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«Maño, no vuelvas mucho a cantar que eso es cosa de maricones».

El Tío Charlot de Belchite (Aragón).

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Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Octavio Paz, Árbol adentro, 1987.

Feliz año nuevo. Que merezcamos muchos años. Mañana más.

(Foto de una urna funeraria romana conservada hoy en la Basílica de San Apolinar in Classe, cerca de Ravena, en la región italiana de la Emilia-Romagna).

למולדת שובי רני   צהלי בת יפהפיה
בתוכך אתן משכני   בנוי על הר המוריה

Retorna a la patria, júbilo que eres mío,
mi hueste, que eres hija de la más hermosa:
dentro de ti plantaré mi tabernáculo,
construido en el
Monte Moria.

Canto litúrgico de la tradición tunecina en Jerusalén, Asher Mizraji (1890-1967).

Ha sido un en realidad un momento, pero es que ya decían que no, que me dejara de tomarles el pelo, que es que uno va siempre con la oreja puesta o con el ojo avizor o con la premura de indignarse como avío (así le va a uno, claro está). Ha sido tener la mirada perdida, mientras O. preguntaba algunas cosas a la de «Información bibliográfica» de la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional. Y el caso es que la de «Información bibliográfica» tenía por su mesa varios manuscritos (folios sueltos, correspondencia, de Francisco de Zapata al Cardenal Granvela). Quizá por eso me he fijado: porque me ha interesado, porque eran cartas de Francisco Zapata (según el catálogo, aunque yo sospecho un error por Juan) al Cardenal Granvela (Antoine Perrenot de Granvelle), segunda mitad del xvi, territorio por tanto de Abú Maadnús. La cosa es que la de «Información bibliográfica» las tenía un poco desparramadas por su escritorio, mientras atendía, más atenta que solícita, lo que le preguntaba O. En todo momento, el manuscrito de signatura MSS 7916-117 reposaba, callado, más solícito que atento quizá, bajo el brazo de la de Información bibliográfica de forma que el papel de la carta estaba más cerca, por tener el escrito medio cuerpo dentro de la mesa y medio fuera, de doblarse que de mantenerse incólume. Así son los estragos del paso del tiempo, claro: por eso la Biblioteca Nacional promueve controles cada cien metros, etiquetillas ridículas que los lectores (y lectoras) deben prenderse en la camisa o la blusa, revisiones exhaustivas de los cartapacios para trabajar, prohibiciones expresas y rigurosas de introducir en una sala de lectura cualquiera de la Biblioteca otro ejemplar, de propiedad particular, de un libro que la Biblioteca dizque posea en sus fondos. Lo hace para todo eso: para que en el escritorio de «Información bibliográfica» de la Sala de Libros Incunables, Raros y Curiosos (bautizada tan luminosa como rutinariamente «Sala Cervantes»), sancta sanctórum de este Monte Moria español del Paseo de Recoletos, los manuscritos, por su propia especie únicos, acaben doblándose o borrándose por acción del cuidadoso descuido de una bibliotecaria, veterana, eso sí. Al fin y al cabo yo no me extraño, porque ya lo dejó dicho Elisa Ruiz: en realidad, lo raro de un manuscrito es que haya perdurado, que haya sobrevivido, que esté aún entre nosotros. Destino obvio, parejo, al menos en eso, al de los seres humanos. Pura chiripa biobibliográfica.

Francisco de Zurbarán, Agnus Dei (entre 1635 y 1640), Museo del Prado, Madrid, n.º de catálogo: P07293.

Toda disimulación y fingimiento, según Cicerón dice, se ha de quitar de en medio de toda la vida humana; mas maravíllome muy mucho que no reserve ni exceptúe ningún caso, pues se ve que lo uno y lo otro han hecho evidentes beneficios. […] Y dicen que el bienaventurado San Francisco disimuló con la justicia de haber visto un delincuente de muerte, diciendo y señalando sus mangas que no pasó por allí; y el último de los ejemplos, aunque nuestro Señor es sobre toda ley, cuando hacia el castillo de Emaús iba con sus desventurados discípulos, fingió que pasaba adelante, y así no gastaré más tiempo de la prueba de esto, sino diré de algunas disimulaciones graciosas y de buen gusto, y de otras graves también.

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The idea that parents are less happy than nonparents has become so commonplace in academia that it was big news last year when the Journal of Happiness Studies published a Scottish paper declaring the opposite was true. “Contrary to much of the literature,” said the introduction, “our results are consistent with an effect of children on life satisfaction that is positive, large and increasing in the number of children.” Alas, the euphoria was short-lived. A few months later, the poor author discovered a coding error in his data, and the publication ran an erratum. “After correcting the problem,”it read,“the main results of the paper no longer hold. The effect of children on the life satisfaction of married individuals is small, often negative, and never statistically significant.”

La idea de que los que tienen hijos son más infelices que quienes no los tienen se ha convertido en un tópico tan extendido entre los investigadores que, el año pasado, la publicación de un artículo de una investigación escocesa en el Journal of Happines Studies que concluía lo contrario constituyó toda una noticia. «Contra lo que afirman buena parte de los estudios anteriores», se decía en la introducción, «nuestros resultados demuestran que los hijos tienen un efecto cierto en el sentimiento de satisfacción vital, efecto que es positivo, amplio y que se incrementa según el número de hijos». Desafortunadamente, la euforia duró poco. Pocos meses después, el pobre autor del artículo descubrió un error de codigo en los datos y la revista publicó una enmienda. «Tras corregir el problema», se señala, «no se pueden sostener los principales resultados del artículo. El efecto de los hijos en el grado de satisfacción vital de los individuos casados es pequeño, a menudo negativo y nunca relevante desde un punto de vista estadístico».

Jennifer Senior, «All joy and no fun. Whay parents hate parenting» (‘Mucho gozo y poco disfrute. Por qué los padres odian criar a los hijos’), New York Magazine, 4 de julio de 2010.

Vía el caralibro de Raúl. Foto del manuscrito de París, por Álex Casero.

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Ha sido un espejismo de un minuto apenas (llevo un día con cierta dificultad para concentrarme) y no he leído una נו’’ן donde sí estaba: de «mil ‘explicadores’» (אלף המסבירים מסבירים), que me equivocaba al leer, a «mil propagandistas» (אלף מסבירנים). Propaganda, en hebreo sionista, se dice הסברה (hasbará) que empezó siendo un humilde nombre de acción (nomen actionis, שם פעולה) de להסביר «explicar». No sé en qué momento una simonía dialéctica convirtió lo explicable en justificable, pero tal perversión lógica está firmemente asentada en no pocos espíritus y en no pocos gatillos.

Al hilo de mi falta de concentración, no sé a cuento de qué viene la segunda parte de esta reflexión sobre los propagandistas:

אלף מסבירנים לא יכבו את האש: האירועים על סיפון מאווי-מרמרה תואמים בדיוק את התדמית של ישראל בעולם, וגם יעניקו לפלסטינים עוד מיתוס לאומי מכונן

Mil propagandistas no apagarán el fuego: lo sucedido a bordo del Mavi Marmara concuerda perfectamente con la imagen de Israel en el mundo, y proporcionará además a los palestinos otro mito nacional apropiado.

Rafi Man (רפי מן), el autor de estas líneas, sugiere un Exodus palestino. Por el contrario, Yosi Melman (יוסי מלמן) invoca, con redacción de urgencia, que olvidemos el Exodus שכחו את אקסודוס» [‘Olviden el Exodus’]):

בעיניים פקוחות לרווחה נכנסה ישראל למלכודת. ישראל ידעה, ואם לא ידעה או לא הבינה חמור הדבר שבעתיים, שמה שמבקשים מארגני המשט הוא להציגה כמי שלא מהססת להשתמש בכוח. הם רצו הרוגים ופצועים ודם ותמרות עשן של מלחמה

Con los ojos abiertos de par en par, Israel ha entrado en la trampa. Israel sabía, y si no lo sabía o no lo entendía, resulta tremendamente más grave, pues lo que buscaban los organizadores del desfile naval era presentar un Israel que no vacila en recurrir al uso de la fuerza. Querían muertos y heridos y sangre y columnas humeantes de guerra.

¿«Muertos», «heridos», «sangre», «columnas humeantes»? Una lástima que esto no sea de verdad una guerra de ‘narrativas’, una confrontación de puntos y comas, una batalla de sintaxis, un enfrentamiento de semánticas, un escuadrón con planteamiento, nudo y desenlace. Los muertos recurren poco a la dialéctica, casi nada. Son de una atroz facundia los muertos. Precisamente porque están muertos, digan lo que digan sus ventrílocuos o sus enterradores.

Ya les decía que andaba inquieto con lo de concentrarme. A medias lo he acabado consiguiendo:

Ya no hay lugar seguro en el mundo, salvo la propia conciencia. Defenderse sí, pero ojo que este sofisma de que la mejor defensa es el ataque ya nos transformó en nuestros propios victimarios. Y nosotros sabemos que es así.

Mariano Man, «Ellos son la izquierda peligrosa, ellos son la derecha religiosa», Desde Tel Aviv, un testimonio único, 31 de mayo de 2010.

lo que no ha sido, sin embargo, ningún consuelo.

«Untitled (Boys, 7)», obra de Adi Nes (עדי נס), que ya había sido traída a colación.

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