[En la misma serie.]

Pues no recuerdo ahora mismo con qué mapas dan el tiempo en las televisiones israelíes o palestinas: me supongo que con el de siempre (versión neohebrea, versión arábiga).

Ahora, algo más me conozco cómo dan el tiempo los mapas mediáticos de esta península mía extremo-meditérranea. Cataluña, si no recuerdo mal, llega a Fraga pero no a Zaragoza; Valencia (en sentido laxo) abarca Elche y Castellón pero no Cuenca, Cartagena o Calaceite (un suponer). Sin embargo, Madrid llega hasta lo menos León (si no más ya) en dirección al norte; hasta Albacete (poco faltará para Gandía) en dirección sur, sureste. No recuerdo Andalucía pero diría que no se inmiscuye en el Algarve ni más allá de Chafarinas (aunque las teles marroquíes, si no voy errado – que puede que sí – si se lancen a la fantasía territorial de las Canarias, Ceuta, Melilla, Perejil/Layla/Maadnús y, a poco que uno lo mire con objetividad, de la Acequia Roja y el Río de Oro).

En fin: nacionalismo banal, el hijueputa siempre es el otro, la viga de cemento armado en el ojo propio siempre más ligera y grácil que la reprensible pajilla en el ojo ajeno, etc. Nada que vaya a alterar el ánimo más que habituado, «de Algeciras a Estambul», ya se sabe, que cantaba Serrat.

Una forma clásica de ponerse el mundo por montera es dibujar, colocar o exhibir un mapa. Gran impostura, los mapamundis europeos colocan al Viejo Continente en el centro del globo; los australianos ponen a los mares del sur en el foco. Nosotros, lo único importante, que decía el Fraga de camisa azul.

Cuán diferente actitud respecto a la de los miniaturistas de los primeros cartulanos, que acompañaban el descubrimiento y exploración de nuevos mundos. Aquellos predecesores pugnaban por abarcar lo nuevo. Sus sucesores hicieron de la cartografía coartada nacional. Hasta el paroxismo identitario, que aprovecha incluso el granizo para construir la nación.

A los añejos mapas de España prescindiendo de Portugal de la era del caudillo le sucedieron otros en que la lluvia se detenía en los confines políticos de la autonomía.

La impostura oportunista del nacionalismo periférico, gemelo del casticista, prescindía alegremente del interés viajero de su clientela y sus necesidades de preparar paraguas o sombrero. Importaba el tiempo en Mondragón, para nada en París, aunque esta ciudad fuera más frecuentada por los vascos que el caserío vecino.

La ETB del nuevo lehendakari de la Euskadi en vías de mayor normalización ha corregido ya ese dislate. Ofrece mapas meteorológicos con menos frontera política y más área de influencia calculada por la afluencia turística. Parece predicar que si el País Vasco es importante y atractivo no lo será por el protocolo cartulano, sino porque la ciudadanía vasca sea atractiva e importante.

Sufridos habitantes de otras autonomías, como la catalana, agradecerían la importación de ese modelo, que evita confundir la patria con el chubasquero: tanto mapa en TV-3 con Maó y Alacant y Andorra para consumo de ensoñadores. Cuán poca previsión del tiempo futuro en Sevilla, destino más frecuente para el barcelonés medio que Borriana.

Lo que vale para catalanes también vale para madrileños clientes de Telemadrid, ridículamente sobreinformados de los avatares climáticos en su Comunidad y lejanos, al escurialense modo, a los del ancho mundo. Usuarios, no patriotas.

«Usuarios, no patriotas», El País, 1 de julio de 2009.

Mapa del tiempo en El País (vía Quim Roig, vía Miquel Boronat previamente):

Tiempo nacional

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[En la misma serie.]

I:

En L’Écritoire de la plaza de la Sorbona, al salir de clase, con todos incluidos J. y J.-M. El año pasado, por tanto. Ya hacía, con la intrépida alternancia de días de buen y mal tiempo de París a partir de abril, un mediodía de primavera.
La conversación acaba en Gerona, sobre el viaje inminente, sobre el acceso a los archivos, sobre la lengua catalana, visto mi papel inesperado de catalan en charge, al que me resigno desde hace tiempo curioso y atento. J.-M. habla de una reunión patrocinada (que en lengua vulgar quiere decir pagada) por el Institut d’Estudis Catalans en Barcelona, hacía algún tiempo, sobre la especialidad de la que imparte docencia en la Sorbona: una de las lenguas clásicas. Le sorprendió la extravagancia intelectual de que algunos colegas catalanes se empeñasen en ofrecer sus ponencias en catalán (a un ameno círculo de lingüistas, como eran los reunidos). Yo me extraño de su extrañeza. Él acaba por replicar, con media sonrisa sorboniana, «Pero, ¿qué es lo que la Humanidad debe al fin y al cabo al catalán desde hace setecientos años?». Setecientos años porque había tenido la bondad de salvarme a Raimundo Lulio. Animado por la anécdota de la hospitalidad que le dispensaron las autoridades académicas catalanas, comparto con él una pequeña parte del patrimonio paremiológico catalán: ser cornut i pagar el beure, lo que en mi castellano de cuna nada remilgada se expresa por ser puta y poner la cama. Entonces calibré lo atinado de una sospecha: ‘Humanidad’, en francés intelectual, no es más que un sinónimo de ‘Francia’. Reformulando el lema baha’í: «el mundo debe ser un solo país, Francia, y la Humanidad, sus admiradores agradecidos». Que yo sepa, J.-M. no dice nada de que otros colegas empleen la lengua inglesa en sus ponencias. No sería la primera vez, sin embargo, que oigo alguna queja de la extravagancia de empeñarse en seguir utilizando el francés en las reuniones científicas.

II:

Comment expliquez-vous son acquiescement au préjugé antisémite ?

À l’origine de son antisémitisme, je vois d’abord la mégalomanie du citoyen d’une petite nation, qui se dit : « Nous ne sommes rien et nous allons être tout. Nous allons faire parler de nous à n’importe quel prix. » Sans doute la mégalomanie d’une petite nation reléguée dans la banlieue de l’Histoire nourrit-elle une jalousie à l’égard des Juifs, petit peuple placé en pleine lumière. On sent cette jalousie à l’œuvre. Pour autant, bien que Cioran soit alors sympathisant de cette organisation monstrueuse qu’est la Garde de fer, il a une divergence fondamentale avec les légionnaires : il n’impute pas le marasme roumain aux Juifs. Il ne cède pas à la facilité de la paranoïa. C’est un élément très important pour le comprendre. Certains l’accusent pourtant de n’avoir pas changé après guerre. Il serait resté obsédé par les Juifs et se serait contenté d’inverser les signes en passant du négatif au positif. Cette inversion elle-même témoignerait de la survivance de son hostilité fondamentale. Je pense que ce n’est pas vrai. Je pense qu’il y avait dans cette fascination pour les Juifs quelque chose qui pouvait préparer Cioran à rendre hommage aux Juifs. C’est la persistance du nom juif qui nourrira sa fascination. Il dira : « Les Juifs ne sont pas un peuple mais un destin. »

[¿Cómo se explica usted su aquiescencia del prejuicio antisemita [de Cioran]?

Veo en el origen de su antisemitismo la megalomanía del ciudadano de una nación pequeña, que se dice a sí mismo: «No somos nada y vamos a serlo todo. Lograremos que hablen de nosotros a cualquier precio.» Sin duda, la megalomanía de una nación pequeña relegada al suburbio de la Historia nutre una envidia a los judíos, pequeño pueblo que al que iluminan los focos. Esta envidia se nota en su obra. Sin embargo, aunque Cioran fuera entonces simpatizante de esa organización monstruosa que fue la Guardia de Hierro, hay una divergencia fundamental con los legionarios: no achaca el marasmo rumano a los judíos. Hay quien lo acusa de no haber cambiado tras la guerra, de seguir obsesionado por los judíos, limitándose a invertir los signos, pasando de lo negativo a lo positivo. Esta inversión daría testimonio de que su hostilidad fundamental habría sobrevivido. Me parece que no es verdad. Creo que, en esa fascinación por los judíos, existía algo que aprestaba a que Cioran rindiese homenaje a los judíos. La persistencia del nombre judío alimentaría su fascinación. Dirá: «los judíos no son un pueblo sino un destino».]

Paris during the occupation 9

Contrairement aux accusateurs de Cioran, vous croyez à sa conversion sincère et profonde. Comment expliquez-vous ce mouvement ?

Cioran s’est arraché de la tentation totalitaire en devenant un écrivain de langue française et en s’inscrivant en plein XXe siècle dans la lignée des moralistes classiques. Les moralistes ne sont pas des gens qui font la morale, ce sont des gens qui divulguent une vérité douloureuse. Il rejoint leur camp dès 1941, à travers le texte charnière intitulé Sur la France, qu’on découvre également. C’est un livre écrit en roumain, mais le style est déjà français, on le voit merveilleusement dans la traduction d’Alain Paruit. Au fond, la réponse des moralistes, c’est la réponse de ceux qui ne sont pas dupes de Rousseau. D’un côté, il y a l’idée d’établir un régime sans mal en trouvant une solution politique au problème humain. Et de l’autre, une lucidité inquiète qui nous vaccine contre cette tentation. Le désespoir de Cioran ne le conduit d’ailleurs pas nécessairement à une vision noire de la nature humaine. J’ai relevé un passage extraordinaire dans ses Cahiers : « Haine et événement sont synonymes. Là où il y a haine, quelque chose se passe. La bonté au contraire est statique. Elle conserve, elle arrête, elle manque de vertu historique, elle freine tout dynamisme. La bonté n’est pas complice du temps alors que la haine en est l’essence. » On n’imagine pas Cioran faire cet éloge de la bonté. Et pourtant. Lorsque s’évanouit l’idée d’établir un régime sans mal, reste ce que Vassili Grossman appelle la petite bonté, la bonté sans régime.

[Frente a quienes acusan a Cioran, usted cree que la conversión fue sincera y profunda. ¿Cómo explica usted tal transformación?

Cioran se ha arrancado la tentación totalitaria al convertirse en un escritor de lengua francesa y al inscribirse, en pleno siglo xx, en la estirpe de los moralistas clásicos. Los moralistas no son gentes que sermoneen, sino gentes que divulgan una verdad dolorosa. Es un libro escrito en rumano, pero el estilo ya es francés, como se ve maravillosamente en la traducción de Alain Paruit. En el fondo, la respuesta de los moralistas es la de quienes no se han dejado embaucar por Rousseau. Por una parte, está la idea de fundar un régimen sin mal, encontrando una solución política al problema humano. Por otra, hay una lucidez inquietante que nos vacuna contra tal tentación. He extraído un pasaje extraordinario en sus Cuadernos: «Odio y acontecimiento son sinónimos. Donde existe el odio, algo ocurre. La bondad, sin embargo, es estática. Conserva, detiene, le falta virtud histórica, frena cualquier dinanismo. La bondad no es cómplice del tiempo, mientras que el odio es su esencia.» No hubiéramos podido imaginar que Cioran hiciese este elogio de la bondad. Pero ahí está. Cuando desaparece la idea de fundar un régimen sin mal, queda lo que Vassili Grossman llamó la pequeña bondad, la bondad sin régimen».]

Sébastien Lapaque entrevista a Alain Finkielkraut sobre la publicación de Transfiguration de la Roumanie (Schimbarea la faţă a României, 1936; texto en rumano en un sitio de extrema derecha rumano) y De la France de Emil Cioran. Le Figaro.fr—Livres, 2 de abril de 2009. Vía el blog de Juan Pedro Quiñonero.

III:

«Cioran s’est arraché de la tentation totalitaire en devenant un écrivain de langue française».

Una pena que la evidencia impida creer en la transmisión de la moral por vía meramente lingüística.

IV:

Contra tanta tontería, conviene la profilaxis. Tanto más cuando uno está rodeado de lengua francesa y de tonterías consecuentes. Os invito, pues, a escuchar media horita de Jacqueline de Romilly sobre Tucídides, la verdad histórica, la crítica del imperialismo ateniense del siglo v antes de la era común y la decencia inherente a algunos sabios y no a algunas lenguas, puras emulsiones abstractas del espíritu desprovistas de sentimientos, capacidad de decisión moral o necesidad de defecar, entre otras funciones éticas o naturales que sí poseemos los seres humanos. A vos souhaits

(Echadle un poco de paciencia antes de que se cargue el fichero de audio).

«Paris during the occupation 9», foto de juffrouwjo, 3 de julio de 2008 (con un comentario relevante sobre la polémica entorno a la exposición de la que formó parte la foto).

I:

The third element was perhaps chiefly a response to the ‘cultural revolution’ of the second half of the century, that extraordinary dissolution of traditional social norms, textures and values, which left so many of the inhabitants of the developed world orphaned and bereft. Never was the word ‘community’ used more indiscriminately and emptily than in the decades when communities in the sociological sense became hard to find in real life – ‘the intelligence community’, ‘the public relations community’, the ‘gay community’. The rise of ‘identity groups’ – human ensembles to which a person could ‘belong’, unequivocally and beyond uncertainty and doubt, was noted from the late 1960s by writers in the always self-observing USA. Most of these, for obvious reasons, appealed to a common ‘ethnicity’, although other groups of people seeking collective separatism used the same nationalist language (as when homosexual activists spoke of ‘the queer nation’).

Tal vez fuera el tercer elemento principalmente una respuesta a la «revolución cultural» de la segunda mitad del siglo, que supuso que se diluyeran extraordinariamente las normas, los tejidos y los valores sociales tradicionales, lo que dejó a tantos habitantes del mundo desarrollado huérfanos y desposeídos. Nunca se usó el término «comunidad» de forma tan indiscriminada y vacía como en las décadas en que se han vuelto tan difíciles de encontrar comunidades en el sentido sociológico de la palabra: la «comunidad de los servicios de inteligencia», la «comunidad de las relaciones públicas», la «comunidad gay». El surgimiento de «grupos identitarios», conjuntos humanos a los que una persona daría en «pertenecer», de forma inequívoca y con una certeza fuera de toda duda, empezó a registrarse, a partir de los últimos años 60, por autores de los siempre ensimismados Estados Unidos. La mayor parte de estos grupos apeló, por razones obvias, a una ‘etnicidad’ común, aunque otros grupos de personas en busca de una entidad colectiva separada se sirvió del mismo lenguaje nacionalista (como los activistas homosexuales que hablaban de una «nación rarita [queer]»).

Eric Hobsbawm, Age of Extremes: The short twentieth century 1914-1991 («Era de extremos: el breve siglo xx, 1914-1991»), Londres, Abacus, 1995 (primera edición de 1994).

II:

No, si yo lo comprendo: es la excitación. Es que uno lo ve y empieza a salivar como uno de esos simpáticos perrillos de Pavlov de los que nos examinaban en la insospechada formación humanista del BUP español de los años noventa. Si yo en realidad lo entiendo: son los reflejos.

Por eso, cuando leí el artículo de Ofri Ilani en el Haaretz – versión hebrea y versión inglesa – del que nos daba noticia Manuscriptboy (conocido por otros pseudónimos en inglés y en hebreo), tampoco me llamó tanto la atención. Ni siquiera me asusté de que apareciese por ahí, un poco de rondó, el viejo Simonsohn:

על כל פנים, בחירת אפיפיור לא מתרחשת כל יום, ובשגרה עובדי הספרייה אינם פוגשים את האב הקדוש, שעל אף התמחותו בספרות תיאולוגית אינו נוהג לבקר במקום.

It is not every day that a new pope is elected, and in their routine work the library staff do not meet the Holy Father, who despite his expertise in theological literature, does not customarily visit the large library.

[Traduzco del hebreo: «En cualquier caso, la elección de un papa no acontece todos los días, y de forma rutinaria los trabajadores de la Biblioteca no ven al Santo Padre, quien no frecuenta el lugar a pesar de su especialización en literatura teológica».]

Y se pregunta uno: por muy teólogo (que no «especialista en literatura teológica») que uno sea, ¿por qué diantres tendría que «frecuentar» una biblioteca de fondo antiguo, donde lo menos valioso son impresos del siglo xviii? ¿Para manosear los manuscritos? ¿Es que ahora la ósmosis física ha sustituido a la lectura comprensiva como método de aprendizaje?

Tampoco parece que la internet como método de aprendizaje sirva de mucho: Ofri Ilani aún no se ha enterado de la diferencia entre el danbrownesco, misterioso y enigmático «miles de manuscritos» y la prosaica realidad de los catálogos. En el caso de los manuscritos hebreos de la Biblioteca Vaticana «803 manuscritos en escritura hebrea» (que no «hebreos», que son cosas distintas):

בנוסף, ביקרה בבית הספרים הלאומי בירושלים כדי לחזק את הקשרים בין המוסדות האקדמיים בישראל לבין הספרייה, שבה אלפי כתבי יד בעברית.

She [Luigina Orlandi] also visited the Jewish National and University Library in Jerusalem in order to strengthen the ties between her library, which contains thousands of Hebrew-language manuscripts, and Israeli academic institutions.

[«Visitó además la Biblioteca Nacional (de Israel) en Jerusalén para reforzar los vínculos entre las instituciones académicas israelíes y su biblioteca, donde hay miles de manuscritos en hebreo».]

¡Ah, miles los manuscritos y el burro, grande, ande o no ande!

Luego, claro, no puede faltar (como al salpimentar los guisos) el especialista académico que confirma lo justo de la salivación:

ההיסטוריון פרופ’ שלמה סימונסון מאוניברסיטת תל אביב, מומחה ליחסים בין הכנסייה ליהודים בימי הביניים, בילה מאות שעות בספריית הוותיקאן ובארכיון הסמוך לה מאז שנות ה-50. לדבריו, החוויה לא היתה תמיד נינוחה. “התנסיתי שם בדברים שכמו החזירו אותי לימי הביניים. שמרנות קיצונית שאין לה הסבר”, הוא נזכר.

זה קרה כשביקש לעיין במכתבי אהבה אינטימיים שכתב הקרדינל בן המאה ה-15 פייטרו במבו, כדי לבדוק את ההערות שכתב עליהם צייר יהודי. אלא שהספרנים בוותיקאן לא ששו להעביר לידיו את המכתבים. “בהתחלה הם אמרו לי שזה לא קיים. אחר כך שלחתי מברק, ולא קיבלתי תשובה. הם הצניעו את זה, בגלל שאלה אהבות של קרדינל. יש עדיין אנשים בכנסייה הקתולית שחיים כמו בימי הביניים”.

Prof. Shlomo Simonsohn, a historian from Tel Aviv University and an expert in relations between the Church and the Jews in the Middle Ages, has spent hundreds of hours in the Vatican Library and its adjacent archives since the 1950s.

“I encountered things there that seemed to take me back to medieval times: extreme conservatism that is inexplicable,” he said.

That happened when he asked to see intimate love letters written by a fifteenth-century cardinal, Pietro Bembo, in order to examine comments written on them by a Jewish painter. “At first they told me it did not exist. Afterward, I sent a cable but did not get a reply. They kept it secret, because it involved the loves of a cardinal. There are still people in the Catholic Church who seem to be living in the Middle Ages.”

[«El historiador Šelomo Simonsohn, de la Universidad de Tel Aviv, experto en las relaciones entre la Iglesia y los judíos en la Edad Media, ha pasado cientos de horas en la Biblioteca Vaticana y en el archivo adjunto desde los años 50. Según él, la vivencia no siempre ha sido agradable. ‘Allí he experimentado cosas que me hacían volver a la Edad Media. Un conservadurismo extremista sin explicación’, recuerda.

Así ocurrió al solicitar la consulta de unas cartas de amor íntimas que escribió un cardenal del siglo xv, Pietro Bembo, para comprobar las anotaciones que dejó escritas en ellas un pintor judío. Pero a los bibliotecarios de la Vaticana no les complació en exceso tener que llevarle las cartas. ‘Al principio me dijeron que no existían. Después envié un telegrama, del que no recibí respuesta. Lo ocultaron porque se trataba de los amores de un cardenal. Aun existe gente en la Iglesia Católica que viven como en la Edad Media».]

Estoy de acuerdo: aún hay gentes en la Iglesia Católica que viven como en la Edad Media. Y en Tel Aviv también las hay. Pero yo no me los he encontrado en las bibliotecas eclesiásticas de forma especial: me los he encontrado en general en las bibliotecas de fondo antiguo, auténticos nidos de freakie-bibliotecarios, de arqueoarchiveros, con un acendrado sentido de la posesión. Feliz Simonsohn que nunca se había topado con gentes de esa laya en sus anteriores pesquisas («desde los años 50»; ahí es nada); que nunca había recibido la callada por respuesta al escribir a un archivo o una biblioteca de fondo antiguo; que nunca había pedido un libro para descubrir que estaba «perdido» o «inconsultable»… después de haberse hecho kilómetros y kilómetros para llegar a la biblioteca de personal mudo. Ay, Solly, Solly, pero hombre, si tan secretos había que dejar los amores del cardenal Bembo (de cuando, por cierto, aún no era cardenal), ¿para qué diantres pidió Edmund Burke – el del siglo xx, no el filósofo del xvii, no se me confundan – el nihil obstat del censor eclesiástico Remy Lafort, confirmado con el imprimatur del arzobispo de Nueva York, John M. Farley, para su entrada «Pietro Bembo» de la Catholic Encyclopedia de… ¡1907!?:

He remained at Rome for eight years, enjoying the society of many distinguished men and loved and admired by all who knew him. There he became enamoured of the beautiful Morosina.

[«Se quedó ocho años en Roma, disfrutando de la compañía de muchos hombres distinguidos, querido y admirado por todos los que le conocieron. Allí se enamoró de la bella Morosina».]

Bello nombre, Morosina. Ay, Solly, Solly…

Pero aún quedaba el plato fuerte, inevitablemente eclesial, imprescindible mostaza fuerte vaticana, punto necesario de todas las fantasías lúbricas sobre el tema. Sí, lo han adivinado:

אורלנדי, על כל פנים, מופתעת מהטענות. “ספריית הוותיקאן פתוחה כבר כמה דורות לחוקרים מכל העולם. הכל פתוח לציבור, מלבד מסמכים שצריך לשמור עליהם מפאת מצבם”, אמרה. על כל פנים, גם המושג “פתוח לציבור” יחסי כשמדובר בספרייה המכילה בין השאר את דו”חות החקירה של האינקוויזיציה.

Orlandi expressed surprise at these allegations.

“The Vatican Library has been open for a number of generations to scholars from the whole world. Everything is open to the public, other than documents that must be preserved because of their condition,” she said.

“Open to the public” is a relative term in regard to a library that possesses, among other items, the investigative reports compiled on the Inquisition.

[«En cualquier caso, Orlandi se sorprende de tales afirmaciones. ‘La Biblioteca Vaticana está abierta, desde hace varias generaciones, a investigadores de todo el mundo. Todo está abierto al público, excepto los documentos cuya conservación lo exige’, dice. En cualquier caso, el mismo concepto de ‘abierto al público’ es relativo al hablar de una biblioteca que contiene entre otras cosas los informes de las pesquisas de la Inquisición».]

¡Ah, la buena, vieja, inmarcesible Inquisición! ¿Qué sería de nuestros sueños más lúbricos sin ella?

Ya puede cantar misa la Orlandi, la Biblioteca Vaticana entera y el papa de Roma, que la espectacular exigencia de la biblioteca y los archivos vaticanos:

אבל גם כשהיא פתוחה, רק חוקרים עם מכתבי המלצה ממוסדות אקדמיים מכובדים רשאים לדפדף ב-150 אלף כתבי היד ובמיליון וחצי הספרים שאצורים בספרייה.

But even when it is open, only researchers bearing letters of recommendation from respected academic institutions are permitted to browse through the 150,000 manuscripts and 1.5 million books the institution holds.

[«Aunque incluso cuando esté abierta, solo investigadores con cqartas de recomendación de instituciones académicas respetables tendrán permiso para hojear los 150.000 manuscritos y el millón y medio de libros que se encuentran depositados en la Biblioteca».]

Sin duda, una evidente muestra de secretismo por parte de la Biblioteca Vaticana. Sin duda. Y por parte de la Biblioteca Nacional de Israel, que pide exactamente lo mismo. Y de la Biblioteca Británica. Y de la Biblioteca Nacional de Francia. Y del cien por cien de las bibliotecas actuales de fondo antiguo. Y menos mal. Yo debo de ser un conservador vergonzante que aún no ha salido del armario, porque comparto la opinión de la bibliotecaria vaticana:

לדברי אורלנדי, “כדי לקרוא כתבי יד, אתה צריך להיות מוכשר לכך. הרבה מהתעודות ניתנות כיום לגישה באופן דיגיטלי, כך שלא תמיד יש צורך לקרוא אותם בספרייה”.

According to Orlandi, “To read manuscripts, one must be qualified for this. Many of the documents are now accessible digitally, so it is not always necessary to read them in the library.”

[«Según Orlandi, ‘para leer manuscritos, tienes que estar acreditado. Muchos de los documentos están disponibles digitalmente hoy por hoy, de forma que no siempre sea necesario leerlos en la Biblioteca».]

Como sería repetitivo volver a lo de las falsas conclusiones que los bibliotecarios suelen sacar después de los masivos procesos de digitalización de fondo antiguo en los últimos años, no me extenderé sobre el particular. Tampoco sobre lo que dicen de los documentos sobre Pío XII: de forma general, existe una prevención quizá entendible, aunque no deje por ello de ser criticable, de los titulares habituales de los archivos públicos – los estados – por la que el acceso a los fondos recientes solo se efectúa libremente pasado un plazo que juzgan prudencial, que puede variar de los 25 a los 75 años, de forma general.

En fin, una última nota para contrastar la excelente información que sostiene el artículo de Ofri Ilani: los misteriosos informes inquisitoriales no están en la Biblioteca Vaticana. Están donde tienen que estar: en el Archivo Secreto Vaticano (que no tiene de secreto más que la propia etimología de la palabra secretario), una institución distinta, ni siquiera contigua, con su propia dirección, su propio personal y sus propias instalaciones.

Flatiron

Entiendo que la normalidad sea mucho más difícil de percibir que lo extraordinario. Que las crónicas del mal que ha escrito discretamente desde París Patrick Mondiano sean best-sellers mucho menos notables que las noveluchas de Dan Brown. Que las explicaciones del contexto histórico de las persecuciones antijudías medievales sean mucho más prolijas y menos interesantes que la teleología de la historia: nos mataban por ser judíos. ¡Ay, ese nosotros! ¡Cuántas tonterías alberga tu pronombre! El nosotros que gana partidos con la selección, oficial u oficiosa. El nosotros que solo se interesa por la carrera espacial cuando mandan un compatriota al espacio. El nosotros que vibra con la fórmula 1 (¿se habrá imaginado deporte más rematadamente insulso?) solo cuando un piloto de la tierra se dedica a quemar asfalto. El nosotros de los coros y danzas, de los hooligans, de las inflamaciones patrióticas. Como dijo aquel, perdonen que no me levante al paso de la bandera ni al sonar el himno. Sobre todo los míos, claro. ¿Dónde estaría la moral en caso contrario?

La normalidad y su deseo (que para los propósitos de este apunte llamaremos lanormalidad) aparecen donde uno menos se lo espera pero, sobre todo, donde más esperada es su presencia. Ayer ocurrió en España uno de esos partidos que acontecen cada año y que la ignorancia de la paradoja califica del siglo. El Barcelona y el Athletic de Bilbao (que curiosamente no se llama «Bilbao» sin más, aunque sea el único club de fútbol de primera de la ciudad) se jugaban la Copa del Rey (Juan Carlos I), que antes fue Copa del Caudillo (Francisco Franco – cuyo nombre maldiga Dios muchos años. Amén –), que aún antes fue Trofeo del Presidente (de la Segunda República española), que previamente había sido Copa del Rey (Alfonso XIII).

Es tradicional (¿quizá obligado?) que el Rey de España – de naturaleza bastante futbolera, por cierto – esté presente en la final de la Copa y entregue la Copa en cuerpo mortal al capitán del equipo ganador. Al entrar el rey y la reina en el palco, se interpreta por la megafonía del estadio el himno español. Ayer, en Valencia (donde se jugó la final), así fue el caso. Como supongo que todo el mundo podía sospechar al juntar a las aficiones del Barça y del Athletic de Bilbao, es decir, de Barcelona y de la Capital del Mundo (también conocida como Las Siete Calles), es decir, de las dos principales naciones sin estado de España, Cataluña y el País Vasco, las gradas silbaron tanto y tan fuerte el himno español que se hizo prácticamente inaudible. Televisión Española, que transmitía en directo la final, decidió cortar abruptamente la retransmisión y retomarla cuando acabaron himno, entrada de los reyes y silbidos. Una decisión evidentemente muy censurable, que hermana a la televisión pública española con las curiosas prácticas negacionistas (de negación de la realidad) en las que se entretuvo la BBC de la época de Thatcher cuando doblaba con actores las voces de los dirigentes del Sinn Féin, partido independentista irlandés y brazo político del grupo terrorista IRA.

Hoy, con la resaca de un buen partido y de la siempre notable afición del Athletic (el jugador del Barcelona, Alves, tendrá buen recuerdo de ella para lo que le queda de vida profesional, seguramente), se han despertado las ansias salivatorias habituales tras el episodio de rechazo al himno español. Nada fuera de lanormalidad, ya les digo. Nada que no haya pasado, por ejemplo, en Francia. Siguiendo el ejemplo de los sabios, me he tenido que preguntar a mí mismo si sería verdad aquello que afirmó Josep Pla:

Nada hay que más se parezca a un español de izquierdas que un español de derechas.

Porque yo, que debo de ser un español irredento sin salir del armario, no acabo de verle el sentido a pagar los buenos cuartos que tuvo que costar la entrada, el viaje y la alegría o el disgusto, según en cada cosa, como si alguien te hubiera engañado, como si no supieses el nombre del trofeo, Copa del Rey, la titularidad territorial de quien lo otorga, España, y los símbolos nacionales que van asociados a la circunstancia, el himno. Me ocurre lo mismo que en aquella ceremonia, en Barcelona por cierto, donde me tocó conocer al Rey Borbón. No censuré que Glòria llevara, debajo de su vestido de noche, una estelada en forma de brazalete. Pero tampoco lo entendí. Como nunca he entendido las carrozas pagadas por los bares de Chueca en el Desfile (antes manifestación) del Día del Orgullo Gay en Madrid, siempre tan concurrido. Yo, ustedes me disculparán, no acabo de verlo: debe de ser mi censurable sentido de la compostura para el que no encuentro circunstancias atenuantes.

Lanormalidad, mezcla del deseo de normalidad y del refocilarse en la anormalidad, es como Lamerica en la que se inspira el sentimiento: una inspiración, una negación persistente de la realidad, un desapego por el análisis, una inevitable trayectoria hacia el fracaso y la frustración. Porque Lanormalidad, como Lamerica, simplemente no existe. Solo existe el deseo de alcanzarla, sin que jamás se obtenga la satisfacción debida. Para que Lanormalidad cumpla su destino, el Vaticano debe de ser oscuro, inexplicable, conspiratorio, así la Curia como la Biblioteca, así sus finanzas como su Archivo (¡Secreto!). Para que Lanormalidad prevalezca, la única causa de todo contratiempo individual o colectivo de un judío se fundamenta en la persecución. Para que Lanormalidad cumpla sus funciones, la censura es expresión de un alma inmortal y enemiga: nunca es sorpresa. En el país de Lanormalidad, el Marca, ese irreproducible panfleto cuya dignidad solo salva que existan panfletos aún más ínfimos, como el As, no puede incumplir las leyes del deseo y estar de acuerdo con la catosfera nacionalista:

Los masivos pitos a los acordes de la Marcha Real fueron tapados por los decibelios y por TVE que, al más puro estilo franquista, decidió ejercer la censura. Luego, en el descanso, pidieron disculpas por el error humano (¿?), optaron por emitirlo en diferido manipulando las imágenes —nos mostraron incluso a un seguidor del Athletic con la mano en el pecho al estilo Obama— y dejaron casi imperceptibles los múltiples pitos de buena parte de los aficionados en Mestalla. A esto se le llama una burda manipulación sin sentido.

Curioso país este de Lanormalidad, adonde no pretendo pedir visado, al menos mientras sea de forma consciente. Como tampoco, por muy mala situación que tenga, no pediré visado a Lamerica: prefiero pasar hambre a engañarme.

A Lamerica, a Lanormalidad, yo prefiero poder cumplir mi sueño: llegar a América, comprender la normalidad. De forma que después pueda criticar esa misma normalidad. Pero esa crítica ya la haremos en otro momento.

Advertencia: Y parezca lo que parezca, este no es el apunte De naciones y fútbol que llegará en unos días.

«Flatiron, New York City», foto de xshayx, 10 de febrero de 2009.

III:

Burning down the house, versión de Tom Jones y The Cardigans.