Era la hora del reajuste del dogma, tan alegremente formulado por los innovadores y sus secuaces.

Vicente Beltrán de Heredia, Cartulario de la Universidad de Salamanca (1218-1600), Salamanca, Ediciones Universidad, 1972, tomo v: «La Universidad en el Siglo de Oro», pág. 438.

El mal de muchos es siempre un consuelo de tontos, pero ocurre que un servidor, tonto de capirote y de formación y que, con trabajo tenaz, va haciéndole dos tontos lo que ve, no se consuela porque no quiere. Así que no quisiera consolarme sin más; simplemente dejar escapar un suspiro al leer:

Al publicarse en 1995 su estudio desmitificador de los grandes mitos de la historia de Bélgica, Flandes y Valonia, Anne Morelli, profesora de Historia en la Universidad Libre de Bruselas, tuvo que hacer frente a una oleada de protestas, no de círculos científicos –donde sus planteamientos eran generalmente conocidos y aceptados– sino de círculos nacionalistas. En un panfleto, la extrema derecha belga se escandalizaba de que fuera precisamente una extranjera –hija de inmigrantes italianos– la que hubiera arremetido contra la historia del país que la había acogido y dado una vida digna. Los autores del panfleto le espetaron «Señora Morelli, ¡ame a Bélgica o salga del país!».

Entre paréntesis, de sobra es sabido que Bélgica es un lugar propicio al cultivo de patriotismos tipo «maletín de Prenafeta»:

Pero Bélgica tiene dos rasgos que la distinguen. En primer lugar, el sistema de patronazgo generalizado, que comienza en los ayuntamientos y llega hasta lo más alto del Estado, ha dejado a los partidos políticos reducidos a vehículos para la distribución de favores personales. En un país pequeño en el que todos conocen a alguien en un cargo en el que puede hacer algo por ellos, apenas existe la idea de un Estado autónomo, neutral y desapasionado. Como dijo el actual primer ministro de Bélgica, Guy Verhofstadt, a mediados de los ochenta, Bélgica es poco más que una cleptocracia de partidos. […]

Al no haber control gubernamental, no es sorprendente la gran incidencia de la corrupción y el soborno a alto nivel […]. Bélgica se ha hecho tristemente famosa como terreno de actuación de sofisticados delincuentes de cuello blanco, dentro y fuera del Gobierno. A finales de los años ochenta, el Gobierno belga adquirió cuarenta y seis helicópteros militares de la empresa italiana Agusta y adjudicó a la compañía francesa Dassault el mantenimiento de sus aviones F-16; más tarde se reveló que el Partido Socialista (en el Gobierno en aquella época) había recibido sobornos en ambas operaciones. Un importante líder socialista que sabía demasiado, André Cools, fue asesinado en un aparcamiento de Lieja en 1991; otro, Étienne Mange, fue detenido en 1995, y un tercero, Willy Claes, ex primer ministro de Bélgica, secretario general de la OTAN (1994-1995) y ministro de Asuntos Exteriores en el momento de los contratos, fue declarado culpable en septiembre de 1998 por aceptar sobornos. UN ex general del ejército involucrado en el escándalo, Jacques Lefebvre, murió en misteriosas circunstancias en marzo de 1995.

Tony Judt, «Un Estado sin Estado: por qué es importante Bélgica», capítulo xiv de Sobre el olvidado siglo xx, Madrid, Taurus [Santillana], 2008, traducción de Belén Urrutia, págs. 230 y 237; original en «Is there a Belgium?», The New York Review of Books, 2 de diciembre de 1999, con interesantes ramificaciones posteriores al estilo de un lingüista accidental.

Volviendo a lo que estábamos, que era Bélgica como circunstancia de comparación y no de atención principal, la cita es de Etnogénesis y etnicidad en España: una aproximación histórico-antropológica al casticismo de Christiane Stallaert (Barcelona, Proyecto A Ediciones [Ánthropos], 1998) que si no le hubiera dado a la autora por traducirlo al español y a un editor por publicarlo, hubiera justificado otra vez eso tan tonto de ponerse a aprender holandés (o neerlandés, como se dice en castellano que es también español): Etnisch nationalisme in Spanje. De historisch-anthropolische grens tussen christenen en Moren (‘Nacionalismo étnico en España. La frontera histórico-antropológica entre cristianos y moros’), Lovaina, Universitaire Pers Leuven, 1996. Stallaert es también autora de un trabajo bastante más largo y de argumento bastante más flojo, en mi opinión, que será, seguramente, fruto de una mala lectura y necesitada de más atención para desdecirse, como habrá que hacer sin duda: Ni una gota de sangre impura: la España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006.

Como lo que me interesa de la etnogénesis que estudia Stallaert ya está dicho en las primeras páginas, podemos terminar con su principio:

Utilizamos el termino de «casticismo» para expresar la peculiar correlación que existe en la etnicidad española entre «ser cristiano» y «no ser moro». El símbolo por antonomasia del casticismo es Santiago «Matamoros», patrón de España. El casticismo confiere a España un lugar único dentro del mundo cristiano. La identificación étnica con el cristianismo no se da en muchos otros países de religión y tradición cristianas y si bien es verdad que en estos países el islam está igualmente en las antípodas de la propia identidad religiosa, la presencia musulmana no es sentida como amenaza de la pureza étnica.

Establecidas estas bases metodológicas, llega lo que resuelve de repente más de una duda que las vueltas y revueltas de la Universidad de Alcalá en el siglo xvi, la institución a la que estuvo adscrito Alfonso de Zamora más de treinta años de su vida, me habían provocado:

Las múltiples tensiones entre el Estado español y el Vaticano a lo largo de la historia son reveladoras de la especificidad del cristianismo étnico español. La creación de la Inquisición española estuvo marcada por el conflicto con el Vaticano en torno a la distinción entre cristianos «nuevos» y «viejos» que era contraria a la doctrina católica […]. La Santa Sede no veía con buenos ojos los estatutos de limpieza de sangre que a partir del siglo xvi empezaron a dominar la vida española […]. La ordenación de sacerdotes mestizos y mulatos en el Nuevo Mundo fue hasta el siglo xviii motivo de desacuerdo. Mientras que según el Vaticano toda persona bautizada podía tener acceso al sacerdocio, el colonizador español prefirió atenerse al criterio étnico de la ascendencia cristianovieja […]. La orden de expulsión de los moriscos no gozó de la aprobación oficial del papa a pesar de la presión ejercida por los españoles […]. Tampoco cabe olvidar que dicha expulsión fue un hecho único en la historia del cristianismo ya que se trataba de la expulsión de una comunidad cristiana de territorio cristiano.

Yo, a todo esto, tendría que contar por qué tuve que ir a Roma, romero, y los dimes y diretes de reyes, papas, cristianos viejos, viejunos, avejentados, nuevos, novísimos y confesos…

Pieter van den Keere (Petrus Kaerius), «Leo Belgicus» (: Artificiosa & Geographica tabula sub Leonis figura 17. inferioris Germaniae Prouincias repraesentans, cui addita sunt singularum insignia, unà cum ordinaria Praefecturarum distinctione earumq. Praefectis; prout a° 1559, à supremo earundem Magistratu distributae atq. constitutae fuerunt […]), Amsterdam, Germania Inferior id est, XVII Povinciarum ejus novae et exactae Tabulae Geographicae, 1617; «Santiago Apóstol Victorioso», anónimo de escuela mexicana, siglo xviii.