Qu’il s’agisse de grammaire ou de lexique, le mot […] il ne m’intéresse, je crois pouvoir le dire, je ne l’aime, c’est le mot, que dans le corps de sa singularité idiomatique, c’est-à-dire là où une passion de traduction vient le lécher – comme peut lécher une flamme ou une langue amoureuse: en s’approchant d’aussi près que possible pour renoncer au dernier moment à menacer ou à réduire, a consumer ou à consommer, en laissant l’autre corps intact mais non sans avoir, sur le bord même de ce renoncement ou de ce retrait, fait paraître l’autre.

Sea cuestión de gramática o de léxico, la palabra […] no me interesa, creo poder decirlo, no me gusta, es la palabra, más que en el cuerpo de su singularidad idiomática, es decir, donde un arrebato de traducción viene a lamerla, como puede lamer una llama o una lengua enamorada: acercándose tanto como se pueda para renunciar en el último momento a amenazar o a reducir, a consumar o a consumir, dejando el otro cuerpo intacto pero no sin saber, al borde mismo de esa renuncia o de esa retirada, hacer que aparezca el otro.

Jacques Derrida, «Qu’est-ce qu’une traduction relevante?», Derrida, editado por Marie-Louise Mallet y Ginette Michaud, París, L’Herne, 2004, colección «Cahiers de l’Herne», n.º 83, pág. 561.

—Señor, este caballero que aquí está —y enseñóle a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad— ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.

—¿Qué título tiene el libro? —preguntó don Quijote.

A lo que el autor respondió:

—Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

—¿Y qué responde le bagatele en nuestro castellano? —preguntó don Quijote.

Le bagatele —dijo el autor— es como si en castellano dijésemos ‘los juguetes’; y aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.

—Yo —dijo don Quijote— sé algún tanto del toscano y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

—Sí, muchas veces —respondió el autor.

—¿Y cómo la traduce vuestra merced en castellano? —preguntó don Quijote.

—¿Cómo la había de traducir —replicó el autor— sino diciendo ‘olla’?

—¡Cuerpo de tal —dijo don Quijote—, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano ‘place’, y adonde diga più dice ‘más’, y el su declara con ‘arriba’ y el giù con ‘abajo’.

—Sí declaro, por cierto —dijo el autor—, porque esas son sus propias correspondencias.

—Osaré yo jurar —dijo don Quijote— que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original.

Cervantes, Don Quijote, segunda parte, cap. lxii.