scholarship (Cambridge, MA: The Belknap Press of Harvard University Press, 2011), págs. 18 y 19.

No, no he vuelto. Es solo que pasaba por aquí.