Siquidem singuli [in] singulis cellulis separati ita omnia per Spiritum sanctum interpretati sunt, ut nihil in alicuius eorum codice inventum esset quod in ceteris vel in verborum ordine discreparet.

Pese a estar separado cada uno en una celda individual, resultó que todo lo tradujeron por obra del Espíritu Santo, de forma que nada en ninguno de sus manuscritos se ha hallado que no concordara, ni siquiera en el orden de las palabras, de los demás.

Isidoro de Sevilla, Etimologías, libro iv («De los libros y oficios eclesiásticos»), cap. iv («De los traductores»), § 2.

Da noticia Luciano Canfora en su La biblioteca scomparsa («La biblioteca desaparecida», Palermo, Sellerio, 1986, págs. 141 a 144 de la reedición de 2009) de la plática o coloquio que mantuvieron ‘Amr bin Al’ás (عمرو بن العاص), conquistador musulmán de Egipto, y el patriarca jacobita Juan I, el sábado, 9 de mayo del 639, al respecto de varios puntos de los Evangelios. En el coloquio estaba presente, según se cuenta en el relato, un sabio judío. De todo da noticia, al parecer, el proprio Juan I en el manuscrito olim British Museum (ahora British Library de Londres), additional 17.193, que presentó, editó y tradujo François Nau en su artículo «Un colloque du patriarche Jean avec l’émir des agaréens et faits divers des années 712 à 716 d’après le ms. du British Museum add. 17193» en el tomo 5, serie xi, del Journal asiatique de 1915 (la traducción francesa del pasaje se puede encontrar aquí, así como el texto del original en siriaco).

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Creo que fue hacia 2004 (sería fácil comprobarlo pero ando gandul) cuando pasé doce días inolvidables en Budapest. Alguna vez lo he contado: en mi recuerdo, el fuerte de los budapestinos en particular y de los húngaros en general no era el inglés, como tampoco lo es de los madrileños en concreto y de los españoles en su generalidad. Además, hablar húngaro no se cuenta entre mis escasos talentos, el alemán que gasto es más una hipótesis que una realidad y de ruso ando cortito, cortito. Y no se me ocurría qué otro sabir de comunicación internacional podía utilizar en Budapest, teniendo en cuenta la ausencia constatada del yiddish en las estanterías lingüísticas de toda Centroeuropa por defunción repentina aunque planificada de casi todos sus usuarios (lo mismo que el judeoespañol balcánico, todo sea dicho). Así que utilicé lo que he descrito como la «diplomacia de la sonrisa»: un verdadero descanso para un políglota. En mi recuerdo, que puede ser traicionero, no lo niego, pero es mío y hago con él lo que quiero, hubo muy buena voluntad por ambas partes (por la de quien esto subscribe y por la de los budapestinos con que me topé) y me pareció que nos entendimos: yo sonriendo y enseñando notas escritas en húngaro que me daban en la recepción de la residencia (con notable alborozo de los recepcionistas, claro) y mi contraparte magiar echándole muy buena voluntad. Por supuesto que de vez en cuando contamos con Krisztina de trujamán pero eso son otras historias que quizá cuente en otra ocasión. De Budapest salió alguna otra cosa que me ha reportado muchas satisfacciones, aunque menos de las que me ha reportado hasta el momento este blog (ni pueden hacerse a la idea de cuantas).

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Latin was dethroned at the very moment when, in an unprecedented way, it had started to become the universal language for a growing class of educated men, when it was restored to classical purity and was no longer propagated by the Church alone but by the educated lay class as well.

El latín fue destronado en el mismo momento en que había empezado el proceso, sin precedentes, de convertirse en la lengua universal de una clase creciente de hombres educados, restaurado en su pureza clásica, sin ser ya difundido únicamente por la Iglesia, sino también por la clase de laicos ilustrados.

Hans Kohn, The idea of nationalism: A study in its origins and background, New Brunswick, Transaction Publishers, 2005 (primera edición de 1944), pág. 143.

Bible polyglot

Studies of dynastic consolidation and of nationalism might well devote more space to the advent of printing. Typography arrested linguistic drift, enriched as well as standardized vernaculars, and paved the way for the more deliberate purification and codification of all major European languages. Randomly patterned sixteenth-century type casting largely determined the subsequent elaboration of national mythologies on the part of certain separate groups within multilingual dynastic states. The duplication of vernacular primers and translations contributed in other ways to nationalism. A ‘mother’s tongue’ learned ‘naturally’ at home would be reinforced by inculcation of a homogeneized print-made language mastered while still young, when learning to read. During the most impressionable years of childhood, the eye would see a more standardized version of what the ear had heard. Particularly after grammar schools gave primary instruction in reading by using vernacular instead of Latin readers, linguistic ‘roots’ and rootedness in one’s homeland would be entangled.

Bien podrían los estudios que tocan la consolidación de las dinastías y el nacionalismo dedicar más espacio al advenimiento de la imprenta. La técnica tipográfica atajó la dispersión lingüística, enriqueció a la vez que fijó las lenguas vernáculas y preparó el terreno para los procesos de purificación y codificación deliberadas de las principales lenguas europeas. Los encasillamientos temáticos que apenas se perfilaban en el siglo xvi determinaron, en gran medida, que ciertos grupos separados dentro de los estados dinásticos multilingües elaborasen mitologías nacionales propias. La multiplicación de manuales y traducciones en vernácul contribuyeron por otros medios al nacionalismo. Una «lengua materna» aprendida «naturalmente» en el seno del hogar podía reforzarse inculcando un tipo de lengua homogeneizada gracias a la imprenta, consolidada en los años jóvenes, cuando se aprendía a leer. Durante los años de infancia, de naturaleza más receptiva, el ojo veía una versión más estandarizada de lo que llegaba al oído. Especialmente después de que las escuelas primarias se pusieran a enseñar las bases de la lectura usando el vernáculo en lugar de las cartillas en latín, se consiguió el compromiso con las raíces «lingüísticas» y la vinculación a la patria propia.

Elizabeth L. Eisenstein, The printing revolution in Early Modern Europe (nueva edición), Cambridge, CUP, 2005 (primera edición de 1979), págs. 91 y 92.

Estatua Cisneros en Alcala

Sin embargo, no se puede decir que los progresos de las lenguas vernáculas al final de la Edad Media supusieran, al menos en las élites cultas, un auténtico retroceso del latín. Al contrario, se podría incluso afirmar que reforzaron la «diglosia» medieval en el sentido de que, al dejar de corresponder a unas clasificaciones sociales simples (culto-popular, clérigo-laico, litteratus-illitteratus), ésta fue llevada al corazón mismo de las disciplinas de la escuela y de la práctica –oral y escrita– de la vida política, judicial y administrativa. Para unos individuos que dominaban el doble registro vernáculo y latino (por no hablar del renacimiento todavía tímido, y esencialmente italiano, del griego), la elección de la lengua, a partir de entonces, fue el resultado de estrategias más sutiles: a la preocupación por la eficacia política y por la afirmación lingüística del sentimiento nacional seguían oponiéndose la inclinación por el universalismo cristiano y cultural cuyo garante era el latín, así como la reivindicación de una identidad propia por parte de aquellos a los que sus estudios y gustos empujaban a constituirse en castas profesionales. A medida que perdía su legitimidad cultural, el latín, siempre respaldado poderosamente por la Iglesia y la escuela, veía acrecentar su valor como signo de reconocimiento social y elemento constitutivo del orden establecido. El latín perduraba como la lengua de la memoria.

Jacques Verger, Gentes del saber en la Europa de finales de la Edad Media, traducción de Teresa Garín Sanz de Bremond, Madrid, Editorial Complutense, 1999 (primera edición francesa de 1997), págs. 12 y 13.

Hippolais polyglotta

Nada, nada: unas cosillas que tenía por la mesa mientras trato de acabar con el alemán de Michael Richter, «Kommunikationsprobleme im lateinischen Mittelalter», Historische Zeitschrift, vol. ccxxii, nº. 1 (1976), págs. 43-80, antes de que él acabe conmigo (gracias, Antonio).

«Bible polyglot», foto de sukisuki, 19 de febrero de 2009; «Otros harán en mármol y piedra lo que yo construyo en barro», foto de Visentin «El Templat», 1 de octubre de 2008; «Hippolais polyglotta», foto de DinisCortes, 4 de mayo de 2008.

Sin embargo, tales éxitos no arrancaron la planta maligna que crecía en el corazón del maestro, sembrada en su niñez miserable, o que quizás había traído con él al mundo. Cualquier ocasión era buena para que sacara hacia afuera, hacia el sol de Florencia, sus duras ramas espinosas. No empleaba el tono hiriente sino el melancólico, pero quien lo escuchaba percibía, debajo de las frases plañideras que recordaban a los «piagnoni», a los llorones savonarolianos, el erizamiento de las púas, la armada cactácea permanente. Pierus Valerianus levantaba la vista de un diálogo platónico y, con un pretexto mínimo, se lanzaba a lamentar la desventura de quienes habían elegido el áspero camino de la docencia o de la investigación y ven transcurrir sus vidas triplemente acechados por la envidia, por el desdén y por el hambre. Algunos años después, cuando se produjo el saqueo de Roma, aquel espectáculo atroz le sugirió un libro, Contarenus sive de litteratorum infelicitate, en el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas. Al leerlo, ha vuelto a brotar de sus páginas muchos de los personajes a quienes Pierio Valeriano invocaba durante las clases florentinas. Casi no hay escritor de entonces que no haya sido ubicado por él en un peldaño de su escala de infelicidades.

Medici Riccardi

Hombres sin cesar sujetos al capricho de los grandes ambulan por sus páginas; hombres que, en tiempos de revuelta, perdían primero sus sueldos y luego sus cargos; hombres cuyos manuscritos eran quemados en los incendios de las ciudades y en las destrucciones urgidas por las pestes; hombres corridos a insultos y calumnias y por sus propios colegas; hombres que, en las labradas cárceles de los palacios, añoraban la ausente libertad de la cual gozaba el fraile mendicante más mínimo. Tal vez ésa fuera la causa de la pesadumbre de Valeriano, esa última: la noción de que era un prisionero en el palacio de la via Larga. Sin embargo, Pierio no hubiera podido vivir en otro lugar. Necesitaba la atmósfera del palacio, su tono, sus bibliotecas, sus antiguas colecciones; sentir que su sombra prolongaba tantas sombras memorables, la de Marsilio Ficino, la de Poliziano, la de Pico de la Mirandola… Lo he dicho: la protesta, las hieles del agravio, estaban metidas, estancadas dentro de él y nada podía contra eso. Después de todo, los escritores y los profesores, corona del humanismo, que, no obstante la retórica del miramiento, vivían eternamente postergados por los dueños de los señoríos, quienes los consideraban un poco como bufones y un poco como criados, en todo caso como miembros de una casta especial, aparte, a la que no había que tomar muy en serio porque entonces era capaz de volverse peligrosa (ya que los señores barruntaban que anhelaba usufructuar el poder, fundándonse en presuntas razones de inteligencia), no la pasaban mal en los caserones florentinos del siglo xvi.

Manuel Mujica Lainez, Bomarzo, capítulo ii («Incertidumbres del amor»), 1962.

«En el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas»: se olvidó de uno, al menos: Juan Luis Vives (1492-1540). Y de Alfonso de Zamora, claro, pero, en fin, no hay color, tampoco exageremos.

«Oranges», foto de n.gottier, 5 de marzo de 2006.

Concretamente, un apunte contra la inflación identitaria en ciencias humanas y sociales (si es que fuesen cosas distintas) y los prejuicios y perjuicios que se derivan de la misma:

To conclude, in my critique of identity-based social thinking, I have presented three theses. First, I have argued that it is extremely important to recognize that identities can be plural (and not merely singular), even when they compete with each other. Second, it has been argued that identities can be chosen, and not just discovered, even when the choice is constrained (as all choices are). And third, I have also argued that identities, important as they are, are not all important, even when the broadest form of identity – identifying with all – is taken into account. Moral and political inclusion transcends the domain of identity. These issues are not only of interest for our social understanding, but also of relevance in facing some of the most difficult practical problems in the contemporary world. There is need for clarity on all this.

Amartya Sen, “Other people”, British Academy Lectures, impartida el 7 de noviembre de 2000.

Quizá algo de perogrullo, quizá, pero ya saben: hay que decirlo más.

Le fait de croire à des périodes historiques nettement définies, caractérisées, et donc à des ruptures dans le cours des temps entraîne inévitablement à porter un regard particulier sur les époques limites, époques pourtant déterminées avec la part d’arbitraire que l’on sait. La tentation devient forte de considérer les années situées entre Antiquité et Moyen Âge, puis entre ce Moyen Âge et les Temps modernes comme des temps « de transition ». Cette idée, aussi spécieuse que celle qui préside à la périodisation, impose à la recherche et à l’enseignement certaines optiques dont on ne se défait pas aisément.

En premier lieu, ces découpures arbitraires, artificielles et combien tyranniques nous ont créé, pendant longtemps, un fort déséquilibre dans les études, une véritable cassure dans le discours scientifique. Il ne fait aucun doute que ces temps intermédiaires, qui, croyait-on, ne pouvaient offrir qu’images incertaines, sans valeur démonstrative, ont été volontiers négligés. Les lectures et les investigations se sont plutôt portées sur les siècles « classiques » de l’Empire romain que sur ses derniers moments. D’autre part, les règnes de Charles VII et de Louis XI, en France, retenaient certes l’attention pour quelques aspects, pour la personnalité des souverains dont chaque livre offrait des images aux traits incisifs […].

Par ailleurs, et d’une façon sans doute lourde de conséquences, cette exploitation du concept de périodisation finit par fausser l’interprétation des faits et même par dicter des hypothèses de travail que tout auteur se voit invité à vérifier. Il semble évident que le temps qui marque le passage d’une période à une autre ne peut être que « de transition ». Il ne s’agit pas seulement de mots et de petits ridicules mais d’orientation et de recherche, voire d’interprétation des résultats. Les hypothèses de travail pèsent toujours très lourd et trop nombreux sont ceux qui s’appliquent avant tout à illustrer l’idée qui prime plutôt qu’à poursuivre une investigation hors de tout préalable. […]

Jacques Heers, Le Moyen Age, une imposture, París, Perrin, 1992, págs. 38 y 39.