Despacico y callandico, vengo a [d]ici[r]te que te quiero:
no se lo digas a nadie que me muero, que me muero…

Probablemente, todo sea mentira. No radica ahí, sin embargo, la necesidad de buscar: el oficio y el ocio de historiar necesita de la curiosidad y, probablemente, se acabe en la curiosidad misma. Le repetía a N. el otro día lo que hablamos Alex y yo hace ya un tiempo que se aleja en Mánchester: lo inconcebible que resulta en inglés de estudioso trufar la argumentación de «sin duda» o de «evidentmente», como hace el francés sapiente. Quizá, puesto a escribir esta tesis de divorcio en francés, se me desbordan los «sin duda» y los «evidentemente», que con paciencia me habían enseñado y yo había aprendido a desbrozar con tradiciones distintas a la que era la mía (que podríamos llamar la española) y a la que me entretiene ahora (que es sin duda la francesa).

Lo primero, probablemente, sea reconocerse. Una vez reconocido, lo segundo, casi seguro, sea sospechar que no somos lo que hemos reconocido. No negaré lo válido de quedarse a medias: solo digo que, si se vislumbra con algo de acierto que la sintaxis que reconstruimos no es más que una reconstrucción (por muy útil que resulte para seguir adelante esa habitación levantada con los materiales de derribo), quizá haya que inmiscuirse en otras partes de la casa, hasta reconocer en lo improbable de nuestro linaje lo imposible de lo pasado. No negaré tampoco, aunque sea con un suspiro, lo incómodo de andar fisgoneando y los reproches, bien fundados, que acarreará. Es, ciertamente, un ejercicio censurable.

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De la botanica transterrada

«The First Letter from the Exiled Botanist», foto de Magic Fly Paula, 30 de septiembre de 2007

בצאת ישראל ממצרים בית יעקב מעם לעז

«Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo que hablaba extranjero» (Salmo cxiv)

Ya lo decíamos ayer: la permanente incredulidad en que se instala quien se ve forzado, felizmente o no, a tener que adueñarse de una lengua que no es la propia. No recurriré al tópico facilón de que tal cosa es una condición harto judía. Vayan ustedes a ilustrarse sobre el particular a otra parte, que ejemplos sobran. Me voy a regodear, si me lo permiten, en la serendipia. Buscando como responder a Alexandre, me he dado de bruces con un poema de José María Valverde. Si, hombre (y mujer), sí: el de nulla aesthetica sine ethica, el de las traducciones castellanas de Shakespeare. Tanto me he visto en el poema (y tan poco, a la vez, por una indisimulada tendencia personal a no sentirse del todo extraño en casi ningún sitio ni lengua que sean ‘extranjeros’), que habla de cuando los transterrados se descubren inevitablemente afásicos, que lo vamos a utilizar como primer capítulo de toda una nueva categoría: los dimes y diretes del aprendizaje y enseñanza (dos cosas no necesariamente relacionadas) de las lenguas forasteras. En doble homenaje a una expresión del catalán popular aunque latinado de Mallorca («En Toni m’ha dit que, si no li pagues, vendrà a ca teva i te’n farà una de pòpulo bàrbaro») y a una nada sutil referencia al libro más deleitoso que produjo la erudición clásica sefardí, llamaremos a la categoría De populo barbaro. Al fin y al cabo, quizá sea verdad que la llegada de los bárbaros nos arreglara siempre más problemas de los que nos crea.

Maduro ya de edad y de poesía
te has mudado a un país de lengua ajena,
y no es vivir. Lo que ellos aquí dicen,
como respirar, fácil, rico, exacto,
tú intentas remedarlo con esfuerzo,
y oyes tu voz, ridícula y extraña,
fallar lo que aquí un niño siempre acierta,
hasta acabar diciendo algo no tuyo.
Ahora te es ajeno hasta el paisaje:
no te habla a ti: hasta el pájaro y el árbol
y el río te escatiman las leyendas
que aquí envuelven sus nombres -en ti, rótulos-.
En vano te sonríen los demás,
corteses, y aun amigos, animándote
desde la lengua en que ellos son los amos:
no aciertas a quererles: se te olvidan:
el fondo de tu espíritu no late
si no vive en la lengua que es tu historia.

José María Valverde, «La torre de Babel cae sobre el poeta», Ser de palabra (1973).

Coda cavafiana: Sobre lo de los anhelados bárbaros que no comparecen, el original griego (ortografía demótica); el griego tan original que fue el alejandrino Cavafis recitando el poema; una traducción española (¿de Ramón Irigoyen?); otra catalana de Carles Riba; la opinión de Josep Pla -en catalán- sobre el particular; y otra inglesa, de Dios sabe quién.

«Si non me levás, airiños,
quisáis xa non me conesan»

Adiós, ríos; adiós, fontes
adiós, regatos pequenos
adiós, vista dos meus ollos
non sei cándo nos veremos.

Adiós, ríos; adiós, fuentes;
adiós, arroyos pequeños;
adiós, vista de mis ojos:
no sé cuándo nos veremos.

Miña terra, miña terra
terra donde me eu criéi,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantéi,

Tierra mía, tierra mía,
tierra donde me crié,
huertica que tanto quiero,
higueritas que planté,

prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,

prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
parajicos piadores,
casita de mi contento,

muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras
da igrexiña do lugar,

molino de castañedas,
noches de luna llena,
campanitas que redoblan
de la iglesia de la aldea,

amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adiós, para sempre adiós!

bayas de zarzamora
que yo le daba a mi amor,
caminicos por el panizo,
¡adiós, para siempre adiós!

¡Adiós, groria! ¡Adiós, contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conoso
por un mundo que non vin!

¡Adiós, gloria! ¡Adiós, contento!
¡La casa dejo en que nací,
la aldea que conozco dejo
por un mundo que no vi!

Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero…
¡Quén pudera non deixar!…

Dejo amigos por extraños,
la vega dejo por el mar,
dejo, en fin, cuanto bien quiero…
¡Quien pudiera no dejar!

Mais son probe e, ¡mal pecado!,
a miña terra n’é miña,
que hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ó que naceu desdichado.

Pero pobre soy y, ay, mal fario!,
la tierra mía no es mía,
que hasta le dan de prestado
la senda por que camina
a quien nació desdichado.

Téñovos, pois, que deixar,
hortiña que tanto améi,
fogueiriña do meu lar,
arboriños que prantéi,
fontiña do cabañar.

Os tengo, pues, que dejar,
huertica que tanto amé,
hoguerita del hogar,
arbolicos que planté,
fuentecica del cabañar.

Adiós, adiós, que me vou,
herbiñas do camposanto,
donde meu pai se enterróu,
herbiñas que biquéi tanto,
terriña que nos crióu.

Adiós, adiós, que me voy,
hierbecicas del camposanto,
donde mi padre reposó,
hierbecicas que besé tanto,
tierra que nos crió.

Adiós, Virxe da Asunción,
branca como un serafín:
lévovos no corasón;
pedídelle a Dios por min,
miña Virxe da Asunción.

Adiós, Virgen de la Asunción,
blanca como un serafín:
os llevo en el corazón;
pedidle a Dios por mí,
Virgen mía de la Asunción.

Xa se oien lonxe, moi lonxe,
as campanas do Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.

Ya se oyen lejos, muy lejos,
las campanas de O Pomar;
para mí, ¡ay!, pobrecito,
nunca más han de tocar.

Xa se oien lonxe, máis lonxe…
Cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo…
Miña terra, ¡adios!, ¡adios!

Ya se oyen lejos, más lejos…
Cada redoble, un dolor;
solo me voy, sin cariño…
Tierra mía, ¡adiós! ¡adiós!

¡Adios tamén, queridiña…!
¡Adios por sempre quizais…!
Dígoche este adiós chorando
desde a beiriña do mar.

¡Adiós también, amor mío…!
¡Adiós por siempre quizás…!
Te digo este adiós llorando
a la orillita del mar.

Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás…
tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar!

No me olvides, amor mío,
si de añoranza me muero…
tantas leguas mar adentro…
¡Ay, mi casica y mi hogar!

Rosalía de Castro, Cantares gallegos, La Habana, Vigo, 1863, según la edición de Ricardo Carballo Calero y Lydia Fontoira Suris, Vigo, Patronato Rosalía de Castro, 1992, cuarta edición, poema nº. 15, pág. 69-71.

Calle Brasil Habana

Mais ó que ben quixo un día,
si a querer ten afición,
sempre lle queda unha mágoa
dentro do seu corasón.

Pero a quien bien quiso un día,
si a querer tiene afición,
siempre le queda una pena
dentro de su corazón.

Aló nas tardes serenas,
aló nas tardes caladas,
fanse máis duras as penas
que nas brandas alboradas.

Allí en tardes serenas,
allí en tardes calladas,
se hacen más duras las penas
que en las muelles alboradas.

Aló nas tardes sombrisas,
aló nas tardes escuras,
fanse máis cortas as risas,
máis negras as desventuras.

Allí en las tardes sombrías,
allí en tardes oscuras,
se hacen más cortas las risas,
más negras las desventuras.

Que non hai será tranquila
para quen remorsos garda,
e máis presto se aniquila
canto máis á noite agarda.

Que no hay víspera tranquila
para quien sus culpas guarda,
y más presto se aniquila
cuanto más la noche aguarda.

I anque ora sorrindo canto,
anque ora canto con brío,
tanto choréi, choréi tanto
como as auguiñas dun río.

Y aunque ahora contento canto,
aunque ahora canto con brío,
tanto lloré, lloré tanto
como las agüicas de un río.

Tiven en pasados días
fondas penas e pesares,
e choréi bágoas tan frías
como as auguiñas dos mares.

Tuve en pasados días
hondas penas y pesares,
y lloré lágrimas tan frías
como el agua de los mares.

Tiven tan fondos amores
e tan fondas amarguras,
que eran fonte de dolores
nacida entre penas duras.

Tuve tan fondos amores
y tan fondas amarguras,
que eran fuente de dolores
nacida entre peñas duras.

Ora río, ora contento
vou polas eiras cantando,
vendo de onda ven o vento
cando vou levar o gando.

Ahora río, ahora contento,
voy por las eras cantando,
viniendo de donde venga el viento
cuando voy a llevar rebaños.

Ora con grande sosiego
durmo na beira das fontes,
durmo na beira dos regos,
durmo na punta dos montes.

Ahora con grande sosiego
duermo a orilla las fuentes,
duermo a orilla las corrientes,
duermo en la cima de los montes.

Airiños, airiños aires,
airiños da miña terra;
airiños, airiños aires,
airiños, leváime a ela.

Airecicos, airecicos aires,
airecicos de mi tierra;
airecicos, airecicos aires,
airecicos, llevadme a ella.

Rosalía de Castro, Cantares gallegos, La Habana, 1863, extraído de los poemas nº. 17 y 22 (págs. 75-77 y 95-96 de la edición de Carballo Calero y Fontoria Suris).

Hoy se ha celebrado el centésimo cuadragésimo sexto aniversario de la primera edición de uno de los más bellos libros que se han escrito en una de las más bellas lenguas de la Península Ibérica: Cantares gallegos, de Rosalía de Castro. En conmemoración de esa efeméride, desde 1963 se celebra en Galicia el «Día das Letras Galegas». Aprovechen, aprovechen, amontónense en las puertas de las bibliotecas que más a mano tengan y antes abran, y devoren la obra de Rosalía, mucho mejor en gallego, pero nada despreciable tampoco la que escribió en castellano, en el páramo que supuso poéticamente el siglo xix en la España que escribió en español.

Visto el número de exiliados que se cuentan entre los lectores fidelísimos de estos apuntes, no me ha parecido fuera de lugar dar cabida a esta gran, grandísima cantora de la emigración y del destierro.

Me lleva tiempo rondando la idea de que quizá un buen epítome de la historia contemporánea española, contada poéticamente, podría limitarse a una lectura intensiva de Rosalía de Castro (1837-1885), Miguel Hernández (1910-1942) y Vicent Andrés Estellés (1924-1993). En fin, son vicios privados míos, claro, y ya saben lo difícil que es quitarse los vicios.

Y no, la de hoy no encuentro manera de relacionarla con Alfonso de Zamora. ¿Se la encuentran ustedes?

Semanada clara y buena y que los dolores nos duelan justo lo que nos tienen que doler nomás.

«Calle Brasil, Habana Vieja», foto de Jim Skea, 6 de febrero de 2008. Las canciones son Adiós ríos, adiós fontes y Airiños, aires, basadas en poemas de los Cantares gallegos, interpretadas por Amancio Prada y las Pandereteiras de Baio, con la Real Philarmonía de Galicia, dirigida por Maximino Zumalave, en el disco Rosas para Rosalía, Madrid, Fonomusic, 1998.

A menos veintiún días…

Otra vez la misma deliberada histeria ad usum hispaniorum, la misma absoluta, cerril, exasperante estupidez, la misma mala fe. No sabe uno si llorar de risa o reír de rabia. Por más que me vigilaba, caigo en la cuenta de que en la ausencia había idealizado a España; topetazos como éste le quitan a uno las ganas de volver y la ilusión de que algo sea posible.

Del Retrato del artista en 1956 de Jaime Gil de Biedma.

El Pa�s.com, 9 de marzo de 2008
«Avui en terres de França
i demà més lluny potser,
no em moriré d’enyorança
ans d’enyorança viuré.»
Pere Quart, Corrandes de l’exili
Pere Quart, autor de la letra, Ovidi Montllor, el arte hecho canción.