[Capítulo I: «Los años de Zamora y Salamanca»]

Capítulo II: «La Biblia Políglota Complutense»

Hoy hablaremos muchas lenguas. Concretamente cuatro: hebreo, latín, griego y arameo, quizá en un remedo de la venerable licenciatura en «Filología Bíblica Trilingüe» que existía en las universidades españolas antes de que una de las mil y una últimas reformas de los planes de estudio se la llevara por delante (salvo, claro, en la habitual aldea pontificia que resiste a los romanos cabe el Tormes).

Con muchas fatigas entre 1502 y 1517, bastante desesperación entre 1517 y 1522, mucho (pero mucho, mucho) gasto en la larga década y media de trabajo y, en general, bastantes duelos y quebrantos (no fueran a confundirlos con judío), se consiguió terminar la primera gran odisea de la era de la imprenta de tipos móviles: la Biblia Políglota, llamada Complutense por el gentilicio latino de Alcalá de Henares, donde se aposentó la universidad colegial, humanista y teológica (y la imprenta de Arnao Guillén de Brocar) que el Cardenal de Santa Balbina, Arzobispo de Toledo, Primado (por tanto) de las Españas, presidente del consejo de regencia de Castilla (en dos ocasiones), confesor que había sido de la Reina Isabel, presunto azote de granadinos conquistados, Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), había fundado a sus arzobispales expensas, que no le fueron pocas al franciscano.

Como de la Biblia Políglota Complutense se puede hablar desde muchos puntos de vista y yo tengo una tendencia irrefrenable a la verborrea, nos conformaremos con sobrevolar el papel de Alfonso en ese tremendo fregado alcalaíno y con un par de apuntes rápidos, demasiado rápidos, sobre la valoración en conjunto que se puede hacer de la Biblia cisneriana.

Meterse de lleno, con pies, cabeza y corazón, en la empresa políglota cisneriana fue una enorme oportunidad y, me temo, una cierta desgracia para Alfonso de Zamora. En el colofón al Diccionario de David Qimhi, con fecha 14 de enero de 1516, del (espléndido) manuscrito nº. 6 de la (actual) Biblioteca General Universitaria de Salamanca, folio 285 verso (y siguiente), Alfonso nos dejó una nota que tiene algo de conmovedora. O es que yo soy un sentimental, que también puede ser:

Acabado el lunes, 14 de enero de 1516, de la era de Nuestro Señor Jesucristo, por Alfonso de Zamora, su servidor [lit.: «esclavo»], con el permiso de de don fray Francisco Jiménez, cardenal de España, arzobispo de Toledo, que es Toletula, por cuya iniciativa y orden se imprimen los veinticuatro [libros de la Biblia judía], en cuatro lenguas que son el hebreo, el caldeo [es decir, el arameo], el latín y el griego. Y yo, mientras estaba ocupado en redactarlos, he acabado este libro para mí mismo con mucha dificultad, porque me había asimismo encargado de enseñar gramática hebrea a los principiantes aquí, en Alcalá de Henares, y antes en Salamanca. […] He escrito en este volumen otras cosas más dulces que la miel, que encontrarás y que el hombre inteligente comprenderá y se complacerá en leer. Que las lea con indulgencia y no con severidad y mofa. […]
Otro copista ha copiado los Profetas Menores y las Lamentanciones, que encontrarás aquí [en otro volumen del que está hablando, diferente del actual manuscrito nº. 6 de Salamanca.] Pues este rector [¿?] lo ha puesto para servirme de ayuda, en mis penas y labores, ya que los grandes trabajos causados por enaltecer su memoria, al servicio de Dios, me causan muchas fatigas.
Igualmente notarás que las letras tienen una forma extraña, a veces más grande, a veces más pequeña; a veces una [letra] radical, a veces, otra; causado todo por mis muchas ocupaciones y porque he escrito este livro [el manuscrito nº. 6 de Salamanca] de noche, tras las fatigas del trabajo que he mencionado antes, ya que era el único momento de tiempo libre que me quedaba. No me hagáis tampoco reproches, puesto que, por si fuera poco, mis fuerzas han disminuido y mis ojos han perdido fuerza para mirar, porque más cerca estoy de la vejez que de la infancia [en glosa al margen, Alfonso da tres sinónimos hebreos de infancia: «juventud», «adolescencia», «alba»], con los cuarenta y dos años de edad que ya tengo.

Lo que hay entre corchetes es mío. El texto lo traduzco de la traducción francesa que hizo Moshe Lazar, el gran investigador israelí, en su estupendo artículo «Alfonso de Zamora, copiste», Sefarad (Madrid),vol. xviii, fasc. 2 (1958), págs. 314-327, porque no tengo el original hebreo a mano. Y de paso, advierto que me paso por el forro del Arco de Triunfo de Moncloa lo que diga Hastur el Innombrable en sus gacetillas eruditas, porque la primera condición de la erudición es la decencia. Y lo demás son romances.

Sobre la Políglota y otra gran, grandísima obra de arte librario patrocinada por la munificiencia arzobispal de Cisneros, el llamado Misal Rico de la catedral de Toledo, Anna Muntada Torrellas tiene un artículo, publicado en 2000-2001: «Del Misal Rico de Cisneros y de la Biblia Políglota Complutense o bien del manuscrito al impreso», Locus Amœnus, vol. v, págs. 77-99, del que saco los siguientes fragmentos que ayudarán a comprender el valor, inmenso valor como objeto libro, de las empresas librarias de Cisneros, en general, y de la Políglota Complutense, en particular.

La edición alcalaína no tan solo supuso un esfuerzo intelectual sin precedentes en la preparación de los textos, sino también una summa de operaciones editoriales, prácticas y técnica.

Pág. 93

En lo que concierne a la Biblia [Políglota Complutense], ya R. Proctor legara temprana e inmemorialmente los tipos griegos de la Políglota a los anales de la tipografía. El mismo […] Lyell se reconocía seducido por la belleza de la edición ‘y el buen hacer del impresor Arnao Guillén de Brocar’. No insistiremos en el reconocimiento que la historia de la tipografía le ha dispensado, pero vale la pena contrastar la variedad de tipos y la jerarquía de letras e iniciales que, en la Biblia Políglota, se imponen a la que fuera omnipresente y omnicomprensiva escritura gótica del misal [llamado ‘Rico’, de la catedral de Toledo]. En el primer volumen, además, tercero en el orden de impresión, la letra humanística sustituye a la gótica en la traducción latina de la Vulgata. Todo un signo de apertura hacia la nueva cultura.

Pág. 94

¿Cuál es la trama ideológica que subyace? ¿Cuáles, los magistrales o improvisados modelos? ¿Cuál, la caprichosa circulación de los libros, y de su no menos fortuita lectura o comprensión? De entrada, no debemos soslayar una temprana cronología, para España, en la intencional adopción de un ideario genuinamente renacentista. De querer hilvanar los frágiles hilos de una historia todavía por escribir, hemos de acudir a la imprenta veneciana de Aldo Manuzio, cuyas ediciones ya habían alcanzado pública notoriedad. […] A decir verdad, tampoco faltarían analogías entre la empresa alcalaína y la oficina veneciana, tanto en la intención como en los hechos. […] Demetrio Ducas cretense, el esforzado catedrático de griego de Alcalá, se incorpora al proyecto bíblico procedente precisamente de la península italiana, donde había colaborado en las ediciones griegas de Aldo Manuzio. La fundación cisneriana, por otro lado, comparte el ideal aldino del homo trilinguis, latín, griego y hebreo (las cátedras de árabe y siríaco no llegarían a proveerse), porque el conocimiento de las lenguas originales abre el acceso directo a la Biblia. Cisneros y Alcalá también habrían ido a la saga [sic] del impresor veneciano con la proyectada edición de las obras de Aristóteles.

Pág. 96.

(La edición alcalaína de las obras de Aristóteles, en griego, nunca llegó a completarse.)

Solo tengo dos reproches que hacerle a Muntada Torrellas: algún catalanismo curioso que se le cuela en el texto; y que pase, de una forma olímpica, de una evidencia inevitable en cuanto se abre un el primer volumen de la Políglota: la presencia del hebreo. Y en consecuencia, que obvie la pregunta inevitable: de dónde se sacó el texto, los moldes de las letras, el texto que se imprime y el necesario corrector («componedor») de la obra hebraica de la Políglota. Pero este segundo reproche es fruto de un olvido que ni yo mismo esperaba que no se produjera.

En realidad, la empresa políglota cisneriana, sobre todo en su aspecto comercial y de distribución, es un poco como si el Cardenal Cisneros fuera Steve Jobs y su obra, Macintosh, pero con mucha, mucha mala pata. O mejor aún: como si Cisneros fuera el presidente de IBM. Rica, potente, tradicional. Sin embargo, innovadora a la vez. Y, con todo, aquejada de mala fortuna y de mala planificación. Al final, a Cisneros le ganaron la partida toda una pléyade de geeks a lo Bill Gates, con menos elegancia que un chaleco de esparto, pero que se conocían al dedillo el mercado y sus códigos. Si ahora son los lenguajes de programación, en el aspecto técnico, y la usabilidad (ya sabéis: colorines, figuritas, iconitos y tal), en el siglo xvi el lenguaje de programación más novedoso fue el griego, «recuperado» en Occidente después de unos buenos cientos de años de que ni estuviera ni se le esperase. Y la usabilidad, claro, fue una política agresiva de distribución y precios, aparte de una mise en page de los textos impresos mucho más llevadera (¡ y «portátil»!) que el santísimo mamotreto tetralingüe producido en Alcalá.

Y para terminar de liarlo, Cisneros va y se muere, literalmente porque estaba en camino en ruta para recibir al recién llegado Carlos que acababa de entrar a Castilla por la Villaviciosa asturiana. Cisneros era mucho Cisneros, pero ¿muerto el Cardenal se acabó su Biblia? Aunque la obra ya estaba impresa, faltaba la imprescindible autorización pontificia.Y esa se hizo esperar: hasta nada menos que hasta 1520. Tres años en los que la Políglota Complutense durmió el sueño de los almacenes, mientras desde Italia, Suiza o los Países Bajos se multiplicaban ediciones bíblicas, griegas, latinas e, incluso, hebreas. ¿Soñarían los burócratas papales con ventanillas de ministerios españoles?

Para acabar de rematarlo, unido al altísimo precio de venta al público, buena parte de los ejemplares impresos fueron pasto eterno de los peces tras el naufragio, frente a las costas de Ostia, del barco que llevaba casi toda la tirada al Papa de Roma.
En resumen: menos mal que Cisneros ya se había muerto, porque, si no, le remataban los disgustos.

Curiosamente, conocerse el mercado al dedillo y echarle más horas de currelo que un freakie viciado le echa al World of War, fue el secreto del «éxito» (que lo tuvo, al menos pecuniario) de Alfonso de Zamora en su extenuante actividad de copista de manuscritos (y vocalizador y traductor y handyman hebraísta de la Europa del siglo xvi temprano). Solo por haber participado de forma tan directa en la gran obra de la Políglota, la figura de Alfonso de Zamora ya merecería entrar en el panteón (polvoriento) de «grandes hombres». Y eso daría ya respuesta a una de las muchas preguntas que se nos han quedado en el tintero, a mí de contestar pero no de hacérmela a la Marieta más fiel de este cuaderno alfonsino: «¿Por qué es importante estudiar la obra y la vida de Alfonso de Zamora?». Como digo, la Políglota habría bastado para hacer importante a Alfonso. Pero es que hay más, mucho más. Y todo lo demás es lo que sirve para hacerle, además, interesante.
Pero eso quedará para el tercer capítulo: «Los (¿in?)felices años de Alcalá».

Me encuentro con una mención a algo que me tuvo pensando en un cierto momento: si Alfonso de Zamora llegó a ser profesor en Alcalá de dos egregios biblistas castellanos del xvi, fray Luis de León y Benito Arias Montano. Del segundo estoy casi seguro que no, por la mera transposición de fechas. Cuando Arias Montano llegó a Alcalá, Alfonso debía de estar a punto de morir. Pero con fray Luis podrían coincidir las fechas. Podrían, pero de momento no he encontrado pruebas documentales. Todo sea dicho, ni a favor ni en contra.
En la reseña que le hizo al libro de Javier San José Lera, Fray Luis de León. Exposición del libro de Job, Salamanca, Universidad, 1992, dos tomos (que tendré que consultar en algún momento), Dominique Reyre parafraseaba lo que afirmaba el autor del libro:

A manera de introducción, el autor se opone a las teorías de Macri y Arkim que atribuyen a la tradición hispano-sémita [sic] de Fray Luis de León a su ascendencia judía. […] Prefiere situarla como resultado de una triple formación intelectual: la de la orden de San Agustín, la de la Universidad de Salamanca y, sobre todo, la de la Universidad de Alcalá que no ha sido bastante valorada, según el autor. En el ambiente intelectual de la orden agustiniana recién reformada y en la Universidad de Salamanca, con el famoso dominico Melchor Cano, aprendió Fray Luis la aplicación de las tres lenguas bíblicas a la crítica del texto sagrado. En la Universidad de Alcalá donde eligió hacer curso de Biblia encontró a Alfonso de Zamora, jefe de la escuela hebraica de la Universidad, que habría traducido al castellano el famoso comentario de Isaías de David Quimhi [sic]. Este encuentro fue decisivo para él.

A mí me suena un poco a chamusquina de fuente secundaria, o terciaria, mal digerida. Más aún cuando la reseñadora señala al final que el autor del libro, no tiene ni repajolera idea de exégesis judía:

Dice pesat o literal, midrás o alegórico, sechel o tropológico, cábala o místico citando textualmente el trabajo de Andrés Melquiades (Teología española en el siglo xvi, Madrid, 1976)

un libro bastante poco informado, si no embrollado, en la parte hebraística. Además parece que San José Lera tiene que recurrir a otras fuentes de segunda mano cuando tiene que lidiar con la cultura que la autora de la reseña llama rabínica (exagerando un término que tiene otras connotaciones).

En resumen, no hay nada en la reseña que me incite a buscar en el libro de San José Lera justificación documental de una posible discencia de fray Luis con Alfonso, en la etapa alcalaína del maestro del  apócrifo Decíamos ayer. Menos aún cuando, por la fecha (1992), como por la falta de talante historiográfico del editor del comentario de fray Luis a Job, es imaginable que no pudo recurrir a las exumaciones abundantes y diversas que ha ido haciendo José García Oro de documentación de archivo que tiene que ver con la Universidad Complutense en la primera mitad del siglo xvi.

«A mí es fecha relación que agora nuevamente algunas personas de los nuevamente convertidos se quieren graduar o encorporar en este Estudio [de Salamanca], y porque esto es cosa nueva y de calidad para dar forma de lo que en ello se debe faser, yo vos mando que luego me ynbiéis la relación de lo que sobre esto ha pasado y pasa, y entretanto que se nos enbía a desir lo que en ello avéys de faser, sobreseed en faser lo susodicho e non fagades ende al.»

Hay que pensar, por consiguiente, en una triple intervención: 1) el drástico procedimiento inquisitorial; 2) los inmediatos y aceptables razonamientos que, descalificando tan demoledor sistema, emplearían las autoridades académicas de Salamanca ante la Corona, y 3) la prudente reacción del monarca para frenar un atropello de la Inquisición. Queda, sin embargo, un interrogante de difícil explicación: ¿cómo puede interpretarse la actitud pasiva -externamente pasiva – del judeoconverso afectado por una situación que no tenía relación alguna con las actividades académicas? La historia del Renacimiento español está plagada de silencios, largos y elocuentes silencios, que se imponían los «cristianos nuevos». Y Alonso de Zamora, quien en ningún momento de su vida fue denunciado al Santo Oficio de la Inquisición por cualquier sospecha de heterodoxia, guardó, también en esta ocasión, una actitud silenciosa, prudente, contemplando – y sintiendo en profundidad – a un grupo hostil, poderoso, al que tenía que aceptar, pero con quien no podía compartir sus proyectos esencialmente humanistas. Años después, instalado en Alcalá de Henares, no tardaría en escribir – y que lo hiciera en hebreo – no es ninguna casualidad – esta amarga confesión[i]:

Privado de mis fuerzas, desfallecido de mi espíritu, cansados mis ojos, extraviadas mis sendas y odiado por todos mis amigos, trocados para mí en enemigos […].

En la pág. 18 de Carlos Carrete Parrondo, Hebraístas judeoconversos en la Universidad de Salamanca (Siglos xv-xvi), Salamanca, Universidad Pontificia, 1983.


[i] Con fecha 1 marzo 1520, al final de la Mĕgil·lah de Antiocos; ms. hebreo 118-Z-21 [actual MSS 2 de la BUCM] de la Universidad Complutense de Madrid, en F. Pérez Castro, El manuscrito apologético de Alfonso de Zamora, xv.

[dos líneas raspadas] אני אלונשו די סאמורה / יום ראשון מחדש מארסו / שנת אלף ותקכ’ משם / והלאה הוסר כחי ונלחש רוחי / ועיני כהו [raspado] נתיבותי וכל / אהבי כחשוני ושנאוני והיו / לאויבים ולא מצאתי מנוח לרוחי / ולכף רגלי וימי נזעכו ורוחי [ilegible] / [ilegible] אלהים / [ilegible] ותמא מן העולם [dos líneas más ilegibles]

 

Reproducido en la pág. 114 de Francisco Javier del Barco del Barco et al., Catálogo de manuscritos hebreos de la Comunidad de Madrid, Madrid, CSIC, 2003, vol. i (« Manuscritos bíblicos, comentarios bíblicos de autor y obras gramaticales en las bibliotecas de El Escorial, Universidad Complutense de Madrid y Palacio Real»). También en la pág. 267 en José Llamas, «Los manuscritos hebreos de la Universidad de Madrid», Sefarad, v, 2 (1945), págs. 261-284. Ambos editan אלונשו. ¿Lo dirá? Parece que sí, a la vista de las láminas que incluye José Llamas en sus artículos. ¿Quién es este Yiṣḥaq Amarillo (del que existen noticias, según Llamas, en las Archives des missions scientifiques, segunda serie, vol. v, pág. 424, que no está, hélas, en Gallica) cuyo hijo Yom Ṭoḇ escribe, dizque para sí mismo, el libro (¿una biblia? ¿Con el Rollo de Antíoco?) en 1482 en Tarazona?

¿Será verdad que los raspados son ilegibles? Déu me’n guard, de dubtar dels col·legues… De los colegas, desde luego (que no). Desde luego, de los bibliotecarios algo más: parece que en la reproducción en línea del manuscrito 2 de la BUCM se equivocan y dan la antigua signatura (118-Z-21) como si fuera, olim, el actual manuscrito 18 (un Sefer Mixlol).

El maestro complutense tiene su coraza: un fuero universitario que le resguarda de las justicias ordinarias y le coloca bajo la judicatura benigna del rector [70] […].

Nota 70: En la constitución lxi [R. González Navarro, Universidad Complutense. Constituciones originales cisnerianas, Alcalá, 1984] se esboza apenas la jurisdicción y la judicatura rectoral. En las reformaciones de la segunda mitad del siglo xvi se especifican minuciosamente los varios aspectos de este fuero rectoral.[Claro, lo mismo que el actual fuero universitario, incluso complutense, si no tuviéramos de gros couillons por rectores.] Esta normativa prevé una serie de registros en que recogerán los actos públicos realizados y se consignarán los datos de las personas afectadas: «un libro auténtico en que [el notario o escribano de la audiencia] ponga todas las condenaçiones, con día, mes e año, declarando quien fue el condenado, quanta la condenaçión y a quien se aplicó y quien la cobró. […] [¿Un?] protocolo enquadernado en que vaya escribiendo todos los autos y ordenando los proçesos y puniendo los autos, estendidos con día, mes e año. […] Los proçesos en hojas de papel enteras, çerrando el pliego e cabeça de cada plana, y al fin de cada auto, y los sustançiales autorizándolos de manera que hagan fee. […] Libro donde se asienten las entradas de los presos, señalando el día y la hora en que entraron en la carçel, y el alguacil que los truxo, y donde también se ponga el día y la hora en que fueron sueltos y por cuyo mandamiento». Se trata de procedimientos cuya documentación no ha llegado a nosotros sin duda por su carácter vidrioso.

Tomado de José García Oro, El Cardenal Cisneros. Vida y empresas, vol. ii, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1992, Segunda parte: «El mecenas. La Universidad de Alcalá de Henares», cap. viii: «Estudiantes y maestros de Alcalá», epígrafe 8: «El profesor complutense», pág. 430. En su La Universidad de Alcalá de Henares en la etapa fundacional (1458-1578), del mismo año de publicación, García Oro parece ¿reproducir? en esencia el mismo contenido y esquema de la segunda parte del segundo volumen de su biografía cisneriana.

Primera reflexión: A poco que uno hurgue, salta la liebre libresca (¿o libraria?).

Alzado.

Parte de atrás de San Ildefonso.