Auch jetzt erschrecke ich wie alles beim
Schreiben und Sprechen zu Silben und Vorsilben
wird und Rücken an Rücken in den Regalen
zu Büchern
fünf Buchstaben kürzen ein Leben
auf ein Wort zusammen und zehn, nein elf
sprechen von einem Jahrhundert und
Schicksale brauchen noch weniger Lettern
eine Silbe genügt daß wir Bescheid
wissen ob einer lebt oder ablebt
o diese Kürze der Sprache die es nicht fassen kann


Incluso ahora me asusto de cómo, hablando y escribiendo,
todo se vuelve partículas y sílabas
y lomos tras lomos en las estanterías
se vuelven libros
cuatro letras abrevian una vida
a nada más que una palabra y cinco, no cuatro,
hablan de un siglo y pocas más precisan los destinos
una sílaba basta para que sepamos
si uno vive o desvive
ah, tan conciso este idioma que no puede abarcarse

Walther Petri

(interpretación de C. Navarro)

Si yo vo os escriuere loque por el alma aueys de hazer con el primero que venga si viniere / y si veola Paz que alla esta continua la enbiare a tada co[n] este ñudo de Salamon / desatela quien la quisiere […].

(Si yo vo[y], os escriveré lo que por el alma habéis de hacer con el primero que venga, si viniere. Y si viene la Paz, que allá está continua, la enviaré atada con este nudo de Salomón. Desátela quien la quisiere)

Francisco Delicado, La lozana andaluza, mamotreto lxvi, f.º 51vº, Venecia (1528)

***

Aunque ya lo dijera ese eximio ciudadano y sagaz pesquisidor que es Enric González, puede que sea cierto que un conjunto de políticas sociales (jubilación; Ley de Dependencia; guarderías; escuelas primarias, secundarias y terciarias; clubes de brisca, teatro de calle o lanzafuegos, para edades e inclinaciones diversas) se quedaran muy sosas, como una paella sin alcachofas o sin berenjenas (por separado) sin la ayuda simbólica de una nación que subrogue el bucle melancólico de un Estado. Seguramente sea así, y sea además inevitable, de momento y sin perspectivas de cambio, aherrojados como estamos a pagar impuestos (pocos en España o en México, un suponer, más en Francia o en Suecia, como si dijéramos) con el fin último y loable de salvar los respectivos sistemas bancarios y la gran alifara global de usureros cofrades. Todo esto, seguramente, será verdad. Pero yo, igual que Enric González, no puedo por menos que dolerme de algunas excrecencias de esa necesaria política vexilológica e identitaria, aunque solo sea porque quien tiene Estado y Nación anda como puta por rastrojo o cagallón por acequia mirando que no se la quiten (España, Francia o Israel, pongo por caso) y quien tiene Nación pero no Estado anda como perro sin amo por ver si lo consigue (Cataluña, Flandes o Córcega, quizá). Unos y otros perviven, entretenidos y diversos, sostenidos por la labor de zapa del quintacolumnismo, ese notable desarrollo del pensamiento abstracto humano. No somos conscientes cabalmente de cuánto les debemos a los traidores.

Pero, en fin, yo quería hablar de lenguas (como casi siempre). Una de las más molestas supuraciones de la inflamación nacionalista son lo que yo llamo «ristras de morcillas», muy dadas a aparecer en las discusiones glotonímicas: que si el holandés es alemán, que si el israelí es hebreo, que si el otomano es turco, que si el cantonés es «lengua patria» o mandarín, que si el gallego es portugués, que si el valenciano es catalán, que si español o castellano. Para mayor comodidad, les he ordenado las discusiones de menor a mayor grado de ridículo. Otro variante de «ristra de morcillas» es, ya se lo esperaban ustedes, pillastres, la de las «glorias patrias». Son muy dados al género los panegiristas de la Lengua Española (otro notable desarrollo del pensamiento simbólico humano: las lenguas hechas damiselas con nombres y apellidos, siempre en peligro de que les mancillen el honor, la semántica, la sintaxis y el sursumcorda algunos caballeretes advenedizos –calculen la osadía: «barbarismos» los llaman en conjunto– con una única obsesión, la de metérsela a las damiselas. Ya les hablaba yo del quintacolumnismo. Menos mal que, cuando menos uno en cada generación, nos toca en suerte un Fernando Lázaro Carreter que nos atice unos dardazos y se asegure, como Nebrija para sus hijos, un lugar bajo el sol de los royalties editoriales tres o cuatro generaciones a cuenta de la Lengua). En el hit parade (o en el top ten) de las «ristras de morcillas» castizas figura aquella aparente baladronada de Carlos V, pronunciada delante del Papa Pablo III (de cierta relevancia en nuestras futuras andanzas zamorescas por Leiden) en Roma, el 17 de abril de 1536, dirigida al Obispo de Mâcon, presente en el caput mundi romano, que se desempeñaba de embajador de Francisco I de Francia ante la Santa Sede:

Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana.

En un momento morcillero de Don Manuel García Blanco, el ilustre sabio afirma:

Este es el notable hecho político que queríamos destacar en el umbral de esta disertación. Que si mis cuentas no yerran, es el tercero que va ligado a la portentosa conversión del castellano en lengua nacional.

Lo cual, en principio, está muy bien como afirmación. Yo, personalmente, nunca he tenido nada contra la masturbación («lengua nacional» y esas pajillas). Preferir, si puedo elegir, siempre he preferido el sexo compartido y exótico, de ahí, supongo, mi interés por las lenguas llamadas extranjeras (el mundo es ancho, ajeno y sabrosón, ya se sabe). Justifica su alemanita nacional García Blanco citando a su maestro Menéndez Pidal, contra lo que tampoco (¡Dios me libre!) tengo nada en contra (solo faltara). Pero supongo que el hecho de que Menéndez Pidal se tocara con poco pudor no obliga a que los demás nos quedemos ciegos a base de onanismo.

La cosa es que yo, en realidad, no quería hablarles hoy de Carlos V ni de la «portentosa conversión» en lengua nacional (¿nacional de qué? ¿Del imperio europeo de Carlos V? Ah, como Vicent se ha tomado una excedencia, recuérdenme que un día les explique porque los soberanos de Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca y las Dos Sicilias eran «Reyes de Aragón» y Carlos Quinto era eso, precisamente, «Quinto» y casi nunca «Primero»).

(más…)

Despacico y callandico, vengo a [d]ici[r]te que te quiero:
no se lo digas a nadie que me muero, que me muero…

Probablemente, todo sea mentira. No radica ahí, sin embargo, la necesidad de buscar: el oficio y el ocio de historiar necesita de la curiosidad y, probablemente, se acabe en la curiosidad misma. Le repetía a N. el otro día lo que hablamos Alex y yo hace ya un tiempo que se aleja en Mánchester: lo inconcebible que resulta en inglés de estudioso trufar la argumentación de «sin duda» o de «evidentmente», como hace el francés sapiente. Quizá, puesto a escribir esta tesis de divorcio en francés, se me desbordan los «sin duda» y los «evidentemente», que con paciencia me habían enseñado y yo había aprendido a desbrozar con tradiciones distintas a la que era la mía (que podríamos llamar la española) y a la que me entretiene ahora (que es sin duda la francesa).

Lo primero, probablemente, sea reconocerse. Una vez reconocido, lo segundo, casi seguro, sea sospechar que no somos lo que hemos reconocido. No negaré lo válido de quedarse a medias: solo digo que, si se vislumbra con algo de acierto que la sintaxis que reconstruimos no es más que una reconstrucción (por muy útil que resulte para seguir adelante esa habitación levantada con los materiales de derribo), quizá haya que inmiscuirse en otras partes de la casa, hasta reconocer en lo improbable de nuestro linaje lo imposible de lo pasado. No negaré tampoco, aunque sea con un suspiro, lo incómodo de andar fisgoneando y los reproches, bien fundados, que acarreará. Es, ciertamente, un ejercicio censurable.

(más…)

No pocas veces Alfonso de Zamora resulta entrañable. Vean, por ejemplo, una declaración polémica que hacía en su Epístola a los judíos de Roma (אגרת ששלח המחבר ממלכות ספרד אל היהודים אשר במדינת רומה לתפוש אתם במשובתם), publicada en 1526:

Muy amablemente, Alfonso dejó una traducción interlineal, palabra por palabra (literalmente) y tuvo además el detalle de traducir en el índice el título de la epístola: Epistola autoris ad infideles Hebraeos vrbis Romae, qua manifeste redarguit eorum perfidiam; pero yo entiendo que la vida no está para muchos latines, así que aquí les romanceo el fragmento:

Pues, hasta hoy, no se encuentra ni un solo alumno que pueda o sepa hablar vuestra lengua [el hebreo] según el orden de la gramática, como hacen los creyentes de nuestra santa fe, que hablan la lengua latina [romana] por las reglas de su gramática que les dieron los autores antiguos y modernos. Se mofan de vosotros porque no sabéis hablar vuestra lengua salvo si acudís a los Veinticuatro Libros [=la Biblia], a fin de recordar el versículo que os hable según vuestra frase.

Uno de los temas que van a salir en la tesis del divorcio bastante de refilón, seguramente para mi desdoro, será la relación que mantuvo Alfonso entre un ideal pedagógico, fundamentalmente gramatical como vemos, y la realidad de su formación. Por mucho que amoneste a los rabinos romanos lo irracional del tratamiento que le dan a la lengua hebrea, él no es hijo de ningún aprendizaje «racional» (o más bien, «racionalista») sino un puro hijo del hebreo (y del arameo) tal y como se transmite por la tradición judía. Sea o no «racionalista» esta enseñanza, y el aprendizaje consecuente, no nos incube en este momento y queda al albur del criterio de la amable lectora y su contraparte masculina nada genérica. Lo que nos interesa hoy es esa relación íntima de Alfonso de Zamora con el hebreo (y el arameo), sobre la que yo me he preguntado ya alguna vez. Hagan ustedes la prueba: el hebraísta de boquilla puede diferenciarse del hebraísta de lustre por el sencillo método de comprobar si se entiende más perdido que un pato en un garaje a la hora de entender y evocar la liturgia judía. Si la liturgia judía le resulta, mayormente, chino mandarín en vez de hebreo rabínico (que es lo que le debería parecer), está usted delante de un hebraísta de boquilla (como yo). No, no se crean que es modestia vergonzante: es solo que un servidor sabe de sobra de sus limitaciones, como mi rabino de cabecera (mi querido H.) nos hizo ver a unos cuantos cuando nos acribilló a preguntas sobre lo básico más básico de la liturgia sinagogal (actual, no se vayan a pensar que nos lo ponía difícil), obteniendo por toda respuesta caras estupefactas (o «de gilipollas», por si quisieran ustedes servirse de un geosinónimo caro al sentimiento de quien esto escribe). El primer deber del científico (o de lo que sea) es conocer los límites del propio (des)conocimiento, que otros llaman con más tino «ignorancia».

(más…)

MSS Gasteiz detalle

Manuscrito de Vitoria-Gasteiz, autógrafo de Alfonso de Zamora, antes de 1538.

Esta idea de la lengua vulgar como degeneración de la culta es absurda, dado que es ésta la que se fundamenta en aquella y no al revés. Aunque los hablantes tengan como modelo más o menos consciente la lengua culta, tal como ha sido inducido por la educación, e intenten atenerse a los modelos oficiales considerados como correctos (y por más que esos intentos tengan sin duda alguna influencia, aunque superficial, en la actividad lingüística de la población), la competencia lingüística automática (la que se utiliza en la mayor parte de las situaciones de la vida cotidiana) se fundamenta en unos hábitos lingüísticos constituidos y adquiridos en la etapa infantil pre-educativa de adquisición de la lengua, que no se pueden modificar de modo sustancial en la vida adulta. Esto nada tiene que ver con el descuido o la indolencia de los hablantes, que hablan a su aire sin preocuparse de la gramática y del diccionario. El habla característica de una comunidad se atiene a una serie de reglas (no coincidentes con las reconocidas oficialmente para la correspondiente lengua culta) tanto fonéticas como morfológicas, sintácticas y semánticas, que permiten un espacio de variación específico en todos los ámbitos y que hacen que un extranjero que no domine todas esas reglas con el conjunto de sus variedades y realizaciones variables, sea inmediatamente reconocido como tal al hablar nuestra lengua. Si la lengua oral espontánea de una determinada comunidad lingüística no se rigiera por ningún conjunto de reglas implícitamente asumidas por todos los miembros de esa comunidad y cada uno hablara a su aire, sin seguir ningún conjunto de normas lingüísticas, no se podría entender esta característica que acabamos de señalar de la detección del habla del extranjero. La idea de que la lengua vulgar supone una relajación o abandono total o parcial de las reglas lingüísticas es, pues, radicalmente falsa. El habla espontánea tiene su propia gramática que normalmente no coincide con la reconocida oficialmente como correcta y que caracteriza una determinada lengua estándar. Por tanto, la lengua oral espontánea (o las diversas variedades de ella) no presenta la misma gramática que la lengua culta pero más relajada, laxa o descuidada sino una gramática diferente, que, por desgracia, los lingüistas apenas conocen, dado que durante la mayor parte del tiempo y siguiendo las concepciones filológicas de la gramática de origen clásico, se han dedicado a describir las lenguas cultas escritas y no las lenguas tal como se hablan espontáneamente.

Juan Carlos Moreno Cabrera, «Gramáticas y academias. Para una sociología del conocimiento de las lenguas», Arbor (Madrid), vol. clxxxiv, n.º 731 (2008), pág. 526 (págs. 519-528).

¿Se me entiende?

[Primera entrega de la serie: aquí]

A musa da Historia, Clío, tivo os seus adoradores nos membros dunha sociedade secreta denominada »Der Schatz«, en Berlín, a mediados do século xviii. Chamábanlle estes a Gran Caroqueira e homenaxeábana con cantos e poemas, pero sobre todo coa escritura e a lectura de textos apócrifos. Destes últimos pensaban que tiñan o poder de modificar o Pasado e cambiar para ben o curso da Humanidade.

W. Lübbe, Das Zeichen, Berlín, 1927, según Carlos Casares, Os escuros soños de Clío, Vigo, Galaxia, 1979 (sexta edición de 1994).

Fragmento del principio de la copia con traducción latina del Targum al Cantar de los Cantares, obra de Alfonso de Zamora conservada actualmente en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense.

Fragmento del principio de la copia con traducción latina del Targum al Cantar de los Cantares, obra de Alfonso de Zamora conservada actualmente en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense.

Por seguir nuestras indagaciones targúmicas que dejamos abandonadas hace algunos días, vayamos ahora a uno de mis targumim preferidos, basado a su vez en uno de mis libros preferidos de la Biblia: el Cantar más bello, o Cantar de los cantares de Salomón. Probablemente uno de sus versículos más famosos sea el segundo del primer capítulo:

ישקני מנשיקות פיהו כי טובים דודיך מיין

Francisco Cantera Burgos lo romancea así: «¡Bésame de los besos de tu boca! Cierto, mejor que vino son tus amores». Como suelen hacer buena parte de las traducciones bíblicas, corrige la tercera persona singular del verbo ישקני («béseme») para acomodarlo con la segunda persona del singular de דודיך («tus amores»). La tradición textual judía suele corregirlo, por el procedimiento del kĕtiv/qĕreʔ, «escrito está [así], pero se ha de leer [asá]», una especie de lectio facilior, potior («la conjetura textual más fácil debe prevalecer»), dándole la vuelta a un principio conocido de la crítica textual (ecdótica, para los amigos) que reza lectio difficilior, potior (“la conjetura textual más difícil debe prevalecer”). El principio masorético (la masora es la crítica textual propia de la Biblia) del kĕtiv/qĕre’ indica los casos en que hay que enmendar el texto escrito y pronunciarlo de una manera distinta a como está escrito. Quizá el caso más célebre sea el del nombre propio de Dios, lo que en expresión griega se llamó el Tetragramamaton («El de las cuatro letras») y en hebreo el Šem hammĕforaš («El nombre explícito»), compuesto del kĕtiv YHWH. Es decir, estas cuatro letras, י-ה-ו-ה, será lo que uno se encuentre al leer el texto hebreo bíblico. Pero, con una nota al margen del texto, el qĕre’ Adonai, se indica lo que la tradición judía marca que hay que pronunciar en ese mismo caso. Así que ya saben: Adonai y no, por caridad del Cielo, Jehová, indicio que a mí siempre me ha parecido claro de que el fuerte de Joseph Franklin Rutherford, segundo presidente de los Testigos de Jehová que les dio su nombre actual, no fue precisamente la filología bíblica.

Emilia Fernández Tejero, en un curioso librito titulado El cantar más bello. El Cantar de los cantares de Salomón, Madrid, Trotta, 1994, transpone el mismo versículo hebreo de la siguiente forma: «Bésame con esos besos tuyos, son mejores que el vino tus caricias»; y yo no tengo nada que decir de la fidelidad de la traducción o su contrario: solo felicitarme de su aliento poético.

¿Y que nos dice el Targumista que dicen estos dos sencillos hemistiquios?:

אמר שלמה נביא בריך שמיה דה דיהב לן אוריתא על ידוי דמשה ספרא רבא כתיבא על תרין לוחי אבנא ושתה סידרי ותלמודא בגרסא והוה מתמלל עמן אפין באפין כגבר דנשיק לחבריה מן סגיאות חיבתא דחביב לן יתיר מן שבעין אומיא

Dijo el profeta Salomón: «Bendito sea el nombre de Aquel que nos dio la Ley por mano de Moisés, el gran escriba, escrita en dos tablas de piedra, [junto] con los seis órdenes de la Misna y el Talmud por la tradición oral, y que nos habló cara a cara, igual que un hombre besa a su amigo, por tanto amor con que nos amaba, más que a las setenta naciones.»

Philip Alexander, en su magnífica traducción al inglés, con extenso comentario, publicado en la serie The Aramaic Bible (The Targum of Canticles, Londres, Nueva York, T&T Clark, 2003, colección “The Aramaic Bible”, vol. 17A, págs. 78-79), traduce así al inglés el mismo pasaje targúmico:

Solomon the prophet said: “Blessed be the name of the Lord who gave us the Torah at the hands of Moses, the Great Scribe, [both the Torah] written on the two tablets of stone, and the Six Orders and Talmud by oral tradition, and [who] spoke to us face to face as a man kisses his friend, out of the abundance of the love wherewith He loved us more than the seventy nations.”

¿De dónde ha salido nada menos que Dios, Moisés, dos tablas de piedra, seis órdenes de la Mišna, el Talmud y, porque parece que al fondo había sitio, setenta naciones?

En la interpretación targúmica del versículo, Salomón, que aquí aparece ejerciendo sobre todo su vertiente profética (la misma que le reconoce, por ejemplo, el islam), pronuncia una eulogia o bendición de Dios, como es la norma de la literatura rabínica: «Bendito sea el nombre de Aquel que nos dio la Ley». La bendición sigue la tercera persona del singular («béseme con besos de su boca») y aprovecha para hacer la amalgama textual que permite unir los besos con los dones de Dios al Pueblo de Israel (y, no lo olvidemos, por extensión a la humanidad): los dones son la Torá, tanto escrita como oral; la Mišna, comentario de la Biblia, y la Gĕmara, supercomentario de la Mišna, que forman juntas el Talmud. Como en la interpretación tradicional del judaísmo, el texto del Cantar de los cantares es un trasunto del amor de Dios por Israel. Así, béseme con besos de su boca se iguala a la paráfrasis como besa un hombre a su amigo. Con esta frase queda clara que Dios y su pueblo de Israel no pueden ser españoles: si acaso árabes, franceses o argentinos, lo que no debería causarnos demasiada sorpresa, puesto que ya los pertenecientes a cualquiera de esas categorías nacionales tenían cierta conciencia de su naturaleza divina.

Sin duda, queda un misterio por resolver: ¿quiénes son esas setenta naciones que irrumpen de súbito en la exégesis targúmica? El hemistiquio en cuestión del versículo reza son mejores que el vino tus caricias [o tus amores o, incluso, tus amados]. La clave está en el vino (in vino, veritas). Vino, en hebreo, está compuesto de tres letras: יין (pronunciado yáyin). Como sabéis de otras incursiones numerológicas recientes, cada letra hebrea tiene un valor numérico, igual que en el caso de los alfabetos latino, griego o árabe. Pues bien, la suma del valor numérico de esas tres letras, 10 + 10 + 50, da… 70. El símbolo de las setenta naciones es bien conocido en la tradición judía. Se basa en la enumeración de naciones que hay en el mundo según el capítulo décimo del Génesis: cada nación corresponde con uno de los setenta nietos de Noé (los cristianos, como San Agustín, siguiendo a la traducción griega, aunque de naturaleza judía, de los Setenta, cuentan setenta y dos naciones). En un comentario al Cantar algo más antiguo que este targum, el Cantar de los cantares-Rabbá (traducción y edición de Luis Fernando Girón Blanc, Estella-Lizarra, Verbo Divino, 1991), el rabino Huna de Seforis interpreta el versículo 8 del capítulo sexto del Cantar como una alusión a estas setenta naciones:

Sesenta y ochenta suman ciento cuarenta. De estas, hay setenta naciones, de las que cada una posee una lengua distinta pero no una escritura distinta, y setenta naciones más, de las que cada una posee una lengua y una escritura distinta. Naciones que no posean ni lengua ni escritura distinta, son incontables.

Así que ya saben: lo más probable es que ustedes se adscriban a alguna de las naciones de tercera división en la que se encuadrarían ingleses (y británicos), franceses, alemanes, italianos, españoles (y portugueses), catalanes, valencianos, ilicitanos, mostoleños y la rama militar-secesionista del Partido de la Gente del Bar (PGB).

De nuevo tenemos un caso de expansión textual, que no de mera traducción, actividad esta de traslado de ideas de una lengua a otra por medio de palabras que, en puridad de su teoría, no debería ir más allá de lo que está escrito. Pero como nos decía hace unos días Raimon Panikkar en la cita con que he encabezado esta serie de apuntes, el habla no es la escritura. Ni, podríamos añadir nosotros, la escritura son todas las ideas, como sabemos todos los que, por fuerza o de grado, nos vemos constreñidos a tener que poner ideas por escrito con cierta frecuencia.

Uno de los puntos centrales del sistema teológico del judaísmo rabínico es la coexistencia de dos Leyes: una, la escrita, es la Torá (llamada Pentateuco, porque es un conjunto de cinco [pénde] volúmenes [teukhoí]  en la tradición griega que heredó el cristianismo) y otra, la llamada «Torá oral» (תורה שבעל פה), que está compuesta de una larga serie de textos teológicos que, en ocasiones, consiguen cobrar fuerza normativa. Entre los libros de esta «Torá oral» figuran los dos talmudes, el de Jerusalén (que los investigadores occidentales acostumbra(ba)n a llamar también Palestinense) y el llamado «de Babilonia», siguiendo el topónimo judío tradicional, aunque su redacción se completó cuando Babilonia y Mesopotamia se habían transformado ya en Bagdad e Iraq. Para saber por donde andarse en cuanto a la historia de este enorme corpus teológico, normativo y literario del judaísmo rabínico, es una primera referencia un clásico manual del hebraísta cristiano Hermann L. Strack (1848-1922), Einleitung in Talmud und Midrasch, que fue actualizado de manera tan profunda por Günter Stemberger, profesor de judaística en Viena, que el libro ha acabado por conocerse como el Strack-Stemberger, sin más. Hay una larga lista de traducciones a otros idiomas. La española, francamente buena, la hizo Miguel Pérez Fernández y se tituló Introducción a la literatura talmúdica y midrásica, publicada en Valencia en 1989 por la Institución San Jerónimo para la Investigación Bíblica. Hay que advertir que este digno manual sirve para saber el qué, y para saberlo además siguiendo una cierta escuela filológica cuya poca ambición explicativa criticaba, con razón, Vicent en los comentarios a uno de sus entradas. Para analizar ese mismo qué y para poner las bases de los necesarios porqués, es imprescindible el reciente Forms of rabbinic literature and thought: An introduction, de Alexander Samely, Oxford University Press, 2007.

En estos dos apuntes de disquisiciones targúmicas he querido poner dos ejemplos de cómo se enfrentan los targumistas al sucinto texto bíblico. Las consecuencias de estos curiosas aficiones exegéticas, sobre todo para la carrera de Alfonso de Zamora, las contaremos en la tercera entrega de esta serie.

Semanada buena y clara.

[Anterior entrega de Solipsismos imperiales.]

Leo, por fin, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, de José Carlos Moreno Cabrera, publicado en 2008, en Barcelona, por Península. De momento está resultando una lectura tan nutricia como la suponía. Sospechaba que me iba a encontrar a un viejo conocido y no me falla. Aquí está, en una cita particularmente jugosa:

Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.

Gregorio Salvador, «Lenguas minúsculas», diario ABC del 19 de enero de 2005.

Antiguamente, Gregorio Salvador, que nunca ha dejado de ser fiel a su soberbia, alumna aventajada de la escuela más decrépita, aunque dañina, de nuestra lingüística nacional, cofrade de la corporación que tiene el caserón de la calle madrileña de Felipe IV por casino de provincias para sus sesiones de brisca de los jueves, hubiera conseguido amargarme el día. Luego, en otra etapa vital, enfurecerme. Ahora ya le oigo -le leo- como quien oye llover (lluvia ácida). Ahora, sencillamente, con bastantes trienios de curiosidad y de investigación por los casos y las cosas lingüísticas a mis espalda, en base a mi formación de lingüística y a nivel de mi perfecta competencia de hablante indígena del español, afirmo que, en el caso de Gregorio Salvador, como en el de tantos otros que he vuelto a reencontrar infelizmente en mi retorno a mi patria chica («fui sobre agua edificada; mis muros de fuego son»), hay que decirlo más. Sencillamente, mucho más.

Coda:

A continuación se pregunta el eximio lingüista [Manuel Alvar] si el andaluz es una lengua o no. La contestación a esa pregunta es un rotundo no. De hecho, el andaluz es «es un caos en efervescencia, que no ha logrado establecer la reordenación del sistema roto». Es decir, según esto,  hay cientos de miles de personas que no hablan una lengua, sino que logran entenderse milagrosamente mediante un caos lingüístico y, además, lo peor de todo es que este caos afecta incluso a las personas cultas.

José Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, Barcelona, Península, 2008, pág. 99.