Que donde dije «digo», digo «Diego» y me adelanto la semana que pensaba y les dejo entretenimiento de más substancia que el apuntillo de ayer, que me quedó francamente flojo, pero es que esto de escribir no es solo que vaya por día: es que va por horas y hasta por minutos. Así que aprovecho una lectura que, como todas las Elisa Ruiz García, ilustra, conforta y calma, y la circunstancia de que me haya enterado de que la subida en línea de SfarData es una realidad, discreta y en construcción pero real, y les pongo un par de cosas de necesaria recordación para que queden por aquí. Sigan cuidándoseme.

(A propósito, el fragmento de impreso-manuscrito complutense lo pongo confiando en la benevolencia de los amigos de la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense, pero, si hay que quitarlo, se quita. Solo faltaría)

La clasificación de una serie de libros por materias supone introducir un principio de organización de carácrer biblioteconómico. La tarea consistiría en distribuir las unidades de acuerdo con un modelo previo que sistematizase las áreas de conocimiento. En teoría, los resultados de tal operación permitirían trazar el perfil de una colección y, en cierta medida, las preferencias de lectura de su propietario. Aunque se trata de un método que ‘a priori respeta las reglas de la deducción como herramienta de trabajo intelectual, sin embargo, la aplicación de dicho procedimiento al conjunto bibliográfico estudiado resulta poco apropiado por dos razones determinantes. La primera y principal es la falta de cohesión del patrimonio librario isabelino, constituido por fondos parciales. Cada uno de ellos tiene un origen y una finalidad concreta, por tanto, el examen deberá ser individualizado. La segunda causa es la vía de acceso a la propiedad de los ejemplares, fruto en muchos casos de un legado recibido o de una aglutinación de piezas reunidas por un sistema de acarreo. Ambas circunstancias desvirtuarían las conclusiones que se pudiesen extraer de una tabulación que tradujese en expresión aritmética los porcentajes correspondientes a las distintas materias representadas.

Además de los motivos específicos aducidos hay que tener en cuenta otras dos variables de aplicación general. Por un lado, lo importante no es determinar la temática de una obra, sino averiguar en qué clave era interpretada. A finales del siglo xv en la corte castellana una vida de santos podía ser degustada como un relato novelesco, y un tratado de Séneca como un tratado modélico de moral cristiana. En cambio, si aplicamos de manera mecánica los criterios de división por materias, el primer libro entraría en el compartimiento de las hagiografías y el segundo en el de los autores clásicos. En consecuencia, los resultados de una clasificación establecida asépticamente en función de nuestros criterios actuales distorsionarían nuestro juicio sobre la forma de recepción de los textos y su incidencia cultural. Por otro lado, cada época se define por una escala de determinados valores que, en parte, se manifiesta a través de la producción escrita. La presencia de ciertos títulos y autores en una biblioteca dada no es siempre relevante, pues a veces testimonia tan sólo la ideología dominante en términos de sincronía. En resumen, creo que en este caso [los libros de Isabel «la Católica»] es recomendable poner en práctica una metodología cualitativa mejor que una cuantitativa.

Antes de comenzar, es preciso plantear una cuestión de la «Biblioteca» de la Reina Católica. La aplicación de dicho sustantivo me parece inapropiada en la medida en que doña Isabel no dispuso de un surtido de libros con la finalidad de tener a su alcance tales fuentes de información en el marco de una estancia dedicada a custodiarlos. Tampoco manifestó su intención de crear un ámbito físico que se convirtiese en un espacio intelectual destinado a ese fin. Como veremos más adelante, los volúmenes que poseyó formaban parte de fondos de origen muy diverso y nunca fueron considerados como un conjunto de bienes muebles con entidad propia, desde un punto de vista material o virtual. En consecuencia, se evitará tal denominación a lo largo del presente trabajo salvo en un uso de valor genérico. Por un afán de rigor científico he preferido utilizar expresiones neutras para designar las unidades bibliográficas dentro del patrimonio global de la soberana, tales como los libros o los bienes librarios de su propiedad. Esta precisión léxica me parece importante, pues las palabras tienen una carga conceptual y, si se aplican de forma inexacta, se acaba por desvirtuar la realidad de los hechos. Ciertamente, no es grave llamar «biblioteca» a lo que no fue tal, sino un cúmulo heterogéneo de ejemplares diseminados, pero sí lo es dar por sentado que existió una estructura organizada de libros destinados al servicio de la Reina a causa del empleo de tal vocablo. Y lo que es peor, inferir con la apoyatura de este supuesto ente la condición de mujer culta y lectora de la titular. Creo que matizar estas ideas recibidas constituye un punto de partida necesario, con el fin de interpretar de manera objetiva los hechos históricos en función de las fuentes conservadas

Elisa Ruiz García, Los libros de Isabel la Católica: arqueología de un patrimonio escrito, Salamanca, Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, Fundación Duques de Soria, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2004, págs. 99-100 y 26.

1) fragmento del Comentario a los profetas menores de Isaac Abravanel (Pésaro, 1520), comentado y anotado por Alfonso de Zamora: Madrid, Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla», Universidad Complutense, impreso BH DER 687, foto de Álex Casero, 2008 (sobre este fragmento en particular, véase el artículo de Carlos Alonso Fontela, «Una breve nota marginal de Alfonso de Zamora sobre “lahpor perôt” [לחפר פרות] (Is 2,20)», Sefarad, vol. lii, n.º 1 (1992), págs. 29-32; y quien quiera oír más sobre el particular, que venga a oírme a Ravena a finales de este mes);

2) imposible retrato de Isabel I de Castilla, «la Católica» (pero, ¿y de su hija Catalina de Aragón, reina de Inglaterra, por cuyo divorcio compuso quizá Alfonso de Zamora el manuscrito actualmente París, BNF, hébr. 1229 para Edward Lee, embajador de Enrique VIII de Inglaterra ante la corte del sobrino carnal de Catalina, Carlos I de Castilla y Aragón, V de su nombre del Sacro Imperio?), detalle del retablo de la «Virgen de la Mosca», posible obra de Michel Zittow, finales del siglo xv, Colegiata de Santa María la Mayor, Toro, provincia de Zamora, España.