A concrete expression of the nationalist positivism expressed in the manifesto in Zion, and a scholarly analogue to the Zionist goal of ingathering Jews from around the world, was the initiative undertaken by Dinur to establish the Central Archives of the Jewish People and Yad Vashem and with the support of David Ben-Gurion himself in 1950, to gather together eventually in an Institute of Microfilmed Hebrew Manuscripts, copies of over seventy thousand Hebrew manuscripts located in libraries around the world. The microfilms of Hebrew manuscripts and the archival documents were considered part of a Jewish モnationalヤ heritage. As a result of the young Israeli governments support, Israeli medieval Jewish scholarly research based on these thousands of Hebrew manuscripts, as well as archival sources, became one of the defining features of certain kinds of Israeli medieval Jewish historiography.

Although Hebrew manuscripts obviously were used earlier in Europe and the U.S. before the Institute came into existence, it encouraged their systematic use as never before by making them all available in one room, and only in Jerusalem.

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Estas instrucciones van especialmente dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes. Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia, el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer, tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor mucha más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a ese mejoramiento.

No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles. «Mire usted: en este pueblo son muy cerriles; usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡A la biblioteca!».

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura!

Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progeso humano sin riesgo de ser revolcados; sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etc. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.

Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte; no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre, pero no ocurre solo en tu pueblo, ni lo hacen solo tus convecinos, ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

La segunda cosa en que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan solo en lo que sería nuestra España si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas!

Pues bien: esta es la tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de Instrucción Pública por medio de su sección de Bibliotecas y en la que vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar.

María Moliner, «Prólogo» a las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, Valencia, Sección de Bibliotecas, Dirección General de Bellas Artes, Ministerio de Instrucción Pública, 1937, citado en el catálogo de la exposición «Biblioteca en Guerra».

BNE Madrid

Casi todo lo he leído de bibliotecas, salvo en la Nacional, que es un lugar que detesto. Iba de niño, cuando estaba en el colegio (y aún había una sección de préstamo o circulante). Luego lo cambiaron todo.

Una vez, después de que la reformaran, fui a sacarme el carnet y me preguntaron qué quería leer.

-Libros, claro. No te fastidia.

Querían que les dijera qué libros y para qué quería leerlos. Además, necesitaba una carta de un profesor de universidad.

-Pero yo soy profesor de universidad -aduje, porque entonces lo era, si bien en otro país.

-De una universidad española -me advirtieron.

Para leer necesitaba la autorización de un funcionario español y explicar con qué propósito (oscuro, sin duda) quería leer. Me quedé de piedra.

Llevaba años leyendo sin problemas en las mejores bibliotecas del mundo y aquí, en Madrid, todo eran obstáculos. Luego leía en los periódicos la propaganda, que si estaban convirtiendo la Nacional en un centro a la altura de las grandes bibliotecas del mundo, etc., y no daba crédito: en ninguna de las grandes bibliotecas del mundo me habían pedido ni la hora para dejarme leer sin problemas.

Rafael Reig, «Se derrumba la poesía», Blog de Rafael Reig, 28 de junio de 2009

Me he reconocido. Evito como la peste la entrañable Sala Cervantes (y mira que entra luz. Y mira que no hay wifi. Que funcione). Y eso que se ha relajado el ambiente. Algo: cuando se estaba tan, tan abajo, cualquier cosa es relativa y cualquier mejora, elogiable. A mí aún me ha llegado la especie de que en la Nacional (ahora de España, antes de Madrid. Como la Nationale lo fue primero de París, ahora de Francia) se ligaba. Hay que explicar quien me transmitió la especie: mi recordado profesor de historia del instituto. Véase: rechoncho, miope, con gafillas de enteradillo, con una notoria mala leche. Y marxista-leninista. Pero con una notable capacidad pedagógica: solo con explicarnos los mecanismos de la crisis de 1929 y la posibilidad real de que pese a la rechonchez, la miopía, las gafillas de enteradillo, la mala leche y el marxismo-leninismo (militante) se podía ligar en cualquier sitio (la BNE, amigas, amigos, para los propósitos que nos ocupan, es sin lugar a dudas un ejemplo perfecto de cualquier sitio), nos dio la lección más importante que cualquier pedagogo debe trasmitir a sus alumnos. Que nunca hay que perder la esperanza.

Así que la primera vez que traspasé el umbral del magno edificio del Paseo de Recoletos, no se lo voy a negar, yo andaba pensando en qué tal se daría el día. Por leer y tal, ya saben. Pero lo que me encontré fue una fortaleza. Yo diría (diría solo: la memoria anda floja) que «mi primera vez» en la BNE fue en plena era Regàs, en que todo parecido con la realidad de una biblioteca fue pura ficción. El caso es que el control de entrada es pesado, pesadísimo. La casa se rige por todo un catálogo (comentado e ilustrado) de normas absurdas, la más absurda de las cuales es, con mucho, que no se puede acceder a la sala de lectura con un libro (propiedad del lector, cumple explicarlo) del que ya exista un ejemplar… ¡en la misma sala de lectura donde se va a leer! Imaginemos que ustedes, por esas raras perversiones que promueve la indecencia de nuestra Edad de Hierro, quieren consultar el ejemplar único del Libro de las perlas de Oriente y de los batracios de Occidente del autor judeo-árabe, convertido de la ortodoxia copta, de origen parto-armenio, Aburrás Alquebir Imrán Manaarifish Shumdavaryan Alcubtí Alyahudí Alaarabí Alghurabí (siglo xiii. O xii. Depende del palito), del que un oscuro profesor ayudante, actualmente en la Universidad de Miskatonic, realizó una edición crítica para su tesis doctoral (con transliteración paleográfica) en dos tomos, posteriormente rehechos en uno solo, publicado por las Prensas Universitarias de Celama de Arriba (porque el oscuro profesor ayudante resultaba ser puertorriqueño de nación, americano de pasaporte, español de lengua y tartamudo de inglés. Y bizco, gordo, miope y cojo, pero eso son detalles que no vienen al caso). En fin, supongámoslo, por la necesaria coherencia interna de mi ejemplo y porque cosas más raras se han visto. Y en las bibliotecas de fondo antiguo, más. A ambos lados del mostrador de préstamo.

Imaginemos pues que la aguerrida lectora (o lector, pero no quería que se pusieran a fabular por el género de nuestro protagonista) se acerca a la Nacional de España con su copia impresa, subrayada, doblada, señalada, requeteusada y, sobre todo, personal, de la citada edición. ¡Malhaya semejante osadía! ¡Pluga a Dios castigue tal afrenta! (Si ponen atención les aseguro que podrán oír este tipo de román paladino en boca de los usuarios de bibliotecas de fondo antiguo. Y una curiosa afición por las camisas de cuadros, en el caso de los hombres, que nunca he conseguido explicarme. En fin…). Si la aguerrida pero imprudente lectora persiste en entrar con un tomo del que al menos un ejemplar se cuente en la colección de la Sala Cervantes (como sería el caso, claro, de la edición única del unicum de Abú Imrán Manaarifish conservado en la BNE), y se emperra, porque las lectoras de fondo antiguo son así (un pelín perras. Y perros, claro, si son hombres), sencillamente no podrá entrar a consultar el manuscrito. La ecuación por la que la dirección de la BNE ha llegado a la conclusión de que es más fácil robar un ejemplar de una obra impresa reciente que figure en el depósito o en las estanterías de la sala donde uno lee… si ya se entra con un ejemplar de la misma edición, es uno de sus misterios que, junto con la transustanciación del cuerpo místico de Cristo en la eucaristía, la lógica de las alianzas políticas en el parlamento de Israel, las virtudes del desayuno fuerte o la necesidad epistemológica e incluso ética del orgasmo simultáneo, superan la comprensión humana y entran de lleno en los abismos de la mística. Porque, con tanta prohibición pudibunda como se gastan en la BNE, la única virtud que se le ve al invento es que sea un emporio de mística funcionarial, de tanta necesidad para el alivio de nuestros atribulados tiempos. Dado el paupérrimo fondo corriente, la cosa roza lo vergonzante. Al contrario de lo que ocurre en las grandes bibliotecas «nacionales» (como los museos «arqueológicos», otro invento decimonónico con alguna virtud y muchos defectos), pero en las de verdad, estén sitas en Washington, Londres o París (¡o hasta Dublín o Edimburgo!), en la Biblioteca Nacional de Recoletos no vayan a pedirle peras al olmo. Por no pedirle, no vayan a pedirle ni siquiera que cumplan la primera obligación de toda biblioteca «nacional»: que tengan un ejemplar de cada libro publicado en España. Ni eso tienen. Ni con su obligación de ser depósito legal cumplen.

San Bernardo StreetY entre la paranoia de seguridad, la falta de movilidad de los volúmenes entre las salas (¡a quién se le ocurre la ocurrencia de leer una edición crítica de un manuscrito cuyo ejemplar de conservación en la Biblioteca Nacional no esté en la Sala Cervantes!) y los evidentes fallos de su primera y principal misión de ser el depósito legal de la edición española (y de hacerse con otros libros, publicados en el extranjero, que puedan servir al progreso del conocimiento y a la formación del patrimonio librario y libresco de la Biblioteca), es difícil ser ecuánime con la simpatía y disponibilidad del personal de la biblioteca y, especialmente, de quienes están en sala ni con el remarcable fondo manuscrito, ni con los tres manuscritos de Alfonso de Zamora que conserva la institución de Recoletos (signatura mss. 4188, 5454 y 7542, por si alguien tiene curiosidad).

Yo tengo mi refugio bibliotecario, mi locus amoenus libresco en pleno centro de la capital (con su aire acondicionado en verano; con su luz que entra a chorros en la sala de lectura en invierno) pero no se lo voy a decir así como así, a ver qué se piensan.

«Madrid. Biblioteca Nacional», foto de srmagori, 11 de noviembre de 2008; «San Bernardo Street», foto de Ibontxo, 31 de marzo de 2007.

[De la serie Bibliotaphes.]

Gaudium

Librorum copia magna est.

Ratio

Opportune admodum de his sermo oritur. Nam ut quidam discipline, sic alii voluptati et iactantie libros querunt. Sunt qui hac parte suppellectilis exornent thalamos que animis exornandis inventa est neque aliter his utantur quam Corinthiis vasis aut tabulis pictis ac statuis ceterisque de quibus proxime disputatum est. Sunt qui obtentu librorum avaritie inserviant, pessimi omnium non librorum vera pretia, sed quasi mercium extimantes: pestis mala sed recens et que nuper divitum studiis obrepsisse videatur, que unum concupiscentie instrumentum atque una ars accesserit.

[…]

G.

Egregios multos libros servo.

R.

Multos in vinculis tenes, qui si forsan erumperent et loqui possent ad iudicium te privati carceris evocarent; nunc flent taciti multa quidem, nominatim illud quod persepe unus iners affluit avarus, quibus multi egeant studiosi.

Francesco Petrarca, De remediis utriusque fortunae (1360-1366), i, 43: «De librorum copia».

Urban travel Books left aside

G[ozo]: Tengo gran multitud de libros.

Ra[zón]: Muy a propósito viene agora hablar de los libros. Porque como algunos los buscan para saber, assí muchos para deleyte y vanagloria. Et siendo ellos hallados para atauío de los años, no falta quien con ellos atauíe las camaras, usando dellos de la manera que de los vasos corinthios, o de las tablas pintadas y estatuas, o de todas las otras cosas de que poco antes hauemos disputado. Y aún hay algunos muy peores que todos estos, que de los libros hazen ganancia, no teniéndolos por libros mas por mercaderías. Dañosa pestilencia nueuamente venida y que de poco acá passo a passo ha entrado en el desseo de los ricos, por la qual se ha añadido a la codicia vn nueuo instrumento y arte de ganancia.

[…]

G.: Guardo muchos et nobles libros.

R.: Guardas en cárceles a muchos que si por ventura saliessen et pudiessen hablar e te encarcelarían a ti o te llamarían a juyzio, porque hazes cárcel privada. Mas assí callando lloran muchas cosas. Y especialmente que muchas veces vn auariento sin arte et sin doctrina abunda de lo que muchos virtuosos y estudiosos carecen.

Francisco Petrarca, De los remedios contra próspera y aduersa fortuna, Zaragoza, Jorge Coci, 1518 , traducción castellana de Francisco de Madrid (edición príncipe de 1510), libro i, diálogo xliii.

Foto de la serie «Abandoned Castle, Ireland», urban-travel.org, mayo de 2007.

El entorno informático que sostiene los entramados de este blog tiene un chivato que me va diciendo cada día alguna cosilla de los que entráis. Por ejemplo, con qué términos de búsqueda llegáis aquí con un gugleo. El que más gracia me ha hecho, de momento, es algún cibernauta que acabó leyendo cosas de un señor muerto en la primera mitad del siglo xvi , aunque lo que estaba buscando era a otro señor muerto en la segunda mitad del siglo xx. Concretamente a Josep Pla:

Sabia moltes coses, però totes les sabia malament.

Que además la frase en cuestión del maestro de Llofriu (que confirma la acérrima catalanofilia –sentida a la manera de València de quien esto escribe) me sirviera para hablar del mund(ill)o académico (odi et amo), no deja de tener su aquel, rematadamente irónico. En cualquier caso, el anónimo cibernauta tenía razón y éxito en su búsqueda: la frase en cuestión es el perfecto resumen, no ya de cómo soy, sino de mi circunstancia. Y cada día el gallo canta para revelarme otra ignorancia mía más que desconocía.

Vuelvo a Pla, saqueando una frase con la que me he topado a la entrada de la página de la fundación que hoy lleva su nombre:

La biblioteca ha de demostrar constantment que davant de l’accés al coneixement, tothom és igual i posseeix la mateixa dignitat.

Ahí queda eso.

Vale que aquello de que «mal de antiguos, consuelo de tontos» es prudente máxima, pero algo consuela, aunque sea a un tonto ratón de biblioteca como el que suscribe:

BIBLIOTAPHE, s. m. (Littérature.) enterreur de livres. Quoique ce mot composé de BON, livre, & de TAPO, j’ensevelis, ne se trouve pas dans les dictionnaires ordinaires, il doit avoir place dans celui – ci, parce qu’il mérite autant le droit de bourgeoisie que bibliographe, & sur – tout parce que les bibliotaphes n’amassent des livres que pour empêcher les autres d’en acquérir & d’en faire usage

[Que viene a decir, más o menos: «Bibliótafo, substantivo masculino (Literatura.) enterrador de libros. Aunque esta palabra […] no está recogida en los diccionarios normales, debemos darle su sitio en la presente obra, pues merece la naturalización tanto como bibliógrafo y, sobre todo, porque los biblótafos amasan libros con el único propósito de impedir a los demás que los adquieran y los usen».]

Mais en général, il y a des pays où cette dureté est rare. En France, par exemple, où l’on a plusieurs bibliothèques pour la commodité du public, on y est toujours parfaitement bien reçu, & les étrangers ont tout lieu de se louer de la politesse qu’on a pour eux. Gronovius mandoit au jeune Heinsius, que son ami Vincent Fabricius lui avoit écrit de Paris, que rien n’égaloit l’humeur obligeante des François à cet égard.

[Que viene a querer decir: «Pero, en general, existen países donde no es frecuente este comportamiento severo. En Francia, por ejemplo, donde existen varias bibliotecas para el solaz público, se dispensa siempre una perfecta acogida, y los extranjeros no tienen sino palabras elogiosas respecto de la cortesía con que se les trata. Gronovius dejó dicho al joven Heinsius que su amigo Vincent Fabricius le había escrito de París, diciéndole que nada igualaba el obsequioso talante de los franceses a este respecto».]

Vossius éprouva tout le contraire en Italie. Ce n’est pas seulement à Rome que l’entrée des bibliotheques est difficile, c’est la même chose dans les autres villes. La bibliotheque de S. Marc à Venise est impénetrable. Dom Bernard de Montfaucon raconte que le religieux Augustin du couvent de la Carbonnaria à Naples, qui lui avoit ouvert la bibliotheque de ce monastere, avoit été mis en pénitence pour récompense de cette action.

[Que significaría aproximadamente: «Vossius experimentó justo lo contrario en Italia. No solo es que Roma sea difícil entrar en las bibliotecas, sino que ocurre lo mismo en otras ciudades. La biblioteca de San Marcos de Venecia es impenetrable. El padre Bernard de Montfaucon cuenta que al religioso agustino del convento de la Carbonnaria de Nápoles, que le había abierto la biblioteca de este monasterio, le habían obligado a hacer penitencia en premio de tal acción».]

Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers […], tomo xvii, pág. 757, Neuchâtel, 1765, sub voce «Bibliotaphe».

En la época de los robos ptolemaicos en la Biblioteca Nacional de España y de los dimes y diretes entre Madame Guatemala y Monsieur Guatepeor, se multiplicaron los periodistas que fueron a preguntar por las cosas del libro antiguo y sus asuntos. O no siempre les contestaron o no siempre oyeron lo que tenían que oír, sino lo que la prisa o la ignorancia les dictó. Recuerdo un fragmento periodístico que me hizo temblar particularmente:

Y es que, mientras el escándalo político crecía, por la cabeza de muchos expertos rondaba una pregunta: ¿es sensato prestar estas reliquias a la gente, por muy investigadora que sea, cuando está demostrado que no es posible velar por su seguridad al cien por cien? […] ¿No sería más sensato concentrar las energías en digitalizarlo todo y permitir las consultas sólo en este soporte? […] Hay quien piensa que el contacto con el libro es imprescindible para el investigador verdadero. Pero ese argumento no choca tampoco con la digitalización de fondos, que es ya una realidad en algunas de las bibliotecas más importantes del mundo. […] Aun así, la ex directora considera que los riesgos de sufrir un robo son similares en todas las grandes instituciones de este tipo. De hecho, la Nacional ha sido víctima de sistemáticos saqueos a lo largo de su vida. “Hasta hace unas pocas décadas era frecuente que los historiadores de fama se llevaran legajos a su casa”, dice Ángel Alloza, historiador e investigador del CSIC, que conoce a fondo el mundillo. […] Pero el desinterés general no es incompatible con la codicia de los bibliófilos caprichosos. Por eso, las bibliotecas apuestan por perpetuarse en el soporte digital.

Lola Galán, «No toquen el incunable: La digitalización de fondos podría prevenir los robos en la Biblioteca Nacional», El País, 2 de septiembre de 2007.

La autora gacetillera de la pieza (des)informativa dice tal cantidad de sandeces, propias, mal digeridas o inducidas (tanto da) en tan pocas líneas, que recuerdo como si fuera ayer el respingo que di en el asiento mientras leía el reportaje. Teniendo en cuenta que El País parece que sigue siendo el primer periódico generalista de España y que, pese a todo, es uno de los pocos cuya lectura provoca, en general, una media sonrisa algo melancólica en lugar de una indignación desenfrenada o una risa entre histérica y jupiterina; el respingo del codicólogo que soy, pero también del bibliógrafo (material, analítico o básico, como prefiráis) era comprensible. ¿Y si alguna de las testas coronadas por el mandato ciudadano de gestionar lo público se creía esta sarta de estupideces medio iletradas? ¿Y si de verdad nos cortaban, a los investigadores – falsos, verdaderos, mediopensionistas, autóctonos, autocéfalos, autodidactas, autorizados, autómatas…- el acceso a los fondos? Quiero decir: ¿y si de verdad acababan cortándonoslo aún más? ¿Les iba a coger yo las medidas de la sisa y los bajos, puntizones y corondeles, a los manuscritos… por internet? ¿Le iba a ver yo las filigranas a los libros… por correo electrónico?

Menos mal que hay siempre mejores cosas que hacer que disputarles el sitio a los asnos de oro de la vida pública en general y la española en particular. Parua leues capiunt animos…

De repente se me acumulan cortesías de todo género que calman la inquietud que se nos supone a los que partimos. Algunas eran esperables; otras, inesperadas, le hacen a uno sentirse parte de aquel país de palabras que solo permite el asombro de las tecnologías que ya van dejando de ser nuevas. Tengo ya ganas de ver el Gianicolo y de brindar a la salud (y por la salvación) del bello país de Italia. Apenas atemorizan ya ogros de opereta, de esos que afectan de tanto en tanto al país del Bella Ciao lo mismo que a mi propio país.

De la Biblioteca Angelica contesta, cibernéticamente pizpireta, una bibliotecaria toda cortesía. De Nápoles, algo menos pizpiretos, hacen de la rapidez y el rigor de la respuesta una forma supuestamente nada italiana de cortesía. De la Casanatense, por querida persona interpuesta, responden también. Y yo siento un soplo de brisa romana entre plana y plana de mis papeles.
Que será bueno, pues, volver a Italia.

La guerra di Piero

Fabrizio de André

Dormi sepolto in un campo di grano
non è la rosa non è il tulipano
che ti fan veglia dall’ombra dei fossi
ma son mille papaveri rossi
lungo le sponde del mio torrente
voglio che scendano i lucci argentati
non più i cadaveri dei soldati
portati in braccio dalla corrente
così dicevi ed era inverno
e come gli altri verso l’inferno
te ne vai triste come chi deve
il vento ti sputa in faccia la neve
fermati Piero , fermati adesso
lascia che il vento ti passi un po’ addosso
dei morti in battaglia ti porti la voce
chi diede la vita ebbe in cambio una croce
ma tu no lo udisti e il tempo passava
con le stagioni a passo di giava
ed arrivasti a varcar la frontiera
in un bel giorno di primavera
e mentre marciavi con l’anima in spalle
vedesti un uomo in fondo alla valle
che aveva il tuo stesso identico umore
ma la divisa di un altro colore
sparagli Piero , sparagli ora
e dopo un colpo sparagli ancora
fino a che tu non lo vedrai esangue
cadere in terra a coprire il suo sangue
e se gli sparo in fronte o nel cuore
soltanto il tempo avrà per morire
ma il tempo a me resterà per vedere
vedere gli occhi di un uomo che muore
e mentre gli usi questa premura
quello si volta , ti vede e ha paura
ed imbracciata l’artiglieria
non ti ricambia la cortesia
cadesti in terra senza un lamento
e ti accorgesti in un solo momento
che il tempo non ti sarebbe bastato
a chiedere perdono per ogni peccato
cadesti interra senza un lamento
e ti accorgesti in un solo momento
che la tua vita finiva quel giorno
e non ci sarebbe stato un ritorno
Ninetta mia crepare di maggio
ci vuole tanto troppo coraggio
Ninetta bella dritto all’inferno
avrei preferito andarci in inverno
e mentre il grano ti stava a sentire
dentro alle mani stringevi un fucile
dentro alla bocca stringevi parole
troppo gelate per sciogliersi al sole
dormi sepolto in un campo di grano
non è la rosa non è il tulipano
che ti fan veglia dall’ombra dei fossi
ma sono mille papaveri rossi.