Peixos per l’aire

Com fórem del cel exilats…

Antoni Canals

Tots els amors que dic, han anat fent l’amor,
són ara l’amor únic. Tots els amors, les vides,
tots els noms que no he dit, ja l’amor sense nom,
gloriosament anònim, amargament anònim,
si es vol l’amor assumpte de la seua misèria,
de la seua conscient misèria, de l’incendi.
Mai no serà un plàcid record: serà una empenta,
el pubis contra el pubis, una empenta afanyosa.
L’amor s’ha fet solemne, s’ha fet un ritu greu,
una formalitat. Mire, des de l’altura
del dia i l’any aquells, adorables tossals,
cossos, noms, dies, fúria. Tota la vida, amor,
fins encontrar la forma suprema de l’amor,
oh tu que omplis els dies com un got d’aigua clara
com si abans de conéixer-nos mai hi hagués hagut dies,
com si abans de conéixer-nos no haguéssem existit.
Has obert la finestra i mires el carrer.
Des d’on escric et mire i m’agrada mirar-te.
Pares la taula; allargues el cos sobre la taula.
Des d’on escric et mire, i m’agrada mirar-te.
De costat, en el llit, traus els comptes del dia,
resols un crucigrama, i dorms, dorms llargament,
mentre et pense, t’invente, et recorde, et retorne,
omplis els meus papers com m’has omplit la vida,
amb una voluntat lluminosa de viure,
com un cànter ple d’aigua de Nàquera o de Serra
com un taronger febril de Marxuquera.

Vicent Andrés Estellés, Llibre de meravelles (València, 1971).

(más…)

If e’er these precepts quelled the passions’ strife,
If e’er they smoothed the rugged walks of life,
If e’er they pointed forth the blissful way
That guides the spirit to eternal day (…)

Si por tal mandamiento se venciera el bregar por pasiones,
si allanar pudiera el áspero sendero de la vida,
si señalara la beata ruta que conduce
el espíritu al día que es eterno […]

W. Wordsworth, «Written as a school exercise at Hawkshead, anno aetatis 14»
(‘Escrito a guisa de ejercicio escolar en Hawkshead, anno aetatis 14’).

***

El recuerdo dista, por lo menos, once años del presente. Nunca se me habría ocurrido que podría aliarse en la memoria con otro recuerdo que ya tiene nueve años y medio. Este segundo recuerdo se fundamenta en una vivencia de septiembre de 2001, concretamente del día 11 de ese mes y de ese año, en la carretera que lleva de Susa (سوسة) a Hammam Susa (حمّام سوسة). T. y O. aún deben acordarse: único trujamán de aquella expedición, salí del taxi que nos llevó al hotel convencido de que la historia que nos había contado el taxista con su francés de apaño y con mi árabe de risa era el trasunto de Mars attacks!, que por alguna razón (lo mismo era que la habían echado hacía poco por la tele) nuestro taxista tunecino tenía fresca en la memoria. Aviones (¡cabum!), torres (¡patapum!), bombas (¡parracatapum!). Luego llegamos al hotel. El personal y los huéspedes estaban congregados frente a la tele en el bar, con botellas de Celtia (سلتيا). Vinieron a continuación las llamadas, casi siempre histéricas, el cierre del espacio aéreo, la sensación de entrar en la Cuarta Guerra Mundial sin pasar por la Tercera, la tranquilidad de las calles de Túnez, la salida en avión según teníamos previsto y sin mayor contratiempo y la vuelta a ese país que quizá nos acogió o al que nosotros cogimos sin saber muy bien lo que hacíamos en octubre (¿o noviembre?) de ese mismo año. Pero eso ya es otra historia, sin mucho interés y aún menos para contarla aquí.

El primer recuerdo, que nunca se me habría ocurrido ligar con el que acabo de rememorar, no puede ser más antiguo que del último trimestre de 1999 ni más reciente que de los dos primeros de 2000. Estudiar en Cambridge sirvió para muchas cosas; también para ensayar mis primeros intentos de intentar mantener el nivel ascendente de fluidez en lengua hebrea que había conseguido hasta entonces y que a partir de ese momento declinó (nunca falta, por regla general, momento para olvidar lo que hemos aprendido). Además ese año de Cambridge me aclaró que el absentismo escolar es un fenómeno de general complacencia del cuerpo estudiantil, también en las universidades de élite. Para mantener el hebreo yo intentaba hacer varias cosas: acudir, por ejemplo, a las prácticas de hebreo hablado de Rachel (רחל). Conmigo venía E. y, en cumplimiento de la norma implícita en cualquier nivel educativo de que el primer impulso de un estudiante es faltar a clase, debían frecuentar ese curso dos personas más, que no solían venir, lo que propició mi reflexión de que el absentismo es un universal del conocimiento.

Aunque yo recuerdo esas clases con cariño, porque el cariño es un sentimiento autónomo y una nostalgia felizmente disociados de cualquier eficacia, las clases no dieron para mucho porque, como es norma, enseñar y aprender son operaciones del intelecto relacionadas pero independientes. En esas clases concurrían dos circunstancias poco halagüeñas para el progreso del aprendizaje: unos dotes pedagógicas y de planificación que no pasaron nunca de discretas por parte de la docente y unas dotes para el hebreo y el aprendizaje de idiomas que no pasaron nunca de animosas, sin más, por parte de los discentes (E. y un servidor).

Las clases se articulaban a menudo como debates y, puesto que los únicos habituales éramos E. y quien suscribe, la animada conversación en hebreo balbuciente se conformaba según lo que diéramos de sí mi interlocutora y yo. Daba para poco, en consecuencia, porque nuestra lengua hebrea no andaba precisamente muy suelta (y la mía, huelga decirlo, sigue igual de alicorta).

Quizá convenga dar ahora un retrato somero de E.: estudiante con mucho brillo en instituciones de postín del lado americano del Atlántico, había venido a Cambridge en condición parecida a la mía –becaria– pero con un par de decenas de miles de dólares más que yo. Viajera impenitente, tenía las paredes del apartamento que ocupaba en un palacete del centro de Cambridge (diferente en todo del Wolfson Court donde acabé viviendo) decoradas con momentos de E. y de su familia en los cuatro puntos cardinales de la tierra. Fue siempre una compañera risueña, alegre, concienzuda y tenaz. Casi me atrevería a resumir su personalidad con un tópico: «americana». No debería, sin embargo, refugiarme en ese tópico para completar mi retrato. Tuvo el detalle de invitarme a su boda en Nueva York, siendo como era el lugar de su boda «Nueva York» visto desde Móstoles (como Móstoles es Móstoles Madrid visto desde fuera de Madrid; es decir, desde casi todos los sitios) pero un suburbio de Nueva Jersey poblado de clase altísima (futuro marido abogado internacional; suegro juez de un tribunal federal) si se lo contemplaba desde donde hay que contemplar las cosas: lo más cerca posible siempre. No pude ir (vamos, que no tenía con qué) pero invitado quedé. Después de Cambridge empezó una carrera muy exitosa de novelista. No he leído ninguna de esas novelas, sin razón que justifique mi falta de atención: a veces la vida concurre en provocar estos deslices. Además, hablan de judíos y de mundos perdidos, que es algo muy parecido a mi vocación y mi querencia. He visto sus libros expuestos en escaparates de librerías en francés en París, en italiano en Roma y en español en Madrid. Esta ha acabado siendo la E. que yo conocí hace ahora más de una década en Cambridge.

Por ella me puse con Wordsworth. Sin que ahora consiga acordarme de con qué poeta hebreo moderno lo comparaba, trufó una de las clases de Literatura Hebrea Moderna que compartíamos y que impartía Risa (ריסה) con referencias a ese poeta inglés del que yo no tenía ni idea. No acabé teniendo mucha idea de Wordsworth, como por otra parte de casi nada, pero agradezco a E. que me empujara a intentar ponerme al día con el canon literario en inglés, una enseñanza que ella ignora y de la que yo, irremediablemente, he acabado sacando el mismo aprendizaje discreto que de todo lo demás.

(más…)

Muchacha muerta que en la fotografía
levantas dulcemente tu rostro hacia el cielo
muchacho muerto que pones tu oído en la tierra
como si sólo escuchases música:
estáis, en realidad, durmiendo, durmiendo.
No turbéis más su sueño.
No turbéis más sus sueños.
Y si lo hacéis, que sea
sólo para depositar como una ofrenda,
en sus manos cercanas y distantes, imposibles,
la verdad

Antonio Colinas, «11 de marzo de 2004», Desiertos de la luz (2008).

«Soy marroquí…»


Cada uno tendrá sus razones. Yo tengo dos. Una, la enorme patera varada en la playa de Bolonia, frente a las luces de Tánger. La otra, habla en el video del minuto 1.20 al 1.54. Razones no faltan, en ningún sitio.

Los subtítulos al español se activan apretando en «CC», en la barra inferior de la pantalla del video.

Hier

Mijn stappen in deze straat
Weerklinken
……………….in een andere straat
waar
…….ik mijn stappen hoor
passeren in deze straat
waar
Slechts de mist werkelijk is

(más…)

De Top

Het geschrevene dat diegenen nalieten
Op wie jouw angst zich beroept kan je niet redden;
je bent de anderen niet en je weet je thans
Centrum van het labyrint dat jouw stappen
Vlochten. Niet de doodsstrijd van Jezus
Noch die van Socrates, noch de sterke gouden
Siddharta die bij het doven van de dag
De dood in een tuin aanvaardde zal je redden.
Stof is ook het woord geschreven door
Jouw hand of uitgesproken door jouw mond.
De Hades kent geen mededogen
En de nacht van God is eindeloos.
Je bent gemaakt van tijd, de onophoudelijke
Tijd. Je bent ieder afzonderlijk moment.

(más…)

Leyendo el último post del blog Aguas internacionales de Ramón Lobo en El País no he podido dejar de señalarle un par de cosas:

«Anoche soñé que un tanque derribaba las paredes de mi casa, entraba en mi dormitorio y me hablaba del Holocausto. ¡Parecía totalmente real!»

El Roto, que cada día disecciona la realidad desde sus viñetas con más acierto que periodistas, analistas y políticos, publicó el 5 de julio una que provocó la protesta del embajador de Israel en España, Victor Harel, muy atento siempre a todo lo que se publica en España. […]

Las tesis del embajador han provocado la respuesta de Kurt Brainin desde Buenos Aires titulada Judíos y palestinos: comparación falaz. Es el punto de vista de un judío, cuya familia fue masacrada en el Holocausto y que rechaza su utilización para justificar políticas actuales que nada tienen que ver con el extermino de seis millones de judíos durante el nazismo. […]

Sería interesante conocer opiniones de los lectores.

Me he tomado la libertad de concitar el interés de Ramón Lobo (es el undécimo comentario que, según escribo este post, es el primero por orden de aparición):

Sin duda. Sería asimismo interesante comprobar los datos antes de publicar análisis. La viñeta, como la carta de Víctor Harel, es de hace cuatro años. Por supuesto, en la carta de Víctor Harel no hay la más mínima referencia a «los judíos “su derecho a un Estado-nación propio” y dice “Israel para los judíos y Palestina para los palestinos”» porque habla[ba] de otra cosa. La carta de Kurt Brainin responde a una carta de Raphael Schultz, embajador de España en Israel desde hace ya algún tiempo en sustitución, precisamente, de Victor Harel. La carta de Schultz respondía a un artículo de Luz Gómez García, quien, a su vez, respondió a la carta de Schultz con otra carta al director. Recorrer este camino desde 2006 hasta 2010 me ha llevado menos de cinco minuto y lo he recorrido, exclusivamente, a través del archivo del periódico en que trabaja y escribe Ramón Lobo. Puestos a ser elegantes, hubiera sido deseable que Lobo enmarcara la carta de Brainin: transcribiéndola como la transcribe da idea de que es parte de su texto y, por tanto, de que Lobo es judío (?) y ha perdido a la mitad de su familia en el Holocausto (??). Un poco de maquetación no hace daño nadie.

El 11 de junio de 2009, en su blog personal, Ramón Lobo afirmaba: «Cuando no importa la vida humana, la de un animal puede resultar una insignificancia. Ése es el error, la reconstrucción ética, como el periodismo, empieza por los detalles».

Sí, Lobo, ese Lobo.