If e’er these precepts quelled the passions’ strife,
If e’er they smoothed the rugged walks of life,
If e’er they pointed forth the blissful way
That guides the spirit to eternal day (…)

Si por tal mandamiento se venciera el bregar por pasiones,
si allanar pudiera el áspero sendero de la vida,
si señalara la beata ruta que conduce
el espíritu al día que es eterno [...]

W. Wordsworth, «Written as a school exercise at Hawkshead, anno aetatis 14»
(‘Escrito a guisa de ejercicio escolar en Hawkshead, anno aetatis 14′).

***

El recuerdo dista, por lo menos, once años del presente. Nunca se me habría ocurrido que podría aliarse en la memoria con otro recuerdo que ya tiene nueve años y medio. Este segundo recuerdo se fundamenta en una vivencia de septiembre de 2001, concretamente del día 11 de ese mes y de ese año, en la carretera que lleva de Susa (سوسة) a Hammam Susa (حمّام سوسة). T. y O. aún deben acordarse: único trujamán de aquella expedición, salí del taxi que nos llevó al hotel convencido de que la historia que nos había contado el taxista con su francés de apaño y con mi árabe de risa era el trasunto de Mars attacks!, que por alguna razón (lo mismo era que la habían echado hacía poco por la tele) nuestro taxista tunecino tenía fresca en la memoria. Aviones (¡cabum!), torres (¡patapum!), bombas (¡parracatapum!). Luego llegamos al hotel. El personal y los huéspedes estaban congregados frente a la tele en el bar, con botellas de Celtia (سلتيا). Vinieron a continuación las llamadas, casi siempre histéricas, el cierre del espacio aéreo, la sensación de entrar en la Cuarta Guerra Mundial sin pasar por la Tercera, la tranquilidad de las calles de Túnez, la salida en avión según teníamos previsto y sin mayor contratiempo y la vuelta a ese país que quizá nos acogió o al que nosotros cogimos sin saber muy bien lo que hacíamos en octubre (¿o noviembre?) de ese mismo año. Pero eso ya es otra historia, sin mucho interés y aún menos para contarla aquí.

El primer recuerdo, que nunca se me habría ocurrido ligar con el que acabo de rememorar, no puede ser más antiguo que del último trimestre de 1999 ni más reciente que de los dos primeros de 2000. Estudiar en Cambridge sirvió para muchas cosas; también para ensayar mis primeros intentos de intentar mantener el nivel ascendente de fluidez en lengua hebrea que había conseguido hasta entonces y que a partir de ese momento declinó (nunca falta, por regla general, momento para olvidar lo que hemos aprendido). Además ese año de Cambridge me aclaró que el absentismo escolar es un fenómeno de general complacencia del cuerpo estudiantil, también en las universidades de élite. Para mantener el hebreo yo intentaba hacer varias cosas: acudir, por ejemplo, a las prácticas de hebreo hablado de Rachel (רחל). Conmigo venía E. y, en cumplimiento de la norma implícita en cualquier nivel educativo de que el primer impulso de un estudiante es faltar a clase, debían frecuentar ese curso dos personas más, que no solían venir, lo que propició mi reflexión de que el absentismo es un universal del conocimiento.

Aunque yo recuerdo esas clases con cariño, porque el cariño es un sentimiento autónomo y una nostalgia felizmente disociados de cualquier eficacia, las clases no dieron para mucho porque, como es norma, enseñar y aprender son operaciones del intelecto relacionadas pero independientes. En esas clases concurrían dos circunstancias poco halagüeñas para el progreso del aprendizaje: unos dotes pedagógicas y de planificación que no pasaron nunca de discretas por parte de la docente y unas dotes para el hebreo y el aprendizaje de idiomas que no pasaron nunca de animosas, sin más, por parte de los discentes (E. y un servidor).

Las clases se articulaban a menudo como debates y, puesto que los únicos habituales éramos E. y quien suscribe, la animada conversación en hebreo balbuciente se conformaba según lo que diéramos de sí mi interlocutora y yo. Daba para poco, en consecuencia, porque nuestra lengua hebrea no andaba precisamente muy suelta (y la mía, huelga decirlo, sigue igual de alicorta).

Quizá convenga dar ahora un retrato somero de E.: estudiante con mucho brillo en instituciones de postín del lado americano del Atlántico, había venido a Cambridge en condición parecida a la mía –becaria– pero con un par de decenas de miles de dólares más que yo. Viajera impenitente, tenía las paredes del apartamento que ocupaba en un palacete del centro de Cambridge (diferente en todo del Wolfson Court donde acabé viviendo) decoradas con momentos de E. y de su familia en los cuatro puntos cardinales de la tierra. Fue siempre una compañera risueña, alegre, concienzuda y tenaz. Casi me atrevería a resumir su personalidad con un tópico: «americana». No debería, sin embargo, refugiarme en ese tópico para completar mi retrato. Tuvo el detalle de invitarme a su boda en Nueva York, siendo como era el lugar de su boda «Nueva York» visto desde Móstoles (como Móstoles es Móstoles Madrid visto desde fuera de Madrid; es decir, desde casi todos los sitios) pero un suburbio de Nueva Jersey poblado de clase altísima (futuro marido abogado internacional; suegro juez de un tribunal federal) si se lo contemplaba desde donde hay que contemplar las cosas: lo más cerca posible siempre. No pude ir (vamos, que no tenía con qué) pero invitado quedé. Después de Cambridge empezó una carrera muy exitosa de novelista. No he leído ninguna de esas novelas, sin razón que justifique mi falta de atención: a veces la vida concurre en provocar estos deslices. Además, hablan de judíos y de mundos perdidos, que es algo muy parecido a mi vocación y mi querencia. He visto sus libros expuestos en escaparates de librerías en francés en París, en italiano en Roma y en español en Madrid. Esta ha acabado siendo la E. que yo conocí hace ahora más de una década en Cambridge.

Por ella me puse con Wordsworth. Sin que ahora consiga acordarme de con qué poeta hebreo moderno lo comparaba, trufó una de las clases de Literatura Hebrea Moderna que compartíamos y que impartía Risa (ריסה) con referencias a ese poeta inglés del que yo no tenía ni idea. No acabé teniendo mucha idea de Wordsworth, como por otra parte de casi nada, pero agradezco a E. que me empujara a intentar ponerme al día con el canon literario en inglés, una enseñanza que ella ignora y de la que yo, irremediablemente, he acabado sacando el mismo aprendizaje discreto que de todo lo demás.

Ya digo que el segundo recuerdo que me ha parecido oportuno traer hoy a colación tiene que ver con esas clases a dos que regentaba Rachel en Cambridge, quizá en 1999, quizá en 2000. El argumento a debate era ese día el עונש המוות , «la pena de muerte». Sueltos al albero del debate insustancial que suelen propiciar las clases de idiomas, el resultado se ha borrado con cierta misericordia de mi memoria y espero que asimismo de la de E. Sin embargo, nunca se me ha olvidado la sustancia de su argumento, que en su caso era a favor de la aplicación de la pena de muerte como principio de jurisprudencia. Sin fisuras. Su argumento principal era económico: ¿por qué tenían que pagar los contribuyentes el alojamiento y la manutención de un asesino? Afirmaba este principio risueña, alegre, concienzuda y tenaz. Con insistencia. Se me ocurrió entonces, y me acuerdo ahora, que pensé que quizá fuera el hebreo: cuando uno se maneja con muletas en una lengua conocida a medias, la sofisticación del argumento no suele ser lo más característico del discurso. Pero no vi ni una sola grieta en su representación que me hiciera pensar que la insistencia venía provocada por una lengua insuficiente. No, era mucho más sencillo: la cuestión de la ejecución legal era, sobre todo, una cuestión de presupuestos.

Me he ido convenciendo con los años de que la historia universal de la infamia se va escribiendo a capítulos sucesivos, discretos e inesperados. Hace apenas unos días aprendimos tres capítulos locales de esa historia universal con nombre y apellidos: Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo. Nos hablaban de la primera guerra sucia del México contemporáneo, que ocupó a las fuerzas armadas mexicanas de 1968 a 1982. En 1975, por ejemplo, al ordenar Franco por medio de su poder judicial vasallo las últimas ejecuciones de su dictadura, el presidente mexicano Echeverría clamó contra esos asesinatos legales arropado en la bandera del águila y el nopal y en el recuerdo de las innumerables cortesías de la nación mexicana hacia los refugiados republicanos españoles. Era el mismo Echeverría responsable último de los militares mexicanos que brindaron, desde un cuartel de Acapulco que aún existe, dos contribuciones (sucesivas, discretas e inesperadas) a la historia universal de la infamia: la «espada justiciera» y los vuelos de la muerte. Consistía la «espada justiciera» en sentar al «desaparecido» para «tomarle la foto del recuerdo» que se convertía, sin solución de continuidad, en una pistola que disparaba un tiro (sucesivo, discreto e inesperado) en la cabeza. El vuelo de la muerte, en la pionera interpretación mexicana, salía desde Acapulco en un avión hacia aguas internacionales con un cargamento de costales con los desaparecidos, ya desaparecidos para siempre, lastrados con piedras y destinados al fondo del pacífico mar que rodea México por uno de sus lados. Como resulta bien conocido, hubo perfeccionadores de esta técnica aerotransportada del horror hecho razón de estado algo más tarde, en las filas de los ejércitos argentino, chileno y uruguayo.

En todo esto he estado pensando desde ayer por la tarde, desde que me enteré de la noticia del siglo que suele ocurrir, en estos siglos breves que ahora vivimos, como los partidos entre el Madrid y el Barça: al menos cuatro veces al mes. Me ha sorprendido mi propia estupidez ante lo inevitable. Armados de una idea risueña, alegre, concienzuda y tenaz, el resultado solo puede parecer sucesivo, discreto e inesperado a ineptos como yo, incapaces de entender el mundo sin un miserable código penal con que regularlo, abotargados por la lentitud a la que tienden nuestros análisis, sospechando siempre, como perros que ladran su rencor por las esquinas, que los espectros renacen, sepultos o insepultos, arremolinados de rabia en los fondos abisales o en las cunetas de la carretera, dispuestos a acechar los sueños que aletargan las líneas en blanco que quedan en los códigos penales del mundo que vendrá.

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