Si yo vo os escriuere loque por el alma aueys de hazer con el primero que venga si viniere / y si veola Paz que alla esta continua la enbiare a tada co[n] este ñudo de Salamon / desatela quien la quisiere […].

(Si yo vo[y], os escriveré lo que por el alma habéis de hacer con el primero que venga, si viniere. Y si viene la Paz, que allá está continua, la enviaré atada con este nudo de Salomón. Desátela quien la quisiere)

Francisco Delicado, La lozana andaluza, mamotreto lxvi, f.º 51vº, Venecia (1528)

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Aunque ya lo dijera ese eximio ciudadano y sagaz pesquisidor que es Enric González, puede que sea cierto que un conjunto de políticas sociales (jubilación; Ley de Dependencia; guarderías; escuelas primarias, secundarias y terciarias; clubes de brisca, teatro de calle o lanzafuegos, para edades e inclinaciones diversas) se quedaran muy sosas, como una paella sin alcachofas o sin berenjenas (por separado) sin la ayuda simbólica de una nación que subrogue el bucle melancólico de un Estado. Seguramente sea así, y sea además inevitable, de momento y sin perspectivas de cambio, aherrojados como estamos a pagar impuestos (pocos en España o en México, un suponer, más en Francia o en Suecia, como si dijéramos) con el fin último y loable de salvar los respectivos sistemas bancarios y la gran alifara global de usureros cofrades. Todo esto, seguramente, será verdad. Pero yo, igual que Enric González, no puedo por menos que dolerme de algunas excrecencias de esa necesaria política vexilológica e identitaria, aunque solo sea porque quien tiene Estado y Nación anda como puta por rastrojo o cagallón por acequia mirando que no se la quiten (España, Francia o Israel, pongo por caso) y quien tiene Nación pero no Estado anda como perro sin amo por ver si lo consigue (Cataluña, Flandes o Córcega, quizá). Unos y otros perviven, entretenidos y diversos, sostenidos por la labor de zapa del quintacolumnismo, ese notable desarrollo del pensamiento abstracto humano. No somos conscientes cabalmente de cuánto les debemos a los traidores.

Pero, en fin, yo quería hablar de lenguas (como casi siempre). Una de las más molestas supuraciones de la inflamación nacionalista son lo que yo llamo «ristras de morcillas», muy dadas a aparecer en las discusiones glotonímicas: que si el holandés es alemán, que si el israelí es hebreo, que si el otomano es turco, que si el cantonés es «lengua patria» o mandarín, que si el gallego es portugués, que si el valenciano es catalán, que si español o castellano. Para mayor comodidad, les he ordenado las discusiones de menor a mayor grado de ridículo. Otro variante de «ristra de morcillas» es, ya se lo esperaban ustedes, pillastres, la de las «glorias patrias». Son muy dados al género los panegiristas de la Lengua Española (otro notable desarrollo del pensamiento simbólico humano: las lenguas hechas damiselas con nombres y apellidos, siempre en peligro de que les mancillen el honor, la semántica, la sintaxis y el sursumcorda algunos caballeretes advenedizos –calculen la osadía: «barbarismos» los llaman en conjunto– con una única obsesión, la de metérsela a las damiselas. Ya les hablaba yo del quintacolumnismo. Menos mal que, cuando menos uno en cada generación, nos toca en suerte un Fernando Lázaro Carreter que nos atice unos dardazos y se asegure, como Nebrija para sus hijos, un lugar bajo el sol de los royalties editoriales tres o cuatro generaciones a cuenta de la Lengua). En el hit parade (o en el top ten) de las «ristras de morcillas» castizas figura aquella aparente baladronada de Carlos V, pronunciada delante del Papa Pablo III (de cierta relevancia en nuestras futuras andanzas zamorescas por Leiden) en Roma, el 17 de abril de 1536, dirigida al Obispo de Mâcon, presente en el caput mundi romano, que se desempeñaba de embajador de Francisco I de Francia ante la Santa Sede:

Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana.

En un momento morcillero de Don Manuel García Blanco, el ilustre sabio afirma:

Este es el notable hecho político que queríamos destacar en el umbral de esta disertación. Que si mis cuentas no yerran, es el tercero que va ligado a la portentosa conversión del castellano en lengua nacional.

Lo cual, en principio, está muy bien como afirmación. Yo, personalmente, nunca he tenido nada contra la masturbación («lengua nacional» y esas pajillas). Preferir, si puedo elegir, siempre he preferido el sexo compartido y exótico, de ahí, supongo, mi interés por las lenguas llamadas extranjeras (el mundo es ancho, ajeno y sabrosón, ya se sabe). Justifica su alemanita nacional García Blanco citando a su maestro Menéndez Pidal, contra lo que tampoco (¡Dios me libre!) tengo nada en contra (solo faltara). Pero supongo que el hecho de que Menéndez Pidal se tocara con poco pudor no obliga a que los demás nos quedemos ciegos a base de onanismo.

La cosa es que yo, en realidad, no quería hablarles hoy de Carlos V ni de la «portentosa conversión» en lengua nacional (¿nacional de qué? ¿Del imperio europeo de Carlos V? Ah, como Vicent se ha tomado una excedencia, recuérdenme que un día les explique porque los soberanos de Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca y las Dos Sicilias eran «Reyes de Aragón» y Carlos Quinto era eso, precisamente, «Quinto» y casi nunca «Primero»).

A mí, en realidad, me interesaba otra polémica: masturbatoria, sí, pero estrictamente entre eruditos, lo que delimita eficazmente los problemas de quitar las manchas llegado el momento del goce. Se trata de la entretenida cuestión de si nuestro Carlos V era un necio sin ningún talento para las lenguas o si, por el contrario, era un puritito «espanto del mundo» (stupor mundi) a la hora de lidiar, con torería imperial, con verónicas morfológicas, chicuelinas semánticas y el necesario galleo de sintaxis. Dicho de otro modo: si había que fiarse de Bernabé Busto, «obscuro gramático» autor de unas Introductiones grammaticas (Salamanca, 1533), en cuya carta preliminar afirma:

A su C[atólica] M[ajestad] por especial don y gracia de naturaleza le haya cabido suerte de aquel gran Rey de Ponto, Mythrídates, tan celebrado de memoria, que, teniendo tantas naciones subjetas a sí, pueda con todas hablar a cada uno en su lengua, sin medio de intérpretes. Y, con esto, también haya alcanzado el conocimiento de la latina.

O, por el contrario, siguiendo a Roger Bigelow Merriman, en Carlos V el Emperador (Buenos Aires, 1940), haya que concluir que:

El francés y el flamenco eran quizá los idiomas naturales para Carlos, pero nunca llegó a dominar el primero y no empezó el aprendizaje del segundo hasta los trece años. Su latín era malo y su italiano peor, ignorando por completo y el español.

Curiosa condena a la afasia sin remedio que nos llevaría mejor a concluir con Fernando González Ollé («El discurso de Carlos V en Roma (1536): ¿una apología de la lengua española?», Carlos V: Europeísmo y universalidad. Religión, cultura y mentalidad, coordinado por J. L. Castellano Castellano y F.º Sánchez-Montes González, Madrid, SECCCV&FII, vol. 5, págs. 271-292 [272]):

En el cuadro bosquejado, lo de menos es la sorprendente duda, con ser grave, de las circunstancias atingentes a francés y flamenco –acerca de estas lenguas, muchas fuentes permiten denunciar con certeza plena el error de Merriman–, sino la desconcertante incógnita que se suscita al lector, cuando éste trata de reducir las enumeradas atribuciones particulares a una conclusión unitaria: ¿en qué lengua se comunicaba habitualmente el príncipe, si no conocía ninguna de las mencionadas? Imposible la respuesta.

Lo que me lleva a la conclusión que buscaba: por principio, no se fíen de ningún erudito, ni a la violeta ni a otras hierbas. Ni aunque sean de Harvard. Ni aunque se llamen Huntington. Ni Menéndez Pidal. Ni García Blanco. Ni Roger Bigelow Merriman (que ya es llamarse). Ni yo mismo, huelga decirlo. Claro que no sé quién les habrá dicho a ustedes que yo sea un erudito o un científico. La ciencia la carga el diablo, que está siempre ahí, acechando.

Como no creo que sea de su discreto y sensible interés, les ahorraré la conclusión de González Ollé respecto de si Carlos V hizo o no una proclama nacionalista española en Roma delante del Papa… o no, de por qué soltó el Emperador aquello que soltó, y qué tiene que ver el discurso de Carlos V con la diplomacia israelí y los embajadores acreditados ante la Santa Sede y ante España.