febrero 2010


«Que es manantial, no desembocadura»

Curiosa disciplina la paleografía. Judith enunció uno de sus principios fundamentales, manifiestamente paradójico: el paleógrafo solo lee lo que ya sabe. Piensa pensándolo o busca buscándolo, lo mismo es verdad. Los paleógrafos hebreos quizá lo tengamos más fácil que otros: quizá la cultura hebrea sea de verdad un ejercicio de lectura, en primer lugar, para enfrascarse en una actividad constante de cita que dura toda la vida. O quizá no. Es cierto que la Biblia transpira a cada respiración del pueblo de Israel. Les pongo un ejemplo revelador. ¿Saben cómo se decía «flatulencias» (es decir, «pedo») en el periclitado dialecto italiano de los judíos del Piamonte? Rukhod (léanme la >kh< con la minorizada fricativa velar sorda de mi dialecto castellano) o, escrito en grafía hebrea, רוחות, es decir, la misma palabra que sirve en el Génesis (cap. i, v. 2) para describir el hálito del Santo, bendito sea, que sopla sobre la superficie de las aguas:

ורוח אלהים מרחפת על פני המים

Como si dijéramos:

El espíritu (o «viento» o «aire» o «flatulencia» o «pedo») de Dios revoloteaba sobre la superficie de las aguas.

A poco que uno tenga el espíritu sardónico, y ni tanto, puede convenir que la ancestral sabiduría hebrea ya nos advierte de que no nos desesperemos demasiado porque el mundo se nos vaya al pedo un día de estos. Al fin y al cabo, dicho con exegética resignación judeo-piamontesa, del pedo venimos (¿y en pedo nos convertiremos?).

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Maria me dice que en una entrevista de Gad Lerner a Primo Levi en Espresso, en 1984, Levi afirma lo siguiente:

E’ necessario che il centro di gravità degli Ebrei venga ribaltato e torni ad essere fuori da Israele. Deve tornare a noi ebrei della Diaspora, che abbiamo il compito di ricordare ai nostri amici in Israele che nell’Ebraismo c’è una tradizione di tolleranza (…) La storia della Diaspora è stata una storia di persecuzioni, ma è stata anche una storia di scambi e di relazioni inter-etniche, e dunque una scuola di tolleranza.

Hace falta que el centro de gravedad de los judíos se vuelva a volcar para que esté fuera de Israel. Nos ha de volver a nosotros, judíos de la Diáspora, que tenemos el deber de recordar a nuestros amigos en Israel que en el judaísmo existe una tradición de tolerancia […]. La historia de la Diáspora ha sido una historia de persecuciones, pero ha sido también una historia de intercambios y de relaciones interétnicas, escuela, por tanto, de tolerancia.

Podría discutir mucho (pero no es momento ahora) el concepto de la enseñanza de tolerancia inherente a la historia de la Diáspora (y la noción misma de Diáspora no debería andar muy lejos de la criba crítica) pero estas afirmaciones de Levi me dan pie a colgaros por aquí una cosita que andaba remoloneando por ahí algún tiempo:

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Y para que se entendiesen […] y se descubriesen los afectos internos de amor y benevolencia, le dio la voz articulada, blanda y suave, con que explicase sus conceptos; la risa, que mostrase su agrado; las lágrimas, su misericordia; las manos, su fe y liberalidad; y la rodilla, su obediencia: todas señales de un animal civil, benigno y pacífico.

Ut sese mutuo intelligeret atque internos amoris & benevolentiae affectus invicem possent prodere, largita est homini Natura vocem articulatam, blandam, & suavem, qua animi sui lenta expromeret; risum, quo comitatem suam; lacrymas, quibus suam commiserationem; manus, quibus fidem suam, & liberalitatem; genua, quibus obedientia sua testaretur : quae omnia signa sunt animalis civilis, benigni, & pacifici.

Diego Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas («Idea principis christiano-politici Symbolis CI. Expressa»), 1640, empresa lxxiv.

À minha velha casa
eu regresso à procura
das origens da ternura,
onde o meu ser perdura.

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Si por alguna circunstancia improbable tuviera que volver a París inopinadamente, tendría – después de algunos años de afanes – al menos dos refugios donde recalar. Tiene su gracia que ambos tengan que ver con las lenguas, ese basso continuo de este blog y de su taquillero. El primero sería el Croccante («piccolo ristorante italiano»), 138, rue de Vaugirard, junto al metro de Falguière, el hogar de los que queremos a Massimo y Deborah (junto a los que conviene no olvidar a Stefano/Estêvão, ejemplo notable de mezcolanza genealógica, hijo de portugués y de italiana y criado en París). De momento, solo le he encontrado a Massimo dos defectos: que sea palermitano y sus cannoli, buenísimos, pero no a la altura de mi nostalgia (dicen que a falta de poder ir a Palermo – o a Catania – hay un cierto remedio al Sehnsucht de cannoli si uno va a Roma, a cierta pastelería cerca de la Plaza de Bolonia, por ejemplo. Guárdenme el secreto por si alguna vez se decidieran a ir). El segundo defecto, si se empeña, es remediable.

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«A calle regada olía tu pueblo»

« – No Arab cultural center?
– Not culture. Not Israeli culture, not Arab, not culture at all».

La diglosia, pobrecita mía, tiene muy mala fama. Siendo que sea exógena, aún comprendería el resquemor: suele tener que ver con el deseo de unos seres humanos de apropiarse de los recursos y las vidas de otros (antes esto se llamaba «esclavismo»; ahora, «relación laboral» y los ‘otros’ humanos somos «recursos humanos»), o del deseo de esos otros seres humanos de igualarse por la vía más rápida y más imposible (hablar igual) con los seres humanos con ambición de dominar. Ven, pues, que la queja y hasta la mala leche es comprensible. Ahora, siendo endógena, la queja, que sigue siendo comprensible, produce (en algunas ocasiones) resultados muy curiosos. Por ejemplo, la habilidad de los arabistas para el regate en corto: «no, no, es que ese dialecto yo no lo hablo». Curiosamente, siempre hay un dialecto un poquito más allá que el que hace falta para comunicarse en el que refugiar la retórica arabista: parecen «intérpretes» empleados de Seprotec (y pagados por el «Ministerio» regional de Justicia de la Comunidad Autónoma de Madrid). En el ámbito hebraísta que más de cerca conozco, la diglosia (o dislexia grave) es fundamentalmente «talmúdica»: «¡Uy! Quita, quita. ¿No ves que eso es el Talmud? Eso no hay quien lo entienda». Curiosamente (hoy tenemos el día curioso) se da bastante a la hora de enfrentarse con los mil y un acrónimos que pululan por los textos rabínicos. La mejor explicación del porqué de esta olímpica ignorancia acronímica me la dio una querida amiga, que fue profesora mía (entre otras cosas, fue la primera y la única que nos enfrentó con la Paleografía Hebrea, monográficamente diplomática y sefardí, eso sí, pero aún así menos, mucho menos, daba una piedra. No sé si se lo he agradecido lo bastante. Creo que no): «es que no se entendían ni ellos». Los rabinos acronimistas, se entiende. El mundo, ya ven, es un continuo pasmo.

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Ponerse a estudiar holandés (a aprender zoals God bedoeld, como si dijéramos) conduce a interesantes experiencias heurísticas (y a recomendar a una muy buena docent: Floor, por si alguien tuviera necesidad de nederlandesizarse por Madrid). Matano, por ejemplo, te puede soltar en privado y con su alevosía habitual (pero es que yo le dejo que se tome confianzas y todo lo que se quiera tomar: güisqui on de rocs en mi chepa, si quisiera): «tú siempre haciendo cosas útiles» (ya, ya sé que no captan la ironía: es que lo dijo en oregonés).

Las cualidades guturales del holandés parecen poner alerta a propios (como dicen por aquí):

Holanda sigue siendo un gueto cultural (y gutural)

y extraños, y sin embargo, para un hablante de mi variedad minoritaria de español (por mucho que se empeñen en hacerla gramaticalmente mayoritaria los académicos de la RAE y las «instituciones» que los financian con fruición: mayoritaria lo será solo en sus sueños más lúbricos no más), tanto despendole gutural es un emocionante signo de solidaridad entre minorías indoeuropeas: somos una raza, la de los que empleamos a cascoporro la fricativa velar sorda, en claro proceso de extinción. Y extinguidos, ¿quién pronunciará «gilipollas» como Dios manda? (zoals God bedoeld, como si dijéramos) ¿Quién convertirá un tierno a casco porro de nuestro siglo xvi más musical en un acajcoporro de nuestro Madrid más barriobajero? De los es que (/éxque/) introductivos de mi Móstoles natal, ¿qué se habrá hecho? ¿Ven por qué me emociona el holandés y sus guturales? Entre los puntos de articulación de sus fricativas velares sordas se cuela el hálito de inmarcesible testarudez de las lenguas minoritarias. Exactamente igual que mi lengua castellana peninsular septentrional.

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El caso es que me pensaba que les había visto la cita a Unos tipos duros pero debe de ser que no, porque no la encuentro. Decía algo así como que una buena tipografía no son unas letras individuales bonitas sino un conjunto de letras negras y blancos efectivo. O algo así, ya digo. Pero bueno, la desmemoria me sirve para anotar aquí otra vez a Gerrit Noordzij (qué gusto saber pronunciar ahora su nombre: «jérrit noourtzáy»). Ya he ido entendiendo que Noordzij no acaba de caer bien en según qué ambientes paleográficos. Y yo lo respeto. No había de respetarlo. Vamos, sobre todo lo respeta mi ignorancia. Pero tengo que dejar aviso de que, al menos de momento, su El trazo. Teoría de la escritura, me sigue sirviendo de neta inspiración por algunos paseos metodológicos que me parece necesario hacer a vueltas con la escritura en los manuscritos de Alfonso de Zamora y que ni Malachi Beit-Arié, ni Colette Sirat, ni Judith, ya puestos, me resuelven. Que bien puede ser que me equivoque yo, claro. ¿Cuándo he dicho yo que no me pueda equivocar? Pero ya sabemos:

El noble arte de dejarse en ridículo
pudiera un día tal vez salvar la humana raza
y convertir en inmarcesible mérito
lo que más cortas mentes llamarían patíbulo

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אם יש מלין השיבני דבר כי חפצתי צדקך

Que si tuvieres razones, respóndeme; Habla, porque yo te quiero justificar

Job, xxxiii:32 (traducción de Casiodoro de Reina)

Sophie fue una de las tres personas que integraron el tribunal de mi maestría en París en 2006. Fue una contradictora dura, a la altura de la mediocridad de mi tesina. Si me salvé, fue mitad por el morro que le eché, mitad porque, para qué engañarnos, Alfonso de Zamora ejerce cierta fascinación sobre los del gremio. Además, la tesina y la defensa hablaban del manuscrito «hébreu 1229» de la BNF, una auténtica novela de aventuras: Alfonso copió, en 1527, la gramática más venerable de todas las gramáticas hebreas, el Séfer mijlol (ספר מכלול) de David Camhi (רד”ק), hijo de exiliado andalusí que vivió en Provenza entre los siglos xii y xiii, para Edward Lee, eclesiástico inglés de alta alcurnia, notable humanista, primero furibundo erasmista, furibundo antierasmista a continuación, futuro arzobispo de York, y en 1527 embajador ante el César Carlos, en España, durante los años cruciales del divorcio entre Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón, tía carnal, como se sabe, del Emperador Carlos. El manuscrito que le copió en hebreo y le tradujo al latín Alfonso fue, probablemente (aunque hasta el momento no haya podido yo substanciar totalmente la evidencia) utilizado dentro del arsenal de recursos escriturísticos de que se pertrechó el partido prodivorcio, alentado por el rey inglés, como cuenta con mucha amenidad y por ejemplo David S. Katz en «The Jewish advocates of Henry VIII’s divorce», segundo capítulo de su The Jews in the history of England, 1485-1850, Oxford, OUP, 1994.

Cuando acabé mi exposición, me percaté de algo: a Sophie (que yo apenas conocía hasta ese momento) le brillaban los ojos. Es ese brillo (raro, no se crean) que pervive y que se extiende entre algunos pocos cofrades de un gremio escaso y apartadizo: el de los poseídos por la libido sciendi. Alfonso le había guiñado un ojo, aunque fuera por medio de ventrílocuo tan torpe como el que suscribe, y de esos guiños no se puede ya uno librar.

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