'Fuente Huerto de Calisto y Melibea, Salamanca', foto de OscAr_7, 21 de noviembre de 2008

'Fuente Huerto de Calisto y Melibea, Salamanca', foto de OscAr_7, 21 de noviembre de 2008

Fuente de huertos. Había comparado el Esposo a su querida Esposa, no sólo a un lindo huerto, sino también a una pura y guardada fuente. Declara agora más esto segundo, especificando más las calidades de aquella fuente, y dice ‘fuente de huertos’; esto es, no encharcado, sino que perpetuamente manan sin faltar jamás. ‘Que corren del monte Líbano’, que, como habemos dicho, es monte de grandes y lindas arboledas frescas, y muy nombrado de la Escritura; para que de esto se entienda que es muy dulce y muy delgada el agua de esta fuente de que habla, pues nace y corre por tales mineros.

Con lo cual queda pintada una fuente con todas sus buenas cualidades, de mucha agua, muy pura, muy sosegada, muy fresca y muy sabrosa, que jamás desfallece; para que de la lindeza de la fuente del jardín entendamos la extremada gentileza de la Esposa, que es como un jardín y una fuente.

Fray Luis de León, Glosa castellana al Cantar de los Cantares, cap. 4, vers. 15.

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«Domine [, en?] in furore tuo arguas me»
Señor, en tu furor [¿no?] me recrimines.
Salmo 6

Según dice el volumen ii del Catálogo de manuscritos de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, esa frase es el explicit (en el folio 485, lado recto) del manuscrito n.º 2770 de la célebre librería cabe el Tormes (río no menos célebre que la tal librería, aunque solo sea por haber prohijado en sus aguas al Lazarillo, que otros quieren avalencianar y, por tanto, acatalanar à la Fuster, con el mismo seso que vergüenza: ninguna).

Ir con prisa tiene cosas buenas (pocas) y malas (muchas). Como a mí me quedan dos días útiles escasos de mis tres semanas salmantinas, la prisa ya es notable. Igual que las prisas, los índices manifiestamente mediocres del catálogo de manuscritos, obra por otra parte tan magna, de la Universidad salmantina (pública, que además y no menos monumental que la una está la otra) tienen alguna virtud:

'Ex cathedra', foto de Joe Thorn, 1 de octubre de 2008

'Ex cathedra', foto de Joe Thorn, 1 de octubre de 2008

permiten serendipias como notar el comentario, glosa o nota que viene a continuación del explicit citado, que parece serlo de una glosa de Fernando Tricio (ca. 1516-1578) [vamos, que digo yo que será este obispo] a los tres primeros capítulos de las Epístola de [san] Pablo a los Hebreos (F.do Tricio Glossa super I-III capitula epistulae Pauli ad Hebreos), que debió de tomarse como apuntes de clase en la Universidad de Salamanca sobre 1542, más o menos (clases que quizá fueron de Francisco de Vitoria, ahí es nada). Bueno, la cosa que me ha llamado la atención y que he tenido que desatender por dos razones, falta de tiempo e imposibilidad de pedir más manuscritos que los que uno tiene reservados (porque los almacenes de la Biblioteca General Histórica están a punto de cerrar por obras hasta mediados de septiembre), es el remate siguiente del manuscrito (parece):

Aqui dexo de leer el reverendo maestro Triçio porque el licenciado Salazar pidio al rector las liçiones que restaban de la mitad de la bacatura de la catreda de biblia, no por hacer probecho a los oyentes sino para ganar su bolsa, y ansi como a negro no le oya hombre liçion ninguna.

No sabe uno de qué admirarse más: si del racismo tan declarado y manifiesto o de la constatación de que las mejores tradiciones universitarias gocen, ayer, hoy y siempre, de tan buena salud pese a lo que diga el clásico, o tal vez precisamente porque lo dice:

Mudan los tiempos, mudan voluntades,
Múdase el ser, múdase la confianza;
Todo el mundo se compone de mudanza
Tornando siempre nuevas cualidades.

Continuamente vemos novedades,
Distintas en todo de esperanza;
Del mal quedan las penas recordadas
Y del bien, si hubo alguno, las añoranzas.

Los suelos cubre el tiempo, verde manto
Que cubierto ya fue de nieve fría
Y en mí convierte en lloro el dulce canto.

Y, salvo esta mudanza cada día,
Otro mudarse causa mayor espanto:
Que no múdase ya como solía.

«Idilio», foto de Priciosa, 21 de marzo de 2008.

«Idilio», foto de Priciosa, 21 de marzo de 2008.

Alta noite já se ia, ninguém na estrada andava
No caminho que ninguém caminha, alta noite já se ia
Ninguém com os pés na água
Nenhuma pessoa sozinha ia
Nenhuma pessoa vinha
Nem a manhãzinha, nem a madrugada
Nem a estrela-guia, nem a estrela-d’alva.

«Salamanca noche Universidad», foto de Julio Alonso Arévalo, 17 de enero de 2009.

«Salamanca noche Universidad», foto de Julio Alonso Arévalo, 17 de enero de 2009.

Andaba la noche ya entrada, nadie por la calle estaba
En el camino que nadie camina,
la noche andaba ya entrada
Nadie con los pies en el agua
Ninguna persona a solas iba
Ninguna persona venía
Ni la mañanita, ni la madrugada
Ni la estrella que guía, ni el lucero del alba.

Marisa Monte (letra y música de Arnaldo Antunes), «Alta noite», Verde, anil, amarelo, cor-de-rosa e carvão, 1994.

3025811569_66c1f29b8cDebe de ser Salamanca, que me inspira. Ayer decidí cuál iba a ser el lema de mi tesis: tratará de los límites de la interpretación. Ahora, a ver cómo se lo toman. No es que me dé igual, claro, pero ando un tantico resabiado y de momento me conforta pensar cómo me lo tomo yo. Andaba fluido ayer, y eso que tardé bastante más de lo que pensaba (de hecho todo el día, en su abreviada versión horaria estival, de nueve a dos de la tarde, con fondo de campanas de catedral) en cogerle la sisa a los manuscritos 589 y 590, extremadamente bellos (en fin, moderando entusiasmos de especialista, claro). Además, con el de Nápoles y con el 2170 de aquí, me confirmó la sospecha de la tipología común (y de lo mucho que trabajaba este Alfonso de mis dolores).

Aparte, para el cuaderno de N. (ya me suponía yo que Salamanca le iba a hacer una mica d’oig): «convencerla de las bondades de esta famosa ciudad del Tormes» y, si se dejara, tráermela (con su contable, claro. El contable es de muy buen conformar. Gran hallazgo el contable). Tengo fundadas esperanzas de que se deje convencer. Ya ocurrió con Madrid y, si me pongo, ya ocurrirá con la música árabe, que es una etiqueta bastante inútil y algo mendaz. Todo lo contrario de la naturaleza intrínseca de las muchas músicas que etiqueta («Por los campos de Segovia se ayuntaba, con arábigas canciones, la compañía de los sayeses…»).

En fin, recojamos y marchemos al portalón de las ranas, las calaveras, Isabel y Fernando, el griego y las figuritas. Hoy tocará la Biblia Aramea. ¿Has desayunado bien?

«20081004 salamanca fachada universidad 92 r r1», foto de Tomás Mesón, 4 de octubre de 2008.

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.

Expolio gibraltareño salmantino

La anteriormente conocida como Calle Gibraltar, foto de Buñuelesco, 25 de noviembre de 2008

Por ninguna razón extraordinaria sino por las de siempre (que prohijan, por ejemplo, el mismo nacimiento y desarrollo de este cuaderno de viajes que os escribo, bien sea entre países, bien entre libros manuscritos) me encontraréis hasta finales de julio en la famosa ciudad del Tormes que, por seguir con la panoplia literaria, se hace acreedora de elogios de diablos voladores (signifique eso lo que signifique):

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.

Lo de la apacibilidad de su vivienda en la Salamanca eternamente universitaria, sandamente tuna y permanentemente goliárdica (me cuentan que no es que exista ya solo el jueves universitario: es que ahora se estila el martes, el viernes y el domingo, con el complemento del sábado), debe de ser una histórica coña marinera (fluvial, claro) del viejo Miguel, como en tantas otras cosas. O un trasunto literario de dos amigotes que, pasados los cuarenta, se juntan frente a dos güiscazos a recordar lo apacible de su vivienda y de su vivencia universitaria. Aquellos maravillosos años.

Siempre había dicho yo que, salvadas las distancias que impone el sistema tan poco sistemático de investigación y docencia universitaria de mi patria, Salamanca podría haber sido el escenario casi perfecto para un Oxford español, secundado por Alcalá de Henares o Santiago de Compostela en formato Cambridge. Siempre lo había dicho, aun sabiendo que, de donde no hay, no se puede sacar; que aquí paz y después gloria; y que, visto lo visto, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Y en esas estamos y así nos luce el pelo: el de la cabeza y el del arco del triunfo de cuyo paso y paseo tanto disfrutan según qué próceres con muceta.

Lo que no había dicho hasta ahora y me acabo de dar cuenta en mi primer día salmantino es que Jerusalén y Salamanca se parecen, que ya es decir. Y se parecen en algo fundamental: la reverberación de su luz que produce la piedra con que estan construídas, la del Tormes y la del secarral mediooriental. Como yo, en otras circunstancias, tendría que estar de viaje por Jerusalén («Mi corazón,está en Oriente, y yo en los confines de Occidente»), me ha producido una curiosa reacción de apacibilidad íntima, si no por la vivienda, porque, sospecho, esas olimpiadas judaísticas jerosolimitanas que convocan cada cuatro años en la dizque capital de los siónidas, de los sionistas y de los sionólogos habrían sido una cita mucho más insoportable, mucho menos apacible y en un lugar de lejos muchos menos ameno que la que tengo, durante las próximas tres semanas, con la Biblia aramea (manuscritos 1 al 3), con la Banda de los cuatro (Camhi junior en versión gramatical y lexicográfica; Camhi senior y el rabino Meir, el limitante: manuscrito 6); la Biblia latinada (manuscritos 589, 590 y 2170) y el serendípico De astrologia en román paladino, dizque traducido de la lengua santa en que lo escribió Abraham Avanazra, como le decían en el vernáculo de su tierra (manuscrito 2138); a la sombra todos de la catedral resplandeciente, en el rinconcito tan ameno del fondo del Patio de las Escuelas Mayores.

Ea, señoras, señores, queden con Dios…

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.

escribir
para rebelarse
sin provecho

a pesar de la derrota ya prevista

Chantal Maillard, «Escribir», Matar a Platón, Barcelona, Tusquets, 2004.

סיפור איבוד [ממון] ספרד שהיא אישפאנייה [«Recontamiento de la pérdida [riqueza] de Sefarad, que es Hispania (>ʔyšpʔnyyh<)»], f. 369 <i>verso</i> del ms. Nº. 6 de Salamanca.

סיפור איבוד [ממון] ספרד שהיא אישפאנייה [«Recontamiento de la pérdida [riqueza] de Sefarad, que es Hispania (>ʔyšpʔnyyh<)»], f. 369 verso del ms. nº. 6 de Salamanca.

Título de la única crónica hebrea de la Guerra y Revuelta de las Comunidades de Castilla (Guerra,  Revuelta o Revolución de los Comuneros), compuesta por Alfonso de Zamora hacia 1520. La palabra que figura sobre la línea es ממון («riqueza»), pronunciada /mamón/. La vocalización que le da Alfonso (/mamon/ en lugar de /mĕmon/) impediría su inserción en la secuencia del título puesto que no se trataría de un estado gramatical constructo, sino de un estado absoluto. Existen, claro está, otras posibilidades: que Alfonso de Zamora no supiese gramática; que la palabra no sea hebrea, sino aljamiada, y en realidad sea lo que parece («¡mamón!») y nos encontremos por tanto ante la primera transcripción atestiguada de las actas de un consejo de departamento universitario; o que Alfonso de Zamora fuera, como el Lazarillo de Tormes, crípticamente valenciano, concretamente de Xàtiva,  y le enalteciese el espíritu y el rijo el recurso al exabrupto. Desgraciadamente, no contamos con los medios para asegurar la veracidad de ninguna de estas hipótesis.

Juan Bravo en la Plaza de las Sirenas de Segovia. Foto y copyright de JuanGabriel, 2008.

Juan Bravo en la Plaza de las Sirenas de Segovia. Foto y copyright de JuanGabriel, 2008.

El pueblo se da a sus jefes
y expulsa a los que le dieran.
Ya cunde en toda Castilla
la rebelión comunera:
Comunes el sol y el viento,
común ha de ser la tierra.
Que vuelva común al pueblo
lo que del pueblo saliera.

Luis López Álvarez, Los comuneros, 1972.

Oigan, no me miren así: si todo cristo puede reinventarse sus mitos fundadores, los del Altiplano central también podremos, ¿no?

Apuntes dedicados, como no podía ser de otro modo, a la Presidenta de la República de las Maravillas. Empecemos:

Alfonso de Zamora debió de nacer en Zamora (o en algún lugar probablemente del alfoz de la ciudad) hacia 1474. Nació, se crió y creció judío, de padre judío. Zamora, a finales del siglo xv, era un foco brillantísimo de actividad intelectual judía. A principios de 1492, Fernando II de Aragón (y V de Castilla) e Isabel I de Castilla, los llamados Reyes Católicos, dieron orden de conversión forzada o expulsión a todos los judíos de sus reinos. Esto incluyó, en un primer momento, todos los reinos de Castilla (para saber cuantos reinos había en “Castilla”, basta repasarse las larguísimas listas con las que empezaban sus escritos oficiales los reyes de las Españas). A la vez, la misma medida se ejecutó en Aragón, Cataluña, Reino de Valencia (o, sin más, Valencia) y Mallorca (o “Mallorcas”), es decir, los reinos privativos, esto es, de los que era “rey propietario” Fernando II. Al cabo de seis meses, según el decreto (aunque en realidad llamarlo “decreto” sea un anacrónismo), los judíos tendrían que haber abandonado Castilla y Aragón (por resumir las subdivisiones territoriales y por respetar el uso de la época). Los que decidieran quedarse residiendo en ambos conjuntos territoriales, tendrían que pasar por el bautismo forzoso. Esto vino a provocar una segunda gran ola de bautismos forzados, incrementando los rangos de los conversos, esto es, los “cristianos nuevos”, conversos al cristianismo de ascendencia judía (o mora). En 1391, una extraordinaria ola de violencias antijudías (que no pogromos; no confundamos) había devastado las juderías (que no pueden o no constituirse en aljama) de la Península, principalmente de Castilla y Aragón (y de nuevo, “Aragón” es sinónimo de los dominios privativos del rey de Aragón). Esta ola de violencia dio lugar a la primera ola masiva de conversiones, forzosas en su mayor parte, que dieron lugar a la que algunos denominan la “clase social” de los conversos, aunque a mí el término me parezca abusivo. Apenas cien años después, el real matrimonio de Fernando e Isabel expulsó a los judíos. Según las investigaciones más recientes, y las que a mí me merecen más crédito, sería erróneo pensar que 1391 es anuncio de 1492. La vida judía, en todos los órdenes, se recuperó en ese siglo que media entre uno y otro acontecimiento. Aunque algunas comunidades judías desaparecieron, otras florecieron. Pero el fenómeno de los conversos se fue extendiendo, con toda clase de ramificaciones sociales que hacían cada vez más intensas las tensiones entre grupos de conversos, cristianos de los llamados “viejos” y judíos. Parece sensato suponer, y ese es el consenso actual de la investigación, que con la expulsión se buscó el apaciguamiento, si no la desaparición directa, de esas tensiones, la paz social y la concordia civil entre todos los segmentos de la población, sea cual fuera su origen religioso. No hace falta saber mucha historia para comprender que los estadistas que diseñaron la expulsión, y los reyes que la sancionaron, erraron el tiro. Ahí están los estatutos de limpieza de sangre, omnipresentes (que no siempre necesariamente eficaces) en las Españas de los siglos xvi, xvii y xviii.

De manera que no tuvieron los Reyes de Castilla causa por la que desterrarnos de sus Reynos, más de la que manifestaron de que incitábamos a sus nobles a judaizar. Y es cierto que no se atraen los ánimos nobles, ni los mueven, sino exemplos de vida virtuosa y discursos de vida verdadera.

Immanuel Aboab, Nomología o discursos legales, 5389 AM / 1629 EC, pág. 291.

En semejante contexto tenemos a Alfonso de Zamora con dieciocho años, más o menos, dotado, según podemos colegir de su obra posterior, de una notable formación en las disciplinas del judaísmo, principalmente exégesis, gramática, prosodia y caligrafía. Esto no quiere decir ni que fuera rabino, de lo que no se conserva ninguna prueba descubierta hasta ahora, ni de que a los dieciocho años pudiera ser ordenado rabino, como ha querido ver algún autor de finales del xix.

Existen dos hipótesis principales sobre la conversión de Alfonso de Zamora. La primera afirma que la conversión se efectuó en el mismo año de 1492. Pruebas no hay ninguna y la lógica sin evidencia testimonial no debe ser un recurso para hacer historia. Simplemente, el hecho de que pasase toda su vida, hasta donde nosotros sabemos, sin salir de Castilla (los alrededores de Zamora, Salamanca y Alcalá de Henares), puede hacernos sospechar que no debió de salir de la Península. En consecuencia, para llevar una existencia “legal”, el término post quem de su conversión habría que hacerlo coincidir con el final de la vida “legal” del judaísmo en Castilla y Aragón.

La segunda hipótesis implica que Alfonso (y su padre, del que hablaremos después) se marchasen de Castilla en 1492, para volver, convertidos (porque si no,  ¿cómo se explica que pudiesen entrar en la Península?) en 1506. Por qué en 1506 y no antes ni después, habrá que preguntárselo a los que han emitido tal hipótesis. A mí me sobrepasa mi limitada inteligencia, tirando a positivista moderada. Además, ¿dónde se habrían ido? En 1496, el rey de Portugal, a consecuencia de muchas presiones -incluida la matrimonial, porque era yerno de los Reyes Católicos – ejecutó la misma medida de expulsión contra los judíos de su reino, entre los que se contaba un buen número de refugiados, sobre todo castellanos. En 1498, Navarra (a la que aún le quedaban catorce años para ser invadida por Castilla e incorporada a los dominios privativos del rey de Castilla) ejecutó la misma medida, así que 1498 es la última fecha de residencia legal de algún judío dentro de toda la Península Ibérica (y dominios adyacentes de los diversos reinos peninsulares).
En los dominios italianos del rey de Aragón, la medida de expulsión aún tardó algún tiempo en ponerse en práctica, por razones que a mí me son desconocidas pero que han debido ser estudiadas en alguna parte (hay gente pa tó). Si no recuerdo mal, las fechas de expulsión de judíos napolitanos y sicilianos son ya de la primera década del siglo xvi. [Actualización: pues sí, parece que recorbaba mal.]

En resumen, lo más probable es que alguien que no se llamaba Alfonso de Zamora, se encontrase alrededor de 1492 viviendo en el barrio de los zapateros de Zamora (porque nuestro hombre, antes de académico, fue zapatero bastantes años), habiendo cambiado de religión y mudado el nombre, del que tuviera cuando judío a “de Zamora”, por la ciudad que era la suya, y “Alfonso”, santo patrón cristiano de la ciudad.

Y por cierto, sin tener tratamiento de don, que sobre todo a partir del xvi era tratamiento de los bachilleres y nuestro Alfonso vivió aún en una época feliz en que se podía llegar a duradero regente de cátedra en una universidad puntera en Europa, como fue la cisneriana de Alcalá de Henares, sin tener título ni diploma.

Supongamos que entre 1492 y 1508  Alfonso llevó una vida, quizá apacible, de zapatero en Zamora. Pero sus talentos de hebraísta no debían de ser totalmente desconocidos.

En los primeros meses de 1508, anunciada vacante la cátedra de “hebrayco, caldeo y arábigo”, opositan Juan Rodríguez de Peralta, el italiano Diego de Populeto, el dominico Juan de Vitoria, el bachiller Parejas, el licenciado Juan de Ortega y el judeoconverso Alonso de Arcos o de Zamora. El rector salmantino indico que a Populeto se le podía encargar que enseñase por dos años

y no con todo el salario, salvo con parte dello, e que parte se dé a quien platique con él, que sea uno de los tornadizos que saben bien el hebraico: uno el zapatero y el otro Diego Lopes, tañedor.

Carlos Carrete Parrondo, Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (siglos XV-XVI), Lección inaugural del curso académico 1983-1984; Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 1983, pág. 17

Una orden del 5 de junio de 1509 detuvo el proceso de contratación de Al(f)onso en Salamanca y solo en 1510, y con la mediación del rey (que seguía siendo don Fernando), se pudo contratar a Alfonso, por 5.000 maravedíes. En 1511, se decidió que “Alonso de Arcos, zapatero, podía mejor enseñar la lengua” y se le asignaron 6.000 maravedíes hasta acabar el curso.
Como se acreditó que era “persona suficiente e hacía fruto”, se le prorrogó, en octubre de 1511, el contrato por dos años más. Hay que notar que Alfonso, en esa época salmantina, estaba muy lejos de contar con una “plaza de titular”, sino que solo la tenía de profesor “asociado”, más o menos bien pagado.

1512 es el año de la llegada de Alfonso al claustro alcalaíno, después de que alguna intriga pasillera a la que tan aficionados han sido desde siempre los universitarios se lo llevara por delante en Salamanca. Pero eso, el preámbulo de la época más larga y fructífera, aunque no exenta de amarguras, de su vida, lo dejamos para el siguiente curso de alfonsinismo zamoresco.