למולדת שובי רני   צהלי בת יפהפיה
בתוכך אתן משכני   בנוי על הר המוריה

Retorna a la patria, júbilo que eres mío,
mi hueste, que eres hija de la más hermosa:
dentro de ti plantaré mi tabernáculo,
construido en el
Monte Moria.

Canto litúrgico de la tradición tunecina en Jerusalén, Asher Mizraji (1890-1967).

Ha sido un en realidad un momento, pero es que ya decían que no, que me dejara de tomarles el pelo, que es que uno va siempre con la oreja puesta o con el ojo avizor o con la premura de indignarse como avío (así le va a uno, claro está). Ha sido tener la mirada perdida, mientras O. preguntaba algunas cosas a la de «Información bibliográfica» de la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional. Y el caso es que la de «Información bibliográfica» tenía por su mesa varios manuscritos (folios sueltos, correspondencia, de Francisco de Zapata al Cardenal Granvela). Quizá por eso me he fijado: porque me ha interesado, porque eran cartas de Francisco Zapata (según el catálogo, aunque yo sospecho un error por Juan) al Cardenal Granvela (Antoine Perrenot de Granvelle), segunda mitad del xvi, territorio por tanto de Abú Maadnús. La cosa es que la de «Información bibliográfica» las tenía un poco desparramadas por su escritorio, mientras atendía, más atenta que solícita, lo que le preguntaba O. En todo momento, el manuscrito de signatura MSS 7916-117 reposaba, callado, más solícito que atento quizá, bajo el brazo de la de Información bibliográfica de forma que el papel de la carta estaba más cerca, por tener el escrito medio cuerpo dentro de la mesa y medio fuera, de doblarse que de mantenerse incólume. Así son los estragos del paso del tiempo, claro: por eso la Biblioteca Nacional promueve controles cada cien metros, etiquetillas ridículas que los lectores (y lectoras) deben prenderse en la camisa o la blusa, revisiones exhaustivas de los cartapacios para trabajar, prohibiciones expresas y rigurosas de introducir en una sala de lectura cualquiera de la Biblioteca otro ejemplar, de propiedad particular, de un libro que la Biblioteca dizque posea en sus fondos. Lo hace para todo eso: para que en el escritorio de «Información bibliográfica» de la Sala de Libros Incunables, Raros y Curiosos (bautizada tan luminosa como rutinariamente «Sala Cervantes»), sancta sanctórum de este Monte Moria español del Paseo de Recoletos, los manuscritos, por su propia especie únicos, acaben doblándose o borrándose por acción del cuidadoso descuido de una bibliotecaria, veterana, eso sí. Al fin y al cabo yo no me extraño, porque ya lo dejó dicho Elisa Ruiz: en realidad, lo raro de un manuscrito es que haya perdurado, que haya sobrevivido, que esté aún entre nosotros. Destino obvio, parejo, al menos en eso, al de los seres humanos. Pura chiripa biobibliográfica.

Francisco de Zurbarán, Agnus Dei (entre 1635 y 1640), Museo del Prado, Madrid, n.º de catálogo: P07293.