Exul eram, requiesque mihi, non fama petita est,
mens intenta suis ne foret usque malis.

Quietud busqué, no fama, desterrado,
por distraer a mi alma del cuidado.

***

Hay algo decididamente insano en todo esto. Insalubre. Para los meandros del espíritu, se entiende. Si es que el espíritu puede estar dispuesto a los meandros y no solo a las hipotenusas y catetos, como suele darse por sentado en estos días nuestros.

Uno (yo mismo) lo hace al final como buenamente puede. Con la honradez que le dejan y con el tino que limosnea. Como el dinero, que es esto, en fin, lo que se pide. Ampliación de estudios. Hay que tener cuidado, sin embargo: de una digna idea de ampliación de estudios puede acabar surgiendo un híbrido indolente de investigaciones científicas. Donde hay méritos, sin duda, pero más de guerra que de pacífica sucesión de hipótesis, tesis y síntesis. Y entiendo que H. no quiera o no sepa trazar la línea que a los indígenas del territorio y a los paganos del presupuesto que ahora le sufragará los gastos permanentemente nos resulta tan fácil recorrer: desde el edificio inteligente de ladrillo visto para atrás, hacia los fascículos que empezaban con loas al Caudillo y a la decencia hecha fascismo. Y a la demolición de un territorio hecho de posibilidades de saber y convertido en un erial de ruinas arrogantes. Supongo que H. no quiere o no puede verlo, porque está feo morder la mano que te da comer y, quizá haya que admitirlo, porque ya estamos en otra cosa. Quizá.

Pero, en fin, me desvío. Al fin y al cabo hoy no daba para más la cosa ni el cosero que para un desvío. Todo género literario tiene sus reglas. Pero últimamente me preocupan mucho las reglas. Por la mediocridad, sobre todo. Por el poco garbo. Por la insustancia. Por lo que los méritos, muchos, lo aseguro, de H. no pueden o no quieren admitir: lo que, si sabe, callará. Como andamos callando todos y así nos luce el pelo en nuestros adosados de ladrillo visto, levantados en el terreno recalificado del erial de ruinas del fascismo. El de la patria de H., cuya incuria lo ha traído a la mía. Y el de la mía, cuyo desdén me empuja fuera. Espectadores más sosos que un bocadillo sin pan de un baile fuera de lugar.

Me desvío. Yo solo quería señalar, como de paso, una nota que deja Grafton en Worlds made by words:

Thirty years and more spent living within the modern university—as well as the larger media and publishing worlds outside it—have sometimes left me shaken, even despairing. Times have been, and are, dark. But even in dark times, the social worlds of scholarship provide room for human warmth and the desire and pursuit of the truth and promote deep scholarship and intelligent writing. And these abide.

Más de treinta años vividos en el ambiente de la universidad moderna, a la vez que, fuera de la misma, en el de los medios de comunicación y el mundo editorial de mayor envergadura, me han dejado, a veces, compungido e incluso desesperado. Son tiempos hoy, como ayer lo fueron, oscuros. Pero hasta en tiempos oscuros puede encontrarse, entre el conglomerado de las gentes de ciencia, ocasión para la cordialidad humana y para el anhelo y la búsqueda de la verdad y el fomento de una ciencia que escudriñe y de una forma de escribir inteligente. Y esto permanece.