[Para una historia íntima e universal de la emigración.]

Ya lbâbbôr ya mon amour
Khrrjnî mn la misère
Fî bladi râni m7gôr
3yît 3yît w j’en ai marre

[«¡Ay, vapor, ay, mon amour!
¡Sácame de la misère!
En mi país estoy quemado me desprecian,
estoy cansado y j’en ai marre»
]

113 feat y Reda Taliani, «Partir loin» (Marcharse lejos)
[A través del blog de Antonio]

Habib Boufarès, protagonista de La graine et le mulet en el pápel de Slimane.

Habib Boufarès, protagonista de La graine et le mulet en el papel de Slimane.

Hablábamos hace un tiempo, en la acogedora casa virtual de la Marieta romana que cumplió ayer trescientas ocasiones de abrir de par en par las ventanas a las fértiles brisas de internet, de que, entre los libros que yo jamás escribiré pero que me gustaría leer, figura una Historia íntima e universal de la emigración. Se estrena ahora en España una película que no merece el título de obviedad folclórica que le ha propinado la distribuidora: Cuscús. El título original francés expresa mucho mejor, creo, la naturaleza excepcional de lo cotidiano: La graine et le mulet. La graine, “el grano”, es el de la sémola de lo que se llamó  en alguna época pasada en esta península desde la que ahora escribo alcuzcuz. El mulet es el mugil cephalus de Linneo, que designa más una clase de peces, dicho en sentido laxo, que un pececito concreto: en los mercados de la España mediterránea e hispanófona se le suele encontrar bajo el nombre de mujol (al menos yo siempre lo he pronunciado agudo) o lisa. Por los puertos valencianos yo me lo he encontrado como llisa, pero parece que le iría bien la identificación con el llamado cap-pla.

padre, hija y nieta (La graine et le mulet).

Tres generaciones de una misma emigración: padre, hija y nieta (La graine et le mulet).

Lo más importante, en cualquier caso, es que es un pez honrado y apreciado, por barato y sabroso, tanto en la costa del Languedoc donde transcurre la historia como en el Túnez de donde vienen tanto  el personaje protagonista de la película, Slimane Beiji, como el director del filme, Abdel Kechiche. Es una película, sobre todo, hermosa, muy hermosa. Tierna, viva, llena de una misericordia profunda por el esfuerzo, por el increíble patrimonio moral que acumulan algunos seres humanos, dotados quizá de una bondad innata, cuando se ven forzados a buscar el camino del exilio, político, económico o de ambos tipos. Seguro que a más de uno la película le pareció larga: a mí me pareció que la vida, la vida esforzada y el cariño que hay que desplegar para superar los obstáculos que nos sobrevienen y los que nos creamos, necesitan cierta lentitud morosa de exposición. Me pareció también en su momento que la película, como todas las de Abdel Kechiche que he tenido el gusto de ver hasta ahora («L’esquive», «La faute à Voltaire»), permitían gozar del raro privilegio de la verdad. De la verdad que libera y vuelve más humano, en la acepción doble y propia del humanismo.

Sinceramente, creo que esta película hay que verla. Y, dentro de lo posible, en su despojada versión original, para apreciar un cierto tono de ruda verdad que se puede escuchar, más o menos, en todas las periferias del mundo. El otro día cacé al vuelo, en un telediario, un fragmento de la versión doblada y casi me indigné. Lo que la traducción perpetra a la modulación de ametralladora de argumentos expuestos a calzón quitado que tiene el dialecto francés de la costa occitana, con acento de inmigración racaille magrebí, es como si pusiéramos a doblar a Ana Blanco, la presentadora del telediario por antonomasia, una película rodada en Parla.

Cuando se salga del cine quizá haya que decidirse a no tener miedo, llegado el caso, a coger el bâbbôr ni tampoco a recibir, con la necesaria fraternidad inmarcesible que hace sublime el espíritu humano, a los que se decidieron un día a que el bâbbôr, controlado o clandestino, les sacase de la miseria, económica o moral o de ambas.

Coda local: Y sí, R., L., podéis entender este apunte como una abierta invitación a verla juntos. Invitación abierta a quien se nos quiera juntar.

Actualización: he corregido un error de traducción, producto de mi dislexia.