C’est étrange d’entendre parler français.[…]
J’ai beau me le répéter, je ne sais pourquoi cette nuit j’ai échoué tout seul, dans cette ville indifférente où il ne reste plus rien de nous.

Es raro oír hablar francés. […]
Pese a repetírmelo, no sé por qué esta noche he fracasado a solas, en esta ciudad indiferente donde nada queda ya de nosotros.

Patrick Modiano, Quartier perdu (1984)

Teniendo en cuenta lo que me espera para el tiempo que voy a estar, más me vale que me dedique a bailar y me olvide de angustias…

(«… Y cómo huir / cuando no quedan / islas para naufragar / al país / donde los sabios se retiran / del agravio de buscar / labios que sacan de quicio, / mentiras que ganan juicios / tan sumarios que envilecen / el cristal de los acuarios / de los peces de ciudad…»)

Nos vemos por aquí a mediados de diciembre. Disfruten, como siempre, con nuestro servicio de bar y nuestras especialidades típicas.

Let’s dance little stranger / Show me secret sins / Love can be like bondage / Seduce me once again
Burning like an angel / Who has heaven in reprieve / Burning like the voodoo man / With devils on his sleeve
Won’t you dance with me / In my world of fantasy / Won’t you dance with me / Ritual fertility
Like an apparition / You don’t seem real at all / Like a premonition / Of curses on my soul
The way I want to love you / Well it could be against the law / I’ve seen you in a thousand minds / You’ve made the angels fall
Won’t you dance with me / In my world of fantasy / Won’t you dance with me / Ritual fertility
Come on little stranger / There’s only one last dance / Soon the music’s over / Let’s give it one more chance
Won’t you dance with me / In my world of fantasy / Won’t you dance with me /Ritual fertility
Take a chance with me / In my world of fantasy / Won’t you dance with me / Ritual fertility

Vamos a bailar, forasterito / Enséñame a pecar en secreto / El amor puede ser darle al bondage / Sedúceme otra vez
Ardiendo como un ángel / Que tiene el cielo por indulto / Ardiendo como el hombre del vudú / Que anda con ideas de diablos
No vas a bailar conmigo / En mi mundo onírico / No vas a bailar conmigo / Fertilidad ritual
Como una aparición / No pareces de verdad para nada / Como una premonición / De maldiciones en el alma
La forma en que quiero amarte / Bien podría ser del todo ilegal / Te he visto en miles de mentes / Has provocado que cayeran los ángeles
No vas a bailar conmigo / En mi mundo onírico / No vas a bailar conmigo / Fertilidad ritual
Vamos, forasterito / Solo queda un último baile / En poco se acaba la música / Vamos a ver si ahora lo hacemos
No vas a bailar conmigo / En mi mundo onírico / No vas a bailar conmigo / Fertilidad ritual
Mira a ver si lo hacemos / En mi mundo onírico / No vas a bailar conmigo / Fertilidad ritual

Escena de Bande à part de Jean-Luc Godard (1964) con música de Nouvelle Vague, «Dance with me», del disco Nouvelle Vague – Bande à part (2) (2006), versión de la canción del mismo título del disco homónimo de The Lords of the New Church (1983).

C’est étrange d’entendre parler français.[…]

J’ai beau me le répéter, je ne sais pourquoi cette nuit j’ai échoué tout seul, dans cette ville indifférent où il ne reste plus rien de nous.

Es raro oír hablar francés. […]

Pese a repetírmelo, no sé por qué esa noche he fracasado a solas, en esta ciudad indiferente donde nada queda ya de nosotros.

Patrick Modiano, Quartier perdu (1984)

Mancunian Red Tiles Sea

«A Sea of Red Tiles at Manchester University», foto de MartinSFP, 21 de abril de 2009.

Por seguir con lo que decíamos ayer (y antesdeayer, y el día de antes, y el día anterior…), una contribución pasada por el chino (o manga pastelera) de la paradoja lógica que es tan del gusto de esta casa:

Este es un oficio que no te hace rico, te entretiene mucho, te da bastantes disgustos, genera una cierta tensión (que acaba dañándote la salud), es bastante imprevisible… Luego, lo bueno que tiene, conviene disfrutarlo. Si desde el principio te haces disciplinado, por no decir servil; si crees que los jefes siempre tienen razón; si crees que la universidad está por encima de la investigación… déjalo, porque no vale la pena: no te va a compensar. Para llevar una vida ordenada y más o menos burocrática, búscate cualquier otra cosa. Si mantienes una actitud un poco no ya de resistencia, pero de escepticismo frente al poder; si aceptas las incomodidades pero también ves lo divertido que es contar historias, descubrirlas y contarlas; sí, es muy entretenido. No comerás de maravilla, pero… (A veces sí).

Coda:

Cuando eres fuerte con los fuertes, te lo pasas muy bien, pero te llevas muchas hostias. Como decíamos: pues, si aceptas que de vez en cuando te caerá una hostia, tendrás momentos de diversión que no te va a dar ningún otro oficio. Si eres fuerte con los débiles y débil con los fuertes, acabarás teniendo una opinión relativamente mala de ti mismo y eso tampoco te va a ayudar.

Antonio González con la colaboración de Javier F. Barrera entrevista a Enric González, Caspa.tv, 28 de octubre de 2009 (texto adaptado a partir del minuto 9’18”).

Doble coda sobre la actualidad política española y sus estados libres asociados:

Hay quien llama hogar al sitio donde deja la maleta. Hay quien llama patria al sitio donde puede mandar. Prenafeta fue, y supongo que sigue siendo, uno de esos patriotas del mando. Iniciaron el proceso de construcción de una nación, Cataluña, pero supieron repartir los papeles. A los fieles, los seguidores, la tropa, les correspondía el fervor y el sentimiento. Ellos, los padres fundadores, cargaron con el peso de la realidad. Ya saben, el peso de la materia: un territorio, para recalificar; un presupuesto, para repartir entre los amigos; una cierta cantidad de riqueza colectiva, para especular en beneficio propio. Y una bandera para ocultar el abracadabra patriótico.

Únase a nuestras disquisiciones sobre las patrias y sus coágulos.

El autor y parte de sus lectores y no pocos de sus amigas y amigos (varios) hemos de confesar un gusto inveterado y probablemente censurable por las cosas de Enric González.

Luego lo mismo volvemos sobre Alfonso de Zamora: de momento nos interesaban más nuestras circunstancias, más que las suyas. De momento, me siguen admirando los que siempre me han admirado: jubilado de su cátedra de Mánchester, me llegan noticias de que uno de mis mentores y no el que menos influencia haya tenido en mi forma de ver las cosas, Bernard S. Jackson, se ofrece ahora a dirigir doctorados y tesinas a distancia desde su casa de Liverpool. No sé cuánta gente prescindible corre el mundo, pero tengo cierta claridad de juicio en las características, formales e informales, de quienes son imprescindibles. Menos mal.

«Ahora completamente vacía, la Calle del Estudioso, con la Iglesia de Earle Road al fondo, muestra su desolación mientras espera su postrer destino: el buldócer» («Scholar Street, Edge Hill», foto de Russ Oakes, 11 de enero de 2009).

«Ahora completamente vacía, la Calle del Estudioso, con la Iglesia de Earle Road al fondo, muestra su desolación mientras espera su postrer destino: el buldócer» («Scholar Street, Edge Hill», foto de Russ Oakes, 11 de enero de 2009).

Our Voyage having come to an end, I will take a short retrospect of the advantages and disadvantages, the pains and pleasures, of our circumnavigation of the world. If a person asked my advice, before undertaking a long voyage, my answer would depend upon his possessing a decided taste for some branch of knowledge, which could by this means be advanced. No doubt it is a high satisfaction to behold various countries and the many races of mankind, but the pleasures gained at the time do not counterbalance the evils. It is necessary to look forward to a harvest, however distant that may be, when some fruit will be reaped, some good effected. Many of the losses which must be experienced are obvious; such as that of the society of every old friend, and of the sight of those places with which every dearest remembrance is so intimately connected. These losses, however, are at the time partly relieved by the exhaustless delight of anticipating the long wished-for day of return. If, as poets say, life is a dream, I am sure in a voyage these are the visions which best serve to pass away the long night.

Habiendo llegado nuestro viaje a su fin, puedo ahora resumir brevemente las ventajas e inconvenientes, los quebrantos y placeres, de nuestra circunnavegación del mundo. Si alguien me pidiera consejo a la hora de emprender un largo viaje, solo podría responderle si le poseyera una afición profunda por una alguna rama del saber, que fuera aumentada por este medio. Sin duda uno puede sentirse de sobra satisfecho por el mero hecho de contemplar países distintos y las muchas razas de la humanidad, pero estas satisfacciones no contrapesan lo malo, que solo amortigua la necesaria expectativa de que la cosecha futura, por muy lejos que quede, dará algún fruto, que reportará algún bien. De las pérdida que se habrán de vivir, muchas son obvias, como la compañía de todos los viejos amigos o la de tener a la vista los lugares que están ligados a los más queridos recuerdos. Y pese a todo, estas pérdidas se mitigan por el infatigable deleite de anticipar el ansiado día de la vuelta. Si, como dicen los poetas, la vida es un sueño, estoy seguro de que en un viaje, estas son las visiones que mejor ayudan a que pase pronto la larga noche.

Charles Darwin, The Voyage of the Beagle (pongámoslo así por abreviar), cap. 21: «Mauritius to England».

(El viaje no ha acabado…)

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.

Expolio gibraltareño salmantino

La anteriormente conocida como Calle Gibraltar, foto de Buñuelesco, 25 de noviembre de 2008

Por ninguna razón extraordinaria sino por las de siempre (que prohijan, por ejemplo, el mismo nacimiento y desarrollo de este cuaderno de viajes que os escribo, bien sea entre países, bien entre libros manuscritos) me encontraréis hasta finales de julio en la famosa ciudad del Tormes que, por seguir con la panoplia literaria, se hace acreedora de elogios de diablos voladores (signifique eso lo que signifique):

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.

Lo de la apacibilidad de su vivienda en la Salamanca eternamente universitaria, sandamente tuna y permanentemente goliárdica (me cuentan que no es que exista ya solo el jueves universitario: es que ahora se estila el martes, el viernes y el domingo, con el complemento del sábado), debe de ser una histórica coña marinera (fluvial, claro) del viejo Miguel, como en tantas otras cosas. O un trasunto literario de dos amigotes que, pasados los cuarenta, se juntan frente a dos güiscazos a recordar lo apacible de su vivienda y de su vivencia universitaria. Aquellos maravillosos años.

Siempre había dicho yo que, salvadas las distancias que impone el sistema tan poco sistemático de investigación y docencia universitaria de mi patria, Salamanca podría haber sido el escenario casi perfecto para un Oxford español, secundado por Alcalá de Henares o Santiago de Compostela en formato Cambridge. Siempre lo había dicho, aun sabiendo que, de donde no hay, no se puede sacar; que aquí paz y después gloria; y que, visto lo visto, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Y en esas estamos y así nos luce el pelo: el de la cabeza y el del arco del triunfo de cuyo paso y paseo tanto disfrutan según qué próceres con muceta.

Lo que no había dicho hasta ahora y me acabo de dar cuenta en mi primer día salmantino es que Jerusalén y Salamanca se parecen, que ya es decir. Y se parecen en algo fundamental: la reverberación de su luz que produce la piedra con que estan construídas, la del Tormes y la del secarral mediooriental. Como yo, en otras circunstancias, tendría que estar de viaje por Jerusalén («Mi corazón,está en Oriente, y yo en los confines de Occidente»), me ha producido una curiosa reacción de apacibilidad íntima, si no por la vivienda, porque, sospecho, esas olimpiadas judaísticas jerosolimitanas que convocan cada cuatro años en la dizque capital de los siónidas, de los sionistas y de los sionólogos habrían sido una cita mucho más insoportable, mucho menos apacible y en un lugar de lejos muchos menos ameno que la que tengo, durante las próximas tres semanas, con la Biblia aramea (manuscritos 1 al 3), con la Banda de los cuatro (Camhi junior en versión gramatical y lexicográfica; Camhi senior y el rabino Meir, el limitante: manuscrito 6); la Biblia latinada (manuscritos 589, 590 y 2170) y el serendípico De astrologia en román paladino, dizque traducido de la lengua santa en que lo escribió Abraham Avanazra, como le decían en el vernáculo de su tierra (manuscrito 2138); a la sombra todos de la catedral resplandeciente, en el rinconcito tan ameno del fondo del Patio de las Escuelas Mayores.

Ea, señoras, señores, queden con Dios…

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.

On England’s pleasant pastures seen!
¡De Inglaterra en sus amenas verduras percibido!
William Blake

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Conviene volver, de tanto en tanto. Mañana, más.

Απολ. Ὥ φίλτατε, καὶ δῆλόν γε δὴ ὅτι οὕτω διανοούμενος καὶ περὶ ἐμαυτοῦ καὶ περὶ ὐμῶν, μαίμοναι καὶ παραπαίω.

Les he cogido cariño

Apolodoro: ¿Te parece, querido mío, que es preciso ser un furioso y un insensato, para hablar así de mí mismo y de todos los demás?

Platón, El banquete, 173e, traducción de Patricio de Azcárate.

(Nota bene, beneuola lectrix, benigne lector: El autor de estos perurimforma absoluta de perure; formas ambas oxítonasno se hace responsable de los excesos de gases que provoca en Gustavo Bueno y sus acólitos la ingesta diaria de fabada. Asturiana).

No hay que preocuparse en exceso: siempre hay gente sensata. Los únicos problemas se suscitan por la cantidad y su porcentaje.

אילמלא לא ניתנה תורה היינו למידין צניעות מחתול וגזל מנמלה ועריות מיונה דרך ארץ מתרנגול

Si no se hubiese dado la Torá, habríamos aprendido modestia por el gato, respeto por lo ajeno de la hormiga, castidad por la paloma y continencia del rijo por el gallo.

Talmud de Babilonia, Eruvin, f. 100b.

«Les he cogido cariño…», foto de (gina), 21 de abril de 2007.

[…] Después de la intensidad del último día, tan sólo puedo expresaros muy sinceramente mi agradecimiento por el interés que habéis mostrado en el seminario […] y por la extraordinaria calidad humana que habéis manifestado todos y cada uno de vosotros. Desde mi punto de vista, algunos de los principales males que subyacen a las diversas crisis que sumen al mundo académico no son estrictamente de orden teórico sino actitudinal y anímico. Cuando los docentes no son nada más que aburridos funcionarios que no creen ya en lo que hacen, que no se divierten ni se hacen preguntas… cuando las jerarquías y relaciones de poder (avales del pudor y el temor a equivocarse o a caer en el ridículo de que alguien sea más interesante que tú) estrangulan el intercambio de ideas… en definitiva, cuando el estudiar se aleja de la pasión, entonces nada de lo que nos traemos entre manos tiene sentido… ni dentro ni fuera de las facultades. Nuestro seminario, no sólo ha sido (creo) una prueba del interés de la teoría […] y de la altura intelectual de algunos de sus pensadores […] sino también una demostración de cómo puede trabajarse y vivirse en grupo un encuentro universitario.

Se podría formular así: la capacidad de análisis de la realidad en el entorno académico, expresado en el número de minutos que se pasan del tiempo estipulado para las presentaciones en congresos y del grado de jerga que acapara la palabra leída – que no hablada – en lo expuesto, es directamente proporcional, en sentido inverso, a la facundia, la gracia y el salero de los deponentes (del latín depono, deposui, depositum: «encontrarse en el convencimiento de que el inglés y el PowerPoint © producen, por ósmosis directa e indirecta, la sabiduría en los académicos, antes conocidos como sabios o eruditos» Véase igualmente e-rudito: «paletillo con ínfulas profesorales de la era cibernética»). No deja de sorprender el número de necrófilos en el mund(ill)o académico. Yo, si puedo elegir, mejor la lechuga fresca, las carnes prietas y cierta gracia al punto, ¡que no estamos en un entierro de tercera!

First time using folding tools

«First time using folding tools», foto de Eric Gjerde, 25 de septiembre de 2006.

[En la misma serie.]

Cuando L., entonces profesor titular todavía, me dijo aquella frase sumaria: – «Mi objetivo principal es llegar a catedrático, como es lógico», me vino a la mente Montaigne:

De toutes les resveries du monde, la plus receue et plus universelle est le soing de la reputation et de la gloire, que nous espousons jusques à quitter les richesses, le repos, la vie et la santé, qui sont bien effectuels et substantiaux, pour suyvre cette vaine image et cette simple voix qui n’a ny corps ny prise.

De todas las ensoñaciones del mundo, la más aceptada y más universal es el cuidado de la reputación y la gloria, al que nos ayuntamos hasta abandonar riquezas, sosiego, vida y salud, que son bien reales y substanciosos, con tal de seguir una imagen vana y esa mera voz que no tiene cuerpo ni entidad.

Tal vez me debiera haber acudido a las mientes el Tasso:

La fama ch’invaghisce a un dolce suono
Gli superbi mortali, et par si bella,
È un echo, un sogno, anzi d’un sogno un ombra
Ch’ad ogni vento si dilegua et sgombra

La fama, que enamora por su dulce sonar
a los mortales soberbios, y por tan bella,
es un eco, un sueño, aún más: del sueño, sombra
que por los vientos dilúyese y abandona.

pero eso hubiera sido una pedantería insoportable.

L. llegó, unos años después, a catedrático. Y ahí sigue.

En fin…

La silla roja

Toute autre science est dommageable à celuy qui n’a la science de la bonté. Mais la raison que je cherchoys tantost, seroit-elle point aussi de là: que nostre estude en France n’ayant quasi autre but que le proufit, moins de ceux que nature a faict naistre à plus genereux offices que lucratifs, s’adonnant aux lettres, ou si courtement (retirez, avant que d’en avoir prins le goût, à une profession qui n’a rien de commun aveq les livres) il ne reste plus ordinairement, pour s’engager tout à faict à l’estude, que les gens de basse fortune qui y questent des moyens à vivre. Et de ces gens là les ames, estant et par nature et par domestique institution et example du plus bas aloy, rapportent faucement le fruit de la science. Car elle n’est pas pour donner jour à l’ame qui n’en a point, ny pour faire voir un aveugle: son mestier est, non de luy fournir de veue, mais de la luy dresser, de luy regler ses allures pourveu qu’elle aye de soy les pieds et les jambes droites et capables. C’est une bonne drogue, que la science; mais nulle drogue n’est assez forte pour se preserver sans alteration et corruption, selon le vice du vase qui l’estuye. Tel a la veue claire, qui ne l’a pas droitte; et par consequent void le bien et ne le suit pas; et void la science, et ne s’en sert pas.

Cualquier otra ciencia es desventajosa para el que no posee la ciencia de la bondad. Pero la razón que antes yo buscaba nada tendría de aquella: puesto que los estudios en nuestra Francia no tienen casi otra meta que la ganancia, menos hay, de los que la naturaleza haya hecho nacer dispuestos para oficios más generosos que lucrativos, que se dediquen a las letras, o bien se dedican con tal brevedad (retirándose, antes de haber cogido gusto al estudio, a una profesión que nada tenga que ver con los libros), que no quedan de ordinario, para dedicarse plenamente al estudio, más que las gentes de baja fortuna que buscan con ello de qué vivir. Y las almas de estas gentes, siendo por naturaleza, y por la instrucción y el ejemplo que les dieron en sus casas, de la más baja ley, consiguen falseado el fruto de la ciencia. Pues no ha de dar a luz el alma que no tiene condición, ni la vista devolverle a un ciego: su oficio no es darle la vista, sino de arreglársela, de enmendarle la forma de caminar a fin de que tenga por sí misma pies y piernas derechos y capaces. Buena medicina es la ciencia, mas ninguna ciencia no tiene fuerza bastante para preservarse sin alterarse ni corromperse obviando los fallos del frasco que la conserva. Uno tiene clara la vista, pero no mira a derechas, y, en consecuencia, puede ver el bien pero no lo sigue, y la ciencia ve, pero no la emplea.

Michel de Montaigne, Ensayos, libro i, capítulo xxv, «Del pedantismo», pág. 141.

«La silla roja», foto de Lois BCN, 5 de noviembre de 2008.

loor 01

«No prediques sciencia al loco / porque no te tenga en poco. / No presumas con la sciencia / que es locura & innocencia. / Es la sciencia en los Sabios / vn dulçor tan diuinal / que no ay otra su ygual».

Del breve aunque jugoso compendio de sentencias bíblica traducidas en rima castellana que Alfonso de Zamora publicó en la segunda década del siglo xvi, que alcanzó cierta fama y algunas reimpresiones.

Semanada buena y clara.

«Dormons, dormons tous», preludio de la escena iv del acto iii de la ópera Atys (1676) de Jean-Baptiste Lully, interpretado por Gilles Ragon (en el papel del Sueño) y Les Arts Florissants, dirigidos por William Christie, en 1987.

Sin embargo, tales éxitos no arrancaron la planta maligna que crecía en el corazón del maestro, sembrada en su niñez miserable, o que quizás había traído con él al mundo. Cualquier ocasión era buena para que sacara hacia afuera, hacia el sol de Florencia, sus duras ramas espinosas. No empleaba el tono hiriente sino el melancólico, pero quien lo escuchaba percibía, debajo de las frases plañideras que recordaban a los «piagnoni», a los llorones savonarolianos, el erizamiento de las púas, la armada cactácea permanente. Pierus Valerianus levantaba la vista de un diálogo platónico y, con un pretexto mínimo, se lanzaba a lamentar la desventura de quienes habían elegido el áspero camino de la docencia o de la investigación y ven transcurrir sus vidas triplemente acechados por la envidia, por el desdén y por el hambre. Algunos años después, cuando se produjo el saqueo de Roma, aquel espectáculo atroz le sugirió un libro, Contarenus sive de litteratorum infelicitate, en el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas. Al leerlo, ha vuelto a brotar de sus páginas muchos de los personajes a quienes Pierio Valeriano invocaba durante las clases florentinas. Casi no hay escritor de entonces que no haya sido ubicado por él en un peldaño de su escala de infelicidades.

Medici Riccardi

Hombres sin cesar sujetos al capricho de los grandes ambulan por sus páginas; hombres que, en tiempos de revuelta, perdían primero sus sueldos y luego sus cargos; hombres cuyos manuscritos eran quemados en los incendios de las ciudades y en las destrucciones urgidas por las pestes; hombres corridos a insultos y calumnias y por sus propios colegas; hombres que, en las labradas cárceles de los palacios, añoraban la ausente libertad de la cual gozaba el fraile mendicante más mínimo. Tal vez ésa fuera la causa de la pesadumbre de Valeriano, esa última: la noción de que era un prisionero en el palacio de la via Larga. Sin embargo, Pierio no hubiera podido vivir en otro lugar. Necesitaba la atmósfera del palacio, su tono, sus bibliotecas, sus antiguas colecciones; sentir que su sombra prolongaba tantas sombras memorables, la de Marsilio Ficino, la de Poliziano, la de Pico de la Mirandola… Lo he dicho: la protesta, las hieles del agravio, estaban metidas, estancadas dentro de él y nada podía contra eso. Después de todo, los escritores y los profesores, corona del humanismo, que, no obstante la retórica del miramiento, vivían eternamente postergados por los dueños de los señoríos, quienes los consideraban un poco como bufones y un poco como criados, en todo caso como miembros de una casta especial, aparte, a la que no había que tomar muy en serio porque entonces era capaz de volverse peligrosa (ya que los señores barruntaban que anhelaba usufructuar el poder, fundándonse en presuntas razones de inteligencia), no la pasaban mal en los caserones florentinos del siglo xvi.

Manuel Mujica Lainez, Bomarzo, capítulo ii («Incertidumbres del amor»), 1962.

«En el cual se ocupa exclusivamente de sus atribulados colegas»: se olvidó de uno, al menos: Juan Luis Vives (1492-1540). Y de Alfonso de Zamora, claro, pero, en fin, no hay color, tampoco exageremos.

«Oranges», foto de n.gottier, 5 de marzo de 2006.

Para María, con acento y con afecto.

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De izquierda a derecha, de arriba abajo: «‘El escritorio de tu ordenador’: ‘Atajos más usados: Navegador de internet’; ‘Proyectos apartados [Proyectos apartadísimos]’; ‘Tareas por hacer: Por hacer, De verdad que hay que hacerlo, Lo que había que haber hecho la semana pasada’; ‘Música pirateada, películas, comics (uso principal de la conexión de alta velocidad de la universidad)’; ‘Artículos que deberían estar leídos hace meses’; ‘Borrador con los comentarios del director’; ‘Cosas que no sabes donde mandarlas pero que no quieres borrar porque eres un obsesivo-compulsivo’; ‘Archivos de instalación de programas indeterminados que solo has usado una vez y que ahora no tienes ni idea de para qué sirven’; ‘En cuarentena’: ‘adjuntos que te mandaron tus padres’, ‘Fotos borracho en la hora feliz’; ‘Cosas de la tesis’».

Jorge Cham, «Your computer desktop», PhDComics, 5 de mayo de 2009.

Un intercambio de comentarios en el blog de Juan Pedro Quiñonero me aguza la prisa (que nunca es buena consejera) de rematar un apunte que lleva tiempo en la alacena. Confiar en que la juventud, parámetro por otra parte tan variable según épocas y lugares, sea de verdad la única enfermedad que indefectiblemente se cura con el tiempo, no me redime de la sospecha de que Quiñonero acierte al decir: «Me gustaría pensar que la pedantería suficiente pudiera curarse con la edad».

Vaya usted a saber.

Sin ser irrelevante, ya digo que sobre todo por lo atinado de su deseo, la sustancia de este apunte se fundamenta en lo que yo afirmaba (con sintaxis por cierto bastante mejorable):

Entre los hispanistas franceses (conocedores de España por obligación profesional) es el único caso de hispanistas que he tratado en que he encontrado un número relevante de hispanófobos, sin que tal circunstancia les pareciera en general una contradicción in terminis. De ahí mi méfiance general, abusiva seguramente.

Que él negaba:

No conozco ningún hispanista hispanófobo. La inmensa mayoría de los hispanistas queconozco aman mucho y conocen muchísimo España.

Imaginemos que mi afirmación sea verdad. Solo imaginémoslo, porque Quiñonero es mayor que yo y por tanto hemos de estar seguros de que se ha curado de ese defecto tan reprochable que es la soberbia suficiente, especialmente notorio, ya queda dicho, a causa de la poca edad.

Como del nacionalismo, del que yo me permito afirmar con soberbia que bueno, lo que se dice bueno, no hay ninguno, sea en su estadio previo al éxito o – más a menudo – una vez conquistada la hegemonía social y el gobierno de la cosa pública, de xenofobia, y específicamente de hispanofobia, y marginalmente de hispanofobia a la francesa, hay muchos tipos. El subtipo específico del que yo hablaba era el que nutre la hipotética contradicción – si la evidencia empírica que yo creo haber recogido pudiera contradecir la experiencia de muchos años de Quiñonero en París y en Francia – de ser equisistanólogo («dícese del especialista en cuestiones relativas al país de Equisistán») y ser, a la vez, equisistanófobo. En la variante francesa de esa afección que yo he creído detectar en más ocasiones de las que quisiera, el tipo de desprecio (componente principal de cualquier xenofobia) es precisamente el menosprecio por altanería suficiente. En ese tipo de desprecio por la cosa hispánica (sea lo que sea tal cosa), África – que es en este tipo de mentalidad archivo de todos los atrasos y albergue de casi todas las barbaries – empieza en los Pirineos y reduce mi Península natal al estado de curiosa parcela de safaris con salacot.

En ese tipo de desprecios, en Madrid el expedicionario rememora que:

Sortant d’une auberge où l’on grille encore le cochon dans un four au bois de chêne rouvre et après un gâteau de riz au lait, on se retrouve dans une taverne aux sons nostalgiques du flamenco. Dans les vibrations des claquettes et castagnettes flambe le Madrid éternel, perdu entre Orient et Occident.

Al salir de un hostal donde aún se tuesta el cochinillo en un horno con madera de carrasca y después de una tarta de arroz con leche (?), acabamos en una taberna escuchando los tonos nostálgicos del flamenco. En el vibrar de taconeos y castañuelas, relumbra el Madrid eterno, perdido entre Oriente y Occidente.

A l’heure sacrée de la siesta, le quartier de Chueca, petit Marais madrilène encore baigné par la Movida, se prépare à l’effervescence nocturne.

A la hora sagrada de la siesta, el barrio de Chueca, pequeño Marais madrileño bañado aún por la Movida, se apresta para la efervescencia nocturna.

Madrid, c’est aussi Almodovar. Portraitistes, jeunes gens allongés par terre, saltimbanques et photographes jouent une pièce féerique sous la voûte céleste. Familles madrilènes et touristes cheminent d’un bar à l’autre, savourant des plats aux allures paysannes. Madrid, c’est l’appétit dans la démesure.

Madrid es también Almodóvar. Retratistas, jóvenes tirados por el suelo, saltimbanquis y fotógrafos interpretan una obra de fantasía bajo la bóveda celeste. Familias madrileñas y turistas andan de un bar a otro, probando platos de regusto terruñero. Madrid es el apetito en la desmesura.

Que todo esto lo diga Le Point (proveedor de los excelentes análisis económicos de Nicolas Baverez y Jacques Marseille, según la amabilidad de Quiñonero advierte a mi ignorancia) ofrecería el trasfondo de mi tesis: la de los hispanistas hispanófobos franceses. Alabarle a la mujer de uno lo excelente de su toque con la paella, mientras se la mantiene con la pata quebrada y en casa, es como alabar el sol, la alegría, la fiesta y la siesta de los españoles desde una terracita del Boulevard Saint-Michel: reprobable. Pero es justamente eso lo que el notorio catedrático hispanista de nación francesa, asesor bien pagado de innumerables eventos culturales que abona a precio de rescate de piratas el Gobierno español, hace cuando rechaza sistemáticamente las peticiones de formar parte de tribunales de tesis en la Castilla profunda (y fría) y acepta, con igual rigor, todas las que provienen de la Málaga jacarandosa (y cálida). A la misma escuela podemos adscribir a los pensionados de la Gran Casa de Francia en España, que pasaban ocho de cada diez meses de su encomienda temporal en la Métropole cabe el Sena, en lugar de en su destino obligado, y se permitían, amparados por su título universitario de «descifradores profesionales de la España eterna», pontificar sobre la íntima conexión entre el trasfondo metafísico de hidalgo tristón del hispanófono y la productividad de la fábrica de Renault en Valladolid. Igual y reprensible doctrina trasluce del análisis que hace el aspirante ambicioso a mandarín académico, especialista de los mundos atlánticos (?), muy franceses y poco hispanos al parecer, cuando afirma y remacha en el debate público la centralidad de Francia y la marginalidad efectiva de la historia hispánica… por su inexorable condición de «marginal» respecto del mundo… atlántico (?).

Al cabo de casi tres años de residencia y bastantes más de convivencia con el potente lobby profesional de los hispanistas franceses, la frecuencia de esta afección de hispanofobia por altanería me preocupa. Quizá, si Quiñonero tiene la razón que le supongo por experiencia y tino acreditados, me debería preocupar por mi exceso de susceptibilidad. Y todos deberíamos felicitarnos porque, como en el caso de Italia, ese otro gran objetivo de las querencias francesas y de sus redes culturales, Francia sea pródiga en darnos tantos de sus hijos, enamorados objetivos de nuestras bellezas colectivas y censores igualmente equilibrados de nuestros desafueros nacionales.

Dicho lo cual, solo me queda preguntarme si las naciones, y las categorías de (¿des?)conocimiento que por la fuerza de su naturaleza ellas mismas originan, provocan otra cosa que hacernos, en nuestras vidas individuales, la puñeta.

Y el caso es que el origen real de este apunte era algo distinto y, me parece, más interesante que este apunte infelizmente diletante (afortunadamente corregido por la pericia de la mucha experiencia en el negocio hispanista y francés de Juan Pedro Quiñonero). Los que os hayáis cruzado con mi verborrea en persona, quizá hayáis notado mi insistencia en glosar las prevenciones que me ha inoculado mi condición repetida de extranjero, conjugada con mi casi inexistente patriotismo y mi aceptación analítica y mi repulsión cívica por algunos de los conceptos que nos ha legado la Edad Contemporánea: nación, clase e individuo.

Ya sabéis que considero Inglaterra mi patria intelectual . Allí me topé con un fenómeno que despertó profunda y perdurablemente mi atención: el de que yo, por mi innata e involuntaria condición de español, fuera a la vez cobaya inicial y concentrado químico final de las disquisiciones de un nutrido y notable grupo de entómologos: los hispanistas. En mi experiencia, eran una tribu, quizá una raza, tranquila, a veces ingenua por no ser conscientes de que los huesos de santos se comen por noviembre y, sin embargo, las torrijas por Pascua (que no es lo mismo que Pascuas, sutil morfología cronológica que separa en español el natalicio de Dios de su pasión, muerte y resurrección). Pero, ya digo, en mi experiencia eran un grupo humano respetable, con las excepciones propias de todo grupo humano amplio. En Túnez, mi experiencia fue parecida. Allí era otra la cosa: la condición hispanista proveía de altanería, sí, pero ciertamente intratunecina. Las orejas, en general, junto con la altanería, se volvían gachas en cuanto tropezaban con un aborigen español.

Pero ya digo que esa es solo mi experiencia y mi mala memoria.

Solo en Francia y entre franceses esta excepción altanera de los hispanistas hispanófobos me ha parecido lo suficientemente notoria (y preocupante, por el peso específico del gremio en la cultura y la impostura burocrática del Estado francés – «La France, c’est l’État; le reste, c’est du paysage» –).

Por el bien de la concordia entre las naciones (y entre quienes las interpretan), me felicito de que la mayor experiencia de Juan Pedro Quiñonero le permita negarme la mayor.

Hispanistas hispanófobos, hebraístas antisemitas, arabistas maurófobos y, en general, filólogos redundantes, armados para comprender el mundo de esencialismo lingüístico (que en su caletre igualan a cultural, como si fueran siquiera sinónimos) y de historia teleológica: son subcategorías de desprecio que me he topado con demasiada frecuencia para evitar señalarlas. Si la caridad fuera permisible con estos individuos, cabría quizá emocionarse ante ingenuidad tan entrañable: Dios, dijera lo que dijera Nietzsche, no ha muerto. Simplemente, en las conclusiones de estos especialistas que nuestros modernos templos universitarios del saber procrean, Dios se ha mutado en naciones (por lo que sospecho de que están íntimamente convencidos de la verdad de las categorías teológicas de politeísmo y jerarquía divina). Que, pese a mi agnosticismo general, la práctica de la liturgia propia de mi profesión me haya hecho coincidir en la misma iglesia con estos teólogos del destino colectivo (e inmutable), es solo una constatación más de lo perra que es la vida.

Una última constatación: Le Point, como el ABC en España, es una publicación conservadora, «de derechas», si se quiere. Esto, en cualquier caso, es como no decir nada hoy por hoy, me temo.

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Todos estos eruditos se autodefinen como «científicos». Dominan un método que les permite leer, traducir e interpretar textos y documentos del pasado. Y ello lo hacen de forma objetiva, desapasionada y fiel. Si se les pregunta por su ideología nos dirán que, como científicos, carecen de ella. Y, aunque la tuvieran, ello no interferiría nunca en su investigación. Su probidad no se lo permitiría en modo alguno. Ellos no aspiran a dirigir las conciencias. Su ideal de vida es el de una vida retirada, casi monacal, en la que gustan de relacionarse con sus colegas, que son los que verdaderamente los comprenden y con los que comparten su amor al pasado y a las lenguas muertas, lenguas cuyo cultivo es quizá una de las pocas cosas que nos pueden permitir el llegar a ser plenamente humanos.

José Carlos Moreno Barrera, «Historia Antigua, ¿para qué? Vigor y decadencia de la tradición clásica», ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, pág. 176.

«Details Interior arches – Panthéon, Paris», foto de Timlam18, 31 de enero de 2009.

Me llega el último número (doble) de la Gazette du livre médiéval, que hace el quincuagésimo segundo-quincuagésimo tercero, correspondiente a la primavera y el otoño de 2008. Como siempre, viene cargada de saberes y de curiosidades, aderezados de noticias, hallazgos, convocatorias y también necrológicas que nos recuerdan la necesidad de no dejarse embebecer por la vanidad de vanidades que serpentea por las regalías de las jerarquías profesionales y académicas.

No oculto que a la Gazette le tengo un aprecio de alguna manera especial. Siempre me ha parecido que, modesta, pequeña y relativamente concisa como es, cumple a la perfección los objetivos por los que se creó: dar voz y forma de animado y civilizado foro periódico a la profesión a veces innombrada, otras innombrable, que se complace en el estudio de los libros viejos y sus circunstancias. Por su misma combinación de modestia y eficacia, la Gazette pertenece a una estirpe que es más mía que ninguna otra: la de aquellos académicos que son conscientes de que el rigor hace lo esencial de nuestra profesión; de que la creatividad debe aliarse para ser verdadera con cierta modestia; de que el espíritu cívico es la única criatura paranormal que debe prohijar nuestros afanes; de que las cuentas claras son el principio de las ideas claras, más si es el caso de de que nuestras cuentas se nutren del erario público. En suma, de que, científicos como parece que somos, nos debemos a nuestro público: a lo público.

Entre las páginas 1 y 15, D. Durkin Meisterernst (Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften) me revela la existencia de una tradición literaria, paleográfica y religiosa casi perfectamente desconocida para mí: los maniqueos del Asia Central:

The Manichaean materials consists mostly of leaves from codices, some scrolls (not touched upon here), loose sheets of paper (practice pages, lists, tables) and letters. However, none of the collections contains whole books; with one exception, all of the material consists of leaves or parts of leaves that clearly have been deliberately torn from the quires and the books they once belonged to.

Mark Clarke (Universiteit van Amsterdam y Clericus), en las páginas que van de la 16 a la 24, «Book satchels in Early Mediaeval British Isles», habla de unos artefactos casi desconocidos para mí e interesantísimos, que alían las prácticas antropológicas y mágicas del objeto libro de la Irlanda altomedieval con la Etiopía actual:

This article considers humble book containers: satchels or «budgets», designed for carrying books while travelling, for enabling texts to be worn as amulets, and for convenient book storage.

El respetado especialista J. Peter Gumbert, retirado de la Universidad de Leiden, describe la cuestión primera y fundamental de lo que llamamos en español pautado y en inglés, usualmente, ruling (que corresponde a la réglure francesa): «Old and new style terminology, and ruling systems and methods» (págs. 25-33):

One should distinguish four aspects (following the inspiration provided by the work of Greek codicologists) […] technique, […] pattern and type, […] system, […] method. […] The first three of these can be observed; the method can only be deduced.

El artículo de Åslaug Ommundsen (Senter for middelalderstudier, Universitet i Bergen), titulado «From books to bindings-and back: medieval manuscript fragments in Norway» (págs. 34-44), me hace sonreír por razones estrictamente personales y noruegófilas, no por el destino que describe de los manuscritos oriundos de Noruega, que sería trágico si los libros fueran personas (que no lo son):

The books and book collection of medieval Norway have met a cruel fate. Ninety percent of those books are lost without a trace. […] An estimate is ten to twelve Latin codices, and fifty or so codices in Old Norwegian […].

Este artículo es relevante por varias razones: en el ámbito de la codicología hebrea, una de las iniciativas más relevantes para el futuro inmediato es el proyecto de la Genizah Europea, la recuperación, clasificación y estudio de los fragmentos de libros escritos en letras hebreas que fueron reutilizados como tapas y cubiertas de libros más modernos. Antes de que alguien se ponga a vociferar «¡Antisemitas! ¡Antisemitas!», le digo lo que dicen que decía el rey Alfonso «El Magnánimo» de Aragón (aunque quizá más bien de Nápoles): «vayte, vayte a estudiar». Y luego, vuelves.

Outi Merisalo, del Jyväskylän Yliopisto (Finlandia -obviamente, me atrevería a decir-) habla de algo muy en boga en las pasarelas primavera-verano 2010 de los codicólogos y gentes del mundillo: «Les voies de diffusion des textes médicaux au Moyen Âge: l’exemple du De spermate pseudo-galénien, xiie-xve siècle» (págs. 45-50):

La renaissance galénienne dans les universités européennes de la fin du xiiie siècle et du début du xive siècle (Bologne, Padoue, Montpellier, Paris et autres), rendue possible par les traductions et compilations des siècles précédents, contribue à multiplier les copies des textes non seulement centraux du cursus médical, connus sous le titre collectif d’Articella […] mais aussi plus périphériques. Parmi ces derniers, le De spermate.

Y sí: el libro en cuestión habla de lo que parece que habla.

Marc H. Smith, de la École Nationale des Chartes de París, habla en su artículo «Du manuscrit à la typographie numérique: présent et avenir des écritures anciennes» (págs. 51-78), con bastante gracejo en mi opinión, de un aspecto tan curioso como revelador de la relación de la sociedad actual con las modificaciones del alfabeto latino. Sí, me entienden perfectamente aunque no se lo crean: son esos revivals de letras, algunas dizque inspiradas en los antiguos estilos caligráficos, que desembocan en un resultado tipográfico no por más anacrónico, menos interesante:

Si l’histoire de l’écriture latine est riche en renaissances et résurgences, au xxe siècle plus que jamais l’invention graphique s’est nourrie de formes et d’idées puisées dans le passé, réinterprétées, adaptées au goût et aux conditions techniques du jour. Les filiations graphiques du manuscrit ancien à l’imprimé contemporain méritent d’être évoquées pour plusieurs raisons. Elles traduisent – et redéfinissent sans cesse – ce que le présent voit ou croit voir dans les écritures du passé.

En el apartado «Notes et discussions», completan este número doble de la Gazette los siguientes artículos: «Un instrument de réglure inattendu: la règle» (págs. 79-85) de Denis Muzerelle (Institut de Recherche et d’Histoire des Textes, París); «Descrivere ed identificare (un testo medievale)» (págs. 85-90) de Giovanna Murano (Università di Siena, sede di Arezzo), que a mí me parece tan solo un simpático canto a lo obvio, pero que debe de contener novedades de algún género cuya naturaleza exacta escapa a mis cortas luces; «Eine Quellensammlung zum mittelalterlichen Schrift- und Buchwesen» (págs. 91-95) de Martin Steinmann (retirado de la Universitätsbibliothek Basel); «Online-Katalogisierung mittelalterlicher Handschriften in der Schweiz» (págs. 95-98) de Rudolf Gamper (Vadianische Sammlung, Sankt Gallen), concluye esta sección de interesantes reflexiones no siempre puramente concisas, y da paso a una descripción de proyectos e investigaciones en curso (págs. 99-104); en las páginas 104 y 105 se da noticia de digitalizaciones en curso; entre la 105 y la 107 se da la referencia de recursos en internet; de la 107 a la 129, se da la noticia de diferentes congresos internacionales; de la 129 a la 138, jornadas, seminarios y conferencias y en la misma página 138, cinco noticias de cursos de formación; de la 139 a la 140, noticias de asociaciones científicas (vamos, o eso dicen que son); de la 141 a la 142, noticias de bibliotecas, materia prima de la que están hechos los sueños (húmedos) de un codicólogo; entre la 142 y la 145, exposiciones; y, por fin, de la 146 y la 147, noticias de revistas y colecciones. Concluyen este número las referencias de publicaciones recientes (págs. 148 a 174) y las dos necrológicas de los recientemente fallecidos Pierre Cockshaw (1938-2008) y Manuel C. Díaz y Díaz (1924-2008), reputado especialista este último en los manuscritos visigóticos y medievales cristianos de la Península Ibérica.

Y colorín, colorado, esta gaceta se ha acabado.

Yo, de vez en cuando, trabajo, aunque se note poco. Y una de las partes del trabajo es estar al tanto de lo que ocurra por el ancho mundo relacionado con mi trabajo, más aún dado el fascinante mundo moderno de helipuertos aerospaciales y androides de servicio doméstico en el que vivimos, que permite la circulación a velocidad supercalifragilisticoexpialidosa de la información, los capitales, los turistas y las personas con cifras recurrentes de más de seis ceros en cualquier divisa internacional en la que tengan su cuenta corriente. Así, que digan lo que digan quienes parecen ser mis colegas filólogos (oigan, no me miren así, yo no pedí ser colega suyo), darle al correo electrónico, a los blogs de confrères (tienen algunos en la columna de la derecha) y a las listas de distribución es parte del trabajo en igual medida que la plácida lectura de manuscritos, incunables y postincunables, la redacción de misivas suplicatorias de financiación a mecenas y la fina estrategia militar para dar fintas a la carrera investigadora sin dejarse vencer por la anemia moral. Ya saben: «daß Jahr um Jahr Mittelmäßigkeit nach Mittelmäßigkeit über Sie hinaussteigt, ohne innerlich zu verbittern und zu verderben».

Nuestro fabuloso mundo moderno («La sortie de l’opéra en l’an 2000», Albert Robida (1848-1926).

Nuestro fabuloso mundo moderno («La sortie de l’opéra en l’an 2000», Albert Robida (1848-1926).

Así que doy parte y anuncio a quien corresponda que he sabido hoy, por medio del útil aunque ocasional Blog for the Study of the Jewish Book de Adam Shear, de la existencia en el futuro próximo del siguiente acontecimiento que será seguramente de mucho aprovechamiento para quien pueda asistir:

2009 Early Modern Workshop Announcement

The sixth Early Modern Workshop will focus on the topic of “Reading across Cultures:  The Jewish Book and Its Readers in the Early Modern Period.”  The workshop will be held at the Radcliffe Institute for Advanced Studies at Harvard University from Sunday, August 23, 2009 and to Tuesday, August 25, 2009.  The keynote speaker will be Professor Ann Blair (Harvard University).

The proposed workshop aims to understand more deeply the developments in reading within Jewish society, as well as the impact the Jewish book may have had on culture in early modern Europe among both Jews and Christians. Recent studies, mostly on France, England, and Italy, have focused on the people behind “the book” – not only the author, but also those involved in book production and distribution, as well as the readers.  As Guiglielmo Cavallo and Roger Chartier have argued, the text is fixed, whereas reading is ephemeral and creative.  This workshop will seek to open a discussion of the culture of reading in Jewish society, as well as of the reading of Jewish books in Christian society, during a period of rapid cultural transformation. It will bring existing scholarship on the history of reading in Christian Europe to bear on the subject of Jewish reading. For example, scholars in this realm have highlighted the importance of medieval monastic culture for the development of silent reading, which in the early modern period became normalized within a broader reading community.  What were the different or parallel developments within Jewish society, with its very different institutions and conventions of learning?  How did print and access to books affect readers?  Did it facilitate new reading communities? Did it modify existing reading traditions?  And did it affect the ways of reading?  How did authorities seek to control or prevent access to new texts, and how did these measures affect readers?

The proposed workshop will bring together scholars in European history who have done innovative work in book history and scholars of early modern Jewish culture who have explored the “Jewish book” and its reading in different environments.  Given the dramatic recent developments on the book and reading within non-Jewish historiography, we would like to facilitate a workshop that would bring together scholars of Jewish and non-Jewish cultural history to explore this field.  We hope that such an encounter will allow for a fruitful discussion, opening up some new questions for the broader field of the history of reading.

Please check in later for the full program and participants.

Y ahí se queda, en inglés, que no es cuestión de hacer pedagogía traducida con cosas eminentemente aburridas que interesan a cuatro pelagatos, entre los que me cuento (miau, miau). Pero, nacido en Madriz, ¿qué quieren ustedes que yo fuera, sino gato?

[En la misma serie.]

«Americani, tenete duro,
che presto verremo a liberarvi».

[«Americanos, resistid, que llegaremos
pronto a liberaros».]

Pintada en los muros de Roma en marzo de 1944. Los aliados, desembarcados ya en Italia, retrasaron seis meses el avance sobre la ciudad, insurrecta contra la ocupación alemana.

Todo empezó una noche entre amigos, en el verano del año 2004. Fantaseaban con la idea de abrir un bar de copas. De repente uno dijo: “¿y si nos piden el pizzo?”. En Sicilia, la extorsión se llama así: pizzo. Es el sistema con el cual la mafia impone su tasa y controla el territorio. Al día siguiente, Palermo se levantó con muros, farolas y cabinas telefónicas llenas de estos adhesivos:

Lo que está escrito significa: “Un pueblo entero que paga el pizzo es un pueblo sin dignidad”. Inesperadamente, la ciudad pareció levantarse y reaccionar. Alrededor de los chicos que pegaron los primeros adhesivos se juntaron progresivamente jóvenes que compartían la misma idea: mientras se siga pagando el pizzo, no seremos libres. Porque si mi panadero paga el pizzo, yo también, cuando compro el pan, dejo una parte de mi dinero a la mafia, y me someto a ella. Así nació el comité Addiopizzo.

Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore. […]

Vivat et Republica,
et qui illam regit.
Vivat nostra civitas,
Maecenatum charitas,
quae nos hic protegit.

[«Viva la Universidad, / vivan los profesores.  / Vivan todos y cada uno / de sus miembros, / resplandezcan siempre. […] Viva también el Estado, / y quien lo dirige.  / Viva nuestra ciudad, / y la generosidad de los mecenas / que aquí nos acoge»; Gaudeamus igitur («Alegrémonos pues»), considerado tradicionalmente como el himno de las universidades occidentales; traducción de Alfonso Pozo Ruiz.]

La Finestra editrice, da sempre promotrice di una sapienza “pulita” e “antibaronale” in un paese, l’Italia, in cui l’Università è governata troppo spesso in maniera “mafiosa” e poco “trasparente”, dichiara di NON pubblicare opere di docenti che si siano fatti promotori di concorsi truccati. Se sarà provato il contrario per qualsiasi autore del catalogo editoriale, le sue opere verranno immediatamente ritirate dal mercato.

Blog de la editorial académica italiana La Finestra, «Trasparenza», 12 de febrero de 2009.

[«La editorial La Finestra, que promueve desde siempre una ciencia “limpia” y “anticlientelista” en un país como Italia, en el que la universidad es gobernada demasiado a menudo de una forma “mafiosa” y poco “transparente”, declara que NO publicará obras de docentes que hayan promovido oposiciones fraudulentas.
En caso de haberse probado que cualquier autor de nuestro catálogo editorial ha actuado de tal modo, se retirarán inmediatamente sus obras del mercado.»
]

PEREGRINO

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Luis Cernuda

Actualización: Parece que se le ha estropeado la junta de la trócola al Gúor Pres y ando a ver si viene la grúa para que me lleve el blog al taller. De momento, no ha salido la traducción de la pintada romana, que os añado esperando que venga el servicio técnico, para que me digan si es un forlayo del calostro del cigüeñal que se me ha soltado o, simplemente, que con un par de horas de chapa y pintura va que se chuta:

«Americanos, resistid, que llegaremos pronto a liberaros».

[Evviva l’Italia! (Questa Italia.)]

[En la misma serie.]

אלו הן חסרוני תלמידי הרשום שַאנגיז הקורא בשאלאמנקה : א’ שלא ידע לדבר הלשון כמו לעז במהירות כמו עברי […], ב’ שלא ידע לכתוב אורטוגראפיאה בעל פה ולא צורת האותיות ואינו יודע התרגום וננסהו בהקדמת ישעיה בתרגום שעשיתי, ג’ שלא ידע לקרוא בלא נקודות, ד’ שלא ידע דרכי לשון פירוש ודקדוק

[Estas son las faltas de mi alumno matriculado Sánchez, que lee en Salamanca: i) que no sabe hablar la lengua [hebrea] como habla la [lengua] foránea, rápidamente como un hebreo; ii) que no sabe escribir la orthographia de palabra, ni la forma de las letras, ni sabe traducir [¿o el Targum?], y le examinamos con la introducción de Isaías en la traducción que hice; iii) que no sabe leer sin vocales; iv) que no conoce las artes de la lengua, de la exégesis ni de la gramática.]

Notas manuscritas de Alfonso de Zamora, fechada en 1535, que se halla en el manuscrito de Leiden, Libro de Isaías con traducción, cuyo colofón está fechado el 28 de agosto de 1545. Se trata del último documento fechado que tenemos de la mano de Alfonso de Zamora que pasaría, en aquel momento, de los setenta años.

Cuando nos disponemos a verificar las competencias de nuestros alumnos de instituto, decía más o menos Firpo, nos encontramos en la misma situación que un directivo de una empresa que, necesitando una secretaria que sepa inglés, publica un anuncio en el periódico. Al día siguiente se le presenta una señorita, que sostiene -avalando con documentos su declaración- haber estudiado el inglés durante cinco años, haber asistido a clases de inglés unas cinco horas a la semana, y haber estudiado esa lengua en casa una hora durante todos esos años. El industrial, contentísimo, está seguro de haber encontrado una experta, que domina realmente el londinense como su propia lengua materna. Así que, sólo por el gusto de escuchar la pronunciación británica, que imagina perfecta, le pide a la simpática señorita que hable un poco en inglés. Aquella, por toda respuesta, indignada, lo mira como a un bicho raro, y con cierto aire de irritación sostiene resueltamente que ella no ha oído jamás decir, en sus cinco años de estudio, que se pueda llegar al nivel de poder hablar un buen inglés, si uno no ha nacido en Inglaterra. -Perdóneme, señorita -replica el potencial patrono- ¿pero si estuviese aquí un inglés para hablar con nosotros, usted podría hacerme de intérprete y traducirme sus palabras? -¡Ni lo sueñe! ¿Pero no se da cuenta que sus exigencias son inverosímiles? -¿Sabe escribir cartas en inglés? -¡En absoluto! Sería una operación incorrecta, que daría lugar a una lengua artificial, tachada de extraña por los hablantes nativos.- -¿Pero sabrá por lo menos leerme un texto en inglés? -¡No, no y no! La traducción es un trabajo exigente, difícil, que requiere ponderación, análisis de cada palabra, atención detallada y una revisión minuciosa…- -Bueno, en fin, señorita, ¿me quiere decir que es lo que sabe hacer usted? -Lo que me han enseñado: si usted me da un texto de una decena -un docena como máximo- de líneas y no excesivamente difícil, me concede al menos un par de horas, me proporciona un buen diccionario en el que haya un considerable número de ejemplos, entre los cuales yo pueda encontrar al menos un par de frases para traducir directamente, y tiene la suficiente tolerancia para aceptar tres o cuatro errorcetes, estaré en disposición de traducirle el texto. ¡En nuestra escuela eso era lo que se entendía por «saber inglés»!

Luigi Miraglia, «Cómo (no) se enseña el latín», publicado originalmente en italiano en Micromega, nº. 5,  1996, traducido por José Hernández Vizuete, publicado en la web Cultura clásica y en la de la Asociación Andaluza de Latín y Griego (a través del blog de Sandra Ramos Maldonado, SAL. Scriptorium Academicum Latinum).

Entre las varias desgracias docentes que me ha tocado sortear en la vida una, sin duda, fue aprender árabe. No por el árabe, que con todas sus variantes y todas sus riquezas es un idioma -o una familia de idiomas- del que saco mucho gusto y de vez en cuando algún provecho, sino por los métodos empleados en su enseñanza y en la capacitación de sus enseñantes. En hebreo, aunque las cosas no fueron tan mal, tampoco es que la preocupación por capacitar realmente al alumnado haya sido nunca la guía de ninguna de las instituciones en las que me he ido formando. El resultado, claro, es que la competencia comunicativa de la inmensa mayoría de los que ejercen esa rara profesión que es la de arabista en España -y en buena parte del extranjero- es catastrófica. Entre los hebraístas, no sé si inflamado su espíritu por las experiencias israelíes del método del ulpán, como si dijéramos, una inmersión lingüística presencial en hebreo (aunque esta definición bastante grosera merecería más explicación), la situación, sin pasar de discreta en general, no suele llegar a catastrófica.

La descripción que hacía Luigi Firpo de la enseñanza del latín en Italia no deja de reflejar, punto por punto, la situación en la que se encontraría buena parte de los egresados españolas -y no solo- que, con un título de filólogía hebrea, árabe o, según he sabido hace poco, alemana, quisieran aplicar lo aprendido en las aulas a lo exigido, no ya por la voraz vida empresarial, sino por el más elemental sentido común: un licenciado en hebreo (o árabe, o alemán, o malasio) debería poder… trabajar en hebreo (o árabe, o alemán, o malasio). Como ya digo, no es el caso.

Sorprende, como le sorprende a Luigi Miraglia, que los clásicos de la pedagogía del latín en el siglo xvi dieron mil y una vueltas a muchos de los planteamientos, teóricos y prácticos, que se dispensan aún hoy en día:

Pero, en realidad, el problema del método en cuanto tal comienza a plantearse con urgente insistencia en el clima cultural y espiritual del Renacimiento. Precisamente los humanistas, que de una parte habían favorecido una restricción del uso del latín a un ámbito estrictamente elitista con su insistencia en los modelos clásicos, consideraron urgente la exigencia de salir de los modelos puramente gramaticales de Donato y Prisciano, para seguir el precepto horaciano de respicere exemplar vitae y vivas hinc deducere voces. Erasmo escribió los Colloquia familiaria, que publicó en 1518, en los que conducía a los jóvenes estudiantes desde unos muy simples dialoguillos infantiles relativos al mundo cotidiano hasta discusiones más profundas y difíciles por su contenido y por su forma sintáctico-léxica. No fue ni el primero ni el último en emprender este camino: entre muchísimos otros vale la pena recordar a Poliziano, que enseñaba sus latinajos al jovencísimo Piero de’ Medici, con frases breves, croniquillas del día, narraciones pequeñas y muy sencillas; a Vives, autor de enorme éxito con las Exercitationes linguae Latinae, serie de diálogos sobre todas las situaciones de la vida cotidiana, usado en los seminarios hasta los años cuarenta de este siglo; a Corderio que, invitado por Calvino a dirigir el Collegium Rivense de Ginebra, escribió cuatro libros Colloquiorum scholasticorum ad pueros in Latino sermone exercendos; a Melanchton, el «preceptor de Alemania», brazo derecho de Lutero, que no se cansaba de inculcar el uso del método vivo en las escuelas; a los jesuitas; y más que ninguno a Comenio, genial glotodidacta, que anticipó en varios siglos los que hoy son considerados los puntos fuertes de la psicopedagogía de las lenguas: el realismo y la fusión de palabras y cosas, la necesidad de ir más allá de la pedantería asfixiante, el método cíclico, la vivacidad, el uso de imágenes unidas al texto: suyo es el Orbis sensualium pictus, en el que el vocabulario latino se enseña mediante una serie de ilustraciones, que para su época resultaban una absoluta novedad de extraordinaria eficacia. También Locke recomendaba, en sus Reflexiones en torno a la educación [Some thoughts concerning education], enseñar el latín «not by rules or art», no con reglas, sino sin otra regla que la de su memorización y la de acostumbrarse a hablarlo («no other rule […] but his memory, and the habit of speaking»). A este coro sobre el que hemos pasado a vuelo de pájaro no faltaron en los siglos siguientes las voces de [Johann Gottfried] Goffredo Herder, de Rosmini, de Pascoli. Todos insistiendo de la necesidad de partir de las cosas, del significado de las palabras, del discurso, para llegar luego a la «gramática»: a pesar de todo, el árido abstractismo filológico del siglo xix se impuso a propuestas tan razonables.

Como tantas otras cosas, y como señala Miraglia, todo empezó a torcerse de forma definitiva en el siglo xix, aunque la cronología de la desgracia pedagógica puede admitir variantes.

Seguiremos hablando, por aquí, de los beneméritos maestros del xvi occidental que pretendieron ofrecer un método más efectivo para el aprendizaje de idiomas, así como de los métodos, a veces efectivos aunque algo pedestres, de la judeidad y el mundo islámico clásicos. Cualquier cosa mejor que aquel recuerdo imborrable, por inútil, de cuando Teresa Garulo decía que nos enseñaba los rudimentos del árabe, en el año 95 y en la Complutense, con la infumable Crestomatía de árabe literal (primera edición de… ¡¿1936?!) con glosario del infumable Miguel Asín Palacios que producía, inevitablemente, cresto-manía.

Esas inolvidables escaleras sin fin hacia el conocimiento...

Esas inolvidables escaleras sin fin hacia el conocimiento...

نستغفر الله قد فعلنا ما يفعل المائق الجهول
ما إن سألناك ما سألنا إلا كما تسأل الطلول
صمت وعيت فلا خطاب ولا كتاب ولا رسول
مستفعلن فاعلن فعولن مستفعلن فاعلن فعول
بيت كمعناك ليس فيه معنىً سوى أنه فضول

Pido a Dios perdón por haber hecho
lo que hace el tonto e ignorante,
pues lo que te pregunté lo hice
como se interrogan las ruinas:
guardaron silencio y farfullaron
y ni discurso ni libro ni Profeta.
Tararí tarará tararí,
tararí, tarará, tararí,
un verso como tu gracia, sin el menor sentido,
a no ser el de sobrar todo él de
cabo a rabo.

Ibn ar-Rumí (Abulhasan Alí bin Al’abbás bin Juraysh), 835-896 de la era común, traducción de Jaime Sánchez Ratia, Treinta poemas árabes en su contexto, Madrid, Hiperión, 1998, texto árabe en las págs. 128 y 130 y traducción en 129 y 131.

[Anterior entrega de Solipsismos imperiales.]

Leo, por fin, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, de José Carlos Moreno Cabrera, publicado en 2008, en Barcelona, por Península. De momento está resultando una lectura tan nutricia como la suponía. Sospechaba que me iba a encontrar a un viejo conocido y no me falla. Aquí está, en una cita particularmente jugosa:

Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares. Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.

Gregorio Salvador, «Lenguas minúsculas», diario ABC del 19 de enero de 2005.

Antiguamente, Gregorio Salvador, que nunca ha dejado de ser fiel a su soberbia, alumna aventajada de la escuela más decrépita, aunque dañina, de nuestra lingüística nacional, cofrade de la corporación que tiene el caserón de la calle madrileña de Felipe IV por casino de provincias para sus sesiones de brisca de los jueves, hubiera conseguido amargarme el día. Luego, en otra etapa vital, enfurecerme. Ahora ya le oigo -le leo- como quien oye llover (lluvia ácida). Ahora, sencillamente, con bastantes trienios de curiosidad y de investigación por los casos y las cosas lingüísticas a mis espalda, en base a mi formación de lingüística y a nivel de mi perfecta competencia de hablante indígena del español, afirmo que, en el caso de Gregorio Salvador, como en el de tantos otros que he vuelto a reencontrar infelizmente en mi retorno a mi patria chica («fui sobre agua edificada; mis muros de fuego son»), hay que decirlo más. Sencillamente, mucho más.

Coda:

A continuación se pregunta el eximio lingüista [Manuel Alvar] si el andaluz es una lengua o no. La contestación a esa pregunta es un rotundo no. De hecho, el andaluz es «es un caos en efervescencia, que no ha logrado establecer la reordenación del sistema roto». Es decir, según esto,  hay cientos de miles de personas que no hablan una lengua, sino que logran entenderse milagrosamente mediante un caos lingüístico y, además, lo peor de todo es que este caos afecta incluso a las personas cultas.

José Carlos Moreno Cabrera, El nacionalismo lingüístico: una ideología destructiva, Barcelona, Península, 2008, pág. 99.

Que cierta fundación judía dedicada a formular la memoria del Desastre se niegue a darme ni un sheqel porque mi tema de tesis sea, admitámoslo, más converso que otra cosa, no me parece inaudito. Aunque arguyan que “mire, ¿cómo le vamos a dar dinero para que hable de un converso? Es que no se nos rompe el corazón, nada más que de pensarlo…”, repito: no es que me deje patidifuso. Quizá tuviera alguna opinión al respecto de si me parece bien o mal, pero oiga, tampoco exageremos: yo soy español y mi cara serrana lo va diciendo sin necesidad de presentaciones y aquí (vamos, ahí, esto es, en España), hasta hace poco se estilaba tirar cabras vivas de un campanario para celebrar al santo patrón. No nos vamos a poner estupendos, ¿no? Que además la cosa se hiciera en la provincia de Zamora es, de nuevo, una prueba de mi habilidad para el salto acrobático argumental que practico en este blog.

Que la misma fundación rechace subvencionar el rigurosísimo trabajo de J. (imaginen: judía –asquenací– y suiza), sobre los manuscritos de la Europa septentrional que transmiten el ciclo litúrgico del año nuevo judío (los llamados mahzorim) con la misma argumentación, algo así como que “no nos suena Vd. (¿o su tema?) demasiado judía” ya es como de juzgado rabínico de guardia. Que, tirando de la misma argumentación, resulte que J. sea descendiente por matrimonio de uno de los pilares de la ciencia rabínica asquenací de todos los tiempos, una de aquellas figuras que en el judaísmo ahora ortodoxo llaman “los grandes de una generación”, y que, pese a la filiación, la respuesta siga siendo “no”, acomoda el argumento a su necesario surrealismo.

Yo, qué quieren que les diga, hay cosas que no entiendo. Y no, lo de la religión y sus formas organizadas es de las cosas sencillas, de las que se entienden fácilmente. En fin, luego dicen que si dicen y que si dejan de decir…

Que soy un anglófilo consumado, manifiesto, confeso e impenitente es una obviedad para cualquiera que hable más de cinco minutos conmigo. Para ser sinceros y honrados, la Inglaterra que amo devotamente es un país con límites muy concretos que podría estar incluida en las ciudades invisibles de Italo Calvino. Está basada en una lengua firme, dúctil, concisa, ingeniosa e inmensamente abierta. Está delimitada por los límites municipales de algunas ciudades: casi todo Cambridge, mucho de Londres, algo de Oxford, bastante de Edimburgo, los inverosímiles campuses de Mánchester y alguna otra ciudad por ahí. Quizá el Peak District (y el pub de Castleton); quizá Uig, allá donde acaba el mundo (por mucho que eso sea, claro, Escocia; pero hablo de «Inglaterra» en el sentido laxo de los dos siglos que siguieron al Tratado de Unión). Quizá una mañana en el campo, una mañana de crispy weather. O una conferencia pública de Hobsbawm. O de George Steiner. O de Sebastian Brock.

Por supuesto, mi Inglaterra es un país de nombres propios: este, este, este, este y, por supuesto, ella, cuya memoria sea bendita. Mi Inglaterra se parece algo a una universidad. A una biblioteca universal. A un sueño borgiano de decencia. A un Bomarzo de monstruos amables, de sueños posibles, de debate imprescindible. Quizá feo, pero siempre abierto a discutir. Quizá falto de sol, pero nunca de luz.
Quiero pensar que esta Inglaterra no es solo una ensoñación: yo me he educado en ella. En un elogio discreto de la inteligencia inquisitiva.

Casi todo lo que amo de Inglaterra se condensa en el cuarto canal de radio de la BBC (corporación que es en sí misma, a pesar de todos los pesares, un resumen de todo lo amable, en todos los sentidos, que tiene la isla de Albión). En la última época en que viví en Inglaterra, el eslogan que utilizaba BBC Radio Four era «Intelligent Speech», que tenía mucho de guiño perfectamente inmodesto, de gesto curiosamente seguro de sí mismo en su concisión sutil.

Entre otras cosas, la cuarta frecuencia de radio de la BBC me enseñó a razonar, a discutir, a argumentar. Y de paso me enseñó inglés. Me enseñó todo lo que cabe en la hora de las mujeres, en los juegos de palabras. Incluso en la jardinería entendida como una de las bellas artes y una de las bellas ciencias. Me enseñó a dejarme llevar por la poesía de Auden:

This passion of our kind
For the process of finding out
Is a fact one can hardly doubt,
But I would rejoice in it more
If I knew more clearly what
We wanted the knowledge for,
Felt certain still that the mind
Is free to know or not.

O, haciéndole caso al bien construido gusto de Norman Calder, a que se convirtiera en una de mis más sentidas aficiones cavilar el sentido de la poesía de Geoffrey Hill:

September fattens on vines. Roses
flake from the wall. The smoke
of harmless fires drifts to my eyes.

Y, por supuesto, a que el mundo, el mío y todo lo demás que no soy yo, se pusiera en marcha con las voces atinadas del Today (Programme).

En las semanas que llevo en Italia, como me ocurrió de una cierta manera en Francia, no he encontrado refugio radiofónico, algo casi tan necesario para mí como el café matutino y el descafeinado vespertino. Así que aprovechando el wifi, me doy auténticos atracones de BBC Radio Four. Y así consigo que el aire se me endulce de palabras firmes, estimulantes, corteses y llenas de duda, curiosidad y argumentación.

Lo que nunca debería dejar de ser esta profesión de la presunta inteligencia que he elegido.

El entorno informático que sostiene los entramados de este blog tiene un chivato que me va diciendo cada día alguna cosilla de los que entráis. Por ejemplo, con qué términos de búsqueda llegáis aquí con un gugleo. El que más gracia me ha hecho, de momento, es algún cibernauta que acabó leyendo cosas de un señor muerto en la primera mitad del siglo xvi , aunque lo que estaba buscando era a otro señor muerto en la segunda mitad del siglo xx. Concretamente a Josep Pla:

Sabia moltes coses, però totes les sabia malament.

Que además la frase en cuestión del maestro de Llofriu (que confirma la acérrima catalanofilia –sentida a la manera de València de quien esto escribe) me sirviera para hablar del mund(ill)o académico (odi et amo), no deja de tener su aquel, rematadamente irónico. En cualquier caso, el anónimo cibernauta tenía razón y éxito en su búsqueda: la frase en cuestión es el perfecto resumen, no ya de cómo soy, sino de mi circunstancia. Y cada día el gallo canta para revelarme otra ignorancia mía más que desconocía.

Vuelvo a Pla, saqueando una frase con la que me he topado a la entrada de la página de la fundación que hoy lleva su nombre:

La biblioteca ha de demostrar constantment que davant de l’accés al coneixement, tothom és igual i posseeix la mateixa dignitat.

Ahí queda eso.

[Actualización: Solipsismos imperiales, segunda entrega]

Desde que Vicent sacó el tema, he querido ver las pruebas con estos ojitos que se han de comer los gusanos. Cuando hoy me he topado con el volumen, me he dejado llevar:

CARRASCO: Due domande: […] Una domanda: come è possibile che la lingua dell’imperio spagnolo è proibita in un convegno come quello di Prato? Non lo capisco.

«La fiscalità nell’economia europea secc. xiii-xviii / Fiscal systems in the European economy from the 13th to the 18th centuries», Atti della “Trentanovesima Settimana di Studi”, S. Cavaciocchi (ed.), Fondazione Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini», Prato: Firenze University Press, 2008, vol. i, pág. 196.

Teniendo en cuenta que en los dos gruesos volúmenes de las actas, he contado seis ponencias dadas (o publicadas, al menos: uerba uolant) en la lengua a la que hemos de suponer que se refiere Juan Carrasco Pérez, y que Carlos V, aunque a los obispos que le tocaban sus imperiales glándulas les hablara en español o castellano, crió a su hijo Felipe II en portugués, cuya aya, de la familia Requeséns, lo cuenta en unas interesantísimas cartas escritas desde la corte en un sabroso catalán familiar del siglo xvi; se escribía con toda Europa en francés; dejaba inscripciones por todos lados en latín; remitía correspondencia diplomática en italiano; y tenía cierto regusto infantil por el flamenco de su Gante natal y sus primeros años; creo que lo de la lingua dell’imperio spagnolo es, o pura ignorancia, o pura soberbia. Y ninguna de ambas circunstancias es digna del debate académico. O eso o es que para él, el imperio español es el decadente autismo de la corte de Carlos II. O el gabachismo institucionalizado de Felipe V y los Bourbons, de tan grata memoria para todo el levante peninsular, del Moncayo a la Barceloneta y del Canigó a Guardamar del Segura. En este caso, sí, el único momento en que el español o castellano fue lengua de un imperio español fue con el imperio borbónico. Pero eso, ¿a qué viene en un congreso medieval?

Aunque también se lo podría llamar «un congreso al que (a lo mejor no) puedo ir». Y no solo por la guita, que también, dado que la docta reunión se celebra en mi adorada Inglaterra, sino porque aún no estoy seguro de que la copia del ספר המכלול (entiéndase: «de su parte gramatical»), con traducción latina y colofón fechado por Alfonso de Zamora ביום שביעי שני ימים לחדש נוביאמ[ב]רי […] בשנת אלף ותק וכז למנין ישועתנו / in die septimus [.i. sabbatus] duobus diebus mensis noue[m]bris […] in an[n]o mille [.i. millesimo] quinge[n]tessimo [sic] et et vigesimo septimo numero salutis n[os]tre; llegase jamás a su destino que podemos imaginar natural: la corte de Enrique VIII y concretamente los advocates de la legitimidad bíblica del divorcio del rey con tendencias uxoricidas. Y como de momento no puedo decir que «sí», sino solo que «a lo mejor», no tengo la suficiente substancia como para presentar en el marco incomparable de Hampton Court (otro día tocaría contar la historieta del fantasmal Lord Hampton de cuyos libros se apropió, tras pública subasta, Colbert, a cuya biblioteca personal pertenece la marca de posesión más antigua de las que aún están visibles en el manuscrito presuntamente henriciano).

El manuscrito en cuestión es el París, BNF, hébr. 1229 y de él trataba el primer artículo que leí sobre Alfonso de Zamora: Eleazar Gutwirth, «Alfonso de Zamora and Edward Lee», Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, xxxvii-xxxviii, 2 (1988-1989), págs. 295-297, tan lleno de inteligencia concisa como todos los de Eli Gutwirth. Los artículos de Eli, junto quizá con uno preclaro de Richard H. Popkin, por muy exageradas, quizá, que sean sus conclusiones (Richard H. Popkin, «Jewish Christians and Christian Jews in Spain, 1492 and after», Judaism, xli, 3 (1992), págs. 248-267) son de los que ayudan a sobrellevar ese largo camino de perdición que es la tesis doctoral. Ya cantaba el poeta que nuestras tesis son los ríos que van a dar la defensa, que es la ignorancia.

Luego, claro, están los otros: los que por limitación intelectual o por simple mala fe (aunque la limitación intelectual no deba descartarse como causa primera de la mala fe) promueven con sus obras que la carrera académica vaya a estar a punto de ser incluida en la lista de prestaciones sociales de varios estados, europeos o no, dentro del presupuesto de integración de disminuidos de varias clases.

Lo dicho, por si alguien tiene algo mejor que decir que lo que yo puedo decir de momento:

Henry VIII and the Tudor Court, 1509-2009

2009 marks the 500th anniversary of Henry VIII’s accession to the throne.
To honour the occasion, Historic Royal Palaces, along with Kingston University London and Oxford Brookes University, will host a three-day international conference at Hampton Court Palace on 13 – 15 July 2009.
The conference will be interdisciplinary, drawing on history, literature, music, art, textiles, architecture and theology. It will focus particularly on the fashioning of Henry VIII’s court, including the occasion, itinerancy and material culture of the Tudor court (particularly relating to Hampton Court Palace), the European context of Henry VIII’s reign, biography, and image, whilst also situating Henry as the sacral monarch around whom it all revolved, and honouring his continuing legacy.

Hay tesis que combinan el esfuerzo con la incuria, como la de E. No es tan grave, sin embargo, como los catálogos que combinan la maledicencia con la rapidez ventajista y el descaro trepa. La inutilidad soberbia, convertida en práctica académica, es una de las tradiciones más despreciables que atenazan esta vocación mía que decidí hace tiempo convertir en mi carrera. Y luego están los países en que ese mismo descaro soberbio se ha convertido en una práctica tan común como banal, y se ha introducido ya sin remedio en el subconsciente colectivo. Como Italia. O como mi país (sean cuáles sean sus límites). O como, hélas!, la Francia a la que pese a todo tanto debo.

Pero luego están los otros, los que sostienen el mundo: los equivalentes de la antigua Torá, la liturgia del Templo y las obras pías de caridad en la que se sostenía el mundo rabínico. La tesis de Gláucia (parabéns, Glaucinha!) que alía rigor y concisión con una imagen novísima del registro material librario de los primeros tiempos de la conquista castellana de la Nueva España. O la tesis que será clásica sobre el manuscrito T 19 (olim!) de la Real Academia de la Historia de Madrid. O el libro recién salido y recién llegado a mis manos de Marina, cuyo estilo ágil y legible está a la altura de lo novedoso de sus hipótesis y que nos vuelve a confirmar que, en realidad, los seres humanos nunca somos distintos ni estamos tan separados. O mi verdadera alma mater mancuniana, un refugio de bonhomía y subversive scholarship, donde cada libra y cada penique tiene la justificación de, ya que no resulta fácil cambiar el mundo sin más, lograr que seamos, al menos, más sabios para ponernos a la tarea de cambiar el mundo.

Estos son algunos de los hitos que no me dejan perderme en el camino. Puesto que las carreteras son tantas y tan diversas, cada cual tendrá su lista de piedras miliarias. Pero si las uniéramos, seguramente podríamos hacer un mapamundi en que nadie estaría separado de los demás por menos de seis grados de decencia.

Hoy quería asegurarme y aseguraros de que nada está perdido: que tot està per fer i tot és possible. Y porque hoy es el cumpleaños de Gláucia, en la otra orilla atlántica. Y en esta, también.

Canción para ese día

He aquí que viene el tiempo de soltar palomas
en mitad de las plazas con estatua.
Van a dar nuestra hora. De un momento
a otro, sonarán campanas.

Mirad los tiernos nudos de los árboles
exhalarse visibles en la luz
recién inaugurada. Cintas leves
de nube en nube cuelgan. Y guirnaldas

sobre el pecho del cielo, palpitando,
son como el aire de la voz. Palabras
van a decirse ya. Oíd. Se escucha
rumor de pasos y batir de alas.

Jaime Gil de Biedma

Por los azares de internet, me topo con el sitio web de la Universidad de de Roma La Sapienza y con su eslogan Il futuro è passato qui. Teniendo en cuenta el lamentable estado de la ricerca en Italia, la exorbitada fuga de cerebros y el hecho de que nepotismo y condescendencia profesoral hayan sido elevados a la categoría de arte, me sorprende que las cabezas pensantes de la Sapienza no hayan sabido captar la ironía: il futuro è passato qui:”… ya desmoronados”.

Y sí, el que esté libre de pecado…

Revisando la jungla de correos atrasados, atrasadísimos y definitivamente (casi) perdidos en la genizá sin remedio de mi bandeja de entrada, descubro un boletín antiguo de Yarnton Manor, casa solariega (y quizá solaciega) del hebraísmo oxoniense y ramas afines. Y me llevo una sorpresa: un David Patterson Seminar de título «Conversos as New Christian Hebraists in 16th century Spain». Como yo llevo danzando con Alfonso de Zamora (New Christian hebraist in sixteenth-century Spain par excellence) algún tiempo más que desde abril de 2007 (fecha del seminario en cuestión) y, en cualquier caso, quien perpetró el seminario en Oxford lleva bastante menos interesado en tan atrayente asunto (si es que de verdad se ha interesado alguna vez), me entra de repente por todos los poros un olor a chamusquina que me pone de muy mala leche. Quizá no sea para alarmarse: como ya dejó escrito hace muchos siglos Terenciano Moro (que de paleto solo tenía el nombre), pro captu lectoris habent sua fata libelli. Es decir, que ya puede hincharse hasta reventar (no caerá esa breva) a leer papeles viejunos de hebraístas judeoconversos del xvi español (de cuando España aún no era España ni se la esperaba, por cierto) que todo dependerá, al fin y al cabo, de la capacidad lectora. Iba a decir lecto-escritora, como quiere la teoría razonada, pero no, porque escribir, y en letra gorda, está más que demostrado que se le da divino de la muerte.

A ver si se me pasa la mala leche sionista oyendo Reshet Gimmel. Ya se sabe: «Cuando oigo canciones de la Entidad Sionista, me entran ganas de invadir Gaza (y Cisjordania)». O de soltar sabiduría antigua de pueblo valenciano, que sé que el conferenciante casualmente oxoniense disfruta de nivell lo menos D de valencià del nord: «carreters serem i en el camí ens trobarem».

Y mientras, en una aldea, sí, pero nada pequeña, que ocupa la Galia entera:

On imagine le scientifique rivé à son labo. En fait, il y a le temps des expériences, celui de la lecture, de l’écriture, des discussions avec des chercheurs d’autres équipes, d’autres cultures. Et les colloques où on présente ses travaux. J’ignore la routine. C’est un luxe formidable. Il est directement lié au fait de pouvoir mener des recherches comme on l’entend, dans un environnement correctement doté, au plan humain et matériel.

Libération, 27 de mayo de 2008

Por los bulevares, volvían a desfilar las pancartas. Pero el caso es que…

Lo que vamos a ver a continuación es cómo una gran parte de los miembros de una institución creada por la civilización occidental, la universidad, han dejado de creer en los principios que dieron una vez sentido a esa institución, sentando así las bases para su próxima liquidación, o radical transformación. Este proceso es especialmente interesante porque aquellas personas que forman parte de las instituciones universitarias suelen considerarse a sí mismas más sabias, o más inteligentes, que las demás, debido precisamente a que los universitarios son, o deberían ser, los especialistas en la creación y la transmisión del conocimiento. Quizás en este caso, como en tantos otros, lo que podremos llegar a ver es que casi nunca el conocimiento de algún aspecto de la realidad lleva necesariamente asociado el conocimiento de nosotros mismos.

Oh mia patria sì bella e perduta!

Juan Goberna Falque, editor del malhadado monográfico arboresco, se explica, largamente:

Pero vayamos por partes. Cuarenta y ocho horas después de tener noticia, insisto, casualmente, de la misteriosa desaparición del artículo de José Carlos de la web de Arbor (jueves 8 de mayo, por la mañana), me entero, a través de uno de los colaboradores del monográfico, que la revista acababa de colgar la ahora famosa “Nota” en la que se informaba de que la Comisión de Publicaciones del CSIC había decidido revisar el proceso editorial que había concluido con la publicación del artículo de Bermejo. Para entonces, los rumores en el seno de varios institutos del CSIC, en la Universidad de Santiago de Compostela y sobre todo en varios foros de Internet se habían disparado.

Y sigue, sigue, sigue…