enero 2010


It was in the month of January, the hills were clad in snow.
It was over hills and valleys, my true love he did go.
It was there he met a pretty young gal, with a salt tear in her eye.
She had a baby in her arms, and bitter she did cry.

“Oh, cruel was my father to bar the door on me
And cruel was my mother, that dreadful crime to see!
Cruel was my own true love that he changed his mind for gold!
And cruel was that winter’s night that pierced my heart with cold”

Oh, the taller that the palm tree grows, the sweeter is the bark
And the fairer that a young man speaks, the falser is his heart.
He will kiss you and embrace you, ‘till he thinks he has you won,
Then he’ll go away and leave you all for some other one

So come all you pretty fair maids, a warning take by me
And never try and build your nest on the top of a high tree.
All the green leaves, they will all wither, and the branches all decay
And the beautiy of a young man, it’s  soon fade away.

Fue en el mes de enero, con los riscos de nieve cubiertos.
Por riscos y quebradas, mi amor verdadero había marchado.
Allí avistó una joven doncella que de sal tenía las lágrimas
y teniendo un niño en brazos, amargo llanto lloraba.

«¡Cruel! Mi padre ha sido que de su casa me ha echado.
¡Cruel! Mi madre, que crimen tan horrendo ha contemplado.
¡Cruel! Mi amor más verdadero, vendido por cuatro cuartos,
y cruel la noche de invierno que el corazón me ha helado.»

Mas cuanta más alta alto se hace la el palmera, más dulce es el ladrido la corteza su piel,
y con mayor justicia un mozo joven habla, que es de corazón falaz.
Vendrá a daros su abrazo y llenaros de besos, hasta que suyas os sepa
para marchar luego y dejaros por otra cualquiera.

Venid pues todas, gentiles doncellas, a oír de mi boca consejo tan fiel:
no tratéis de hacer vuestro nido en lo alto de un árbol
pues lo verde de sus hojas todas y las ramas, todas caerán
y la donosura de un mozo falsario, pronto habrá de volar también.

June Tabor, «The Month of January», Abyssinians (1983).

Pues no ha estado tan mal. Vamos a ver qué tal se da el segundo.

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Escrit a la manera de Salom

Alçarà a poc a poc el meu dolor
la bona casa en els dies de l’erm?
Un petit foc que m’allunyi remences,
un llum mirat per la cansada nit.

Ulls des del fred esguarden amb fixesa,
prims llavis diuen tots els noms de la mort
i m’empresonen en una lenta cançó.
Com obriré camins al meu retorn?

Passos i temps em guien a la pau,
i crido amb antic mot el meu desig.
Però sentir només, sense comprendre,
no em salvarà del vell furor del vent.

Escrito a la manera de Salom: ¿Alzará poco a poco mi dolor / la buena casa de los días del yermo? / Un débil fuego que me aleje temores, / un candil mirado por la noche cansada. / Con fijeza los ojos miran desde el frío, / delgados labios dicen los nombres de la muerte / y me aprisionan en una canción lenta. / ¿Cómo abriré caminos para regreso? / Pasos y tiempos me guían a la paz, / y con palabra antigua grito mi deseo. / Pero sólo sentir, sin comprender, / no me salvará del viejo furor del viento.

Salvador Espriu i Castelló, del libro El caminant i el mur, 1954 (traducción de Andrés Sánchez Robayna y Ramon Pinyol Balasch).

«Surcos» es una parte del documental Perfiles, dirigido por Véred Kurlender, sobre distintas mujeres de las comunidades judías de Madrid,

una de las comunidades más pequeñas de Europa. Tiene algo de Kibutz, en el sentido en que todo el mundo se conoce. Pero al mismo tiempo, en Madrid están presentes todas y cada una de las situaciones y contradicciones de las comunidades judías de la diáspora de todo el mundo. Lo religioso frente a lo cultural, lo social frente a lo individual, lo público y lo privado. Y todo en acción.

La historia de esta película se cuenta aquí.

Ocupar, del Latino occupare, como ocupar algún lugar. Significa tambien embaraçar, y dar en que trabajar, a lo qual llamamos ocupacion.

Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición de 1674, f. 124v (b).

Ave, color vini clari. / Ave, sapor sine pari. / Tu a nos inebriari / Digneris potencia. / O, quam felix creatura / Quam perduxit vitis pura, / Omnis mensa sit secura / In tua presencia. / O, quam placens in colore, / O, quam fragrans in odore, / O, quam sapidum in ore, / Dulce linguis vinculum! / Felix, venter quem intrabis; / Felix, gutur quod rigabis; / O felix os, quod lababis. / O, beata labia! / Ergo, vinum colaudemus, / Potatores exaltemus, / Non potantes confundemus. / In aeterna saecula, amen!

¡Ave, color del vino claro! / ¡Ave, sabor sin igual! / Tú, que por tu poder / te dignas embriagarnos. / ¡Oh, qué feliz criatura, / qué pura te crió la viña! / Toda mesa sea segura / si se te halla en ella. / ¡Oh, de tu color qué placeres! / ¡Oh, qué fragante de olores! / ¡Oh, qué sabor en la boca, / de las lenguas dulce cárcel! / Feliz vientre en que tú entrares; / feliz, la garganta que bañas. / ¡Oh, feliz boca, que riegas! / ¡Oh, beatos labios! / Así pues, alabemos el vino, / a los bebedores exaltemos, / confundamos a los abstemios. / Por los siglos eternos, amén.

El Coro de Ladinamo (que hace estas cosas) interpreta «Ave, color vini clari», motete paródico con letra del siglo xiv y música de Juan Ponce (c. 1476-c. 1520) según el manuscrito Madrid, Real Biblioteca, n.º II-1335, conocido como «Cancionero de Palacio».

Compra-Venta «La Comercial», en la calle del Noviciado, n.º 12, Madrid (1930)

Era un refugio y quedaba muy cerca de otro. El otro es la principal casa de Alfonso de Zamora, la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense, que queda en la esquina de las calles de San Bernardo y del Noviciado de Madrid. Esta otra casa es rara. En primer lugar, porque el edificio fue legado y generosidad de un filántropo aficionado a la cultura, Ramón Pelayo de la Torriente, primer marqués de Valdecilla. Busquen en su biografía: seguro que hay más de un punto oscuro. No conozco rico que haya hecho, ni ahora ni nunca, su fortuna sin dar un par o más de pisotones o un par o más de cuchilladas. Ocurre tan solo que tampoco conozco muchos ricos de mi país y menos aún de mi ciudad (que es Madrid, por si alguien no lo supiera) que se hayan destacado por su labor filantrópica y por su generosidad sin contrapartidas aparentes en el gastar. Pero parece que este primer Marqués de Valdecilla sí, miren por donde. El caso es que en el caserón quedó instalado el Paraninfo de la Universidad (que acoge sus grandes actos y que albergó muchos años la Asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid) y mucho, mucho más tarde, la Biblioteca que conserva, con mimo tan profesional como no menos raro, el fabuloso azar que supone todo lo que ha llegado del patrimonio librario de la Complutense (primero alcalaína; luego «Central» en Madrid; luego, de nuevo, Complutense ni que sea en el gentilicio heráldico). Y todo conservado en el insólito regalo de un filántropo español a una universidad española. Flipante.

Ya les decía que no es lo único raro. A punto de cumplir el primer quinquenio de feliz dedicación a estas cosas de los manuscritos, he tenido oportunidad de zascandilear, más quizás de lo que debiera, por un par o tres de bibliotecas de fondo antiguo, de esas que guardan «libros secretos cuyo aroma no han borrado los años». La casuística es variada, que quieren que les diga, pero, en general, tengo para mí lo acertado de la máxima que me soltó no hace mucho Saverio en París: «Soy un amante de los libros, lo que no me lleva por fuerza a ser un amante de las bibliotecas». Salvo, quizá, por ese raro refugio de la «Marqués de Valdecilla», inaudita por tantas cosas: por el amor no menor a los libros que a sus lectores, por el cuidado de los detalles (tan nimios como la temperatura ambiente o las cajas estancas y opacas o la abundancia de luz natural en la sala de lectura), por la preocupación felizmente obsesiva por hacer compatibles docencia con discencia, medios con personal, conservación con consulta, consulta con preservación y, llegado el caso, restauración. Pero, con mucho y mal está que yo lo diga, lo más sorprendente es que todo este esfuerzo se haya llevado a cabo en el marco de la Universidad Complutense. Vaya, no me miren así: a punto estoy de cumplir quince años de relación prácticamente ininterrumpida con esta universidad. Sé de lo que hablo, me parece. Y Quevedo también:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Taberna en Madrid (1927)

Madrid, conveníamos hace poco Francisco y yo, se caracteriza en esta nuestra edad quizá de hierro por dos hechos urbanísticos: la desmesura de que todo lo que pasa se concentre en un centro urbano de extensión mínima respecto de la hipertrofia de la metrópoli, a la vista insuficiente para albergar todo y a todos los que tiene que albergar, y lo irremediablemente anodino de muchos, si no todos, sus barrios fuera del centro, incluidos no pocos de los considerados señoriales: casi todo el barrio de Salamanca, Moncloa sin remisión (salvo la esquina de Gaztambide con Alberto Aguilera que nos recuerda la residencia de un gran bebedor de whisky), calles y calles entorno a la Castellana. No es que el Palacio de Linares, donde ahora tiene sede el neoimperialismo institucional español de ambición americana, hubiera podido estar lleno de fantasmas (y hay no pocos fantasmas que se han lucrado con esos fantasmas): toda la Castellana, antes «Avenida del 14 de Abril», es un fantasma. De los palacetes nobiliarios que la jalonaban hasta donde se acababa Madrid, la Colina de los Chopos, y que se llevó por delante el desarrollismo franquista de los años 60 solo quedan espectrales pasadizos del tiempo que pudo haber sido pero no fue. Eso fueron las casas: polvo que fueron, mas polvo enamorado. Pero aunque hay algunos amigos de esta casa que se inquietan más por las casas que por la gente, servidor de ustedes se suele inquietar más por la gente que por las casas. No hay de qué escandalizarse, ni por una inclinación ni por la otra: son formas distintas del mismo amor.

Igual que conveníamos en lo anodino del desastre urbanístico de nuestra ciudad natal, Francisco y yo acordábamos que algo debe de fallar en esta ciudad de Madrid por lo falta que nos parece de movimiento, artístico y cívico. Nos parece – huelga decir que sin excluir que estemos errados – que aquí se hacen en realidad pocas cosas; que las pocas que se hacen, se subvencionan mucho; que las que se subvencionan, se momifican asaz; que las que se momifican, de nada sirven para quitarle el marasmo y el pasmo indolente a las gentes de nuestra ciudad. Permítanme que se lo resuma: esta es la ciudad en que el Albert Boadella de Els Joglars ha encontrado prohijamiento presupuestario con Esperanza Aguirre, la del «tamayazo». Esta y no otra es la triste condición de nuestro agujero negro institucional.

Por eso se hacen necesarios los refugios: el Patio Maravillas era uno. Bien entendido, exento de derivaciones irreflexivamente estéticas, dirigido como un acto de socialización de cultura y de aculturamiento de la libertad, el fenómeno de la okupación (que «significa también embarazar, y dar en que trabajar», como señalaba Covarrubias en el siglo xvii) es sobre todo, en esta ciudad de Madrid, reclamar que, puesto que comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra, como eran las dehesas boyales de mi pueblo de Segovia, en las faldas de la Sierra de Guadarrama, antes de que las expropiaciones criminales del primer franquismo vencedor las distribuyera con liberalidad delincuente entre los potentados de la provincia. La tierra de este Madrid, convertido en lúbrico objeto de codicia de generaciones y generaciones de especuladores paniaguados y bien relacionados, es su delicada trama urbana, siempre a punto de la caída. Proyectos como el del Patio Maravillas son vitales para la supervivencia del decoro en este epítome de la necedad franquista que fue durante 40 años mi ciudad de Madrid, sordidez que siguen perpetuando las estructuras de poder del régimen actual (la corrupción, la primera), en la Universidad, en los ayuntamiento, en el gobierno regional, en los reflejos condicionados de no pocos de sus habitantes: «hijo mío, tú no te signifiques».

Si comunes son el sol y el viento, común ha de ser la tierra. Que vuelva común al pueblo, lo que del pueblo saliera. Y la primera comunidad, más básica que ninguna, es la que conforman educación y cultura.

La cultura, cuando lo es, simplemente libera a sus felices criaturas.

Hoy ha sido tan hoy como mañana será mañana. Lo pertinente, quizá, sea preguntarse cómo es que ayer, aunque sepamos que es hoy, no acabemos de adivinar si será mañana. O si no será. Quizá es que ayer nunca haya podido ser mañana.

Hace una semana murió Avrom Sutzkever.

Historiadores y arqueólogos construyen el efecto literario de lo real […]. Lo que ocurre es que confunden ese efecto retórico con una idea científica, y por ello tratan de justificarse apelando a la existencia de un método científico como conocedores de la totalidad de su extensión espacial y en su desarrollo temporal. Si asumiesen sus supuestos metafísicos, como Hegel, serían más coherentes. Hegel culminaba su monumental «Ciencia de la lógica» diciendo que lo que se había expuesto allí – nada más ni nada menos que el despliegue de la estructura del Espíritu – era lo que había pensado Dios antes de crear el mundo. Si pensamos que el Dios de Hegel, como señaló Feuerbach, es al fin y al cabo el ser humano, y que la lógica es la propedéutica para conocer el mundo, incluso podríamos admitir su afirmación.

Los historiadores y aqueólogos no piensan el mundo antes de crearlo, como Dios o como Hegel, pero tampoco reflexionan mucho antes de sentarse a sintetizar sus conocimientos, ya que caen en lo que podríamos llamar la paradoja fundamental del conocimiento histórico-arqueológico: ¿cómo es posible el conocimiento de la totalidad del proceso histórico partiendo de unos documentos no sólo fragmentarios, sino también absolutamente arbitrarios en su proceso de transmisión?

— José Carlos Bermejo Barrera y María del Mar Llinares García, «El sarcófago vacío: ensayo sobre los límites del conocimiento arqueológico», en ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, págs. 133-155 [137].

Rodrigo Jiménez de Rada (c. 1170-1247), Breviarium historiae catholicae, s. xiii («El Arca de Noé»); BUC-FOA, ms 138. Mutilado durante la Guerra Civil española.

How can we know the dancer from the dance?
¿Cómo distinguir a quien baila de lo que baila?
¿Cómo conocer a quien baila por lo que baila?
W. B. Yeats, «Among school children» (‘Entre niños de una escuela’), 1926

El primer amor, creo, debe ser el de la gente: etimológicamente, la «filantropía». Un puro juego de orígenes, esto de la etimología. Es lo más honrado que uno puede hacer con los orígenes: jugar con ellos. El segundo amor es, creo, el de la gente que, a veces, «habla» las palabras. Pero a veces no. A veces, «baila» las palabras. La variedad de amor en las palabras de los seres humanos no deja de fascinarme.

Hace unos días, leyendo el último post que escribió la Llenguaddicta sobre la lengua de signos (en que enlazaba una explicación breve pero bien jugosa que se da en este video) me di cuenta de una cosa. En el video de una canción que me había gustado particularmente del último disco de Idan Raichel, הכל עובר («Todo pasa»; es decir, ¿«πάντα ῥεῖ»?), lo que me había parecido al principio simplemente la coreografía que baila Meirav Cohen, ¿no sería acaso la canción interpretada en lengua de signos? Así que, movido por la curiosidad, indagué un poco. En realidad, no tuve que hurgar mucho: , la bailarina «baila» la letra de la canción «hablándola» en lengua de signos israelí. Según parece, la idea del videoclip fue del propio Idan Raichel y lo rodó el director Lior Moljo en la misma habitación de una casa de Kfar Saba que sale en la portada del disco, que fue el dormitorio de los abuelos de Raichel, ya fallecidos. Tuvieron que «construir» un árbol (!) en mitad de la habitación. Meirav Cohen preparó la coreografía con Maxim Cohen, un bailarín sordo con quien ella había participado en un conjunto de danza, formado por sordos, llamado «Bat Qol» (que, literalmente, significa «Hija de una Voz» y, principalmente, «Inspiración divina»).

Se mire por donde se mire, yo veo todas estas palabras francamente fascinantes. No sé ustedes. Todas y cada una de las palabras: las de las voces y las de las manos.

וכבר הייתי די רחוק ממך/ ולא נותרו לנו מילים לדבר

ורוח סחפה מפרש בודד/ בסוף הפכה אותו בודד יותר/ מכל חלום ורחש מתעורר

הכול עובר.

כל מה שפעם היה ונשכח/ היום הוא לא חוזר/ זה רק כל קמט שבעור נחרט

שהיום הוא כבר בוער יותר/ מתוך שאין דרך חזרה

והכול עובר.

כל עוד יום רודף לו יום ולילה לילה/ וכל עוד אין חדש על פני האדמה

טוב שרק נשארנו יחד/ וטוב שיש לנו למי לספר/ למרות הכול אין דרך חזרה

והכול עובר.

כל פצע שהגליד ושוב נפתח/ היום צורב יותר/ הוא מתאחה ומתחדש מעצמו

ושוב פורץ הכול ומתגבר/ כבר לא נשבר והופך למשבר

והכול עובר.

ואת זוכרת איך פעם היינו/ מול הרוח וכוחה הגובר/ ואחרי כל השנים הרעות

חזרו שנים טובות רבות יותר/ הזמן שלנו רץ קדימה תמיד

ולא עוצר.

Y ya estaba lo bastante lejos de ti / y no nos quedaban palabras con que hablar /

y un viento barría un velero solitario / que al final volvió más solitario / que cualquier sueño o murmullo que se despierte. / Todo pasa.

Todo lo que existió una vez y está olvidado / hoy ya no vuelve. / Es nomás una arruga que se ha grabado en la piel / que hoy quema todavía más / porque no hay vuelta atrás / y todo pasa.

Mientras le siga a un día otro día y una noche a otra noche / y mientras siga sin haber nada nuevo en este mundo / me alegro de haber estado juntos / y de que tengamos con quien platicar: / a pesar de todo no hay vuelta atrás / y todo pasa.

Toda herida cicatrizada y vuelta a abrir / provoca hoy un dolor más vivo. / Se cierra y se renueva ella sola / y todo irrumpe y todo se enseñorea. / Sin haberse roto, ya está por romperse / y todo pasa.

¿Te acuerdas, mi niña, de cómo estábamos una vez / frente al viento y a su fuerza irresistible / y después de todos los años malos / volvieron muchos años buenos. / El tiempo que tenemos corre siempre hacia adelante / y no se para.

Quien quiera ponerse al día sobre las cosas de las lenguas de signos, puede empezar por aquí, en catalán. En catalán, como podría ser en otro idioma, porque conviene recordar que hay tantas lenguas prescindibles como seres humanos: ninguna.

Semanada buena y clara.

Num tu fluentem divitiis Tagum,
num prata gyris uvida roscidis
mutare me insanum putabas,
dulcibus immemoremque amicis?

¿Acaso pensabas tú que yo, demente y olvidadizo,
iba a preferir el Tajo, que arrastra riquezas,
y los prados regados por ruedas empapadas,
a mis dulces amigos?

Garcilaso de la Vega, Ad Thylesium, traducción de Juan Bastardas Parera

A raíz de una pregunta de Dani:

Ya que hay gente docta en la materia, viendo escrito Scó por Ascó, ¿en catalán medieval se encuentran palabras que empiezan por sc- o sp-? Porque una de les correcciones que siempre se me hace en mi francés hablado es el vicio de poner una /e-/ delante de palabras como sport o spectacle, lo que en valenciano ni nos planteamos, pero tal vez un día no era asín.

en el blog de Vicent, a la que el propio Vicent dio una primera respuesta:

Dani, efectivamente, en la lengua medieval puedes encontrar «spasa», «sperar» o «sperança», aunque también «espasa», «esperar» o «esperança». La cuestión es que no había ‘norma’ como tal y de ahí las variedades en función de quien escribía. En todo caso, en esos casos concretos, el origen etimológico latino está claro (spatha, sperare, sperantia) y, efectivamente, era sin >s<.

y, a continuación, un ocioso juntaletras se marcó una contestación a la pregunta de Dani, sabiendo como se sabe que cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo y escribe de lingüística con las manos (sobre todo en Valencia):

Que yo sepa, parece que el catalán no ha conocido nunca una ese líquida (/s-/ + consonante) como segmento fónico constitutivo. Es decir, «spasa», «sperança» o «sperar» serían formas etimologizantes pero sin correlato real en la pronunciación (y por eso precisamente podían coexistir con formas con e de refuerzo (/es-/ + consonante), llamada también «protética» o «epentética». El catalán no hace respecto de todo eso nada que no hagan todas las demás lenguas ibéricas (incluido el árabe andalusí, pese a que en este caso lo fuera por árabe, no por ibérico). Lo que le pasa a Dani en francés es un error típico de hablante ibérico que hacemos más o menos todos y que tiende a quedar fosilizado porque una «ese líquida» es prácticamente imperceptible para un oído ibérico. Es una cosa parecida a lo que nos pasa a los castellanos en catalán con las vocales abiertas y cerradas. En resumen, las es epentéticas y los toros son una cosa que había unido desde siempre a castellanohablantes, catalanohablantes, galaico-lusófonos y euskaldunes. Como habría que ir empezando a preocuparse de los toros, lo mismo tendríamos que ir cuidando las vocales epentéticas. Y Dani siempre puede soltarles a los franceses: «¡Oye, que vosotros seréis líquidos, pero yo soy epentético!»

Burla burlando, lo mismo (pensaba yo) la respuesta del juntaletras daba para un par de renglones por aquí, aprovechando que el bueno de Erasmo de Rotterdam (¿1466-1469?-1536) metió su bátava nariz en casi todo lo divino y lo humano, incluyendo… las vocales epentéticas de los hispanos. Además, por una vez y sin que sirva de precedente, tocaríamos de lleno por aquí algo que tenga que ver con Alfonso de Zamora (recordemos: ¿1474?-¿1545?), o sea, casi contemporáneo del humanista nordista y empleado casi tres décadas en la Universidad de Alcalá de Henares, institución mazo de erasmista (aunque, curiosamente, uno de los colegas más cercanos de Alfonso fuera el darocense Pedro Ciruelo, ¿1470?-1548, feroz baturro antierasmista).

El caso es que Erasmo, en septiembre de 1521, tuvo que cascarse una apología en defensa de todos los sapos y culebras filológicos que, contra su edición griega del Nuevo Testamento de 1516, le había soltado Diego López de Zúñiga (m. ¿1530?) en sus Annotationes Iacobi Lopidis Stunicae contra Erasmum Roterodamum in defensionem tralationis Novi Testamenti, publicadas en Alcalá en 1520 por un impresor (¡oh paradoja!) hipererasmista, Miguel de Eguía (de tan erasmista que era tuvo tratos de esos que uno no querría tener con la Inquisición, cuando ser erasmista ya no molaba tanto como antes porque «erasmista» empezaba a rimar con «luterano» en la imaginación inquisitorial y «luterano», casi de toda la vida, había olido a «churrasco» con leña verde). Como la mejor defensa es un buen ataque, don Erasmo no dejaba lugar a dudas de la intención de su opúsculo desde el mismo título: Apologia respondens ad ea quae Iacobus Lopis Stunica taxauerat in prima duntaxat Novi Testamenti aeditione. O sea, en román paladino: «Defensa que contesta a lo que había reprochado Diego López Zúñiga en la hasta ahora primera edición del Nuevo Testamento».

El Tío Desiderio (de Rotterdam) comenta de pasada en uno de los pasajes de su apología:

Quis autem nescit singulis pene regionibus esse quaedam in pronunciando peculiaria vulgo, veluti Gallis elidere s, Anglis e sonare i, Florentinis chorpus pro corpus, nonnullis laldo pro laudo? Quorum tamen nihil pertineat ad eruditos, et tamen hinc clamitat Stunica me totam gentem Hispanorum inscitiae damnare, quod quidam sonent espero pro spero. Sed Stunicae verba subscribam, vt magis perspicua sit hominis impudentia. «Nam quod obiter», inquit, «Hispanos taxat imperitiae, quum espero pro spero, especto pro specto illos scribere dictat, haud mirum videri debet, si erga Hispanos viros ingeniosissimos, vtpote a Graecis et Romanis originem ducentes, inuidia laboret homo Batauus […]»

vamos, como si dijéramos:

¿Quien no sabe en cambio que casi no hay un solo país en que no se den en la pronunciación [del latín] ciertas peculiaridades de su pueblo llano, así por ejemplo los franceses que eliminan las eses, los ingleses que pronuncian la /e/ como /i/, los florentinos [que dicen] «chorpus» por «corpus», otros [que dicen] «laldo» por «laudo»? De lo que sin embargo nada compete a los eruditos y, con todo, por esto clama Zúñiga que a la entera nación de los españoles considero culpables de ignorancia, porque haya quienes pronuncien ‘espero’ por ‘spero’. Pero podría subscribir las palabras de Zúñiga a condición de que quedara más diáfana la desvergüenza del hombre. «Pues porque de paso», afirma, «reprocha a los españoles su falta de pericia, al prescribir que escriben ‘espero’ por ‘spero’, ‘especto’ por ‘specto’, no ha de asombrar si, respecto de españoles de agudísima inteligencia, pues hallan su origen en griegos y romanos, sea por envidia que el bátavo se afana» […].

A lo que replica Erasmo:

Primum vanus est Stunica, cum ait me taxasse Hispanos, quod «scribant espero pro spero», sed quod sonent. Atque ita sonant fortasse non omnes etiam vulgo, sed aliqui certe, nec Hispani solum, sed Galli etiam Hispanis finitimi. An ideo damno totam Hispaniam «imperitiae»? An omnes Hispani docti sunt? […]

Lo primero es que Zúñiga resulta falaz al afirmar que haya yo censurado a los españoles porque «escribían ‘espero’ en lugar de ‘spero’», pues [decía que] lo pronunciaban. Así es probable que no todos pronuncien aún como el pueblo llano, pero algunos sí, y tampoco son los españoles solamente sino también los franceses vecinos de los españoles. ¿Y por esto hallo culpable a España entera de «falta de pericia»? ¿Acaso son doctos todos los españoles?

Esta incursioncita de Erasmo en la lingüística histórica del latín del Quinientos acaba aquí, pero, como uno es muy universitario, es decir, muy maruja, no me resisto a añadir un par de puyitas más que le dedica el Tío Desiderio a Dieguito Zúñiga «El Bronco»:

Tot habet Gallia summa doctrina praeditos, tot habet Germania, tot hec regio, tot Britannia, quos vel cum priscis illis possis conferre. Nusquam non florent ac regnant bonae literae, et ait «vix» esse duos aut tres, «qui studio litterarum teneantur». Vt en quid dicam de aliis, in vna schola Louaniensi sunt supra mille qui non solum studeant bonis litteris, sed in his feliciter progressi sint, et in his non pauci tales, vt clarum nomen apud posteros sint habituri. Et tamen apud hos nulla principum liberalitas inuitat ad hec studia. Studiorum veterum proceres manibus ac pedibus obnituntur. Quo sane nomine felicior est academia Complutensis, quae nihilo esset infortunatior, si Stunicam hominem tam maledicum non haberet.

Tantos posee Francia dotados de mucha doctrina, tantos Alemania, tantos este país, tantos Inglaterra, con los que si se quiere puedes comparar con aquellos de otrora. En ningún sitio florecen ni reinan las buenas letras, y se dice que «apenas» sean dos o tres «los que mantienen el estudio de las letras». Y mira que por no hablar de otros, en una sola escuela de Lovaina son más de mil que, no solo se afanan en las buenas letras, sino que en ellas felizmente hacen progresos y no serán por ellas pocos los que de estos lograrán justa fama en la posteridad. Mas no es por la generosidad de los príncipes que nada los invita a dedicarse a estos estudios. Los próceres de los estudios antiguos se oponen con uñas y dientes. ¡Cuán más feliz sería sin duda de fama la Universidad de Alcalá, que por nada es tan desdichada, si no tuviera a este Zúñiga maledicente!

Atque interim obiicit mihi, quod «quodam in loco» per occasiones laudem aliquot eruditione celebres, quos per contemptum appellat «Eluetios nescio quos». Sed hoc nomine vinco Stunicae candorem, qui non modo Batauos meos aliquot, sed Germanos, sed Eluetios, sed Gallos, sed Britannos laudibus veham, quocumque orbe nati sunt, modo promereantur. Quin et Hispanos praedicaui scriptis meis, praedicaturus et Iuuernos, si quis illinc extiterit laude dignus. Sed encomio decantato, sic perorat Stunica: «quae cum ita sint, non est quur Hispani tamquam indoctis ac plane barbaris Erasmus insultet». Hanc linguae petulantiam tam effrenem non dubito quin omnes execrentur Hispani, si modo tales sunt, quales eso videri vult Stunica. Ego certe plurimos esse credo.

Y a la vez me echa en cara que «en un cierto lugar» que haya alabado en buena hora algunos famosos por su erudición, a los que con desdén llama «suizos que no conozco». Mas con tal apelativo derroto la brillantez de Zúñiga, que no doy mi alabanza a algunos de mis bátavos tan solo sino que, donde sea que hayan nacido en el mundo, la doy tanto cuanto la merezcan, sean alemanes, suizos, franceses o ingleses. ¿Por qué no ensalzaría a los irlandeses, igual que he ensalzado a los españoles en lo que he escrito, si de por allí surgiera alguien digno de alabanza? Pero, hecho el encomio, así concluye Zúñiga: «porque ni que así fueran, no es razón para que Erasmo insulte a los españoles de tan indoctos y llanamente bárbaros». Con semejante petulancia lenguaraz desenfrenada, no dudo de que se haya imprecado a todos los españoles, siéndolo del modo en que quiere Zúñiga que parezca comido. Yo ciertamente creo ser de los más que lo ha hecho.

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