Despacico y callandico, vengo a [d]ici[r]te que te quiero:
no se lo digas a nadie que me muero, que me muero…

Probablemente, todo sea mentira. No radica ahí, sin embargo, la necesidad de buscar: el oficio y el ocio de historiar necesita de la curiosidad y, probablemente, se acabe en la curiosidad misma. Le repetía a N. el otro día lo que hablamos Alex y yo hace ya un tiempo que se aleja en Mánchester: lo inconcebible que resulta en inglés de estudioso trufar la argumentación de «sin duda» o de «evidentmente», como hace el francés sapiente. Quizá, puesto a escribir esta tesis de divorcio en francés, se me desbordan los «sin duda» y los «evidentemente», que con paciencia me habían enseñado y yo había aprendido a desbrozar con tradiciones distintas a la que era la mía (que podríamos llamar la española) y a la que me entretiene ahora (que es sin duda la francesa).

Lo primero, probablemente, sea reconocerse. Una vez reconocido, lo segundo, casi seguro, sea sospechar que no somos lo que hemos reconocido. No negaré lo válido de quedarse a medias: solo digo que, si se vislumbra con algo de acierto que la sintaxis que reconstruimos no es más que una reconstrucción (por muy útil que resulte para seguir adelante esa habitación levantada con los materiales de derribo), quizá haya que inmiscuirse en otras partes de la casa, hasta reconocer en lo improbable de nuestro linaje lo imposible de lo pasado. No negaré tampoco, aunque sea con un suspiro, lo incómodo de andar fisgoneando y los reproches, bien fundados, que acarreará. Es, ciertamente, un ejercicio censurable.

El Ebro, en su tramo actualmente aragonés, es el río que me lleva, desde que ni tenía conciencia de que nada me llevara porque ni conciencia tenía yo (aunque no se acuerden –la naturaleza guarda un cierto orden natural– hubo un tiempo en que nadie teníamos conciencia. El problema de percepción nace cuando coincidimos, al mismo tiempo, gente con distintos grados de conciencia: surge, por ejemplo, la necesidad de contar, el mandato de transmitir, cuya necesidad no discutiré. Me basta con anotar los problemas a que nos conduce. Irresolubles, tal vez).

El Ebro, ya decía, sirve de hilo conductor de muchas cosas, en una relación puramente utilitaria por la única parte de la que puedo responder: la mía. Me vinculaba, por ejemplo, a una forma de hablar imposible de escribir (que hubo quien etiquetó como «castellano regional de Aragón») y, algo más tarde, a una forma de escribir improbable de hablar (cuya recta vereda suele conocerse por «aragonés»). Ya les hablaba de que yo me reconocía pero que todo eso no era yo: el elemento definido, es de sobras conocido, no debería entrar en la definición. Pero el conjunto de tramas de la definición permite relativizar el valor de nuestra propia definición.

Cargado con el «castellano regional de Aragón» y con el «aragonés», vino más tarde a unirse al fardo el «catalán» (de Aragón) y algunas interrogaciones, bisoñas por primeras, sobre si de verdad somos lo que hablamos o, con algo más de necesaria modestia, si los límites de mi idioma son los límites de mi mundo:

Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt.

Acabé concluyendo, provisionalmente, que el mundo es ancho y ajeno. Fundamentalmente ajeno y desproporcionadamente ancho para lo limitado de nuestro movimiento. Es algo así como preguntarse qué tendrán en común Juan Rulfo y Jesús Moncada que publicaron, ambos, relativamente poco (pero, ¿cuánto escribieron?). Algo así como hermanar lo poco que sé de Mequinenza con el reflejo que uno sabe (poco) de México (que a Jesús Moncada le dio trabajo Pere Calders al volver este de su exilio mexicano , por ejemplo). Salvo por algo: ¿y si nos estuvieran contando, ambos, algo más propio de lo que somos ahora en vez de lo que dicen que fuimos? ¿No serán ambos un relato, de escritura improbable, concebido desde el territorio de imposible retorno que es la emigración? ¿No serán ambos un cuento sobre donde llegaron más que de donde vinieron?

Un recordatorio de nuevo para los que ejercemos cualquier variante del oficio de intérprete: nuestra ignorancia es la suma ordenada de todos nuestros conocimientos y lo que conocemos no pasa de ser una hipótesis mesuradamente probable. Por si la fuerza de la sintaxis nos llevara a pensar otra cosa: escribir, queramos o no, escribimos siempre, los diestros, con la mano izquierda y, los zurdos, con la derecha.

Hoy es el quinto aniversario de la muerte de Jesús Moncada, cuya obra ya había acompañado por aquí. La foto es de un convento en Atlatlahucan, en el estado mexicano de Morelos, y la hizo Juan Rulfo.