Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.

Cervantes, del «Prólogo» a las Novelas ejemplares.

Una de esas sorpresas que uno se lleva andando moderadamente el mundo (su hemisferio septentrional y mediterráneo, en realidad) es la profusión de patrias imaginadas que pueblan la realidad de la mayoría de las gentes. Es como esos ruidos, nada fantasmales, que unos amigos ahora en Berlín andan mirando a ver si recogen de inmuebles desahuciados, de edificios en precaria supervivencia, de la dura pugna que mantiene la rutina de los mecanismos para perpetuarse en el mundo físico a pesar de las inclemencias de la desidia de los seres humanos. No tiene nada que ver con la parapsicología, entiéndanme. Aún menos con la psicología. Es algo así como la «Song to the sea» del disco Split de Inca Ore, que no acabo de estar muy seguro de que sea el que N. me recomendaba hoy, pero que a mí me ha gustado (o me ha resultado evocadora, que viene a ser lo mismo).

Por muchas razones, todas ellas de primera importancia, yo quisiera hablarles un día por aquí del último rabino comunitario de Damasco, Abraham Hamra (אברהם חמרא) que, españolizado, quizá no sea una mera casualidad de homofonías que se pudiera llamar «Abraham Alhambra». Veremos si de verdad encuentro tiempo para hablarles de estas cosas y de una ciudad, la Damasco judía, que yo nunca podré ya conocer, que no pensaba conocer y que, sin pensarlo, se me ha vuelto repentinamente imprescindible. Pero eso será otra historia, que en parte ya hemos contado por aquí.

De esas nostalgias de las patrias imposibles, porque nunca existieron y nunca fueron creadas, sino que han sido siempre nada más que una parábola, algunas partes de Europa llevan una huella judía que las vincula de forma imprevista, si por el curso de la historia hubiera sido, a una España ibérica que nunca existió y nunca fue creada, porque no fue más que una parábola. Algunas de esas huellas existen solo en la memoria de los seres humanos que aún lean alemán de sabios anteriores al Desastre. El Jehuda Halevi. Zweiundneunzig Hymnen und Gedichte de Franz Rosenzweig, por ejemplo, o el Dīwān des Abû-l-Hasan Jehuda ha Levi de Heinrich (Chaim) Brody:

Doch zumeist erkannt ich ihn
An dem rätselhaften Lächeln
Jener schön gereimten Lippen,
Die man nur bei Dichtern findet.

Pues no pocas veces lo distingo / por su enigmática sonrisa, / esos bellos labios rimados / que uno solo encuentra en los poetas.

Hay otras huellas de piedra más imponentes, desperdigados en los sitios más insospechados («insospechado» es un adjetivo fundamentalmente humilde: reconoce discretamente lo natural de las ignorancias de quien no sospechaba, como yo mismo). El Tempio Maggiore Israelitico de Florencia, por ejemplo, o, desde luego, la Gran Sinagoga de la Calle Dohány de Budapest. Hay quien ha estudiado esto muy requetebién pero, público siempre atento y discreto como ustedes son, ya se han dado cuenta de que a mí, ahora mismo, me interesa otra cosa.

Por ejemplo, el Colegio de San Ildefonso de Alcalá (¿este? Ah, no, calla, este), obra parece que probable de Rodrigo Gil de Hontañón y que nuestro Alfonso de Zamora, «el hebreo de Alcalá», llegó a ver a medio acabar alrededor de 1545. Un altorelieve de San Jerónimo, ineludible patrón de traductores, puro trampantojo esculpido en la fachada dizque plateresca del Colegio Mayor alcalaíno, probable obra del burgalés Claudio de Arciniega que acabó sus días, por esas cosas del tránsito ultramarino, en la capital de la Nueva España construyendo el Palacio del Virrey sobre las ruinas de los palacios de los tlahtohqueh mexicas, figura desde el principio en el encabezamiento de este blog de miguitas y, como yo soy un conservador vergonzante en el fondo, así seguirá. Lo que yo no sabía es que la fachada alcalaína, razón misma de que exista este blog (otro día lo explicaré) tiene una contundente réplica porteña: el Teatro Cervantes. Y me he enterado de esto por la noticia de que su esperada restauración, parece que pagada por la cooperación española consigo misma (la Agencia Española de Cooperación Internacional paga las obras de restauración si se encarga de las mismas… una empresa española; la caridad bien entendida, ya saben, empieza por uno mismo y por las tarifas abusivas de Telefónica en la Argentina, por ejemplo) no estará lista para la conmemoración del Vicente Nario o quizá bicentenario de la Nación Argentina sino, como mínimo, para dentro de dos años y medio. Resulta todo entrañablemente español, ¿no creen?

El caso es que ahí anda, acometida en Buenos Aires por la feliz filantropía de doña María Guerrero, la realización última de la vocación de toda universidad digna de tal nombre: ser un un puro teatro. Nunca hay excusa lo bastante improbable para camelarse a Buenos Aires.

El otro día, volviendo a de París (si es que de verdad resulta que yo vuelvo de París, cuando lo que quizá ocurra es que, en vez de volver aquí, me voy de allí) una banda de adolescentes argentinos hiperhormonados empezaron a montar gresca en el avión. Luego, rápidamente, se calmaron, atribuible tal vez a dos pizpiretas adolescentas francesas que se sentaban entre tanto chavalillo bonaerense. A mí se me ocurrió, oyéndoles el acento (andaba queriendo entretenerme entre el Viaje a Oriente de Flaubert y una remesa fresca de libros desconocidos de Taher Hammami [الطاهر الهمامي]; labor sin éxito) lo acertado de esa definición de saudade que corre por ahí: «saudade é nostalgia do futuro». Quise imaginarme cómo será Buenos Aires («Ciudad Autónoma», «Capital Federal») un poco a la manera de quienes se desean cada año «El año que viene en Jerusalén». Que se lo sigan deseando vueltos a una Jerusalén de la que nunca se fueron porque nunca vivieron allí nos debería hacer sospechar varias y algunas cosas, todas de mucho entendimiento y de no poca virtud, para entretenerse sin daño de barras, de forma honesta y agradable. Quizá sea verdad, sin más, que Buenos Aires, como Jerusalén, no exista en realidad y que lo propio sea juzgarlas tan eternas como el agua y el aire. Un puro cuento, al fin y al cabo.

Un poco como los libros de Alfonso de Zamora que fueron, quizá, tan solo una parábola, la nostalgia de un futuro imposible, porque su pasado nunca existió y nunca había sido creado.

Distruzioni, rovine, saccheggi, incendi colpirono soprattutto i grandi addensamenti di libri, posti di norma nel centro del potere. Neanche le biblioteche di Bisanzio fecero eccezione. Perciò quello che alla fine è rimasto non proviene dai grandi centri ma da luoghi ‘marginali’ (i conventi) o da sporadiche copie private.

Destrucciones, ruinas, saqueos, incendios afectaron sobre todo a las grandes concentraciones de libros, dispuestos por norma en el centro del poder. Ni siquiera las bibliotecas de Bizancio fueron una excepción. Es por esto que lo que al final ha quedado no proviene de los grandes centro sino de lugares ‘marginales’ (los conventos) o de esporádicas copias privadas.

Luciano Canfora, La biblioteca scomparsa («La biblioteca desaparecida»), Palermo, Sellerio, 2009 [1986], pág. 226 («Epilogo).