El judaísmo deja a sus muertos en paz. Cuando todavía había judíos, los viejos osarios daban la impresión de abandonados. Mucho más, naturalmente, cuando los judíos se vieron obligados al exilio. Las piedras de los osarios eran fácilmente aprovechables.

Jaume Riera i Sans, «Acopio y destrucción del patrimonio hispanojudío», en El legado material hispanojudío, Ciudad Real, Universidad de Castilla-La Mancha, 1998, págs. 93-114 [113].

Paseando entre aquellas lápidas cargadas de historia nos topamos con el Guardián: un hombrecillo bajo y agitado como un diablillo metido en una jaula, de pelo rojo y un antojo extraño bajo el ojo izquierdo, como un lametón en un actor que se hubiera pasado de maquillaje.

Non era ebreo ma, per ragioni di lavoro, conosceva bene l’alfabeto ebraico.

No era judío pero, por motivos de trabajo, conocía bien el alfabeto hebreo. Enseguida sacó el asunto: si nos interesaba, podíamos adquirir un sitio para nuestra futura sepultura, fuera cual fuera nuestra religión. Anna se adhirió rápidamente a la propuesta y eligió un lugar cerca de la tumba de Shloyme Zaynvil Rapaport (An-ski), el autor de ese truculento cuento de fantasmas y espíritus titulada Dibbuk (1922): «Nunca se sabe», dijo con una sonrisita, como para justificarse. […]

Volvimos un par de días después y firmamos todos los papeles necesarios. El Guardían puso un montón de timbres oficiales, de diversos colores, y solicitó de cada uno de nosotros cien dólares que garantizaba una cómoda parcela de dos metros y medio por un metro y medio.

Un año después, de paso por Varsovia, fui al Cementerio Judío para asegurarme de que mi posesión siguiera allí. El Guardián me acompañó amablemente a dar una vuelta entre las tumbas. Me contó que, tras muchos años de abandono, el cementerio por fin estaba cobrando una nueva vida y las solicitudes de inhumación habían aumentado mucho. Se quejó, sin embargo, de no tener una computadora para poder clasificar y ordenar las fichas de todos los inquilinos pasados y futuros de aquel lugar, cuyos principales parroquianos eran panzudos cuervos que andaban a saltitos. En cuanto volví a Italia escribí un breve artículo sobre el Cementerio Judío de Varsovia, en el que señalaba además la necesidad del Guardián. Me llamó por teléfono unos días después la Oficina de Relaciones Externas de la compañía Olivetti, que por aquel entonces producía computadoras, ofreciéndose a regalarle una, mandándosela a la Embajada italiana en Varsovia. La ceremonia de entrega del precioso aparato fue breve y conmovedora. El Guardián, emocionado y feliz (y tal vez un poco achispado también) aporreaba frenético las teclas como si estuviese tocando una mazurka de Chopin.

Recibí, a principios del año siguiente, una carta de Anna con un recorte de periódico: «¡Estafa en el Cementerio Judío de Varsovia! El guardián huye con el dinero y la computadora».

Francesco M. Cataluccio, Vado a vedere se di là è meglio, Palermo, Sellerio, 2010, págs. 130, 131 y 132.

Lápida encontrada en Orihuela, provincia de Alicante, España, conservada en el Museo Sefardí de Toledo, n.º de catálogo NO139; «Perdonen que no me levante».