El caso es que me pensaba que les había visto la cita a Unos tipos duros pero debe de ser que no, porque no la encuentro. Decía algo así como que una buena tipografía no son unas letras individuales bonitas sino un conjunto de letras negras y blancos efectivo. O algo así, ya digo. Pero bueno, la desmemoria me sirve para anotar aquí otra vez a Gerrit Noordzij (qué gusto saber pronunciar ahora su nombre: «jérrit noourtzáy»). Ya he ido entendiendo que Noordzij no acaba de caer bien en según qué ambientes paleográficos. Y yo lo respeto. No había de respetarlo. Vamos, sobre todo lo respeta mi ignorancia. Pero tengo que dejar aviso de que, al menos de momento, su El trazo. Teoría de la escritura, me sigue sirviendo de neta inspiración por algunos paseos metodológicos que me parece necesario hacer a vueltas con la escritura en los manuscritos de Alfonso de Zamora y que ni Malachi Beit-Arié, ni Colette Sirat, ni Judith, ya puestos, me resuelven. Que bien puede ser que me equivoque yo, claro. ¿Cuándo he dicho yo que no me pueda equivocar? Pero ya sabemos:

El noble arte de dejarse en ridículo
pudiera un día tal vez salvar la humana raza
y convertir en inmarcesible mérito
lo que más cortas mentes llamarían patíbulo

Para seguir leyendo

Mss de París ADZ detalle

Manuscrito de París, Alfonso de Zamora (foto de Álex Casero, 2008).

Por seguir con lo que veníamos hablando:

La ciencia es el arte de encontrar una pregunta que encaje con cada respuesta. Las teorías sirven para suscitar preguntas y las preguntas sirven para socavar teorías. Las preguntas engendran perplejidad, y así es como debe ser. Si mi castillo de naipes teórico se derrumba, lo único que quiere decir es que un mejor entendimiento viene a reemplazar el mío, y debería alegrarme de renunciar a mi opinión a cambio de otra mejor. La ciencia se pierde cuando las preguntas que ponen en peligro una teoría se cortan o se desatienden.

Mi objeción a la ciencia no reside en que los puntos de partida para la diferenciación de la escritura sean insostenibles, porque, al fin y al cabo, lo mismo podría decirse de todas las teorías en cada una de las iniciativas científicas vitales. Lo que me preocupa es la invulnerabilidad de los puntos de partida, invulnerabilidad que transforma la ciencia en superstición. Las supersticiones de los académicos de la escritura se filtran por disciplinas que dependen –imprudentemente– de la misma consideración superficial del negro de la letra. La encuentro en la sicología, en la historia del arte, en las matemáticas, en las ciencias del lenguaje, etcétera.

Gerrit Noordzij, El trazo: teoría de la escritura (De streek: Theorie van het schrift, primera edición de 1985), traducción española de Carlos García Aranda, València, Campgràfic, 2009, pág. 16.

Por curiosidad he ido a ver si Colette Sirat, en su Writing as handwork: A History of handwriting in Mediterranean and Western culture, Turnhout, Brepols, 2006. No cita El trazo: teoría de la escritura, sino The stroke of the pen: Fundamental aspects of Western writing («El trazo de la pluma: Aspectos fundamentales de la escritura occidental»), La Haya, Real Academia de Bellas Artes (Koninklijke Academie van Beeldende Kunsten), 1982.

SchriftLo principal de la investigación no radica en la certeza de la vida que pasa, tan callando, aunque convenga reflexionar sobre el particular para no perder la perspectiva. El tuétano de la vida investigadora radica, sin duda, en el entusiasmo. El entusiasmo inesperado revive quizás el doble las ganas de investigar. Así, la buena noticia de la publicación castellana de De streek: Theorie van het schrift («El trazo: teoría de la escritura») de Gerrit Noordzij que traía El Llibreter. Lo ha publicado Campgràfic (traducción de Carlos García Aranda, primera de Noordzij al castellano ibérico, según la Agencia Española del ISBN) y, por no aparecer, no aparece ni en su catálogo en línea. Prometen ser 88 páginas de iluminación continua. Así lo parece, por ejemplo, la primera cita que trae a colación El Llibreter:

Los diferentes tipos de escritura, con sus distintas construcciones y trazos diferentes, solo pueden compararse entre sí en función del blanco de la palabra, ya que toda comparación requiere un punto de referencia que permita la comparación de los elementos. El blanco de la palabra es el único componente común a todos los tipos de escritura. Este tipo de referencia es válido tanto para la escritura manual como para la tipografía, para la escritura antigua como para la moderna, así como para la escritura occidental y la de otras culturas. En resumidas cuentas, es válido para la escritura en general.

Me trae recuerdo de un fecundo viaje en tren de Nápoles a Roma (qué curiosa tentación esta: querría haber escrito «a casa en Roma…») y la constatación de una referencia imprescindible para la parte más importante de la tesis: la que hable de las fronteras de la escritura y de sus contornos. Cinco redacciones van ya y ninguna que haya leído Judith. Sospecha cierta de lo bienquisto del tema y de lo enrevesado de la trama.

Volveremos por aquí a Noordzij y a su De streek. Quede una posdata suya, aviso para navegantes:

The […] sentence confuses writing system with spelling, the regulations that connect symbols of writing with the symbols of a language. Many languages are connected by as many spelling systems to Western writing. Spelling, writing and language are different identifiers. Writing identifies civilisations, language identifies tribes or groups of tribes, spelling identifies administrative authority .

La […] frase confunde sistema de escritura con ortografía, las normas que ligan símbolos de la escritura y símbolos de un idioma. Muchos idiomas se hallan ligados por multitud de sistemas ortográficos a la escritura occidental. Ortografía, escritura e idioma son identificadores distintos. La escritura identifica civilizaciones, el idioma identifica tribus o grupos de tribus, la ortografía identitica la autoridad administrativa.

Gerrit Noordzij, «The meaning of writing» (‘El significado de la escritura’), fecha desconocida.

«Schrift», foto de Michael Bundscherer, 9 de julio de 2009.

¿Y si el secreto de empezar a entender la paleografía hebrea estuviera en la tipografía hebrea?:

Note that the Hebrew script does not have true serifs. However, as it is common practice in Israel to use the term ‘serif’ to describe the small in-strokes residing on the ‘x-height’ horizontal strokes (and for lack of a better, agreed term) I retained this term here.

[…]

Hebrew is usually thought of as a horizontally stressed script, as opposed to the Latin being a vertical stressed script. One can usually notice the two heavy horizontal bars apparent in Hebrew text, on both the upper ‘x-height’ and the lower baseline zones. It should be noted however that early inscriptions, as well as many contemporary ‘sans-serif’ typefaces show a vertical stress or no contrast at all.

[…]

As opposed to the Latin, Hebrew is not made from any simple geometrical forms. Most significant in their absence are the circular forms so prevalent in the Latin script.

The Ashkenazic style […] with its dense texture, monotonous rhythm and contrasted letterforms, was clearly influenced by the Gothic blackletter of the time. It is noteworthy that the vertical high contrast stress present in the Latin was converted into a horizontal equivalent.

The next milestone was the influence of the Didot-Bodoni Modern style. This trend, popular from the end of the eighteenth to the beginning of the nineteenth centuries in Europe had a destructive influence on Hebrew. The adoption of this highly contrasted style in Hebrew resulted in fragile, illegible types. Similarly to the Ashkenazic style, this Hebrew style had extremely heavy horizontal strokes and hairline vertical strokes. Henri Friedlaender, the renowned typographer, said that while in Latin script it was mostly the serifs that were reduced to a minimal width, in Hebrew the exaggerated contrast of thicks and thins damaged the very basic structure of the type. A Hebrew text line of the time looked like two heavy horizontal lines with nothing between them. Moreover, this extreme slenderness of the verticals aggravated problems of letter differentiation – already present in Hebrew – and hence hindered legibility. Many of the Hebrew letters’ identifying marks are located on the joints of the horizontals and verticals. With the vanishing of the verticals, differentiation became scarcely possible.

As this Hebrew style was practically the only type style in use during the nineteenth century, one can easily recognize how dramatic this influence was.

[…]

This issue of symmetry is crucial. Vertical axis symmetry in letterforms creates an exaggerated and overly static stability. As the Hebrew has this clear sense of horizontal continuity and leftward movement, a symmetrical letter abruptly breaks the reading flow. It puts a spoke in the wheel.

[…]

Americanization is highly dominant in Israeli society and culture. Israelis wish to feel they belong to the western culture: they want the American (or European, for that matter) style of life. The vast majority of Israeli fashion, food and retail chains have changed their names in recent years to English brand names. The Hebrew language is absorbing more English terms, names and even verbs increasingly everyday. Thus, it is natural to find this influence diffusing into the language’s visual form, the type. Beside types that make use of Latin letters’ parts, the latest and trendiest Latin types are converted into Hebrew. Many Emigre types for instance, have distant relatives in Israel. In most cases, these are rather poor derivatives that both ignore tradition and offer inferior legibility.

Hebrew versions for international brands’ logotypes: Carlsberg, Sprite and Fanta.

Tiene que existir algo entre el exasperante impresionismo de Colette Sirat (su L’œil et la machine fue flor de un día) y la estatisticolatría ramplona de Malachi Beit-Arié. A veces la línea de Beit-Arié consigue despertar un interés notable, que se conjuga con curiosidad, pero enseguida degenera en lo cuantitativo, confundiendo lo cualitativo del examen paleográfico con una mera matemática, en lugar de una formalización. Yo no quiero ecuaciones: yo quiero resultados falsificables, métodos que sirvan la pluralidad de los seres existentes, en este caso, primero los manuscritos pero, casi ineluctablemente, la ciencia de todo lo que esté escrito (¿Schriftenkunde?). Y, de paso, tener bien claras las dos categorías principales: ausencia y presencia. La única verdad constatable de los libros es que desaparecen. ¿En qué consiste pues la masa crítica de las elucubraciones estadísticas de Beit-Arié? ¿En la ausencia transformada en necesidad por un arte de birlibirloque epistemológico que no considera siquiera digno de explicarse? 

Coda: Mal de muchos, consuelo de tontos. Peor lo tienen los de árabe. Menos mal que les queda Déroche.