¡Eh! Ya salimos del paso,
y no hay que extrañar la homilía;
son pláticas de familia
de las que nunca hice caso.

José Zorrilla, Don Juan Tenorio (1844), parte i, acto i, escena xiii

If all a top physicist knows
About the Truth be true,
Then, for all the so-and-so’s,
Futility and grime,
Our common world contains,
We have a better time
Than the Greater Nebulae do,
Or the atoms in our brains.

Si ha de ser verdad lo que un físico sabe sobre la Verdad, verdad será que, por mucha pamplina, mugre y futil naturaleza que nuestro vulgar mundo atesore, nos la pasamos mejor que las Grandes Nebulosas o los átomos de nuestros cerebros.

Marriage is rarely bliss
But, surely it would be worse
As particles to pelt
At thousands of miles per sec
About a universe
Wherein a lover’s kiss
Would either not be felt
Or break the loved one’s neck.

De cansado a casado una letra separa pero con seguridad aún peor fuera, como partículas que se zumban a miles de kilómetros por segundo, un universo en que el beso de quien ama de tiento no fuera ola crisma le rompiese al que es amado.

Though the face at which I stare
While shaving it be cruel
For, year after year, it repels
An ageing suitor, it has,
Thank God, sufficient mass
To be altogether there,
Not an indeterminate gruel
Which is partly somewhere else.

Aunque esta cara que veo al afeitarla sea cruel pues, año tras año, repele a un pretendiente ya añejo, posee, a Dios gracias, masa bastante para seguir estando ahí, sin reducirse a una informe papilla que en otro lado se halla en parte.

Our eyes prefer to suppose
That a habitable place
Has a geocentric view,
That architects enclose
A quiet Euclidian space:
Exploded myths — but who
Could feel at home astraddle
An ever expanding saddle?

Prefieren nuestros ojos suponer que tiene todo lugar habitable una vista geocéntrica, que los arquitectos cierran una calma parcela euclidiana: son mitos reventados, sí, pero ¿quién podría sentirse a gusto, espatarrado en un sillín que no deje de expandirse?

This passion of our kind
For the process of finding out
Is a fact one can hardly doubt,
But I would rejoice in it more
If I knew more clearly what
We wanted the knowledge for,
Felt certain still that the mind
Is free to know or not.

Esta pasión de nuestra especie por el negocio de hallar no es cosa que pueda suscitar dudas, pero confieso que más tendría gusto si pudiera saber para que vamos a querer saber lo que sabemos, sabiendo por cierto que la mente es libre de saber o no.

It has chosen once, it seems,
And whether our concern
For magnitude’s extremes
Really become a creature
Who comes in a median size,
Or politicizing Nature
Be altogether wise,
Is something we shall learn.

Ya quedó de sobras elegido, según parece, y en caso de que nuestro cuidado por los extremos de las magnitudes se hiciera de verdad plenitud de talla más bien mediana, o de que politizar la Naturaleza resultara prudente, es algo que acabaremos sabiendo.

Wystan H. Auden, «After reading a child’s guide to modern Physics» (‘Tras leer una guía de física moderna para niños’), 1961.

Preguntado por N. desde París, a mitad de un maratón de metros, autobuses, trenes, autocares, coches y aviones, solo o en compañía de otros, que me ha llevado, en el curso de la última semana, de Madrid a Roma, de Roma a la Sabina, de la Sabina a Roma, de Roma a Madrid, de Madrid a Gatwick, de Gatwick a Oxford y de Oxford, vía Gatwick, de vuelta a este Madrid casi sin metros, qué opinión me había formado de Abú Maadnús, (אבו מעדנוס), solo pude responderle lo obvio: «gran tipo». Convendrá tal vez comentar algún par de detalles sobre este Abú Maadnús: fue, por ejemplo, el primer lector de estas cosas zamorescas del que tuve noticia cierta (porque él mismo me la dio, hace ya casi dos años). Más notable todavía, no ha dejado en ningún momento de leerlas con fidelidad de maravilloso pasmo: esto, en sí mismo, aunque sería prueba de una excentricidad censurable, no deja de hacer mella en el corazoncito de quien escribe estas líneas. Luego, por si esto fuera poco, Abú Maadnús ha tenido el buen gusto de dedicarle sus días –y doy testimonio ahora de que sus noches también– a Benito Arias Montano, sucesor intelectual de Alfonso de Zamora y de una cierta biblística complutense, conversa y políglota, condenada al fracaso en un mundo poco dado a la sutileza identitaria entonces como ahora. Esto, aunque como excentricidad esté a la altura de dedicarse con fidelidad obcecada a leer estas miguitas de Alfonso (peruré Alfonso, פירורי אלפונשו), es un entretenimiento de mucho mayor provecho para el mundo en general y de honra para su nación bátava que la lectura de mis cosas, ni qué decir tiene. Por último, y siendo sin embargo lo más importante, Abú Maadnús fue artífice imprevisto de que un servidor conociera a N. o, más bien, de que N. conociera a un servidor, y solo eso bastaría para glosar la figura de este intrépido bátavo zamorescófilo con los versos que dejó aquel:

Bendito sea el año, el mes, el día
el tiempo, la estación, la hora, el instante,
el rincón y el lugar en donde ante
sus ojos fue prendida el alma mía

más o menos. Curiosamente, como me ocurre a menudo, yo aún no conocía a Abú Maadnús. En persona, quiero decir. Esa, qué duda cabe, fue una de las razones que me llevó a Oxford (y a sobrevivir, dicho sea de paso, a un viaje de ida y vuelta con las detestables prácticas de Ryanair). También, claro está, a ver qué decían unos y otros.

A la vez que le decía a N. lo de que Abú Maadnús era un gran tipo, le señalaba que, de momento y curiosamente, el sentimiento que me inspiraba la circunstancia que me había llevado a Oxford era de cierta distancia. De poca empatía, vaya. N. me lo achacaba a mi irreprimible espíritu británico pero se equivocaba: tenía más que ver con el folclore y, probablemente, con dos factores alienantes. Por un lado, mi propia ignorancia. Por otro, el humor judío con que Dios, nuestro Señor, repartió el don de la elocuencia y lo tacaño que estuvo con quienes, por cuestión de oficio, más tendrían que lucirlo. Pero volvamos al folclore. Perspicaces lectoras y avezados lectores como ustedes son, ya se habrán dado cuenta de que a mí, el folclore, en general, me pirra. Para qué engañarnos: tanto como comer con los dedos (el buen castellano, ya se sabe, lo hace todo con la mano). Así en abstracto, y si los cofrades no meten mucho ruido, sobre todo si un servidor no participa de la causa del ruido, no tengo el más mínimo problema en que cada uno celebre sus costumbres inmemoriales como Dios le dé a entender y el presupuesto y las ganas de gresca permitan. Dentro de las actividades folclóricas, cada cofradía gremial tiene las suyas y las del mundo universitario (beca, toga, muceta, birrete y otros atavíos de aparato en el mundillo universitario español, por ejemplo) son de lo más discretito. No se conocen explosiones de tracas al empezar o acabar un doctorado honoris causa ni multitudes de dos millones de personas, que canten alcoholizados el Gaudeamus igitur al final de un acto de graduación, como ocurre, por ejemplo, este mismo fin de semana en las fiestas patronales del Orgullo Gay en Madrid. Pero precisamente eso es lo que me lleva a mantener cierta distancia, ni siquiera crítica, sino apenas desganada. El ritual de los aplausos, por ejemplo: en Oxford parece que son de la escuela de «si no quieres caldo, toma dos tazas». Se aplaudía al final de cada ponencia y al final de cada turno de preguntas que siguió a todas las ponencias menos a una.

Yo, en esto, como soy más soso que un calvinista holandés y más malaje que un contrareformista castellano, me guío por mi escuela de Mánchester: allí se aplaude una sola vez, al final de la sesión y se procede a despellejar vivo al interviniente (recuerdo, por ejemplo, la cara de argentino asombro de Shlomo Sela [שלמה סלע] cuando Bernard S. Jackson, que presidía la sesión en que había hablado, le hizo notar que el público asistente le agradecía la insistencia en describirnos el significante de su investigación, pero que agradeceríamos igualmente que en el turno de preguntas nos diera algunas pistas sobre su significado). Una vez aplaudido una sola vez (ni que los universitarios fuéramos vedettes enseñando pantorrilla) y despellejado en el turno de preguntas, el ritual mancuniano era llevarse al despellejado de cervezas al pub de enfrente, y aquí paz y después, gloria, y todos tan amiguitos. La investigación, en realidad, no es nada personal y ya saben que el mundo se salvará, si es que se salva, por nuestra capacidad de ponernos en ridículo, que se fundamenta, principalmente, en dejar que nos lleven la contraria. Y es que yo, en esta cosa oxoniana a la que me llevó el deseo de ponerme al día y el no menor deseo de conocer en persona a Abú Maadnús, he visto, en realidad, relativamente pocas ganas de ponerse en ridículo. Lo que, por otra parte, no censuro.

Como la falta de caridad bien entendida empieza por uno mismo, les pondré un ejemplo protagonizado por un servidor. Como los prólogos de los libros, que se escriben al final, el episodio ocurrió al final de este congreso oxoniense del que les hablo, al acabar la intervención de Yosef Kaplan (יוסף קפלן), que había mencionado el hecho, por otra parte bien conocido, de que en la biblioteca de Baruj (o Benito o Bieito) Spinoza abundaban los libros en español mucho más que los libros en portugués. A mí se me ocurrió que lo mismo podía sonsacarle algo a Kaplan sobre esa dinámica del multilingüismo de las comunidades judías sefardíes en los Países Bajos de los siglos xvii y xvii que a mí, francamente, siempre me ha llamado la atención: esas vueltas y revueltas entre portugués, español, hebreo, arameo, holandés (¡y hasta latín!). Y se me ocurrió que un servidor podía lucirse algo más si ponía un ejemplo de (Juan) Luis Vives (o Iohannes Ludovicus Vives o Joan Lluís Vives), que yo había conocido en primera instancia en lugar de cómo hubiera debido, es decir, leyendo a Vives por afición, por la segunda mano de la coprolalia de unos patrioteros sin vergüenza. El fragmento en cuestión está sacado de De disciplinis, parte 1ª (De causis corruptarum artium: «De las causas de que se corrompan las artes»), editado en Amberes en 1531:

Nam si quando addidissent tristes exitus, deterruissent ab iis actibus spectatores, quibus euentus esset paratus acerbissimus. In quo sapientior fuit qui nostra lingua scripsit Celestinam tragicomoediam. Nam progressui amorum, et illis gaudiis uoluptatis exitum annexuit amarissimum, nempe amatorum, lenae, lenonum, casus, et neces uiolentas. Neque uero ignorarunt olim fabularum scriptores turpia esse quae scriberent, et moribus iuuentutis damnosa.

Pues, si alguna vez añadiesen finales tristes, alejarían de tales obras [de teatro] a los espectadores, a quienes habría dispuesto el desenlace más acerbo. Fue en esto más sabio quien escribió en nuestra lengua la tragicomedia de La Celestina, pues los avances de los amores y los deleites propios del rijo dejó unidos a un desenlace de tamaña amargura: la obvia desgracia de los amantes, la alcahueta y los rufianes, así como sus muertes violentas. Y no es ciertamente que antaño ignoraran los autores de teatro lo réprobo de cuanto escribían y lo perjudicial para las buenas costumbres de la juventud.

Mi pregunta, más bien comentario, iba por el lado de los orígenes familiares de Vives y por ese nostra lingua que ha suscitado algún sueño lúbrico entre patrióticos debeladores de la filología. Partía en realidad de una hipótesis inverificable de momento: que la primera lengua hablada por Vives fuera el catalán y que esta siguiera siendo su lengua doméstica. Vives era hijo de conversos valencianos condenados, post mortem la madre y vivo el padre, a ser quemados por judaizar y se casó en Brujas con la valenciana Margarida Valldaura, hija ella misma de conversos valencianos. Y la familia Vives parece que provenía en origen del Rosellón entonces catalán. Este conglomerado de orígenes, no lo duden ustedes, es lo que excitó el rijo patriótico de los que vieron en el lingua nostra que escribió Vives en el fragmento que cito un catalán oculto, perseguido por la Inquisición castellana, pista mayor de una de las grandes revelaciones de la moderna historiografía europea: que La Celestina se escribió originalmente en catalán, que este original catalán se perdió (quizá a propósito) y que la tradicional inquina castellana contra todo lo catalán se había ocupado de borrar todo rastro de esta infamia fundacional. Como habría sucedido, por otra parte, con el Lazarillo de Tormes (originalmente Llàtzer de Tormos) o con las obras de Garcilaso de la Vega (Galceran Cardona i Recasséns). Y no, no se equivocan imaginándoselo: Cristóbal Colón también era catalán (Joan Colom) así como Miguel de Cervantes. Cascátela, Manuel… Esto, claro, no tiene mayor interés: no es solo que sean pláticas de familia. Es que son pláticas de familia borracha. Bastante más sobrio, Vicent Baydal (que tiene más moral que el Alcoyano) ya se dedicó hace un tiempo a refutar la historiografía bilbenyista (y a poner las cosas en su sitio). Vicent hablaba, no sin razón, de la renuencia del bilbenyismo a dejarse evaluar por los circuitos profesionales de la investigación como forma de sostenella y no enmendalla (es precisamente el hecho de salirse de los circuitos profesionales de crítica contrastada lo que siempre me ha parecido más sospechoso de esa curiosa institución privada que es el Institut d’Estudis «Món Juïc». A ver si le pregunto a Esperança Valls en Ravena de qué va la paradeta. Y a Miquel Forcano, ya de paso. Angelet). Por supuesto, el circuito profesional de crítica contrastada tiene sus contraindicaciones: por ejemplo, el exceso de teatro (superado, a mi juicio, por la mayor abundancia de afasias de diverso grado y naturaleza en el gremio). Y eso es precisamente (un exceso de teatro, «estudiado simulacro») lo que me puso melancólico como una gaita gallega; y esa es precisamente la distancia algo crítica que le quería explicar (sin éxito) a N., a pesar de la alegría de conocer por fin en persona a Abú Maadnús y de darles recuerdos de algún amigo común a Michela Andreatta o a Alessandro Guetta, de conocer en persona a Yosef Hacker (יוסף הקר) y de poder preguntarle por un problemilla de procedencia de un par de manuscritos de la BNF, o de oír a Anthony Grafton, acaparador de tanta elocuencia que el resto del gremio anda ayuno y falto, y quizá quejoso de su facundia sobrada pero (me pareció de refilón) fundamentalmente discreta y generosa. Pero yo, que ya les decía que ando a medias entre calvinista sin gracia y contrareformista pejiguero, anduve pensando en lo teatrero del mismo acto de preguntar: yo ya sabía de lo ambivalente de la identidad lingüística de los judíos medievales y modernos, de lo probable que un ciudadano valenciano residente en Brujas pudiera llamar nostra lingua a la lengua castellana (e inmediatamente luego española) en que se escribió La Celestina, tanto como ese mismo ciudadano valenciano llamara rey español a D. Juan III de Portugal en el prólogo de su misma obra:

Iustissima de causa iactatum est illud per Hispaniam, nullum esse patrem familias Emanuele parente tuo prudentiorem: qui neminem in familia sua vacare officio voluit, filiosque suos torpere otio non est passus: omnes, quod principes decebat, & rei militari assuefecit, & studiis literarum.

Con motivo más que justificado se hizo fama por España que no había cabeza de familia más prudente que vuestro padre Manuel, quien quiso que no hubiera nadie en su familia que no estuviera ocupado en una obligación, ni que dejó que anduvieran sus hijos entumecidos por el asueto: a todos, como era propio de príncipes, los avezó a los hechos de armas y al estudio de las letras.

Es decir: que yo en realidad sabía que citar a Juan Luis Vives preguntando por la hispanofilia literaria de Spinoza era un tirarse el pisto mondo y lirondo y que, por si fuera poco, Kaplan no podía contestarme en un breve sesión de preguntas (la respuesta, cortés, quedó efectivamente aplazada a una charleta de café que nunca se verificó a continuación) pero las normas del gremio, la afectación propia de toda muestra pública de conocimiento, me conducían casi inevitablemente a lucir palmito erudito, algo que en mi pueblo de Móstoles llamarían, con no poco acierto, una soberana gilipollez. De lo que nadie tenía culpa, claro está, salvo yo mismo. ¿Comprenden ahora mi arrebato algo melancólico? Porque no quiero pensar que la razón real fuera un folclore mal entendido que a mí, cantabrigense de corazón, me hiciera sentirme a disgusto en ese «otro sitio» (the other place) que es Oxford. Y porque esto del compadreo con los colegas no es nada personal, como yo les decía: menos aún si uno tiene la suerte de alternar con un tipo tan formidable como Abú Maadnús y de aprender, pinta va, pinta viene, la preeminencia de un tal John Selden, ilustrísimo erudito, judaísta imprevisto, motivo de animadas conversaciones eruditas (pinta va, pinta viene) de las que yo, grosso modo, ni me enteré un carajo. Pero ya dijimos una vez por aquí que es solo sabio de verdad el que de todos aprende: de su propia ignorancia lo primero.

No puedo negarles que quedarse dentro de esos circuitos de evaluación académica contrastada tiene algunas satisfacciones no pequeñas: no tener que llamar colega a Jordi Bilbeny. O a Avshalom Kor (אבשלום קור), ya puestos. Si es que quien no se consuela es porque no quiere.

En fin… Abú Maadnús viene a Madrid en agosto: raptim ex musaeo nostro. Le dije lo que había dicho una vez Pepe Contreras sobre con qué escritor clásico saldría de juerga (con Salustio, creo recordar; por chismoso, me supongo. Pero amigo, de los de verdad, lo hubiera sido de Virgilio). Abú Maadnús se veía más yendo de copas con Ovidio. Claro. Discreto aunque eficaz Juan Tenorio como es él, enamorado de Sevilla –la ciudad del Tenorio–, yo le veo, perfectamente, alternando con Benito Arias Montano, sabio, al parecer, tirando a ascético. Lo que no deja de ser, al fin y al cabo, bastante paradójico. O «polisémico», como nos gusta decir por aquí.

En realidad toda esta homilía se podría haber resumido mucho más brevemente: que conviene no exagerar en las visitas a Oxford (el celestial ebúrneo y el terrestre grisáceo), no solo pero también por la comida. Y que, en comparación, no ve uno la hora de tener excusa para volver a Italia, para hacerse miembro fundador del club de fans de Alice, la hija de Valentina y Federico; por dejarse acoger sin recato por una larga mesa, con mantel a cuadros, en forma de abrazo que mire a los paisajes de la Sabina; y por quedar de nuevo en ridículo, dada su ignorancia supina de esa urbe romana que no se acaba nunca: mira que ir a descubrir ahora el rione de Monti (via Nazionale, via del Boschetto, via degli Zingari, piazza degli Zingari…) O, más brevemente todavía: no, no todo está en los libros, menos aún en los prestigios, sino que hay siempre algo más, que perdura, en la gente.

Qué pena que al final me haya quedado esta cosa como de homilía. Ustedes me la perdonarán (y agradecerán que les deje en paz lo menos una semana). Cuídenseme.

No puedes darme nada. No puedo darte nada,
y por eso me entiendes.

Jaime Gil de Biedma, Son pláticas de familia.

Coda: En relación con lo que dejamos dicho por aquí, antes del maratón, leyendo la crónica de los primeros cinco años como cónyuges de la primera pareja homosexual que contrajo matrimonio en España (tras treinta y cinco de convivencia), me llama la atención el último párrafo:

Frente a ellos, Muna, una mujer joven, la dueña de Ne me quitte pas, el bar del barrio donde se produce la conversación, no se pierde una. Les admira. Se ha casado hace poco con su novia.

No puedo dejar de notar una cosa: Muna es un nombre árabe.

1)firma de Benito Arias Montano con la palabra árabe تلميذ («alumno»);
2)retrato de Isaiah Berlin, All Souls College, Oxford;
3)«Sócrates y Platón», miniatura de los Prognostica Socratis basilei, manuscrito Oxford, Bodleyana, Ashmole n.º 304, f. 31, lado verso (detalle), Inglaterra, siglo xiii;
4)inscripción en el patio del Old Schools Quadrangle de Oxford;
5)inscripción en recuerdo de un miembro (fellow) del Colegio de Todas las Almas (All Souls College), Oxford;
6)retrato de hebraísta mostoleño en traje genealógico tradicional, con pariente jotero (detalle);
7)«Refugee», del álbum Laughter through tears de Oi Va Voi (2003).