Рукописи не горят («Los manuscritos no arden»)

Mijaíl A. Bulgákov (Михаил А. Булгаков), Мастер и Маргарита (El maestro y Margarita), 1928-1941, cap. xxiv.

***

He visto pisotear las cosas más sagradas, perseguir el mérito verdadero y entronizar la mediocridad y la ambición. Se dice con frase acertadísima que la ignorancia es la base del poder y no solo en un lugar, sino en muchos lugares. Tuve yo hace muchos años que salir del mío por no poder sufrir tanta ignominia.

Agustín Millares Carlo

A la profesión de bibliotecario, que no servía para citar en los grandes discursos, no concedían mucho interés nuestros dirigentes en Moscú, que habían centrado su atención en la Universidad y en el Instituto de Ingenieros en Energía y que citaban con admiración rural. A los que estudiábamos para bibliotecarios nos dejaban en paz. Era como si no existiéramos.

José Fernández Sánchez

***

Hubo una época, tan lejana como se quiera hacer la distancia de la vida de unos seres humanos a los que venimos tras ellos, en que los libros sirvieron de parapeto de una guerra fratricida de exterminio. Algunos libros aún guardan, a medias, la metralla de los que no volverán a hablar, aunque nos empeñemos. De ese silencio de ayer está hecho, me temo, no pocos de los silencios que aún me han llegado, confiados en la victoria del silencio impuesto, de cualquier silencio impuesto: «Tú, hijo mío, no te signifiques», como aún dice mi madre.

A veces, demasiadas, al volver las páginas de los libros (esos mismos que fueron material de trinchera fratricida), se descubre una curiosa naturaleza bífida: la de que sean, a la vez, prisioneros y calabozos de los espectrales pasadizos del tiempo.

***

Estampa de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría tomada del Register des Buchs der Chroniken und Geschichten de Hartmann Schedel, impreso en Núremberg en 1493.

(más…)

Anuncios

Escrit a la manera de Salom

Alçarà a poc a poc el meu dolor
la bona casa en els dies de l’erm?
Un petit foc que m’allunyi remences,
un llum mirat per la cansada nit.

Ulls des del fred esguarden amb fixesa,
prims llavis diuen tots els noms de la mort
i m’empresonen en una lenta cançó.
Com obriré camins al meu retorn?

Passos i temps em guien a la pau,
i crido amb antic mot el meu desig.
Però sentir només, sense comprendre,
no em salvarà del vell furor del vent.

Escrito a la manera de Salom: ¿Alzará poco a poco mi dolor / la buena casa de los días del yermo? / Un débil fuego que me aleje temores, / un candil mirado por la noche cansada. / Con fijeza los ojos miran desde el frío, / delgados labios dicen los nombres de la muerte / y me aprisionan en una canción lenta. / ¿Cómo abriré caminos para regreso? / Pasos y tiempos me guían a la paz, / y con palabra antigua grito mi deseo. / Pero sólo sentir, sin comprender, / no me salvará del viejo furor del viento.

Salvador Espriu i Castelló, del libro El caminant i el mur, 1954 (traducción de Andrés Sánchez Robayna y Ramon Pinyol Balasch).

«Surcos» es una parte del documental Perfiles, dirigido por Véred Kurlender, sobre distintas mujeres de las comunidades judías de Madrid,

una de las comunidades más pequeñas de Europa. Tiene algo de Kibutz, en el sentido en que todo el mundo se conoce. Pero al mismo tiempo, en Madrid están presentes todas y cada una de las situaciones y contradicciones de las comunidades judías de la diáspora de todo el mundo. Lo religioso frente a lo cultural, lo social frente a lo individual, lo público y lo privado. Y todo en acción.

La historia de esta película se cuenta aquí.

Hoy ha sido tan hoy como mañana será mañana. Lo pertinente, quizá, sea preguntarse cómo es que ayer, aunque sepamos que es hoy, no acabemos de adivinar si será mañana. O si no será. Quizá es que ayer nunca haya podido ser mañana.

Hace una semana murió Avrom Sutzkever.

Historiadores y arqueólogos construyen el efecto literario de lo real […]. Lo que ocurre es que confunden ese efecto retórico con una idea científica, y por ello tratan de justificarse apelando a la existencia de un método científico como conocedores de la totalidad de su extensión espacial y en su desarrollo temporal. Si asumiesen sus supuestos metafísicos, como Hegel, serían más coherentes. Hegel culminaba su monumental «Ciencia de la lógica» diciendo que lo que se había expuesto allí – nada más ni nada menos que el despliegue de la estructura del Espíritu – era lo que había pensado Dios antes de crear el mundo. Si pensamos que el Dios de Hegel, como señaló Feuerbach, es al fin y al cabo el ser humano, y que la lógica es la propedéutica para conocer el mundo, incluso podríamos admitir su afirmación.

Los historiadores y aqueólogos no piensan el mundo antes de crearlo, como Dios o como Hegel, pero tampoco reflexionan mucho antes de sentarse a sintetizar sus conocimientos, ya que caen en lo que podríamos llamar la paradoja fundamental del conocimiento histórico-arqueológico: ¿cómo es posible el conocimiento de la totalidad del proceso histórico partiendo de unos documentos no sólo fragmentarios, sino también absolutamente arbitrarios en su proceso de transmisión?

— José Carlos Bermejo Barrera y María del Mar Llinares García, «El sarcófago vacío: ensayo sobre los límites del conocimiento arqueológico», en ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, págs. 133-155 [137].

Rodrigo Jiménez de Rada (c. 1170-1247), Breviarium historiae catholicae, s. xiii («El Arca de Noé»); BUC-FOA, ms 138. Mutilado durante la Guerra Civil española.

Nunca a disparidad abre las puertas
mi corto ingenio, y hállalas contino
de par en par la consonancia abiertas.
¿Cómo pueda agradar un desatino,
si no es que de propósito se haze,
mostrándole el donaire su camino?
Que entonces la mentira satisfaze,
quando verdad parece, y está escrita
con gracia, que al discreto y simple aplaze.

Miguel de Cervantes, Viage al Parnaso, capítulo vi (1614)

Ni Haití ni ninguna otra geografía de los desastres de la historia está nunca demasiado lejos: quizá sea eso lo que provoca que los apresurados mercaderes de la novedad vuelvan obsceno cualquier intento de narrarlo sin más. No estoy seguro de la posibilidad de la memoria: más bien lo estoy de su contrario. Ni me parece que la genealogía, ni la biológica ni la sentimental, sean inapelables. Pero quizá convenga estremecerse, ni que sólo sea eso, con la sospecha de un tiempo en que quienes nos antecedieron, y aún están ahí, fueron haitianos. Quizá en eso consista la memoria de las piedras. La más poderosa, tal vez: la memoria de las piedras derruidas.

¿Será verdad que en el paraíso hay una tablilla, conservada incólume desde antes de que existiera el tiempo? ¿Existirá después de que el tiempo se acabe? Y cuando ya no haya vida que inscribir en las tablillas de los vivos, ¿adónde irá el libro de la vida?

Desde el 13 de enero al 18 de abril estará abierta en la Fundación Cartier-Bresson de París la exposición «Robert Doisneau, du métier à l’œuvre» (‘R. D., del oficio a lo hecho’). Las fotografías «Le nez au carreau» (‘Curiosa por la ventana’; 1953), «Bidonville à Ivry» (‘Chabolas en Ivry’; 1946), «Jeux africains» (‘Juegos africanos’; 1945), «La voiture fondue» (‘El carro fundido’; 1944) y «La Courneuve, 1945» forman parte del catálogo de esa exposición.