Of force, untenanted, to awe mankind,
And work his purpose out with half the world…

«De tal fuerza, dejada sin reclamos, que asombro infunde,
Y logra lo que busca con la mitad del mundo…»

Robert Browning, Valence of Prince Berthold, acto iv.

***

Capítulo iv : De la isla de Corfú y de lo que en ella pasamos

Viven en esta ciudad y en toda la isla muchos judíos libremente, que no son portugueses ni castellanos, como aquí piensan muchos, sino griegos e italianos. Tienen una sinagoga muy grande y bien dispuesta donde se juntan los sábados y demás fiestas de la ley vieja. Vimos allí circuncidar a un niño en casa de su padre, para lo que se juntaron más de cien judíos, y me hizo parar mientes en la poca solemnidad con que los cristianos llevan a bautizar a sus hijos que en su mayoría, salvo de que se trate de un niño de familia noble, nadie lo acompaña aparte de los padrinos o, como mucho, tres o cuatro personas. Y no es solo cosa de los judíos sino también de los moros y los turcos, que para sus circuncisiones hacen gran solemnidad. Y, por nuestros pecados, cuando llevan a alguien al bautismo, hay poca gente que vaya a dar gracias al Señor porque haya un cristiano más en el mundo.

Viendo mi compañero […] como está dicho, que iban juntos tantos judíos […] me pidió si podíamos ir con ellos en caso de que nos dejaran. Les preguntamos ambos si nos querrían dejar ir a ver ese acto. Con alegría nos respondieron que muy contentos quedarían y que si no habíamos visto otro acto semejante, bien haríamos de verlo. Y así fuimos con ellos hasta la casa del padre del niño que había de ser circuncidado, la cual encontramos llena de hombres y mujeres, juntados para celebrar la fiesta y nos recibieron ellos y ellas con tanto amor y caridad, como si nos conociéramos de mucho tiempo atrás. No dejo aquí escrito el modo en que tuvo lugar aquella circuncisión, ni las ceremonias que en ella se usaron, tanto por haber sido reprobadas y repudiadas de Dios, nuestro Señor, después de que por Su divina misericordia tuvo a bien darnos la ley de la gracia, fuera de la cual no hay salvación, como por no dar motivo a algunos judíos de nuestro tiempo, que curiosos u obstinados en su perfidia querrán saber lo que no les corresponde. Mas no dejaré de mencionar el mucho candor con que muchas judías jóvenes, delante de sus padres y madres, se nos acercaban, viendo con mucha atención lo que hacía el rabino cuando circuncidaba al niño, que nos daba lástima verle como lloraba. Acabada la fiesta, nos preguntaron los judíos qué nos había parecido. A lo que respondimos que la circuncisión, en la ley vieja, había sido santa y como tal dada por Dios pero que hoy en día nos parecía ceremonia de gente ciega, pérfida y obstinada. Y aunque se lo dijimos con tan clara franqueza, no dejaron por eso de tener con nosotros cuidados y atenciones y hacernos muchos ofrecimientos, con los que nos despedimos de ellos con el propósito de no volver a encontrarnos presentes nunca más en otro acto parecido.

¶ Fray Pantaleão de Aveiro, Itinerario da Terra Sancta e suas particularidades (Lisboa : em casa de Simão Lopez, 1593), f. 8 (lado recto y verso) y 9 (lado recto).

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