Hem pecat per això, perquè no se’ns deixava
existir plenament, amar-nos plenament
amb aquell impudor que la vida demana,
aquell amor capaç de fondre tots els ploms,
rebentar les perilles, deixar el món a fosques.

Por eso hemos pecado, porque no nos dejaban
existir plenamente, amarnos plenamente
con impudor como exige la vida,
con ese amor capaz de hacer fundir los plomos,
reventar las bombillas, dejar el mundo a oscuras.

V. Andrés Estellés

Η αρχή των

Η εκπλήρωσις της έκνομής των ηδονής
έγινεν. Aπ’ το στρώμα σηκωθήκαν,
και βιαστικά ντύνονται χωρίς να μιλούν.
Βγαίνουνε χωριστά, κρυφά απ’ το σπίτι· και καθώς
βαδίζουνε κάπως ανήσυχα στον δρόμο, μοιάζει
σαν να υποψιάζονται που κάτι επάνω των προδίδει
σε τι είδους κλίνην έπεσαν προ ολίγου.

Πλην του τεχνίτου πώς εκέρδισε η ζωή.
Aύριο, μεθαύριο, ή με τα χρόνια θα γραφούν
οι στίχ’ οι δυνατοί που εδώ ήταν η αρχή των.

El origen de ellos

La satisfacción de su ilícito placer / se ha consumado. Se han levantado del lecho, / y se visten ajorados, sin hablarse. / Salen separados, a escondidas de la casa; y mientras / andan un tanto inquietos por la calle, parece / como si tuvieran miedo de que algo en ellos revele / en qué tipo de cama estaban acostados poco antes. /

Mas cuánto ha ganado la vida del artista. / Mañana, pasado mañana, o con los años, escribirán / esos potentes versos cuyo origen aquí estuvo.

Konstandínos P. Kavafis (Κωνσταντίνος Π. Καβάφης), «Η αρχή των» (‘El origen de ellos’), de los poemas canónicos (τα Αναγνωρισμένα Ποιήματα), 1921; recitado por Yorgos P. Savvidis (Γιόργος Π. Σαββίδης), en K.Π. Kαβάφης. Πενήντα οκτώ ποιήματα. Διαβάζει ο Γ.Π. Σαββίδης (‘K. P. Kavafis. Cincuenta y ocho poemas, leídos por Y. P. Savvidis’), Atenas, Ποικίλη Στοά, Σπουδαστήριο Nέου Eλληνισμού, 1999.

Una feliz circunstancia, y el desafortunado contratiempo de que el sistema de programar la publicación de una entrada por anticipado en WordPress y yo no nos entendamos, hace que este poema del sábado se adelante dos días. Una infeliz excusa me da el tono para la entrada de hoy, que quizá podríamos resumir en que un derecho no es una obligación (o una probabilidad), sino un derecho (o una posibilidad). Y, en ningún caso, una etimología. Viene esto al caso de varias cosas. Por ejemplo, de la misma infeliz excusa que enlazo: la imposibilidad, al menos de momento, de que dos personas del mismo sexo se puedan casar en Italia. Esto me ha hecho acordarme de uno de los capítulos más estrambóticos del debate que se produjo en España antes de que el derecho al matrimonio homosexual pasara de la potencia jurídica a la acto legal. Se contradecía la posibilidad del reconocimiento legal de un derecho (el matrimonio) con base etimológica (!). Así, sin más ni más, sin exégesis que lo explicara ni evolución que lo permitiera. «Matrimonio» solo podía ser el efectuado entre personas de distinto sexo. Tan curiosa como afortunadamente, nadie adujo que «patrimonio» mereciera la misma deferencia etimológica y solo se permitiera al padre, cabeza de familia (pater familias) la gestión exclusiva de lo que etimológicamente le compete: el patri-monio. Supongo que porque las consecuencias de la discriminación retroactiva hubieran podido conducir a grandes momentos del humor, como por otra parte suele provocar la filología selectiva. Por ejemplo, la obligación legal que tenían las mujeres españolas de pedir permiso a su marido para abrir una cuenta corriente o sacarse un pasaporte. Eran otros tiempos, claro está. Treinta y pico años hace exactamente, año arriba, año abajo. Y otra la exégesis, qué duda cabe.

Y no, no hay ningún indicio de que Alfonso de Zamora fuera homosexual ni tampoco está muy claro qué significaba –si alguna cosa significaba– ser homosexual en la primera mitad del siglo xvi. Tampoco hay el más mínimo indicio de que mi genealogía sea ni una miajita de judía y ya ven en lo que ando enfrascado. Una cosa, mal que nos pese, no tiene que ver con la otra: dedicación, vocación o interés con genealogía. Solo faltaría que yo ahora no pudiera dedicarme a hacer estudios maricas, si me diera por ahí, o de que la pertinencia de nuestras participaciones en el debate público dependiera de lo abultado de nuestro ridículum vitae, que dice el otro con sevillano gracejo. Ocurre tan solo que en esto de la erudición y sus miserias no sabe uno nunca cuando va a saltar la liebre. Por ejemplo, cuando Anna Gil Bardají recuerda en su artículo «Academic discourse and translation from Arabic A case study from the Spanish tradition» (Babel, vol. lv, n.º 4, 2009, págs. 381-393 [387]) una cita de la pág. 16 del prólogo de Emilio García Gómez a sus Poemas arabigoandaluces (en Tres discursos y dos prólogos recientes (1972–1978), Madrid, Club Urbis, 1979):

Los poetas de ahora no conocen el sol ni el desierto, sino las callejuelas, las librerías y los palacios, los alfilerazos de las tertulias y los aplausos de los donceles pervertidos.

«Los aplausos de los donceles pervertidos»… Esto no debería habérmelo llevado a las mientes, porque no tienen en realidad nada que ver un fragmento con el otro, pero se me ha vuelto a venir al magín el editorial de presentación del primer número de Sefarad («revista de estudios hebraicos, sefardíes y de Oriente Próximo»), publicación periódica decana de las que en mi patria se dedican a los estudios judíos. En ese primer número de 1941, dedicado (con foto) a Francisco Franco, quien escribió el editorial quiso dejar claro que no había que mezclar judíos churros foráneos con judíos merinos españoles, aunque todos fueran judíos (u ovejas):

Ahora que España, felizmente restaurada, se dispone a seguir la ruta ascendente de su historia, nace bajo el signo prócer de M. Menéndez Pelayo—el gran investigador de nuestro patrimonio literario—, y filiándose bajo el nombre de Arias Montano—preclaro exponente de nuestro saber literario—, esta Escuela de Estudios Hebraicos. Su objetivo se orientará preferentemente hacia los problemas culturales hebreobíblicos, viejo solar como es el país palestinense de las más arduas cuestiones que han agitado el espíritu humano: cuestiones de etnografía, arqueología e historia, de religión, filología y literatura en su más amplio sentido. […]

Otra meta de las actividades de la Escuela de Estudios Hebraicos es el estudio de la cultura hebraico-española. El judaísmo hispano, a lo largo de su trayectoria, se movía por lo general, dentro de un ámbito espiritualista, y en sus representantes podríamos ver como los sucesores de aquellos hebreos con los cuales debatía generosamente San Pablo y con quienes cabía aún el diálogo. Hay que tener en cuenta que el judaísmo español ofreció los más altos valores en poesía religiosa, exégesis bíblica, filología hebraica, filosofía y ciencias puras y experimentales. No fue en España donde el judaísmo cobró el carácter materialista que cierta parte de sus sectores manifiesta. Fué en la Provenza, relajada e infestada por los albigenses; fué en la Italia averroísta y paganizante del Renacimiento fué, finalmente, en las marismas bátavas, heladas bajo el ciervo racionalista, donde se inició aquel estrago. […]
Tal es la empresa que la Escuela de Estudios Hebraicos, recientemente creada, desea llevar a cumplido logro en servicio de España y correspondencia leal a los altos afanes culturales de su Caudillo y de su Ministro de Educación D. José Ibáñez Martín.

La «España felizmente restaurada», sus judaísmo «espiritualista», «con quienes cabía aún el diálogo». Y ese remache antisemita y retrógrado: «No fue en España donde el judaísmo cobró el carácter materialista que cierta parte de sus sectores manifiesta. Fué en la Provenza, relajada e infestada por los albigenses; fué en la Italia averroísta y paganizante del Renacimiento; fué, finalmente, en las marismas bátavas, heladas bajo el cierzo racionalista, donde se inició aquel estrago.» Y desde el día en que un artículo de Eleazar Gutwirth me desveló este prólogo, ando con una sola pregunta en la cabeza: ¿quién lo escribiría? ¿Francisco Cantera Burgos? ¿José[p] María Millàs Vallicrosa? ¿José Llamas?

Ya les decía: no es que tuviera mucho que ver una cosa con la otra. En realidad, ambas tenían que ver con el motivo de escribir la tesis que me embarga (la ratio scribendi que vamos intentando desvelar por aquí). O con una maldad algo cierta que Juan Ramón Jiménez se permitió a propósito del quehacer filológico de Américo Castro:

Juan Ramón dice que toda esta gente del Centro [de Estudios Históricos] cree que la Filología es superior a la poesía, y un Américo Castro, por ejemplo, piensa que Cervantes ha escrito el Quijote para que él haga un comentario y que esto es lo verdaderamente importante.

¿Qué es lo verdaderamente importante? No los comentaristas, desde luego. La plaza pública, quizá; el compromiso cívico, seguramente; reivindicar la felicidad, sin duda: la nuestra y la de los demás. Quiero pensar que, en los mejores casos, una tesis  (como una boda) no es más que eso: una forma argumentada de proveer al bien común, el reclamo de una política posible y necesaria. Tal vez esta tesis sobre Alfonso de Zamora acabe por tener algo de eso.

Cuídenme el chiringuito. Yo estaré ausente hasta los primeros días de julio.

Inscripción en el exterior de la Iglesia de Santa María de Azogue, Benavente, provincia de Zamora, España; tomada el 20 de junio de 2010.