Sin embargo, tales éxitos no arrancaron la planta maligna que crecía en el corazón del maestro, sembrada en su niñez miserable, o que quizás había traído con él al mundo. Cualquier ocasión era buena para que sacara hacia afuera, hacia el sol de Florencia, sus duras ramas espinosas. No empleaba el tono hiriente sino el melancólico, pero quien lo escuchaba percibía, debajo de las frases plañideras que recordaban a los «piagnoni», a los llorones savonarolianos, el erizamiento de las púas, la armada cactácea permanente. Pierus Valerianus levantaba la vista de un diálogo platónico y, con un pretexto mínimo, se lanzaba a lamentar la desventura de quienes habían elegido el áspero camino de la docencia o de la investigación y ven transcurrir sus vidas triplemente acechados por la envidia, por el desdén y por el hambre. Algunos años después, cuando se produjo el saqueo de Roma, aquel espectáculo atroz le sugirió un libro, Contarenus sive de litteratorum infelicitate, en el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas. Al leerlo, ha vuelto a brotar de sus páginas muchos de los personajes a quienes Pierio Valeriano invocaba durante las clases florentinas. Casi no hay escritor de entonces que no haya sido ubicado por él en un peldaño de su escala de infelicidades.

Medici Riccardi

Hombres sin cesar sujetos al capricho de los grandes ambulan por sus páginas; hombres que, en tiempos de revuelta, perdían primero sus sueldos y luego sus cargos; hombres cuyos manuscritos eran quemados en los incendios de las ciudades y en las destrucciones urgidas por las pestes; hombres corridos a insultos y calumnias y por sus propios colegas; hombres que, en las labradas cárceles de los palacios, añoraban la ausente libertad de la cual gozaba el fraile mendicante más mínimo. Tal vez ésa fuera la causa de la pesadumbre de Valeriano, esa última: la noción de que era un prisionero en el palacio de la via Larga. Sin embargo, Pierio no hubiera podido vivir en otro lugar. Necesitaba la atmósfera del palacio, su tono, sus bibliotecas, sus antiguas colecciones; sentir que su sombra prolongaba tantas sombras memorables, la de Marsilio Ficino, la de Poliziano, la de Pico de la Mirandola… Lo he dicho: la protesta, las hieles del agravio, estaban metidas, estancadas dentro de él y nada podía contra eso. Después de todo, los escritores y los profesores, corona del humanismo, que, no obstante la retórica del miramiento, vivían eternamente postergados por los dueños de los señoríos, quienes los consideraban un poco como bufones y un poco como criados, en todo caso como miembros de una casta especial, aparte, a la que no había que tomar muy en serio porque entonces era capaz de volverse peligrosa (ya que los señores barruntaban que anhelaba usufructuar el poder, fundándonse en presuntas razones de inteligencia), no la pasaban mal en los caserones florentinos del siglo xvi.

Manuel Mujica Lainez, Bomarzo, capítulo ii («Incertidumbres del amor»), 1962.

«En el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas»: se olvidó de uno, al menos: Juan Luis Vives (1492-1540). Y de Alfonso de Zamora, claro, pero, en fin, no hay color, tampoco exageremos.

«Oranges», foto de n.gottier, 5 de marzo de 2006.

Anuncios

panoramica-otero

El viajero preguntó por el sector de los muertos de la guerra de 1914.

-Sí -dijo el guardián-. Se llama el sector del Souvenir Français. ¿Qué nombre busca?

-Henri Cormery -respondió el viajero.

El guardián abrió un gran libro forrado con papel de embalaje y siguió con su dedo terroso una lista de nombres. El dedo se detuvo.

-Cormery, Henri, «herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914».

-Eso es -dijo el viajero.

El guardián cerró el libro.

-Venga -dijo.

Y lo precedió en el camino hacia las primeras filas de tumbas, unas modestas, otras pretenciosas y feas, todas cubiertas de ese batiborrillo de mármol y abalorios que deshonraría cualquier lugar del mundo.

-¿Es un pariente? -preguntó el guardián con aire distraído.

-Era mi padre.

-Lo siento.

-No, no, yo aún no tenía un año cuando murió. Así que, usted comprenderá.

-Sí -dijo el guardián-, pero da igual. Fueron demasiados muertos.

Jacques Cormery no contestó nada. Seguramente habían sido demasiados muertos, pero en lo que respectaba a su padre, no podía inventarse una compasión que no sentía. Desde que vivía en Francia, hacía años, se prometía hacer lo que su madre, que había permanecido en Argelia, le pedía desde hacía tanto tiempo: ir a ver la tumba de su padre que ella misma jamás había visto. A Jacques le parecía que esa visita no tenía ningún sentido, ante todo, para él, que no había conocido a su padre, que ignoraba casi todo de lo que había sido y le horrorizaban los gestos y los trámites convencionales, en segundo lugar, para su madre, que nunca hablaba del desaparecido y no podía imaginar nada de lo que él vería. Pero como su viejo maestro se había retirado en Saint-Brieuc y de ese modo se le presentaba la oportunidad de volver a verle, resolvió visitar a ese muerto desconocido e incluso hacerlo antes de encontrar a su viejo amigo, para tras ello sentirse totalmente libre.

-Es aquí -dijo el guardián.

Habían llegado ante un sector cuadrado, rodeado por pequeños mojones de piedra gris unidos por una gruesa cadena pintada de negro. Las lápidas, numerosas, eran todas iguales, unos simples rectángulos grabados, situados a intervalos regulares en hileras sucesivas. Todas adornadas con un ramito de flores frescas.

-El Souvenir Français se encarga del mantenimiento desde hace cuarenta años. Mire, ahí está. -Señalaba una lápida en la primera fila.

Jacques Cormery se detuvo a cierta distancia de la piedra.

-Lo dejo -dijo el guardián.

Cormery se acercó a la lápida y la miró distraídamente. Sí, era efectivamente su nombre. Alzó los ojos. Por el cielo pálido pasaban lentamente pequeñas nubes blancas y grises y caía una luz leve que por momentos se apagaba. A su alrededor, en el vasto campo de los muertos, reinaba el silencio. Sólo llegaba un rumor sordo de la ciudad por encima de los altos muros. A veces una silueta negra pasaba por entre las tumbas lejanas. Jacques Cormery, la mirada puesta en la lenta navegación de las nubes en el cielo, trataba de percibir, detrás del olor de las flores mojadas, el aroma salado que en ese momento venía del mar lejano e inmóvil, cuando el tintineo de un cubo contra el mármol de una tumba lo sacó de sus ensoñaciones. Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento. Porque él mismo creía estar vivo, se había hecho él solo, conocía sus fuerzas, su energía, hacía frente a la vida y era dueño de sí. Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba. El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.

Albert Camus, El primer hombre,  (1960; publicado póstumamente); traducción de Aurora Bernárdez.

alcazar

Panorámica de Otero de Herreros desde el cementerio y las canchas, sacada de la página de su ayuntamiento; «Alcázar de Segovia», foto de Diorama Sky, 20 de octubre de 2007.

Pilans i parets mestres van esberlar-se bruscament; una fragor eixordadora en la qual es barrejaven el cruixir de jàsseres i bigues, l’ensulsiada d’escales, trespols, envans i revoltons, l’esmicolament de vidres i la trencadissa de maons, teules i rajoles, va retrunyir per la Baixada de la Ferradura mentre la casa s’esfondrava sense remei. De seguida, un núvol de pols, el primer dels que havien d’acompanyar la llarga agonia que començava aleshores, va elevar-se per sobre de la vila i es va esfilagarsar a poc a poc en l’aire lluminós del matí de primavera.

Anys després, quan la malesa encetada aquell dia del 1970 era memòria llunyana, temps amortallat amb teranyines de boira, una crònica anònima va aplegar un feix de testimonis colpidors sobre l’esdeveniment. El primer des del punt de vista cronològic, tot i que no resultava el més patètic, recollia l’aturada del rellotge del campanar esdevinguda la vigília enmig d’un capvespre tempestuós que pintava el cel de la vila amb carmins violacis, ors mortoïns i bromalles negres; segons el cronista, l’avaria era una premonició clara del que havia de passar l’endemà, un anunci del final inexorable del vell temps. L’angoixa es feia esborronadora en la descripció, deguda a un altre testimoni, de la nit a què havia donat pas la incertesa del crepuscle: la crònica parlava del silenci espès en els carrers deserts, silenci que volia reflectir el de la gent tancada a casa, pregant perquè no trenqués el dia. Tanmateix, entre les evocacions, la més colpidora era la del retruny sinistre de les onze del matí següent a la Baixada de la Ferradura: segons la crònica, els vilatans van sentir-se sotragats fins al moll de l’os pel començament del desastre.

Certament els testimonis resultaven impressionants. Ara bé, aquesta no era l’única característica que tenien en comú; en compartien una altra, potser insignificant però prou esclaridora del que va passar aquell dia nefast: tots, sense excepció, eren també absolutament falsos.

Jesús Moncada, Camí de sirga, 1988 (cinquena edició de 1998, dins Els Llibre de Butxaca, pàgs. 9 i 10).

«Certament els testimonis resultaven impressionants...»

«Certament els testimonis resultaven impressionants...»

[Pilares y paredes maestras se resquebrajaron de forma brusca; un fragor ensordecedor en que se mezclaban el crujir de jácenas y vigas, el hundimiento de escaleras, techumbres, tabiques y bovedillas, el hacerse trizas de cristales y el hacerse añicos de ladrillos, tejas y baldosas, retumbó por la Baixada de la Ferradura mientras la casa se hundía sin remedio. Enseguida, una nube de polvo, la primera de las que iban a acompañar la larga agonía que empezaba en ese momento, se elevó por encima de la villa y se fue deshilachando poco a poco en el aire luminoso de la mañana de primavera.

Años después, cuando el desastre que había iniciado aquel día de 1970 era memoria lejana, tiempo amortajado con telarañas de boira, una crónica anónima recogió un haz de testimonios conmovedores sobre el acontecimiento. El primero desde el punto de vista cronológico, por mucho que no fuera el más patético, recogía la parada del reloj del campanario acontecida la víspera en mitad de un atardecer tempestuoso que pintaba el cielo de la villa con carmines violáceos, dorados mortecinos y brumas negras; según el cronista, la avería era una premonición clara de lo que iba a pasar al día siguiente, un anuncio del final inexorable de la vieja época. La angustia se volvía aterradora en la descripción, debida a otro testigo, de la noche a que había dado paso la incertidumbre del crepúsculo: la crónica hablaba del pesado silencio en las calles desiertas, silencio que buscaba reflejar el de la gente encerrada en casa, rogando por que no llegase el alba. Sin embargo, entre las evocaciones, la más conmovedora era la del retumbar siniestro de las once de la mañana siguiente en la Baixada de la Ferradura: según la crónica, los habitantes de la villa se sintieron sacudidos hasta el tuétano por el principio del desastre.

Sin duda los testimonios resultaban impresionantes. Eso sí, no era esta la única característica que tenían en común; compartían otra, tal vez insignificante pero que aclaraba sobradamente lo que pasó ese día nefasto: todos, sin excepción, eran también absolutamente falsos.

Jesús Moncada (Mequinenza, 1941-Barcelona, 2005), Camino de sirga.]

«Mequinensa», foto de Aqualung1981, 5 de agosto de 2008.

انما أنا لم أجيء الى هنا لافكر في مصطفى سعيد، فها هي ذي بيوت القرية المتلاصقة من الطين والطوب الاخضر تشرئب بأعناقها أمامنا؛ وحميرنا تحث السير لانها شمت نجياشيمها رائحة البرسيم والعلف والماء. هذه البيوت على حافة الصحراء، كأن قوماً في عهد قديم أرادو أن يستقروا ثم نفضوا أيديهم ورحلوا على عجل. هنا تبدأ أشياء. وتنتهي أشياء. ومنطقة صغيرة من هواء بارد رطب يأتي من ناحية النهر، وسط هجير الصحراء، كأنه نصف حقيقة وسط عالم مليء بالأكاذيب. أصوات الناس والطيور والحيوانات تتناهى ضعيفة الى الأذن كأنها وساوس، وطقطقة مكنة الماء المنتضم تقوي الحساس بالمستحيل. والنهر، النهر الذي لولاه لم تكن بداية ولا نهاية، يجري نحو الشمال، لا يلوي على شيء، قد يعترضه جبل فيتجه شرقاً، وقد تصادفه وهدة من الأرض فيتجه غرباً، ولكنه أن عاجلا أو آجلا يستقر في مسيره الحتمي ناحية البحر في الشمال.

الطيب الصالح، موسم الهجرة إلى الشمال، صُدر في الأعمال الكاملة، بيروت، دار العودة، 1996(؟)، ص. 79.

Pero yo no he venido aquí para hablar de Mustafa Saíd; tengo ante mí estas casas de barro y ladrillo rojo [sic, por ¿«verde»?] pegadas unas a otras, estirando el cuello frente a nosotros, y a nuestros burros que aprietan el paso cuando les llega al hocico el olor de la alfalfa, del forraje y del agua. Estas casas, situadas al borde del desierto. Como si seres de otras épocas hubieran intentado establecerse aquí, pero luego, sacudiéndose el polvo, hubieran partido, veloces. Aquí empiezan las cosas y aquí terminan. Un leve soplo de brisa, fresca y húmeda, viene del río, en medio del calor sofocante del desierto, como una media verdad en un mundo lleno de mentiras. El bullicio de la gente, de los pájaros y de los animales llega amortiguado al oído, tan suave como un susurro, y el monótono gorgoteo de las bombas de agua aumenta la sensación de irrealidad. El río, el río sin el cual no habría principio ni fin, corre hacia el norte, indiferente a todo; si le sale al paso una montaña, tuerce hacia el este, si se encuentra con un precipicio, vuelve hacia el oeste, pero, tarde o temprano, su curso inexorable acaba en el norte, en el mar.

Táyyeb Sáleh, Época de migración al norte (primera edición árabe de 1967), traducción de María Luisa Cavero, Madrid, Huerga y Fierro Editores, 1998, pág. 83.


Rasha,  Sudán, ¿por qué?

[Vieja conocida de los mostoleños. Hace de esto más años de los que quisiera, la descubrí por primera vez, casi recién llegada ella a España con su hermano Wafir, que fue miembro de Radio Tarifa, en un concierto algo destartalado que ella consiguió angelar en un local de mi territorio indígena de periferia. Quizá la interpretación que os enlazo no sea precisamente impecable, pero quería dejaros la letra de una canción que no puede resultar indiferente a los habitantes de la Península Ibérica: «Sudán, ¿por qué / te han gobernado los militares…?».]


A estas alturas de esta película bloguera no tengo que justificar mi maurofilia y mi arabofilia cultural y lingüística, este último aspecto con una competencia menor de la que yo quisiera. Llegado el caso, no tengo inconveniente en justificar lo adecuado del apunte de hoy con mi carga genética aragonesa y cantar, a ritmo de jota, que lo hago porque quiero, porque puedo y porque me da la gana. No creo que haya que llegar al franco aunque rudo baturrismo. Sencillamente, hace unos días calló para siempre la voz de uno de los grandes: Táyeb Sáleh (lo de Táyyeb tiene un punto de pedantería etimológica). Cuando eso ocurre, que una voz necesaria se vuelve un recuerdo inmarcesible, esta casa de Alfonso se para y escucha. De paso, quizá se podría definir también así la trayectoria vital de Alfonso de Zamora: en algún momento cercano a 1492 se paró y se puso a escuchar unas voces que le venían de muy dentro y no dejó de prestarles atención hasta 1545, más o menos.

Yo le puedo agradecer a Táyeb Sáleh muchas cosas. La primera, que me enseñara árabe. Como los libros de Muhammad Shukri (محمد شكري, 1935-2003), los de Sáleh me enseñaron que se puede escribir en árabe con belleza y claridad. Y por tanto, que se puede leer en árabe con belleza, de lo que nunca había dudado, ni cuando me hacían leer Los avaros de Alyáhiz, y, también, con claridad. Eso, cuando se está intentando ir cumpliendo etapas de la dura ascensión que supone aprender una lengua, os aseguro que es muy de agradecer.

Aparte, la historia de lo que en español se ha llamado Época de migración al norte me tocó especialmente porque la descubrí precisamente en una de mis épocas de migración al norte, en las clases de James Montgomery. En árabe se puede hacer un juego de palabras y de raíces entre el territorio de la migración y del exilio (الغربة, alġurba), que, como la propia palabra indica, está siempre en Occidente (الغرب, alġarb), donde habitan los extranjeros, los extraños (الغرباء, alġurabāʔ) y donde uno es, por antonomasia, un extraño, un extranjero (غريب, ġarīb) porque, toda migración se puede resumir en un extrañamiento hacia Occidente (اِغتراب, iġtirāb). Al menos en árabe, lengua fundamentalmente transida de islam, cuyo hito histórico fundador no es ni más ni menos que una migración, una hégira, la misma palabra que utiliza Sáleh (migración) para titular su libro.

El protagonista de la novela es un migrante a Occidente (مغترب, muġtarib), como era yo en la época en que descubrí este relato sorprendentemente breve,  que, entre otras cosas, descubre el amor y la duda en Inglaterra. Y luego, antes y durante pasan muchas cosas, muchas. Pero mejor, id a la novela y descubridlas todas.

Como algo puramente personal, lo que siempre me ha atraído de esta Época de migración es la cantidad de sugerencias verbales que me ha aportado. El término que María Luisa Cavero traduce por época es en árabe موسم (mawsim) que, entre el amplio abanico de significados que posee, designa las romerías que en toda la cuenca mediterránea se hacen a tumbas de santos. En el Magreb es una práctica particularmente consolidada y a veces, por error, se induce a pensar que el culto de los santos sería una característica, con ribetes heréticos, del islam magrebí. Esto no es exacto y el culto de los santos, con variantes tan diversas como diverso es el islam, es casi un universal de la práctica popular de la religión, al menos en los países de la cuenca mediterránea. Me transmite una sensación de amigable familiaridad y de entrañable convivencia multicultural el hecho de que muchos, si no casi todos, de esos santos mediterráneos han sido una práctica compartida por judíos, musulmanes y cristianos. Por que se me entienda claramente: los adeptos de las tres religiones iban a las mismas ermitas donde reposan los cuerpos de los santos.

Sidi Testur, Figuig (Marruecos), en la frontera con Argelia. Foto de Wissem Gueddich, octubre de 2008.

Sidi Testur, Figuig (Marruecos), en la frontera con Argelia. Foto de Wissem Gueddich, octubre de 2008.

De la abundante bibliografía de esas romerías que comparten musulmanes, judíos y, en algún caso, cristianos, y sin ánimo de exhaustividad, la primera referencia es, creo, la amplia monografía de Josef W. Meri, The Cult of saints among Muslims and Jews in Medieval Syria, Oxford, Oxford University Press, 2002; a la que hay que añadir, por ejemplo, Yoram Bilu, «Encountering the sacred : saint veneration and visitational dreams among Moroccan Jews in Israel», en Thomas A. Idinopulos y Edward A. Yonan (ed.), The Sacred and Its Scholars; Comparative Methodologies for the Study of Primary Religious Data, Leiden, Brill, 1996, págs. 89-103; André Eliyahu Elbaz, «Le culte des saints dans le conte populaire des Séphardim canadiens d’origine marocaine», Fabula: Zeitschrift für Erzählforschung (Berlín), vol. xxiii, nº. 1-2 (1982), págs. 64-74; Rivka Gonen, («כיצד נוצר קבר יהודי קדוש : מקרה קבר רחל אשת רבי עקיבא» [Cómo se crea la tumba de un santo judío: el caso de la tumba de Raquel, esposa de Rabbí Aqiva ], en Rivka Gonen, אל קברי צדיקים; עליות לקברים והילולות בישראל [A las tumbas de los santos: romerías a tumbas y fiestas conmemorativas en Israel], Jerusalén y Tel Aviv, Israel Museum y Yediot Aharonot-Sifre Hemed, 1998, págs. 75-85; Joel L. Kraemer, «A Jewish cult of the saints in Fatimid Egypt», en Marianne Barrucand, L’Égypte fatimide – son art et son histoire; actes du colloque organisé à Paris, mai 1998, París, Presses de l’Université de Paris-Sorbonne, 1999, págs. 579-601; André Lévy, «Ethnic aspects of Israeli pilgrimage and tourism to Morocco», Jewish Folklore and Ethnology Review (Nueva York), vol. xvii, nº. 1-2 (1995), págs. 20-24; Janice Rosen, « From the Maghreb to Montreal : Moroccan saint veneration among Muslims and Jews», en Charles Selengut, Jewish-Muslim Encounters; History, Philosophy and Culture, Saint Paul, MN, Paragon House, 2001, págs. 51-71; Ephraim Shoham-Steiner, «”For a prayer in that place would be most welcome”: Jews, holy shrines, and miracles – a new approach», Viator; Medieval and Renaissance Studies (Turnhout, Bélgica), vol. xxxvii (2006), págs. 369-395; Haïm Zafrani, «Droit rabbinique et sainteté (“halakhah” et “qedushah”) : une idée de sainteté laïque chez Maïmonide», Revue européenne des études hébraïques (Saint-Denis, Francia), nº. 9 (2003), págs. xiii-xxxi.

Quizá la historia de amor y de retorno de un estudiante sudanés a Inglaterra, como la historia de amor de los habitantes del Magreb, toutes religions confoundues, con sus santos tradicionales, enseñe mucho más sobre las verdades inherentes de la vida de lo que un blog tirando a torpe pueda decir. Por eso, parémonos y escuchemos:

وآثرت ألا أقول بقية ما خطر على بالي: “مثلنا تماماً. يولدون ويموتون وفي الرحلة من المهد إلى اللحد يحملون أحلاماً بعضها يصدق وبعضها يخيب. يخافون من المجهول، وينشدون الحب، ويبحثون عن الطمأنينية في الزوج والولد. فيهم أقوياء، وبينهم مستضعفون، بعضهم أعطته الحياة أكثر مما يستحق، وبعضهم حرمته الحياة. لكن الفروق تضيق وأغلب الضعفاء لم يعودوا ضعفاء”. لم أقل لمجحوب هذا، وليتني قلت، فقد كان ذكياً. خفت، من غروري، ألا يفهم.

Preferí no decir lo que se me estaba ocurriendo: «Son exactamente como nosotros. Nacen y mueren, y en su viaje de la cuna a la tumba persiguen algunos sueños que se hacen realidad y otros que nunca se logran. Tienen miedo a lo desconocido, buscan el amor y aspiran a conseguir la felicidad en el matrimonio y con los hijos. Unos son fuertes y a otros se les considera débiles. A algunos la vida les ha dado más de lo que se merecen y otros, en cambio, carecen de lo más elemental. Pero las distancias se van acortando y hay cada vez menos débiles.» Eso no se lo dije a Mahchub -ojalá se lo hubiera dicho, porque era una persona inteligente-, pero en mi vanidad creí que no lo iba a entender.

[J. S. Bach, Concierto para oboe y violín en do menor, BMW 1060]

Melchisedech giudeo con una novella di tre anella cessa un gran pericolo dal Saladino apparecchiatogli.

[El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos se salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino.]

Poi che, commendata da tutti la novella di Neifile, ella si tacque, come alla reina piacque Filomena cosí cominciò a parlare.

[Después de que, alabada por todos la historia de Neifile, calló ésta, como gustó a la reina, Filomena empezó a hablar así:]

La novella da Neifile detta mi ritorna a memoria il dubbioso caso già avvenuto a un giudeo. Per ciò che già e di Dio e della verità della nostra fede è assai bene stato detto, il discendere oggimai agli avvenimenti e agli atti degli uomini non si dovrà disdire: a narrarvi quella verrò, la quale udita, forse piú caute diverrete nelle risposte alle quistioni che fatte vi fossero. Voi dovete, amorose compagne, sapere che, sí come la sciocchezza spesse volte trae altrui di felice stato e mette in grandissima miseria, cosí il senno di grandissimi pericoli trae il savio e ponlo in grande e in sicuro riposo. E che vero sia che la sciocchezza di buono stato in miseria alcun conduca, per molti essempli si vede, li quali non fia al presente nostra cura di raccontare, avendo riguardo che tutto il dí mille essempli n’appaiano manifesti: ma che il senno di consolazion sia cagione, come premisi, per una novelletta mostrerò brievemente.

[La historia contada por Neifile me trae a la memoria un peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez más cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros. Debéis saber, amorosas compañeras, que así como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré brevemente con un cuentecillo.]

Il Saladino, il valore del quale fu tanto, che non solamente di piccolo uomo il fé di Babillonia soldano ma ancora molte vittorie sopra li re saracini e cristiani gli fece avere, avendo in diverse guerre e in grandissime sue magnificenze speso tutto il suo tesoro e per alcuno accidente sopravenutogli bisognandogli una buona quantità di denari, né veggendo donde cosí prestamente come gli bisognavano avergli potesse, gli venne a memoria un ricco giudeo, il cui nome era Melchisedech, il quale prestava a usura in Alessandria. E pensossi costui avere da poterlo servire, quando volesse, ma sí era avaro che di sua volontà non l’avrebbe mai fatto, e forza non gli voleva fare; per che, strignendolo il bisogno, rivoltosi tutto a dover trovar modo come il giudeo il servisse, s’avisò di fargli una forza da alcuna ragion colorata.

[Saladino, cuyo valer fue tanto que no solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de Babilonia , sino también lograr muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en grandísimas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por algún accidente que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente como los necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría; y pensó que éste tenía con qué poderlo servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad propia no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó por completo a encontrar el modo como el judío le sirviese, y se le ocurrió obligarle con algún argumento verosímil.]

E fattolsi chiamare e familiarmente ricevutolo, seco il fece sedere e appresso gli disse: «Valente uomo, io ho da piú persone inteso che tu se’ savissimo e nelle cose di Dio senti molto avanti; e per ciò io saprei volentieri da te quale delle tre leggi tu reputi la verace, o la giudaica o la saracina o la cristiana».

[Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le hizo sentar con él y después le dijo: -Hombre honrado, he oído a muchas personas que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello querría saber cuál de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.]

E fattolsi chiamare e familiarmente ricevutolo...

E fattolsi chiamare e familiarmente ricevutolo...

Il giudeo, il quale veramente era savio uomo, s’avisò troppo bene che il Saladino guardava di pigliarlo nelle parole per dovergli muovere alcuna quistione, e pensò non potere alcuna di queste tre piú l’una che l’altre lodare, che il Saladino non avesse la sua intenzione; per che, come colui il qual pareva d’aver bisogno di risposta per la quale preso non potesse essere, aguzzato lo ‘ngegno, gli venne prestamente avanti quello che dir dovesse; e disse: «Signor mio, la quistione la qual voi mi fate è bella, e a volervene dire ciò che io ne sento mi vi convien dire una novelletta, qual voi udirete. Se io non erro, io mi ricordo aver molte volte udito dire che un grande uomo e ricco fu già, il quale, intra l’altre gioie piú care che nel suo tesoro avesse, era uno anello bellissimo e prezioso; al quale per lo suo valore e per la sua bellezza volendo fare onore e in perpetuo lasciarlo ne’ suoi discendenti, ordinò che colui de’ suoi figliuoli appo il quale, sí come lasciatogli da lui, fosse questo anello trovato, che colui s’intendesse essere il suo erede e dovesse da tutti gli altri esser come maggiore onorato e reverito. E colui al quale da costui fu lasciato tenne simigliante ordine ne’ suoi discendenti, e cosí fece come fatto avea il suo predecessore; e in brieve andò questo anello di mano in mano a molti successori, e ultimamente pervenne alle mani a uno il quale avea tre figliuoli belli e virtuosi e molto al padre loro obedienti, per la qual cosa tutti e tre parimente gli amava. E i giovani, li quali la consuetudine dello anello sapevano, sí come vaghi ciascuno d’essere il piú onorato tra’ suoi, ciascun per sé, come meglio sapeva, pregava il padre, il quale era già vecchio, che quando a morte venisse a lui quello anello lasciasse. Il valente uomo, che parimente tutti gli amava né sapeva esso medesimo eleggere a quale piú tosto lasciar lo volesse, pensò, avendolo a ciascun promesso, di volergli tutti e tre sodisfare: e segretamente a un buon maestro ne fece fare due altri, li quali sí furono simiglianti al primiero, che esso medesimo che fatti gli aveva fare appena conosceva qual si fosse il vero; e venendo a morte, segretamente diede il suo a ciascun de’ figliuoli. Li quali, dopo la morte del padre, volendo ciascuno la eredità e l’onore occupare e l’uno negandola all’altro, in testimonianza di dover ciò ragionevolmente fare ciascuno produsse fuori il suo anello; e trovatisi gli anelli sí simili l’uno all’altro, che qual fosse il vero non si sapeva cognoscere, si rimase la quistione, qual fosse il vero erede del padre, in pendente: e ancor pende. E cosí vi dico, signor mio, delle tre leggi alli tre popoli date da Dio padre, delle quali la quistion proponeste: ciascun la sua eredità, la sua vera legge e i suoi comandamenti dirittamente si crede avere e fare, ma chi se l’abbia, come degli anelli, ancora ne pende la quistione».

[El judío, que verdaderamente era un hombre sabio, advirtió demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no podía alabar a una de las tres más que a las otras sin que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:-Señor mío, la cuestión que me proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su heredero y debiese ser por todos los demás honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada uno mostró su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía. Y lo mismo os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía está pendiente la cuestión-].

Il Saladino conobbe costui ottimamente esser saputo uscire del laccio il quale davanti a’ piedi teso gli aveva, e per ciò dispose d’aprirgli il suo bisogno e vedere se servire il volesse; e cosí fece, aprendogli ciò che in animo avesse avuto di fare, se cosí discretamente, come fatto avea, non gli avesse risposto. Il giudeo liberamente d’ogni quantità che il Saladino il richiese il serví, e il Saladino poi interamente il sodisfece; e oltre a ciò gli donò grandissimi doni e sempre per suo amico l’ebbe e in grande e onorevole stato appresso di sé il mantenne.

[Conoció Saladino que éste había sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y honrado estado lo conservó junto a él.]

Giovanni Boccaccio (1313-1375),  El Decamerón, jornada primera, novela tercera.

Sí que no siempre se está en los templos; no siempre se ocupan los oratorios; no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean. Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse. Para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan, con curiosidad, los jardines.

Miguel de Cervantes, “Prólogo al lector” de sus Novelas ejemplares, ya que aún no he encontrado a la deliciosa lozana andaluza en mis vueltas y revueltas por Roma. (Momento cervantino inspirado por Rafael Reig).

PD: Acabo de volver de Nápoles. Solo tengo un pero: que el manuscrito alfonsino que he descubierto, poblado de secretos y serendipias, tenga que haber acabado, precisamente, en Nápoles. ¡Malhaya el Cardenal Brancaccio!