Y para que se entendiesen […] y se descubriesen los afectos internos de amor y benevolencia, le dio la voz articulada, blanda y suave, con que explicase sus conceptos; la risa, que mostrase su agrado; las lágrimas, su misericordia; las manos, su fe y liberalidad; y la rodilla, su obediencia: todas señales de un animal civil, benigno y pacífico.

Ut sese mutuo intelligeret atque internos amoris & benevolentiae affectus invicem possent prodere, largita est homini Natura vocem articulatam, blandam, & suavem, qua animi sui lenta expromeret; risum, quo comitatem suam; lacrymas, quibus suam commiserationem; manus, quibus fidem suam, & liberalitatem; genua, quibus obedientia sua testaretur : quae omnia signa sunt animalis civilis, benigni, & pacifici.

Diego Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas («Idea principis christiano-politici Symbolis CI. Expressa»), 1640, empresa lxxiv.

À minha velha casa
eu regresso à procura
das origens da ternura,
onde o meu ser perdura.

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Si por alguna circunstancia improbable tuviera que volver a París inopinadamente, tendría – después de algunos años de afanes – al menos dos refugios donde recalar. Tiene su gracia que ambos tengan que ver con las lenguas, ese basso continuo de este blog y de su taquillero. El primero sería el Croccante («piccolo ristorante italiano»), 138, rue de Vaugirard, junto al metro de Falguière, el hogar de los que queremos a Massimo y Deborah (junto a los que conviene no olvidar a Stefano/Estêvão, ejemplo notable de mezcolanza genealógica, hijo de portugués y de italiana y criado en París). De momento, solo le he encontrado a Massimo dos defectos: que sea palermitano y sus cannoli, buenísimos, pero no a la altura de mi nostalgia (dicen que a falta de poder ir a Palermo – o a Catania – hay un cierto remedio al Sehnsucht de cannoli si uno va a Roma, a cierta pastelería cerca de la Plaza de Bolonia, por ejemplo. Guárdenme el secreto por si alguna vez se decidieran a ir). El segundo defecto, si se empeña, es remediable.

(más…)

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Me imaginé abriendo el armario misterioso de don Mosseh Raphael Aguilar. Dentro, en la oscuridad, me pareció ver a Mauricio Molho haciéndome señas.

Me dirigí entonces a la ventana. En el cielo había unas extrañas, grandes y desoladas islas así como nubes de barro (disformes manchones) entre la hierba verde. Parecía exactamente un cuadro de Salvatore Rosa.

Juan Perucho, Los laberintos bizantinos: un viaje con espectros, 1984.

Traía Maria aquí el otro día una frase de Italo Calvino: Il luogo ideale per me è quello in cui è più naturale vivere da straniero («Mi lugar ideal es aquel donde más natural sea vivir como extranjero»). Dejaba también recuerdo Joan-Carles de un verso de Jordi de Sant Jordi que cantó Raimon (probablemente desafinando, como casi siempre) pero que yo me he encontrado en alguna ocasión murmurando entre dientes, posiblemente con la mirada perdida:

Deserts d’amichs, de bens e de senyor,
en estrany loch y en stranya contrada,
luny de tot be, fart d’enuig e tristor,
ma voluntat e pensa caytivada,
me trop del tot en mal poder sotsmes;
no vey algu que de me s’aja cura,
e soy guardats, enclos, ferrats e pres,
de que·n fau grat a ma trista ventura. […]

Dejado de amigos, bienes y señor,
en sitio extraño y en extraña comarca,
lejos de todo bien, sobrado de quebrantos,
mi voluntad y juicio cautivados,
del todo hállome preso de poder malo;
nadie veo que cuita de mí tenga,
y aherrojado estoy, prisionero y guardado,
de quien dio placer a mi triste ventura.

Animalicos

BNF, ms. Français 218, fol. 325.

Vaya usted a saber por qué, Jordi de Sant Jordi me llevó a Amijay:

זֶכֶר אָבִי עָטוּף בִנְיָר לָבָן
כִפרוּסוֹת ליוֹם עֲבוֹדָה

כְקוֹסֵם הַמוֹצִיא מִכוֹבָעוֹ אַרְנָבוֹת וּמִגְדָלִים
הוֹצִיא מתוֹך גוּפוֹ הַקָטָן – אַהֲבָה

נַהֲרוֹת יָדָיו
נִשְפְכוּ לְתוֹך מַעֲשָיו הַטוֹבִים

El recuerdo de mi padre está envuelto en papel blanco
como bocadillos para un día de trabajo

Como un mago, que saca del sombrero conejos y torres,
sacó de su pequeño cuerpo – amor

Los ríos de sus manos
se derramaron en sus buenas obras.

(Incluido en el poemario Ahora y en otros días [עכשיו ובימים האחרים] de 1955; traducción al español de Raquel García Lozano).

Será que estamos volviendo a hacer las maletas. Mira que hemos corrido tierras… Y hemos visto maravillas…Y a la orillita del mar.

(Carles Dénia y La Nova Rimaire, «Malaguenya de Barxeta», Tan alta com va la lluna, 2008).

Cada cual tiene sus recuerdos: yo también, por si no hubiera quedado bastante claro hasta ahora. Hago trampa, eso sí: en la palabra «recuerdos» solo incluyo los recuerdos buenos, esos que, al recordarlos, como escribir, calman.

Fue al principio de la última vez que llevé a cabo un ejercicio del que tengo cierta costumbre: mudarme a una ciudad nueva, a un país nuevo y a una lengua nueva. La ciudad era París; el país, Francia y la lengua, el francés, aunque no puedo decir en honor a la verdad que me pareciera una lengua especialmente nueva para mí. Solo al vivir en París, me fui dando cuenta de lo equivocado que estaba – obvio – y de lo que cuesta, siempre, pasar del estadio de balbuceo al estadio de permanente incredulidad que le proporciona a uno instalarse en una lengua que no es ninguna de las suyas primeras (y volver a practicar la materna, para incredulidad de los que no la han abandonado nunca ni se les ha pasado por la cabeza que el mundo pueda describirse con otras palabras que las propias).

Fue una tarde (pensado a la española: para el resto del mundo, civilizado o incivilizado, ya sería noche cerrada) y fue en la cocina (así que me supongo que estaría preparando la cena para la hora de ver a PPDA). Por casualidad, había caído en el dial de Radio Orient, la emisora principalmente en árabe de la ciudad. Y empezó a sonar la oración del magreb, la oración del ocaso. Y de repente me vi en Túnez, en La Goleta y en Ramadán, unos años atrás. En el café al lado de casa (acabábamos de llegar del centro) nos pilló la hora del ftur y nos trajeron unos dátiles y unos vasos de lben.

Y rompimos el ayuno, que guardábamos en público porque en todo momento nos parecía que era lo que había que hacer.

Y el caso es que, por poco que durara esa llamada a la oración del crepúsculo en París, yo me encontré en calma. Siempre me había pasado de antes, pero sospecho que el almuédano de la Gran Mezquita de París (cuyo pergüeño a la oración era el retransmitido por Radio Orient/Iḏāʕatu ššarq), que estaba dotado de una voz particularmente bella, me llevó de repente a un recuerdo que, vaya usted a saber por qué, también me ha resultado siempre particularmente bello: el de mi primer Ramadán en Túnez.

Supongo que habrá una ley general de la atracción por las ceremonias religiosas para los que somos reaccionariamente laicos. Debería existir una ley universal de la prudencia antes de opinar de un rito religioso: vívalo usted y luego opine. Yo, tal cosa he procurado siempre, principalmente para criticarlo después.

Admito, eso sí, una querencia especial por las ceremonias que dividen el tiempo (como el sábado judío, si hubiera que poner un ejemplo por antonomasia). Confieso que frecuentaría con gusto misas del gallo, rupturas del ayuno y, ya lo he dicho, ceremonias de bienvenida y despedida del sábado judío. También tengo una irrefrenable atracción por la Pascua judía. Pero hoy, como toca salir, me ha parecido que era buena idea traeros una primera entrega de una señora que comparecerá con cierta frecuencia por aquí. A continuación, os dejo traducida al castellano la letra completa del poema litúrgico que canta doña Ofra (coloreando de gris la parte que no canta).

Estamos en el momento de las «postrimerías del sábado» (o, más literalmente, de «las salidas del sábado»): מוצאי שבת, moṣaʔe šabbat.

«Havdala Service», foto de macintoshlover101, 11 de agosto de 2007.

«Havdala Service», foto de macintoshlover101, 11 de agosto de 2007.

La luz y las fragrancias es lo que ansía mi alma, / ¡si me dierais un vaso de vino para este final del sábado! / ¡Pavimentadme las sendas, dirigid bien a la desviada, / abridme las puertas, ángeles de lo alto! / Temerosa de corazón alzaré los ojos a Dios / que me provee día y noche de lo que preciso. / Tanto como me falta, dame de los tesoros de tu bondad, / porque tu piedad no tiene final ni remate. / Renueva mi alegría, mi sustento y mi bienestar / y elimina mis aflicciones, mis quebrantos y mis horas de oscuridad. / Llegan los días de labor, siempre renovados: / que en ellos se renueven lo bueno y la paz (final).

Sæʕadyah ben ʕamram, Yemen siglo xvii.

La que canta es Ofra Haza, claro. El programa, no tengo ni idea, porque yo no tenía diez años en el Israel de los setenta: los tenía en la España de los ochenta. La ceremonia para la que se canta la canción es la havdalá, que despide el sábado y da la bienvenida a la semana.

En fin, bendito seas, Señor, que separas lo sagrado de lo profano y «semanada clara y buena» para todos, en sentido estrictamente sabático.

«On nous apprend à vivre quand la vie est passée».
[Se nos enseña a vivir cuando se ha pasado la vida.]
Montaigne, Ensayos, libro I, capítulo xxvi

―Vale, ¿quién lee?

―Yo.

―Muy bien, Carole, lee.

―Quería hablar de un día especial durante mi reciente viaje a París. Toda mi vida había soñado con ir allí. Por eso he estudiado el francés aquí, en esta clase para adultos durante dos años. Salvé mi dinero y fui a París por seis días. Hasta cinco días después, sufría de jet-lag y estaba un poco cansada todo el rato.

Era mi primer viaje a Yuropa. Quería ir por dos semanas pero no he podido dejar a mis perros, Lady and Bumper, por tanto tiempo. Me gustaron mucho los museos y las calles de París. Tan solo la comida no era tan buena como yo me creía. Había considerado ir a París con un grupo, pero soy un persona muy independiente. Porque trabajo de cartera aquí, en Denver, estoy acostumbrada a andar todo el día. También quería tener una aventura auténticamente extranjera y quería practicar el francés.

―¿Sabe usted donde hay un buen restaurante por aquí?

―Eh… It depends. What kind of food do you like? [Depende. ¿Qué tipo de comida le gusta?]

―Oh, anything. [Bueno, cualquiera.]

―Do you like Chinese food? [¿Le gusta la comida china?]

―Sure. [Sí, claro.]

Dicen muchas cosas sobre París. Dicen que es donde los artistas encuentran inspiración. Dicen que es donde la gente va a buscar algo nuevo en la vida suya. Dicen que van para encontrar el amor. Por supuesto, a mi edad, yo no tenía expectativas por todo eso. Pero, durante esos días, tuve muchos pensamientos sobre mi vida. He pensado en si hubiera nacido en París, o si un día tuviera mucho dinero [se trabuca]… podría vivir allí. Imaginaba repartir el correo en una calle así y conocer a la gente que vivía allí. Estoy segura de que son muy simpáticos. He visitado un cementerio famoso donde está enterrada mucha gente famosa. He visto la tumba de Jean-Paul Sartre y de Simón Bolívar. Mi libro dice que eran dos famosos escritores franceses y que se querían mucho y por eso están enterrados el uno al lado del otro. Y he visto la tumba de un hombre que se llama Porfirio Díaz. Mi libro dice que fue dictador de México por treinta y cinco años. Era interesante estar al lado de un hombre poderoso que ahora no puede hablar ni moverse como yo puedo. Pensé en mi hermana Patty, que murió muy joven, y he pensado en mi madre, que murió de cáncer el año pasado. Un día yo también seré enterrada y tal vez nadie me visitará. Pero me da igual porque estaré muerta. Pero no soy una persona triste. Al contrario. Soy una persona feliz con muchos de los amigos y dos perros maravillosos. Solo que a veces pienso que estaría bien tener alguien con quien compartir las cosas. Por ejemplo, cuando veo París de un rascacielos, yo quería decirle a alguien: «Es bonito, ¿verdad?». Pero nadie hay. Pensaba en mi exnovio Dave si le gustaría este viaje. Pero me he sentido un poco estúpida, porque hace once años que no hablo con él y ahora está casado con tres hijos. Después he encontrado un parquecito muy bonito. Me senté en la parque y me he comido un sandwich que he comprado. Estaba muy bueno. Luego, algo ha sucedido. Algo difícil de describir. [niños chillando. Se oyen conversaciones.]

Sentada allí y estar sola en un país extranjero, lejos de mi trabajo y de toda la gente que conozco, un sentimiento ha venido a mí. Era como si acordara de algo que nunca he conocido o que había esperado siempre pero no sabía el qué. Tal vez era algo que había olvidado o algo que he echado de menos toda la vida. Solo puedo deciros que he sentido, al mismo tiempo, la alegría y la tristeza. Pero no demasiada tristeza, porque me sentía viva. Sí, viva. Ese fue el momento en que empecé a amar París y el momento que sentí que París me amaba también.

Margo Martindale («Carole») en Paris je t’aime (XIVème Arrondissement), dirección de Alexander Payne, guión de Nadine Eïd y Alexander Payne (2006).

Cuenta Ibn Arabi como algo realmente sucedido que un compañero suyo, que se convirtió en gran maestro y fue llevado a los cielos por los espíritus, llegó a la montaña de Kaf, que rodeaba el mundo sin interrupción, y vio que una serpiente rodeaba la montaña. Hoy día se sabe que no existe una montaña que rodee el mundo ni una tal serpiente a su alrededor.

Ahmet Ateş, «Muhyiddin Arabi», İslâm Ansiklopedisi («Enciclopedia del islam»), sub voce; citado en El libro negro de Orhan Pamuk, 1994, traducción española de Rafael Carpintero Ortega, primera edición de 2001.

Anouar Brahem, «Leila au pays du carrousel, var.», del disco Le pas du chat noir, ECM Records, 2002; piano de François Couturier, acordeón de Jean-Louis Matinier; dirección del videoclip de Onur Baki y Burak Yedek, Muphem Film, 2007.