panoramica-otero

El viajero preguntó por el sector de los muertos de la guerra de 1914.

-Sí -dijo el guardián-. Se llama el sector del Souvenir Français. ¿Qué nombre busca?

-Henri Cormery -respondió el viajero.

El guardián abrió un gran libro forrado con papel de embalaje y siguió con su dedo terroso una lista de nombres. El dedo se detuvo.

-Cormery, Henri, «herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914».

-Eso es -dijo el viajero.

El guardián cerró el libro.

-Venga -dijo.

Y lo precedió en el camino hacia las primeras filas de tumbas, unas modestas, otras pretenciosas y feas, todas cubiertas de ese batiborrillo de mármol y abalorios que deshonraría cualquier lugar del mundo.

-¿Es un pariente? -preguntó el guardián con aire distraído.

-Era mi padre.

-Lo siento.

-No, no, yo aún no tenía un año cuando murió. Así que, usted comprenderá.

-Sí -dijo el guardián-, pero da igual. Fueron demasiados muertos.

Jacques Cormery no contestó nada. Seguramente habían sido demasiados muertos, pero en lo que respectaba a su padre, no podía inventarse una compasión que no sentía. Desde que vivía en Francia, hacía años, se prometía hacer lo que su madre, que había permanecido en Argelia, le pedía desde hacía tanto tiempo: ir a ver la tumba de su padre que ella misma jamás había visto. A Jacques le parecía que esa visita no tenía ningún sentido, ante todo, para él, que no había conocido a su padre, que ignoraba casi todo de lo que había sido y le horrorizaban los gestos y los trámites convencionales, en segundo lugar, para su madre, que nunca hablaba del desaparecido y no podía imaginar nada de lo que él vería. Pero como su viejo maestro se había retirado en Saint-Brieuc y de ese modo se le presentaba la oportunidad de volver a verle, resolvió visitar a ese muerto desconocido e incluso hacerlo antes de encontrar a su viejo amigo, para tras ello sentirse totalmente libre.

-Es aquí -dijo el guardián.

Habían llegado ante un sector cuadrado, rodeado por pequeños mojones de piedra gris unidos por una gruesa cadena pintada de negro. Las lápidas, numerosas, eran todas iguales, unos simples rectángulos grabados, situados a intervalos regulares en hileras sucesivas. Todas adornadas con un ramito de flores frescas.

-El Souvenir Français se encarga del mantenimiento desde hace cuarenta años. Mire, ahí está. -Señalaba una lápida en la primera fila.

Jacques Cormery se detuvo a cierta distancia de la piedra.

-Lo dejo -dijo el guardián.

Cormery se acercó a la lápida y la miró distraídamente. Sí, era efectivamente su nombre. Alzó los ojos. Por el cielo pálido pasaban lentamente pequeñas nubes blancas y grises y caía una luz leve que por momentos se apagaba. A su alrededor, en el vasto campo de los muertos, reinaba el silencio. Sólo llegaba un rumor sordo de la ciudad por encima de los altos muros. A veces una silueta negra pasaba por entre las tumbas lejanas. Jacques Cormery, la mirada puesta en la lenta navegación de las nubes en el cielo, trataba de percibir, detrás del olor de las flores mojadas, el aroma salado que en ese momento venía del mar lejano e inmóvil, cuando el tintineo de un cubo contra el mármol de una tumba lo sacó de sus ensoñaciones. Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento. Porque él mismo creía estar vivo, se había hecho él solo, conocía sus fuerzas, su energía, hacía frente a la vida y era dueño de sí. Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba. El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.

Albert Camus, El primer hombre,  (1960; publicado póstumamente); traducción de Aurora Bernárdez.

alcazar

Panorámica de Otero de Herreros desde el cementerio y las canchas, sacada de la página de su ayuntamiento; «Alcázar de Segovia», foto de Diorama Sky, 20 de octubre de 2007.

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Iglesia de Notre Dame de Lorette con el Sagrado Corazón al fondo. Karsten Driever, 2006

Iglesia de Notre Dame de Lorette con el Sagrado Corazón al fondo. Karsten Driever, 2006

En una cierta época de mi vivencia en París tuve que pasar bastante a menudo al lado de la iglesia de «Nuestra Señora de Loreto», en el Noveno Distrito de la capital y a mitad de camino entre la biblioteca de esa benemérita y tan republicana institución que es la Alliance Israélite Universelle y cierta esquinita oriental del antiguo palacio del Cardenal Mazarino. Siempre me llamaron la atención dos cosas. En primer lugar, que la advocación mariana de Loreto (fundación pía resultado de la imperecedera inquietud de la tradición católica por el transporte de las almas, los cuerpos y, según parece, los edificios), diera nombre, por la circunstancia de que el barrio donde se encuentra la iglesia fuera lugar de concentración para el libre ejercicio de comercios devotos y carnales, a una cierta clase de señoritas de vida alegre (y clientela más alegre todavía, como se ha de suponer) propias del Segundo Imperio (1852-1870), capitalista y autoritario, que refundó París tal y como lo conocemos hoy en día: bastante capitalista y tirando a autoritario. Las lorettes, que tan devoto título de nobleza recibieron las dichas señoritas, dejaron cierto rastro en la gran literatura francesa:

On les approuvait de s’amuser avec des filles de petite condition: lorettes, grisettes, midinettes, cousettes.

[Se les permitía {a los chicos} divertirse con chicas de baja condición: maritornes, ramerillas, colipoterras, mesalinas.]

Simone de Beauvoir, Mémoires d’une jeune fille rangée (1958).

Une lorette est plus amusante que la Vénus de Milo.

[Una loreta es más divertida que la Venus de Milo.]

Gustave Flaubert, L’Éducation sentimentale (1869).

Con algo de bilis, quedó también escrito al respecto de las loretas:

Peu à peu ils sont parvenus à leur inoculer leur vanité et leur sottise, et c’est alors que la grisette a disparu. C’est alors que naquit la lorette. Race hybride, créatures impertinentes, beautés médiocres, demi-chair, demi-onguents, dont le boudoir est un comptoir où elles débitent des morceaux de leur cœur, comme on ferait des tranches de rosbif. La plupart de ces filles, qui déshonorent le plaisir et sont la honte de la galanterie moderne, n’ont point toujours l’intelligence des bêtes dont elles portent les plumes sur leurs chapeaux.

[Poco a poco, han conseguido ellos  a inocularles la vanidad y la estulticia que les son propias, consiguiendo que desaparecieran las ramerillas. Así nacieron las  maritornes. Raza híbrida, impertinentes criaturas, bellezas mediocres, mitad hechas de carne y mitad de ungüentos, cuyo tocador es un mostrador donde se despachan trozos de su corazon, igual que si fueran lonchas de rosbif. La mayoría de ests muchachas, que deshonran el placer y son la vergüenza de la galanura moderna, casi nunca llegan a la inteligencia de los chorlitos cuyas plumas sirvieron para los sombreros que llevan.]

Henri Murger, Scènes de la vie bohémienne (1851).

Y en esos puteríos (o parecidos) tenía yo ocupado el magín alguna vez que pasé frente a la Notre-Dame-de-Lorette parisina y reparé en la segunda cosa que me llamó la atención de esa casa de santidad, y que me proporciona la excusa para este apunte: en el frontispicio interior de la iglesia figuraba  grande y claro el lema ilustrado de la República Francesa, «liberté, égalité, fraternité». Como si en las mil y una iglesias de mi patria ibera figurasen, un suponer, las palabras «Y osados quisimos / romper la cadena / que de afrenta llena / del bravo el vivir». Acepto que, aparte de ser mucho más largo este lema patriótico, las dos repúblicas españolas han sido de peripecia algo más dura que las cinco francesas, como para andarse preocupando del frontispicio de las iglesias.

Todo tiene su explicación, claro está, si se dispone de ánimo de flâneur curioso. En efecto, en buena parte de los edificios religiosos franceses de menor entidad se verá reproducido el mismo lema que sirve de título de propiedad del edificio desde la Ley de Separación de las Iglesias y el Estado, aprobada en 1905, que dio lugar a la laïcité à la française tal como hoy se practica outre-Pyrénées. Esta ley dio la propiedad de los lugares de culto que hubiesen sido construidos antes de la fecha de aprobación de la misma al Estado, que los mantendría y administraría y permitiría, bajo el arbitrio de los poderes públicos, el ejercicio de la religión a cada confesión religiosa, oranizada como asociación cultual.

Esta ley y la práctica de la socialización republicana a la francesa a través de sus dos instituciones básicas, la instrucción pública nacional y el ejército de leva nacional, han sido dos de las bases principales de lo que es Francia hoy en día. Y también de lo que no es. Por ejemplo, la Francia republicana adolece de poca estima por el sentido común. El último ejemplo me ha llegado por teléfono hoy desde Marsella. Cierta funcionaria docente de la educación secundaria nacional tuvo la idea de fomentar el respeto entre adscritos a las diversas confesiones que conviven (mal) en el crisol portuario de la ciudad provenzal por medio de visitas pedagógicas a distintos establecimientos de culto de la ciudad. Que si una iglesia católica, que si una sinagoga judía, que si una mezquita musulmana… Conviene aclarar que, llegado el caso de querer hacer un país independiente uniendo los guetos que pululan en la Francia de las libertades formales y de las discriminaciones informales, habría que poner la capital en Marsella. Y la sede del poder judicial quizá en Mantes-la-Jolie, corazón de la región quemacoches de París. El legislativo podría seguir residiendo en  Estrasburgo, también tradicionalmente  pirómano. En Marsella vive mucho de todo y, en general, las relaciones son buenas porque no existen. Y cuando existen, son malas. Por eso no parecía mala idea que la Éducation Nationale se preocupase de inocular el virus de la curiosidad, y quizá del respeto, en los pequeñuelos hijos de la República y nietos de la discriminación.

Pasaron los meses. Muchos. Al final, el responsable del distrito escolar de Aix-en-Provence-Marsella, del que dependía en última instancia la decisión de si poner o no en marcha las visitas proyectadas, le confesó la verdad a la funcionaria docente. En el momento en que el proyecto se sometió a debate en el consejo sectorial, la propuesta fue violentamente rechazada por los miembros del consejo que eran militantes del Syndicat des Enseignements du Second Degré, el poderosísimo sindicato de docentes de la educación secundaria francesa, y que tienen capacidad de veto. ¿La razón? Visitar iglesias, sinagogas y mezquitas en el marco de un proyecto pedagógico de apertura a las distintas confesiones entraba en contradicción flagrante… con los valores laicos de la República.

En Francia, a esto lo llaman ser un laïcard: «(Péjoratif) Personne qui défend fortement la laïcité, notamment par prise de position anti-religieuse.» En Móstoles lo llamarían, creo, ser un gilipollas, palabra inaceptable en una república laica por su condición de término islámico, bueno, árabe, que es lo mismo (según veremos en un apunte próximo).

Flagrante contradicción republicana.

Flagrante contradicción republicana.

"Vista de Paris" (?) de Marc (Moïse) Chagall, cuya fecha de composición (¿1952?) y lugar de conservación (¿revue Verve, nº. 27-28?) no he conseguido precisar.

"Vista de París" (?) de Marc (Moïse) Chagall, cuya fecha de composición (¿1952?) y lugar de conservación (¿revue Verve, nº. 27-28?) no he conseguido precisar.

Resulta fascinante hasta qué punto este repertorio de niggunim ha podido absorber melodías tan diferentes como variadas, y en algunos casos completamente inesperadas. Sucedió que hace algunos años, mientras estaba realizando grabaciones en los círculos lubavitch de París, quedé sorprendido al escuchar de pronto a mi interlocutor entonar una oración de Simhat Torá (Ha’aderet ve-ha’emuná) ¡con la melodía de La Marsellesa! Intrigado por este préstamo tan poco «ortodoxo», pregunté a mi informador sobre la procedencia del canto. Según me contó, la introducción de esa melodía en la liturgia era algo relativamente reciente, pero no fue capaz de darme más detalles. Me dirigí entonces a la comunidad lubavitch de Jerusalén por intermediación de la señora Gila Flam y del señor Israel Adler. Tras una breve indagación, lograron obtener las explicaciones siguientes. Hace una treintena de años, cuando el movimiento Habad estaba aún poco extendido en Francia, una centena de judíos franceses fueron a Nueva York a ver al rabí de los lubavitch. Este último, que conocía Francia muy bien porque había estudiado varios años en la Sorbona, les tenía reservado un recibimiento particularmente caluroso. Y decidió que, en su honor, una de las siete hakkafot (procesiones) de Simhat Torá sería cantada en adelante con la música de La Marsellesa. En aquella ocasión, hizo hincapié que el himno de los luvabitch -que empieza con la palabra Ufaratsta (“Llegarás a ser fecundo”; Génesis 28)- es claramente el anagrama de la palabra Tsarfat (que significa “Francia” en hebreo). Según la gematria (procedimiento numerológico de interpretación), estas dos palabras mantienen una relación profunda y armoniosa. Por otra parte, el total cifrado de sus letras es de 770… cifra que se corresponde con el número de la casa del rabí en Nueva York (770 Eastern Parkway, Brooklyn). Con motivo de esta doble simbología, La Marsellesa sigue estando hoy presente en las oraciones de los lubavitch. Si uno está al corriente del carácter beligerante de la letra de este himno, hay desde luego motivos para extrañarse. Pero para los hassidim, cualquier melodía, tanto la más impura como la más banal, encierra un destello divino que la devequt permite desvelar.

Hervé Roten, Músicas litúrgicas judías: itinerarios y escalas, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2002 (primera edición francesa de 1998, Cité de la Musique/Actes Sud), traducción de Icíar Alonso Araguás, págs. 74-75.

Actualización: Me llega la noticia de que ya ha salido el último número de la revista Peamim, del Instituto Ben-Zvi de Jerusalén. La revista se dedica al estudio de las llamadas comunidades orientales: norteafricanas, sefardíes en sentido amplio (incluye las comunidades griegas y balcánicas, por ejemplo), en algún caso las italianas (por aquello de la presencia sefardí), etc., etc. El último número, que hace el 117, se centra monográficamente en “música, literatura y folclore”. El primer artículo lo escribe Abraham (Avi) Eilam-Amzallag, oriundo de Casablanca aunque residente en Herzlia (Israel) y profesor en la Universidad de Haifa (¿o en Beer-Sheva?). Se titula «לחנים ומבנים מלודיים צרפתיים בשירת יהודי מרוקו» («Melodías y estructuras melódicas francesas en la poesía de los judíos de Marruecos»). Habla de la influencia de la música francesa en la manera de hacer música -más que poesía- de los judíos marroquíes a partir del establecimiento del Protectorado, el siglo pasado. No sé si habrá casos tan curiosos como el de los Lubavitcher marsellesófilos.

He hablado poco de música, creo, por aquí. Me parece que tendré que hablar más. ¿Conocen ustedes, por ejemplo, la Orquesta Andalusí de Israel, con sede en Ashdod? Pues conózcanla, conózcanla, y luego me cuentan.

[Para una historia íntima e universal de la emigración.]

Ya lbâbbôr ya mon amour
Khrrjnî mn la misère
Fî bladi râni m7gôr
3yît 3yît w j’en ai marre

[«¡Ay, vapor, ay, mon amour!
¡Sácame de la misère!
En mi país estoy quemado me desprecian,
estoy cansado y j’en ai marre»
]

113 feat y Reda Taliani, «Partir loin» (Marcharse lejos)
[A través del blog de Antonio]

Habib Boufarès, protagonista de La graine et le mulet en el pápel de Slimane.

Habib Boufarès, protagonista de La graine et le mulet en el papel de Slimane.

Hablábamos hace un tiempo, en la acogedora casa virtual de la Marieta romana que cumplió ayer trescientas ocasiones de abrir de par en par las ventanas a las fértiles brisas de internet, de que, entre los libros que yo jamás escribiré pero que me gustaría leer, figura una Historia íntima e universal de la emigración. Se estrena ahora en España una película que no merece el título de obviedad folclórica que le ha propinado la distribuidora: Cuscús. El título original francés expresa mucho mejor, creo, la naturaleza excepcional de lo cotidiano: La graine et le mulet. La graine, “el grano”, es el de la sémola de lo que se llamó  en alguna época pasada en esta península desde la que ahora escribo alcuzcuz. El mulet es el mugil cephalus de Linneo, que designa más una clase de peces, dicho en sentido laxo, que un pececito concreto: en los mercados de la España mediterránea e hispanófona se le suele encontrar bajo el nombre de mujol (al menos yo siempre lo he pronunciado agudo) o lisa. Por los puertos valencianos yo me lo he encontrado como llisa, pero parece que le iría bien la identificación con el llamado cap-pla.

padre, hija y nieta (La graine et le mulet).

Tres generaciones de una misma emigración: padre, hija y nieta (La graine et le mulet).

Lo más importante, en cualquier caso, es que es un pez honrado y apreciado, por barato y sabroso, tanto en la costa del Languedoc donde transcurre la historia como en el Túnez de donde vienen tanto  el personaje protagonista de la película, Slimane Beiji, como el director del filme, Abdel Kechiche. Es una película, sobre todo, hermosa, muy hermosa. Tierna, viva, llena de una misericordia profunda por el esfuerzo, por el increíble patrimonio moral que acumulan algunos seres humanos, dotados quizá de una bondad innata, cuando se ven forzados a buscar el camino del exilio, político, económico o de ambos tipos. Seguro que a más de uno la película le pareció larga: a mí me pareció que la vida, la vida esforzada y el cariño que hay que desplegar para superar los obstáculos que nos sobrevienen y los que nos creamos, necesitan cierta lentitud morosa de exposición. Me pareció también en su momento que la película, como todas las de Abdel Kechiche que he tenido el gusto de ver hasta ahora («L’esquive», «La faute à Voltaire»), permitían gozar del raro privilegio de la verdad. De la verdad que libera y vuelve más humano, en la acepción doble y propia del humanismo.

Sinceramente, creo que esta película hay que verla. Y, dentro de lo posible, en su despojada versión original, para apreciar un cierto tono de ruda verdad que se puede escuchar, más o menos, en todas las periferias del mundo. El otro día cacé al vuelo, en un telediario, un fragmento de la versión doblada y casi me indigné. Lo que la traducción perpetra a la modulación de ametralladora de argumentos expuestos a calzón quitado que tiene el dialecto francés de la costa occitana, con acento de inmigración racaille magrebí, es como si pusiéramos a doblar a Ana Blanco, la presentadora del telediario por antonomasia, una película rodada en Parla.

Cuando se salga del cine quizá haya que decidirse a no tener miedo, llegado el caso, a coger el bâbbôr ni tampoco a recibir, con la necesaria fraternidad inmarcesible que hace sublime el espíritu humano, a los que se decidieron un día a que el bâbbôr, controlado o clandestino, les sacase de la miseria, económica o moral o de ambas.

Coda local: Y sí, R., L., podéis entender este apunte como una abierta invitación a verla juntos. Invitación abierta a quien se nos quiera juntar.

Actualización: he corregido un error de traducción, producto de mi dislexia.

Trois jeunes juifs âgés de 17 et 18 ans ont porté plainte samedi au commissariat du Xe arrondissement, après avoir été agressés rue Petit, non loin du square où un autre jeune juif, Rudy, 17 ans avait été roué de coups le 21 juin dernier. Raphaël Haddad, le président de l’Union des étudiants juifs de France (UEJF), qui a relayé la nouvelle, a déploré une “agression à caractère antisémite”, expliquant que les jeunes avaient été pris à parti par leurs agresseurs, au nombre d’une dizaine, au seul motif qu’ils avaient “un profil de juif traditionnel” et qu’ils “portaient une kippa”. Les faits se sont produits vers 18 heures 30, samedi. Les trois personnes visées souffrent de contusions au visage et, pour deux d’entre elles, d’une fracture du nez.

Le Monde, 7 de septiembre de 2008.

Conozco bien la rue Petit: allí vive el spettacolare padre de Frédérique. Y me acuerdo bien de lo que me dijo hace no muchos meses Gabriel, todo rabino zen: il n’est plus facile d’être juif en France, de nos jours.

Siempre habrá quien les recuerde, como a Alfonso, que son judíos. Es responsabilidad nuestra, cívica y comprometida, recordarles que son, ante todo, seres humanos.

(En capítulos anteriores…)

19 de juny. — L’obsessió de la Universitat, encara que més
intermitent, persisteix. De vegades, somnio l’establiment: em desperto
de sobte angoixat, pensant que l’endemà al matí haig d’anar en una
classe o altra i que no sé la lliçó de memòria. També de vegades se
m’apareix tot d’una, en la imatgeria incoherent del somni, un tribunal
d’exàmens, darrera d’una taula col·locada sobre una alta tarima, uns
senyors ensopits i displicents, amb un bombo davant per treure boles,
tot plegat immers en la llum grisàcia, passada pel reixat espès de les
finestres de les aules de la facultat de Dret. Tot en conjunt: els
professors, els llibres, les idees, els bancs, els patis, les aules,
els bidells, les converses, les pedres, les columnes, els
condeixebles… tot m’ha deixat una impressió flotant d’angúnia freda,
de cosa forçada i incomprensible, d’absoluta falta d’interès.
En aquest ambient no he trobat fins ara res que incités a
crear-me una curiositat –ni de la part dels qui notòriament haurien
pogut fer-ho. Una gran part dels estudiants que passen cada dia la
porta del casalot immens està perfectament convençuda que no hi ha res
a fer.
De vegades penso que si els obrers, els comerciants, els
industrials, els pagesos, els banquers, fossin en el treball, en la
indústria, en la banca, en la terra, com els professors de la
Universitat, tot quedaria detingut i parat. El món s’aturaria en sec.
Somniar la Universitat…! És absolutament grotesc! Aquest món
que incita a somniar tan belles coses… i que us porta a pensar en
uns senyors mig adormits davant d’una taula muntada sobre una
tarima…

Hasta aquí, de la Universidad. Pero oigan, no se corten y sigan leyendo al michelangelo, al leonardo literario de Palafrugell, que no es lo mismo que Florencia, claro, pero villa a la que nadie puede negar una vocación artística en la confección de plats de taper.

El quadern gris está traído a la red y blogueado gracias a una felicísima iniciativa (y a un esfuerzo considerable) de la Xarxa de mots, beneméritos autores también de RodaMots («Dins un mot, quanta gent que hi viu!»).

Llegides les vuitanta-cinc frases que en la traducció francesa de Plató dirigida per Víctor Cousin (Saisset trad.) són agrupades sota el títol general de Definicions. La majoria estan tan impregnades de la més vulgar i adotzenada obvietat aparent, que semblen un fals elaborat per algun il·lustre representant de la sagesse francesa. De tota manera, em sembla que, si dos mil cinc-cents anys enrera les hagués escrites l’home tingut pel més hàbil escriptor de la nostra època, potser li haurien sortit més llargues i més espesses.

També llegeixo que hi ha un vers d’un poema perdut atribuït a Homer, l’actualitat del qual és innegable –almenys pel que fa referència a mi. El vers diu així: «Sabia moltes coses, però totes les sabia malament».

A Catalunya, la cordialitat dura –màxim– dos o tres dies –àdhuc entre les persones lligades o que podrien lligar-se amb un real interès.

A la taverna de Gervasi, a Plaça Nova, sento que un home diu a un altre, amb un vas de vi blanc a la mà:

A Campmany, s’hi fan els naps;
a Cabanes, les carbasses;
a Vilabertran, pebrots,
aubergínies i tomàquets.

El bodegó que fan aquests versos em dóna una deliciosa sensació de fi de primavera, primers d’estiu.

Una combinació deliciosa en aquests temps de juny: postres a base de formatge i cireres. El gust del formatge i el de les cireres són, al paladar, al meu entendre, complementaris. Llàstima que els formatges, en aquest país, siguin tan insípids i adotzenats. Les cireres millors no són pas les primerenques, això és, les blanquelles, sinó les dures, roges cireres de carn atapeïda que anomenem de cor de colom o de matapedra. Les tocades lleugerament pel bec d’un pardal són especialment exquisides.

Allá por entrado julio, cuando tenga tiempo, me pondré a hacer una traducción del fragmento -delicioso-, aunque solo sea por faire chier l’Académie française (y con el enlace se demuestra que monsieur Pierre Assouline, de suyo hombre discreto y prudente, puede también, si quiere o si el jacobinismo guillotinesco le ciega, faire une belle figure de (gros) con).