To give away yourself keeps yourself still;
And you must live, drawn by your own sweet skill

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Con razón me decía Abú Maadnús el otro día en otro lado –y creo que no se equivoca; nunca he visto que se equivoque ni aun cuando yerra– que por qué me tenía que fiar yo de lo que contaran los conversos a propósito de su vida. Tiene razón: es un espejismo futil para un cierto tipo de investigación histórica (la esperanzadora). Ahora, esos mismos relatos de la vida que de sí mismos dan los conversos pueden propiciar otro tipo de investigación histórica, menos comprometida, quizá menos fructífera (la resignada). Así me ocurre cuando me pongo a volver a pensar la historia de la vida de Alfonso de Zamora, que debió de nacer hacia 1474 o 1475 o 1476 en la misma ciudad de Zamora o no muy lejos y murió, más tarde de agosto de 1545, más que probablemente en la ciudad de Alcalá de Henares. Ingenuo de mí, cuando me puse con estas historias (con las de Alfonso y con las de sus contemporáneos) me llamó la atención el baile de las fechas y de los nombres. Quizá, solo quizá, Alfonso de Zamora se llamó también Alfonso de Arcos y Alfonso de León.

Y quizá, solo quizá (al fin y al cabo, es él mismo quien nos lo dice; ¿y quién es él para asegurarnos nada?) fue hijo del «sabio Juan de Zamora, llamado “Bivel” [בִּיבֵל]». Este Bivel me tiene distraído desde hace tiempo: con lo que parece el sufijo (ese /-el/) del final, con lo que quizá (solo quizá) sea un «Vivas» (¿o un Vives?) al principio. No he encontrado ningún otro Bivel (si solo fuera eso lo que no he encontrado…) Como profeso la rama resignada de la investigación histórica, solo puedo decir que no sé si he buscado bien. En Alcalá, alrededor de los años en que ejerció Alfonso de regente de la cátedra de hebreo, estuvo un Juan Simón Bibel («Colegial, por mandato de Cisneros, en 4 de marzo de 1515. Comprendido en las nóminas de 1516-1517 á 1518-1519, con un salario de 21.200 maravedís, precisándose en la última que era “cathredático de philosophia”, tercer año de Artes»). Si fue este Juan (Simón) Bibel el Juan de Zamora que dio nombre al (bachiller) Juan de Zamora, hijo quizá (quizá, solo quizá) primogénito de Alfonso de Zamora, no puedo decirlo. Ni desmentirlo: quizá sea este el punto máximo que debe atañer a quien se confiesa fiel de la confesión resignada, en lo que a historia se refiere.

No sé. Si alguna cosa debiera saber (y ni esa sé) sería si este Juan de Zamora, quizá Juan Simón Bibel de Alcalá, fue quien le transmitió sus saberes. O quizá fueran los hombres de la imprenta hebrea de Zamora. O quizá fuera Juan de Zamora, o Juan Simón Bibel de Zamora de Alcalá, uno de esos hombres de la imprenta de Zamora («doctissima officina»).

No sé. Quisiera saberlo. Si Juan, Alfonso y Alonso de Zamora son pseudónimos. Si en la entrega de años a unos saberes (a unas disciplinas, a los remiendos íntimos de una tradición) podrían haber recitado esos versos que hablan de un cierto orgullo de hacer y al hacer, conseguir serse:

To give away yourself keeps yourself still;
And you must live, drawn by your own sweet skill.

Que otro pseudónimo tradujo como:

La entrega de ti mismo te conserva a ti mismo;
vivirás retratado por tu propia pericia.

Es un magro consuelo para los que en nada somos peritos:

Si las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar,
tú me quisieras los mismo
que veinte años atrás.

Que es, más o menos, lo que hoy venía a contarles sin poder decir que saber, sepa nada. Bueno, sí, un par de cosas: que Sílvia Pérez Cruz y Càstor Pérez eran hija y padre. Y que España, cuando me paro a pensar en ella, es un país de viejos jugando a las cartas en un bar, por la mañana. Y que de las muchas cosas que no sé es si una escena así (un bolero, una guitarra, una voz, unos viejos jugando a las cartas por la mañana) les serían familiares a Juan y Alfonso de Zamora, padre e hijo. Pero quizá (sólo quizá) la herencia de un saber, que es un arte (un idioma, unos libros, unas letras que escriben idiomas y componen libros; una guitarra, una voz, unos aplausos de viejos jugando a las cartas) sea lo más parecido a lo que queda cuando dejamos de estar por este mundo y empezamos a no saber ya para siempre, sin mirar atrás y sin rodeos. Quizá, sólo quizá.

(Mi padre era, más o menos, impresor. Esa fue una de las cosas que primero sorprendió y luego le hizo interesarse por un servidor de ustedes a Risa [ריסה]: cómo diantre sabía yo que «imprenta» era דפוס (/dfus/) en hebreo. Al parecer, los hebraístas cristianos viejos no suelen aprender esas cosas ni en cuarto de licenciatura ni mucho después. O eso es lo que ella creía.)

Lo decía esta mañana José Luis Gómez en la casa misma donde descansan, mimados, no pocos libros de Alfonso de Zamora:

La pericia de la técnica es más que honradez; es un sentimiento, no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor del trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión profesional y, como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente.

Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento. Pero hay algo más allá, un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y orgullo que va más allá de la mera pericia; casi una inspiración que confiere a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte.

Y Gómez citaba a Conrad, que hablaba de los constructores de barcos:

Such skill, the skill of technique, is more than honesty; it is something wider, embracing honesty and grace and rule in an elevated and clear sentiment, not altogether utilitarian, which may be called the honour of labour.  It is made up of accumulated tradition, kept alive by individual pride, rendered exact by professional opinion, and, like the higher arts, it spurred on and sustained by discriminating praise.

This is why the attainment of proficiency, the pushing of your skill with attention to the most delicate shades of excellence, is a matter of vital concern.  Efficiency of a practically flawless kind may be reached naturally in the struggle for bread.  But there is something beyond—a higher point, a subtle and unmistakable touch of love and pride beyond mere skill; almost an inspiration which gives to all work that finish which is almost art—which is art.

Y me he acordado, por no entretenerles mucho, una discusión que dejamos pendiente sobre la eficacia y el cariño.

No, yo aún no he vuelto del todo pero ya nos va quedando menos.