In patientia vestra possidebitis animas vestras הללויה Tu autem domine miserere
En vuestra paciencia os enseñorearéis de vuestras almas Aleluya
Mas tú, Señor, ten piedad

«No sé de ciencia pero en paciencia soy el mejor…»

(lo de que sean biólogos es un detalle menor:
¿no habíamos quedado en que los de «Humanidades» éramos científicos?)

Visto en Sonicando y Las penas del Agente Smith.

Fueron dos comentarios de una colega el otro día. Uno, respondiendo a una pregunta de otra persona, que no, que no, que los caraítas no pintaban nada en la Sicilia del siglo xvi, lo que seguramente será verdad, pero a mí me hizo acordarme de una carta de un concienzudo funcionario inquisitorial, un tal doctor Laya, pacense por más señas, que escribía al rey de Portugal el 30 de marzo de 1528 (perfecto contemporáneo, por tanto, de Alfonso de Zamora):

Y si esta pestilençia no se cura, serenísimo señor, en nuestros reinos sucederá de generaçión en generaçión hasta el fim del mundo; y puesto que fuesen judíos sin bautizar, estas nueuas ofensas que contra Dios se cometen, se deuían en personas de judíos castigar, que entre uerdaderos judíos semeiantes delinquentes se tienen por hereges como personas que contradizen el seso literal de la Biblia y cometen delicto en la misma ley de Moysén. Porque, mui poderoso señor, ai [=hay] tres maneras de judíos: los unos que se llaman carraynes [=caraítas]; y otros saduceos, que niegan la resurrección de los muertos, y otros talmudistas, que suceden a los fariseos, cuya apostaçía en otro tiempo inficionó [=infectó] a Castilla y agora inficiona nuestros reinos cathólicos. Y los carraynes, que son los que guardan la ley al pie de la letra, llaman a los otros hereges de la ley de moysén como a malos exponedores del texto de la Biblia, y la sancta Iglesia ha condenado el Talmud como cosa escrita en ofensa de Dios, y como gloza que no se puede permitir entre los que quieren guardar la ley de Moysén.

Según Carlos Carrete Parrondo y Yolanda Moreno Koch («Movimiento mesiánico hispano-portugués: Badajoz 1525» [sic: ¿por 1528?], Sefarad, vol. lii, n.º 1 (1992), págs. 65-68), transcriptores del documento, este se encuentra «en el Archivo lisboeta de la Torre do Tombo; la copia del 16 de julio de 1629 por Gaspar de Lousada se guarda en el Archivo de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, ms. 390, fols. 168v-170r».

¿Sería este tal doctor Laya un cazajudaizantes particularmente leído y erudito (esos carraynes claro trasunto de unos qara’im tomados del original (קראים) o, si en vez de fariseos, los judíos ibéricos (incluidos los que en Sicilia vivían bajo el mismo rey que los peninsulares) hubieran sido fundamentalmente caraítas, no habría habido éxodo entre 1492 y 1498?

(más…)

Somam-se os dias e vão é o alento;
volteja ora o Fado, abutre agourento.

Añádense los días y vano es el aliento;
da vueltas el Destino, carroñero de agüero.

Sérgio F. Mendes

Recuerdo perfectamente cuando y donde aprendí el significado israelí de מטומטם (/metumtám/). Fue en el kibbutz Qiryat Anavim (קרית ענבים), al lado de Abú Gosh (אבו גוש, أبو غوش) y de alguna otra cosa mucho más importante en lo personal, como Bet Neqofa (בית נקופה), donde vivían los Vinocur-Andrade, luego de vuelta en Buenos Aires aunque nunca se me hayan ido muy lejos del territorio donde reside la nostalgia del afecto. Por las mismas, y con efecto retroactivo, aprendí alguna otra cosa que ha resultado particularmente relevante para algún compromiso personal (con la verdad histórica, por ejemplo) al que he buscado ser fiel desde entonces: tiempo después me di cuenta de que Bet Neqofa se llamaba, no hacía mucho tiempo atrás, Bayt Naqqúba (بيت نقوبا), hoy transmutado en ‘Ayn Naqquba (عين نقوبا).

Pero volvamos a lo de metumtam.

En el kibbutz, un servidor de ustedes, ya famoso de antes por lo negligente de su coordinación motora (por su torpeza, vaya), fue asignado como voluntario (מתנדב, /mitnadev/) al minimárket (מינימרקט). Friega que te friega (סמרטוט [/smartut/] fue otra palabra estrella de mi aprendizaje kibbútznico), mi distraída coordinación motora me debió de jugar alguna de las suyas y cometí alguna «torpeza». Como andaba, y sigo, corto de vocabulario israelí (las lenguas puramente librescas provocan mucho menos estrés, dónde va a parar) eché mano, a fin de buscar la palabra que mejor me definía en ese momento («¡torpe!»), de lo que tenía entonces a mano: el Diccionario castellano-hebreo/hebreo-castellano del «Doctor» Yeshayahu Austridán (ישעיהו אוסטרידן; mexicano, por cierto), que aún guardo como souvenir de la incompetencia lexicográfica. Don Yeshayahu, a falta de una, daba cuatro posibilidades, perfectamente descontextualizadas, para «torpe»: גס, טיפש, מטומטם o כבד־תנועה (/metumtám/, /tipésh/, /gas/ y /kvad tnuá/). Encomendándome a la vez al rabino Meir y a San Pancracio, ambos muy milagreros, elegí con el mejor método que un bisoño estudiante de hebreo (en tercero para cuarto de licenciatura: los hebraístas disfrutamos, como los arabistas, de una eterna juventud bisoña en esto de aprender el idioma de nuestra especialidad) podía aplicar: al buen tuntún. Y me salió metumtam en la rifa. Logré un cierto efecto comunicativo con mi elección: las dos finlandesas israelizadas que atendían el minimárket se desconyuntaron de risa al oír lo de que yo me definía a mí mismo como metumtam. Si yo fuera más de Móstoles de lo que soy, seguro que habría dicho que se me descojonaban de risa, porque tal cosa correspondía más a la estridencia de las carcajadas que soltaban las hebreo-finlandesas.

(más…)

מפני שנוחין ועלובין היו ושונין דבריהן ודברי ב”ש ולא עוד אלא שמקדימין דברי ב”ש לדבריהן

Porque de buen conformar y pobres de espíritu eran y estudiaban su propia doctrina y la de la Escuela de Shammai. Y, por si fuera poco, daban preferencia a la doctrina de la Escuela de Shammai sobre la suya propia.

Talmud de Babilonia (Iraq), tratado Eruvin, folio 13 verso.

Al hilo de lo que contaba uno de estos días Antonio (y yo remachaba) sobre las vocaciones casuales de los arabistas españoles de antaño y en parte de hogaño,: cuenta hoy Adam Shear en su blog medio anónimo la historia de dónde surgió la vocación de Moshe Greenberg, uno de los principales biblistas judíos e israelíes de esta generación (interesantísimo mundito el de los biblistas, por cierto; tendría que chafardear un poco por aquí de esa colla):

He (Prof. Greenberg) had travelled around Mexico the summer before his freshman year at Penn. He had fallen in love with the Spanish language and when he got back to Philadelphia he went straight to the chair of the Romance Languages department and declared his intention to major in Spanish. But, he explained to the chair, his love was for the language–its structure and its history– not necessarily the literature, so with whom should he study Spanish philology and linguistics? Ah, exclaimed the chair of the department, we have no one right now who does historical linguistics or the kind of philology that you describe. What other languages do you know, asked the chair to the freshman. Hebrew was the answer Ah, said the chair, then you are in luck: Professor Speiser in Oriental Studies is a first-rate philologist and linguist. Why don’t you go see him?

[El profesor Greenberg] había viajado por México el verano antes de entrar en la Universidad de Pensilvania y se había enamorado del español. Al volver a Filadelfia, se fue derecho al director del Departamento de Lenguas Romances y le expuso su intención de hacer la licenciatura de Español. Pero le explicó al director que su amor se refería al idioma, por su estructura y su historia, no necesariamente a la literatura, por lo que buscaba era con quien estudiar Filología y Lingüística españolas. «¡Ah!», exclamó el director del Departamento, «ahora mismo no tenemos a nadie que haga Lingüística Histórica o el tipo de Filología que usted quiere». «¿Qué otras lenguas sabe?», le preguntó el director al estudiante de primer año. «Hebreo», respondió. «Ah», dijo el director, «pues está usted de suerte: el profesor Speiser de Estudios Orientales es un filólogo y lingüista de primera línea. ¿Por qué no va a verlo?».

(más…)

[En la misma serie.]

Després d’aquests cinc anys passats a la Universitat, em sembla que el que hom sol dir-ne rutinàriament: que s’hi perd el temps i que en sortir-ne és quan s’ha de començar de treballar i sobretot quan s’ha d’oblidar el que s’hi ha après, és absolutament secundari.

Al meu entendre, el pitjor efecte de l’establiment és la falsificació que produeix en la sensibilitat, en la intel·ligència i en el caràcter. Tendeix a fer veure les coses no tal com realment són, sinó a través d’un cartó superposat. No és un esforç per passar del simple al complex -com la vida exigeix- per tal d’arribar a una certa visió humana quintaessenciada. És un esforç per simplificar a través de la trampa sistemàtica. L’establiment fa veure les coses en petit, amb miopia, afavoreix la pensada, el truc, l’astúcia, l’habilitat, la tendència a convertir l’atrabiliari en norma de la vida. A la Universitat, saber compta ben poc: el principal és aprovar. He passat cinc anys de la vida en una facultat de Dret: no he sentit mai parlar, ni per medecina, de Justícia. La paraula mateixa, no l’he sentida mai pronunciar. Hauria estat probablement desplaçada en un ambient que pretén crear murris, més que persones d’un cert equilibri humà. Així, l’establiment docent dóna armes fortes als febles i esguerrats morals, als petits ambiciosos, als nyeu-nyeus desenfrenats, als fanàtics, als pedants. S’hi aprenen totes les arts de la simulació i de la traveta, de l’adulació i de l’habilitat. No s’hi lluita mai amb noblesa i claredat. Els temperaments forts, la Universitat els ofega, els corromp.

[«Después de estos cinco años pasado en la Universidad, tengo la impresión de que lo que se suele decir rutinariamente, que se pierde el tiempo y que, al salir, es cuando toca empezar a trabajar y, sobre todo, cuando ha de olvidarse lo que allí se haya aprendido, es absolutamente secundario.

A mi entender, el peor efecto de la institución es la falsificación que produce en la sensibilidad, en la inteligencia y en el carácter. Tiende a hacer ver las cosas no como son en realidad, sino a través de un cartón superpuesto. No es un esfuerzo por pasar de lo simple a lo complejo -como exige la vida– con el fin de llegar a una cierta visión quintaesenciada de lo humano. Es un esfuerzo por simplificar por medio de una trampa sistemática. La institución hace ver las cosas en pequeño, con miopía, favorece el cálculo, el truco, la astucia, la habilidad, la tendencia a convertir lo atrabiliario en norma de la vida. En la Universidad, saber cuenta poco: lo principal es aprobar. He pasado cinco años de la vida en una facultad de Derecho: no he oído nunca hablar, así los mataran, de Justicia. No he oído nunca pronuncia la propia palabra. Probablemente la habrían desplazado en un ambiente que pretende crear pícaros, antes que personas de un cierto equilibrio humano. Así, la institución docente da armas fuertes a los débiles y lisiados morales, a los pequeños ambiciosos, a los quejicas desenfrenados, a los fanáticos, a los pedantes. Se aprenden todas las artes de la simulación y la zancadilla, la adulación y la habilidad. No se lucha nunca con nobleza y claridad. A los temperamentos fuertes los ahoga, los corrompe la Universidad.»]

Josep Pla, El quadern gris («El cuaderno gris»), apunte del 12 de marzo de 1919.

Si lo llegan a traducir al alemán y le añaden unas cuantas páginas, les sale La ciencia como vocación de Max Weber. Yo no les obligaré a que les guste Pla (ni Weber), pero les advertiría del pecado mortal en que caerían si no lo hicieran. Igual que Marx (dicen) aprendió ruso cuando tuvo que ponerse a hablar de la economía rusa, pónganse a aprender catalán solo por leer al Pla original (y no se fíen de mi traducción ancilaria y vicaria). En cuanto a los que hayan sido afortunados de permanecer fuera de la Universidad y aledaños, piensen en los de dentro y reciten conmigo: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Amén.

[En la misma serie.]

אלו הן חסרוני תלמידי הרשום שַאנגיז הקורא בשאלאמנקה : א’ שלא ידע לדבר הלשון כמו לעז במהירות כמו עברי […], ב’ שלא ידע לכתוב אורטוגראפיאה בעל פה ולא צורת האותיות ואינו יודע התרגום וננסהו בהקדמת ישעיה בתרגום שעשיתי, ג’ שלא ידע לקרוא בלא נקודות, ד’ שלא ידע דרכי לשון פירוש ודקדוק

[Estas son las faltas de mi alumno matriculado Sánchez, que lee en Salamanca: i) que no sabe hablar la lengua [hebrea] como habla la [lengua] foránea, rápidamente como un hebreo; ii) que no sabe escribir la orthographia de palabra, ni la forma de las letras, ni sabe traducir [¿o el Targum?], y le examinamos con la introducción de Isaías en la traducción que hice; iii) que no sabe leer sin vocales; iv) que no conoce las artes de la lengua, de la exégesis ni de la gramática.]

Notas manuscritas de Alfonso de Zamora, fechada en 1535, que se halla en el manuscrito de Leiden, Libro de Isaías con traducción, cuyo colofón está fechado el 28 de agosto de 1545. Se trata del último documento fechado que tenemos de la mano de Alfonso de Zamora que pasaría, en aquel momento, de los setenta años.

Cuando nos disponemos a verificar las competencias de nuestros alumnos de instituto, decía más o menos Firpo, nos encontramos en la misma situación que un directivo de una empresa que, necesitando una secretaria que sepa inglés, publica un anuncio en el periódico. Al día siguiente se le presenta una señorita, que sostiene -avalando con documentos su declaración- haber estudiado el inglés durante cinco años, haber asistido a clases de inglés unas cinco horas a la semana, y haber estudiado esa lengua en casa una hora durante todos esos años. El industrial, contentísimo, está seguro de haber encontrado una experta, que domina realmente el londinense como su propia lengua materna. Así que, sólo por el gusto de escuchar la pronunciación británica, que imagina perfecta, le pide a la simpática señorita que hable un poco en inglés. Aquella, por toda respuesta, indignada, lo mira como a un bicho raro, y con cierto aire de irritación sostiene resueltamente que ella no ha oído jamás decir, en sus cinco años de estudio, que se pueda llegar al nivel de poder hablar un buen inglés, si uno no ha nacido en Inglaterra. -Perdóneme, señorita -replica el potencial patrono- ¿pero si estuviese aquí un inglés para hablar con nosotros, usted podría hacerme de intérprete y traducirme sus palabras? -¡Ni lo sueñe! ¿Pero no se da cuenta que sus exigencias son inverosímiles? -¿Sabe escribir cartas en inglés? -¡En absoluto! Sería una operación incorrecta, que daría lugar a una lengua artificial, tachada de extraña por los hablantes nativos.- -¿Pero sabrá por lo menos leerme un texto en inglés? -¡No, no y no! La traducción es un trabajo exigente, difícil, que requiere ponderación, análisis de cada palabra, atención detallada y una revisión minuciosa…- -Bueno, en fin, señorita, ¿me quiere decir que es lo que sabe hacer usted? -Lo que me han enseñado: si usted me da un texto de una decena -un docena como máximo- de líneas y no excesivamente difícil, me concede al menos un par de horas, me proporciona un buen diccionario en el que haya un considerable número de ejemplos, entre los cuales yo pueda encontrar al menos un par de frases para traducir directamente, y tiene la suficiente tolerancia para aceptar tres o cuatro errorcetes, estaré en disposición de traducirle el texto. ¡En nuestra escuela eso era lo que se entendía por «saber inglés»!

Luigi Miraglia, «Cómo (no) se enseña el latín», publicado originalmente en italiano en Micromega, nº. 5,  1996, traducido por José Hernández Vizuete, publicado en la web Cultura clásica y en la de la Asociación Andaluza de Latín y Griego (a través del blog de Sandra Ramos Maldonado, SAL. Scriptorium Academicum Latinum).

Entre las varias desgracias docentes que me ha tocado sortear en la vida una, sin duda, fue aprender árabe. No por el árabe, que con todas sus variantes y todas sus riquezas es un idioma -o una familia de idiomas- del que saco mucho gusto y de vez en cuando algún provecho, sino por los métodos empleados en su enseñanza y en la capacitación de sus enseñantes. En hebreo, aunque las cosas no fueron tan mal, tampoco es que la preocupación por capacitar realmente al alumnado haya sido nunca la guía de ninguna de las instituciones en las que me he ido formando. El resultado, claro, es que la competencia comunicativa de la inmensa mayoría de los que ejercen esa rara profesión que es la de arabista en España -y en buena parte del extranjero- es catastrófica. Entre los hebraístas, no sé si inflamado su espíritu por las experiencias israelíes del método del ulpán, como si dijéramos, una inmersión lingüística presencial en hebreo (aunque esta definición bastante grosera merecería más explicación), la situación, sin pasar de discreta en general, no suele llegar a catastrófica.

La descripción que hacía Luigi Firpo de la enseñanza del latín en Italia no deja de reflejar, punto por punto, la situación en la que se encontraría buena parte de los egresados españolas -y no solo- que, con un título de filólogía hebrea, árabe o, según he sabido hace poco, alemana, quisieran aplicar lo aprendido en las aulas a lo exigido, no ya por la voraz vida empresarial, sino por el más elemental sentido común: un licenciado en hebreo (o árabe, o alemán, o malasio) debería poder… trabajar en hebreo (o árabe, o alemán, o malasio). Como ya digo, no es el caso.

Sorprende, como le sorprende a Luigi Miraglia, que los clásicos de la pedagogía del latín en el siglo xvi dieron mil y una vueltas a muchos de los planteamientos, teóricos y prácticos, que se dispensan aún hoy en día:

Pero, en realidad, el problema del método en cuanto tal comienza a plantearse con urgente insistencia en el clima cultural y espiritual del Renacimiento. Precisamente los humanistas, que de una parte habían favorecido una restricción del uso del latín a un ámbito estrictamente elitista con su insistencia en los modelos clásicos, consideraron urgente la exigencia de salir de los modelos puramente gramaticales de Donato y Prisciano, para seguir el precepto horaciano de respicere exemplar vitae y vivas hinc deducere voces. Erasmo escribió los Colloquia familiaria, que publicó en 1518, en los que conducía a los jóvenes estudiantes desde unos muy simples dialoguillos infantiles relativos al mundo cotidiano hasta discusiones más profundas y difíciles por su contenido y por su forma sintáctico-léxica. No fue ni el primero ni el último en emprender este camino: entre muchísimos otros vale la pena recordar a Poliziano, que enseñaba sus latinajos al jovencísimo Piero de’ Medici, con frases breves, croniquillas del día, narraciones pequeñas y muy sencillas; a Vives, autor de enorme éxito con las Exercitationes linguae Latinae, serie de diálogos sobre todas las situaciones de la vida cotidiana, usado en los seminarios hasta los años cuarenta de este siglo; a Corderio que, invitado por Calvino a dirigir el Collegium Rivense de Ginebra, escribió cuatro libros Colloquiorum scholasticorum ad pueros in Latino sermone exercendos; a Melanchton, el «preceptor de Alemania», brazo derecho de Lutero, que no se cansaba de inculcar el uso del método vivo en las escuelas; a los jesuitas; y más que ninguno a Comenio, genial glotodidacta, que anticipó en varios siglos los que hoy son considerados los puntos fuertes de la psicopedagogía de las lenguas: el realismo y la fusión de palabras y cosas, la necesidad de ir más allá de la pedantería asfixiante, el método cíclico, la vivacidad, el uso de imágenes unidas al texto: suyo es el Orbis sensualium pictus, en el que el vocabulario latino se enseña mediante una serie de ilustraciones, que para su época resultaban una absoluta novedad de extraordinaria eficacia. También Locke recomendaba, en sus Reflexiones en torno a la educación [Some thoughts concerning education], enseñar el latín «not by rules or art», no con reglas, sino sin otra regla que la de su memorización y la de acostumbrarse a hablarlo («no other rule […] but his memory, and the habit of speaking»). A este coro sobre el que hemos pasado a vuelo de pájaro no faltaron en los siglos siguientes las voces de [Johann Gottfried] Goffredo Herder, de Rosmini, de Pascoli. Todos insistiendo de la necesidad de partir de las cosas, del significado de las palabras, del discurso, para llegar luego a la «gramática»: a pesar de todo, el árido abstractismo filológico del siglo xix se impuso a propuestas tan razonables.

Como tantas otras cosas, y como señala Miraglia, todo empezó a torcerse de forma definitiva en el siglo xix, aunque la cronología de la desgracia pedagógica puede admitir variantes.

Seguiremos hablando, por aquí, de los beneméritos maestros del xvi occidental que pretendieron ofrecer un método más efectivo para el aprendizaje de idiomas, así como de los métodos, a veces efectivos aunque algo pedestres, de la judeidad y el mundo islámico clásicos. Cualquier cosa mejor que aquel recuerdo imborrable, por inútil, de cuando Teresa Garulo decía que nos enseñaba los rudimentos del árabe, en el año 95 y en la Complutense, con la infumable Crestomatía de árabe literal (primera edición de… ¡¿1936?!) con glosario del infumable Miguel Asín Palacios que producía, inevitablemente, cresto-manía.

Esas inolvidables escaleras sin fin hacia el conocimiento...

Esas inolvidables escaleras sin fin hacia el conocimiento...

نستغفر الله قد فعلنا ما يفعل المائق الجهول
ما إن سألناك ما سألنا إلا كما تسأل الطلول
صمت وعيت فلا خطاب ولا كتاب ولا رسول
مستفعلن فاعلن فعولن مستفعلن فاعلن فعول
بيت كمعناك ليس فيه معنىً سوى أنه فضول

Pido a Dios perdón por haber hecho
lo que hace el tonto e ignorante,
pues lo que te pregunté lo hice
como se interrogan las ruinas:
guardaron silencio y farfullaron
y ni discurso ni libro ni Profeta.
Tararí tarará tararí,
tararí, tarará, tararí,
un verso como tu gracia, sin el menor sentido,
a no ser el de sobrar todo él de
cabo a rabo.

Ibn ar-Rumí (Abulhasan Alí bin Al’abbás bin Juraysh), 835-896 de la era común, traducción de Jaime Sánchez Ratia, Treinta poemas árabes en su contexto, Madrid, Hiperión, 1998, texto árabe en las págs. 128 y 130 y traducción en 129 y 131.

El día que en España alguien empiece a contar verdades sobre quién paga aquí y quién no la cosa será de echarse a llorar. No a reír porque, muy, probablemente, será demasiado tarde como para que la cosa pueda tener un remedio no demasiado traumático. Entre otras cosas, por lo mal que funcionan los posibles mecanismos de alerta. Por ejemplo, en la Universidad española, convertida en

Alegres compadres universitarios en la clausura de unas jornadas de estudio y ejercicios espirituales (prácticos) sobre la obra de Pierre Bourdieu, frente a la fachada de la que fue casa madre de Alfonso de Zamora.

Alegres compadres universitarios en la clausura de unas jornadas de estudio y ejercicios espirituales (prácticos) sobre la obra de Pierre Bourdieu, frente a la fachada de la que fue casa madre de Alfonso de Zamora.

desgraciado símbolo de estos tiempos de aprovechamiento privado impresentable de lo público, el «utópico» profesorado, rehén de sus miserias y de las ganas de poder comprar, ellos también, el Mercedes, lejos de aprovechar nuestra privilegiada situación (de independencia, de autonomía y de que nuestro trabajo consista precisamente en “estudiar” y denunciar qué cosas pasan) para arrimar el hombro se ha generalizado la opción de, ya puestos, poner también el cazo y cobrar la sumisión con que nos ponemos al servicio de quien manda. Que, para suerte de los profesores de Universidad, todavía se paga algo mejor que otras sumisiones (aunque esto durará poco, claro, porque en el fondo la institución, por esta vía, está perdiendo toda capacidad de influencia, que es de donde viene que se pueda rentabilizar poner su nombre al servicio de la defraudación fiscal). Por eso, entre otras cosas, a veces, hasta se nos “olvida” ir a clase. Siempre que haya algún trabajillo retribuido por ahí al que se pueda dar prioridad, a ser posible fiscalmente opaco, la clase será algo secundario, preterido por la noble actividad de convertirse en asalariado partícipe en cualquier negocio turbio. Así están las cosas, de tristes. Con los universitarios haciendo ímprobos esfuerzos por pasar a ser de esos que no pagan impuestos, o pagan muy pocos, a pesar de ganar más, en vez de denunciar el estado actual de cosas. Y con los inmigrantes, eso sí, deslomándose por trabajar y por pagar a la Seguridad Social.

Andrés Boix Palop, «Las vergüenzas fiscales de las elites occidentales»,  No se trata de hacer leer, 4 de febrero de 2009.